Che, que González adivine el rumbo contando las pausas entre golpe y golpe del casco es lo que más disfruté de todo el infiltrado hasta ahora. Clavado, sin ver el cielo, y aun así es el único a bordo que sabe adónde van. Y después lo sueltan en un cuarto blanco donde todo huele a flores y ahí sí se pierde. Apuesto a que esa oreja suya va a ser lo que lo salve en Henrietta, más que los ganchos.
El infiltrado (7)
Pensamiento
Che, que González adivine el rumbo contando las pausas entre golpe y golpe del casco es lo que más disfruté de todo el infiltrado hasta ahora. Clavado, sin ver el cielo, y aun así es el único a bordo que sabe adónde van. Y después lo sueltan en un cuarto
Contenido de la publicación
El capitán González tiembla.
Pero no de miedo.
De fricción.
La sangre se está perdiendo y, aunque está en la parte más cálida de la nave, el frío es insoportable.
—Nadie se desangra por las palmas de las manos. A mí no me cortaron. A mí me clavaron al madero.
Y aquí, señores, algunos preguntarán:
¿Qué puede saber un hombre clavado a un madero?
¿Qué puede saber un hombre que no ve el cielo, ni las velas, ni siquiera puede levantar la cabeza?
Pues escuchad.
Porque González no tenía ojos.
Pero tenía oído.
Y el mar, cuando golpea un barco, no miente.
Tum.
Golpeaba por una banda.
Tum.
Callaba.
Tum. Tum.
Volvía.
González no contaba los golpes.
Contaba las pausas.
La distancia.
La fuerza.
Una ola pequeña.
Otra más grande.
Otra que hacía gemir la madera.
Ñeeeeec...
Y sonreía.
Porque mientras ellos creían que esperaba la muerte, él estaba midiendo el mar.
Y quien mide el mar sabe dónde está.
Por la forma de la habitación en que lo habían clavado, comprendió que estaba entre la cubierta y la bodega. No veía el cielo, pero sentía el barco encima y debajo.
Ya sabía dónde estaba.
Hasta que una voz de mujer, grave, casi masculina, quebró el silencio:
—¿Dónde está el cristiano?
González abrió los ojos.
—¿Majdalena?... ¡Majdalena!
Lo arrojaron sobre la cubierta.
Las manos estaban destrozadas, pero todavía funcionaban.
El sol del mediodía le cayó encima como agua caliente.
Respiró una vez.
Dos.
Y volvió a respirar.
—Ya sabes quién soy. Si me dices adónde vamos, te perdono la vida.
Una pausa.
—Pero tendrás que regresar a tu amada España nadando.
González sonrió.
—Por el golpe del mar contra la madera sé de qué banda viene la marejada. El viento no ha cambiado en dos o tres días. En las cercanías de Puerto Rico me capturaron y desde entonces llevamos el mismo rumbo. La brisa me llega en diagonal, de proa y estribor.
Escuchó el casco.
Tum.
—Y no vamos a España.
Los piratas rieron.
González esperó.
—Todos somos piratas.
Otra pausa.
—O sea que vamos hacia la isla secreta.
Miró alrededor.
—Vamos hacia Henrietta.
Silencio.
—Si existe.
Tum.
—¿Existe?
Otra pausa.
Sonrió.
—Ahhh...
Tum.
—¡Existe!
Y aquí, señores, es donde la Academia, después de tantos siglos de dudas, confirma finalmente la existencia de Majdalena.
—Bienvenido a tu peor pesadilla, mi amigo pirata —dijo la hermosa capitana negra de ojos negros—. Aquí nos torturamos todos. Traiganle un par de ganchos.
Miró las manos de González.
—Y si te quedan, te quedas.
Jaime todavía no sabía si aquello era amenaza, invitación o una forma particularmente cruel de hospitalidad.
Pero olía a cangrejo.
Mucho.
Todo olía a cangrejo.
El muelle, las cuerdas, las tablas, las rocas, las ollas, los hombres, las mujeres.
Hasta el viento parecía haber pasado primero por una cocina.
Había cangrejos por todas partes. Uno, particularmente grande, observaba a González desde una esquina con la autoridad de quien llevaba allí mucho antes que todos los demás.
Era, en realidad, el único habitante de Henrietta que podía afirmar legítimamente haber nacido allí.
Y todos lo respetaban.
Los isleños los comían.
Los piratas los comían.
Y los cangrejos, según se decía, también se comían entre ellos.
—El traidor —dijo Majdalena— traiciona por ti y luego te traiciona.
Se acercó.
—O como decimos en el mar: el que se voltea una vez, se voltea dos veces.
Le entregaron los ganchos.
González se los colocó.
El dolor le subió hasta los hombros.
Entonces comenzó la ceremonia.
No hubo sacerdote.
No hubo música.
Solo un hacha.
¡CLAC!
—Por el mar.
¡CLAC!
—Por la sangre.
¡CLAC!
—Por el oro.
¡CLAC!
—Por la traición de Cristo.
Una mano cayó sobre el hombro de González.
—Desde hoy eres señor del agua y de la sal.
—¿Y mi nombre?
Majdalena sonrió.
—Ya no tienes.
Pausa.
—Ahora eres Judas.
Fue así como Jaime González, capitán, cristiano, prisionero, traidor y futuro infiltrado de Henrietta, recibió su nuevo nombre.
El Judas.
Pero mientras intentaba mantenerse en pie, todavía cegado por el sol, escuchó un murmullo.
—¿Cómo pudo tomar los ganchos después de tres días?
Nadie respondió.
González quiso mirar a Majdalena, pero solo alcanzó a distinguir su silueta negra contra el cielo.
Entonces todos se apartaron.
El gobernador de la isla ya estaba a bordo.
A él sí le rindieron todos los honores.
González alcanzó a distinguir una figura negra, elegante, con lentes rojos.
—¿Dónde está mi tesoro? —preguntó el hombre.
La capitana bajó la cabeza.
—Tu víctima está viva.
—¿Viva?
—Y es un buen cristiano. Durmió y vivió tres días en el madero.
González sintió que el mundo comenzaba a inclinarse.
No escuchó el resto.
No escuchó las voces.
Ni el mar.
Ni los cangrejos.
El capitán Jaime González se desmayó por primera vez desde hacía tres años.
---
Cuando abrió los ojos, pensó que había muerto.
Lo primero que vio fue blanco.
Una pared blanca.
Una cortina blanca.
Una sábana blanca.
Y, encima, otra sábana.
Una sobresábana.
Después de tres años de oscuridad, sangre, brea, madera húmeda y cuerpos amontonados, aquella blancura resultaba casi insoportable.
Hundió la mejilla en una almohada de plumas.
Esperó el olor del barco.
Alquitrán.
Sudor.
Sangre.
Vómito.
Nada.
Solo jabón.
Madera encerada.
Aire limpio.
González levantó lentamente una mano.
Estaba vendada.
La otra también.
Junto a la cama había una jarra de agua con un vaso servido.
Agua limpia.
Una toalla.
Un peine.
Y sobre una silla, ropa limpia.
Y, mis señores...
¡un enorme oso de peluche!
No me pregunten de dónde salió.
Ni yo lo sé.
Pero allí estaba.
Grande.
Peludo.
Sonriente.
Y completamente ajeno a la vida pirata.
González miró la cruz de la pared.
Luego la Biblia.
—No puede ser el cielo.
Tomó un vaso.
Luego otro.
Luego un tercero.
Al servirse el cuarto miró la ventana abierta, la jarra y el vaso.
Sintió vergüenza.
—He bebido demasiado.
Cerró la ventana y devolvió el agua a la jarra de cristal francés.
¡De cristal francés, mis señores!
Un pirata que acababa de sobrevivir a Majdalena preocupado por desperdiciar agua.
Aquello ya era sospechoso.
Entonces miró la sobresábana, salpicada con gotas de su propia sangre.
—¿Estoy muerto?
Se abrió la puerta.
Entró un hombre vestido completamente de blanco.
Camisa blanca.
Pantalón blanco.
Zapatos blancos.
Y unos lentes rojos.
Caminaba perfectamente.
No tanteaba las paredes.
No buscaba los muebles.
Pero tenía los ojos levantados hacia el cielo.
Y no miraba nada.
Nada, mis señores.
Porque el hombre era ciego.
—No —dijo.
Sonrió.
—Ya quisieras estarlo.
—Entonces...
El hombre extendió una mano.
—Henrietta.
Hizo una reverencia.
—Welcome to Henrietta, mi señor. Soy el gobernador. Reverendo Archibald Whitaker.
González cerró los ojos.
Y entonces llegó el olor.
¡Ah, mis señores!
Flores.
Flores recién cortadas.
Madera encerada.
Aire limpio del mar.
Todo junto.
Tan limpio, tan fresco, tan imposible, que empezó a sospechar que quizá sí estaba muerto.
—¿Lo siente? —preguntó Whitaker.
—¿Qué?
—Las flores.
—Sí.
El reverendo aspiró profundamente.
—Entonces todavía tiene olfato.
González lo miró.
Whitaker sonrió.
—Es una buena señal.
Y aquí empezó a sospechar que aquel hombre podía ser mucho más peligroso que Majdalena.
No porque gritara.
No porque amenazara.
Sino porque parecía estar perfectamente tranquilo.
El reverendo señaló una silla.
—Aquí está su ropa limpia.
Había una camisa que parecía española, unos pantalones holandeses, botas de marino y una chaqueta de civil.
—¿De quién es esto?
—Ahora es suyo.
Así funcionaba Henrietta.
Lo que no tenía dueño era un obsequio del cielo.
Whitaker señaló entonces el suelo.
Allí estaban los ganchos.
Los famosos ganchos de Majdalena.
—Mis ganchos.
Whitaker sonrió.
—Desde hoy será nuestro hombre cangrejo.
—¿Hombre cangrejo?
—En esta isla, tarde o temprano, todos fuimos cangrejos.
Y no crean, mis señores, que estaba bromeando.
El reverendo tomó los ganchos.
—Primero hay que lavarlos.
—¿Lavarlos?
—Claro.
Y se los llevó al baño.
González lo siguió.
Entonces se quedó parado en la puerta.
Porque aquello no era un baño.
Era una locura.
Todo estaba limpio y brillante.
¡Hasta el agua parecía recién peinada!
Había un balde con agua tibia y una totuma hecha con media cáscara de coco.
Whitaker dejó los ganchos junto al recipiente.
—Aquí se lava todo.
—Excepto los pecados.
El reverendo sonrió.
—Esos te los lava Cristo como la nieve.
Cerró la puerta.
—Apresúrese. El servicio comienza a las seis y media.
Y salió.
González tomó la media cáscara de coco y comenzó a bañarse.
Las manos inflamadas apenas le permitían sostener el jabón.
Cada movimiento le dolía.
Se echó agua sobre la cabeza y recordó la sentina.
La oscuridad.
La sed.
La voz de Majdalena.
Y una frase le vino a la cabeza:
La dieta de la sentina.
—Me van a llevar de nuevo a la sentina —pensó—. Antes de privarte de todo, hasta del agua, te muestran lo que te vas a perder.
Pero aquello no encajaba.
Jabón.
Flores.
Sábanas blancas.
Un oso de peluche.
Tomó los pantalones.
Cayeron al suelo.
Las manos, hinchadas como dos panes recién horneados, apenas podían sujetar la tela.
Se apoyó contra la pared y consiguió meter una pierna.
Luego la otra.
Y, cuando la dignidad dejó de ser una opción, se los subió con los ganchos.
—Bien —dijo—. Una victoria.
Después tomó la camisa.
No pudo ponérsela.
Los ganchos podían sostener, pero no abotonar.
—¿Será una nueva técnica de persuasión pirata?
Miró sus manos.
Movió lentamente los dedos.
Las vendas no le permitían cerrar el puño, pero los ganchos tenían correas.
Y ocurrió algo extraño:
por primera vez desde que despertó, las manos dejaron de dolerle tanto.
Los ganchos sostenían las muñecas.
González miró la puerta.
Y entonces tuvo miedo.
Porque quizá seguía en el barco.
Quizá continuaba colgado como un chorizo en la sentina.
Quizá todo aquello era parte de la tortura.
Quizá despertaría en cualquier momento.
Y entonces sonó una campana enorme y grave.
¡Tan, tan, tan, tan!
González contó las campanadas.
No supo si eran las seis de la mañana o las seis de la tarde.
Y fue así, mis señores, como el capitán Jaime González, después de tres años de piratería, torturas, naufragios y traiciones...
tuvo por primera vez miedo de llegar tarde a una iglesia.
Un miedo endemoniado.
Peor que el de una batalla.
Un ataque de pánico lo llevó directamente debajo de la cama.
Allí permaneció unos minutos.
Afuera se escuchaban pájaros.
Y entonces percibió algo todavía más extraño.
Flores.
Flores de verdad.
Su perfume atravesaba la habitación y borraba, poco a poco, el recuerdo del cangrejo.
González cerró los ojos.
Aspiró.
Flores.
Entonces escuchó la música.
El coro ya estaba cantando.
Y, por alguna razón que todavía no comprendía, aquel hermoso gospel le dio más miedo que los piratas.
La canción decía:
I was blind, Lord, I could not see,
Darkness walking right behind me.
I had no road, I had no guide,
Till Jesus come and stand by my side.
González permaneció inmóvil.
Un reverendo ciego cantando que había sido ciego y que ahora podía ver la luz.
La ironía era demasiado perfecta para ser tranquilizadora.
Pero no fue la canción lo que terminó de inquietarlo.
Fue ella.
Había leído y escuchado tantas historias sobre Majdalena que, al tenerla finalmente delante, sintió incluso deseos de pedirle un selfie. Pero fue incapaz.
Al levantar un poco la cabeza y escuchar su voz alrededor, comprendió por fin dónde había caído.
Aquello no era una casa perdida en una isla, ni una guarida de piratas, ni una simple comunidad de náufragos.
Era el hogar de Majdalena.
El temido Majdalena.
Su barco.
Y la temida Majdalena, ella.
Refugiada en su propia colonia de protestantes bautistas, una colonia que ella misma había robado en altamar a los ingleses: los mejores cantantes, las mujeres más serias, los hombres más creyentes, el reverendo con más fe.
Un tesoro pirata formado por los mejores seres humanos.
Su voz tampoco era un mito. Resonaba afinada y subía al falsete sin patinar, sin temblar, sin una sombra de temor.
Gente buena que había cruzado el mar para levantar, lejos de todo, su pequeño mundo de fe, disciplina y paredes blancas, llamado USA.
Una colonia de peregrinos.
Y González, que había pasado media vida desconfiando de los piratas, descubrió de pronto que quizá había razones para tenerles todavía más miedo a los hombres que cantaban himnos que a la fusta.
Cuando por fin tuvo el valor de hablarle, ella lo confrontó:
—Y cuéntame, señor soldado infiltrado, ¿cómo carajos hiciste tú, un moreno trigueño —y juro que hasta bastardo—, para entrar a la academia de los que tienen dos apellidos? ¿Gónzales?
—Crecí y viví en la academia. Mi padre era el general.
Los ganchos lo hacen sentir como un tonto cangrejo en una licuadora.
—Viví diecisiete años en la academia, pero nunca pude entrar...
Mira sus ojos negros y se siente obligado a decir la verdad.
—Mi madre... mi madre era una gran mu...
—¡Era negra! ¡Preséntame a ese general de soles que le gustan las negras y las preña!
González mira al suelo.
Están hablando de su madre.
—¿Y a ti?
—¿Qué? ¡Yo soy uno de ellos!
—¿Que si a ti te gustan las negras?
—Mi señora, no me meta en problemas. Pero solo le diré que mi madre era más negra que vos.
...continuará...
Thoughts
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PermalinkEl bautizo con hacha tiene su sorna teológica: lo nombran Judas justo después de tres días en el madero, y tres días huele a Pascua por todos lados. Luego el reverendo habla de pecados lavados como la nieve, que es Isaías casi palabra por palabra. Usted mete dos figuras en un mismo hombre, y sospecho que no es casual.
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PermalinkÓrale, la mitad pasa en el barco y la otra en un cuarto blanco con oso de peluche, y ese salto me movió el piso. Después de la sentina, el jabón y las sábanas dan más miedo que el hacha, y González acaba escondido debajo de la cama cuando suena la campana. Pensé que ahí se acababa la entrega. Y de pronto lo de su madre abre otra puerta: cómo llegó un moreno a capitán en la academia. Me late que ese es el secreto que lo trae medio roto desde el principio.
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PermalinkChe, que González adivine el rumbo contando las pausas entre golpe y golpe del casco es lo que más disfruté de todo el infiltrado hasta ahora. Clavado, sin ver el cielo, y aun así es el único a bordo que sabe adónde van. Y después lo sueltan en un cuarto blanco donde todo huele a flores y ahí sí se pierde. Apuesto a que esa oreja suya va a ser lo que lo salve en Henrietta, más que los ganchos.
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