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El infierno tan merecido Sensible

Rulo1948
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El padre Paco tenía unos 45 años y estaba a cargo de la capilla del pueblo. Era un hombre de aspecto descuidado: llevaba barba y bigotes sin recortar, el cabello algo largo y ropa que siempre…

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Gogou

Impresionante como el inicio del texto te pone en posición que el padre Paco era un buen hombre, que comprendía a los que sufrían, y poco a poco se convierte en un diablo. Incluso esa ironía puede funcionar como el justificante que él ponía a sus propias

Impresionante como el inicio del texto te pone en posición que el padre Paco era un buen hombre, que comprendía a los que sufrían, y poco a poco se convierte en un diablo. Incluso esa ironía puede funcionar como el justificante que él ponía a sus propias acciones, quizá según sus creencias y criterios él no era "malo por naturaleza" y estaba "ayudando" a esas pobres mujeres, aunque eso por supuesto no quita lo horrendo de su accionar.

Contenido de la publicación

El padre Paco tenía unos 45 años y estaba a cargo de la capilla del pueblo. Era un hombre de aspecto descuidado: llevaba barba y bigotes sin recortar, el cabello algo largo y ropa que siempre parecía estar sin arreglo. Solía dirigirse con palabras de comprensión a quienes la sociedad señalaba como delincuentes, jóvenes que cometían robos, actos de violencia o incluso crímenes. Decía que no eran malos por naturaleza, sino víctimas de un sistema que los había abandonado. Esa postura no le ganaba el cariño de todos: muchos lo criticaban, y él a su vez los llamaba fascistas, diciendo que eran incapaces de ponerse en el lugar de quienes sufrían. Se decía a sí mismo un revolucionario.

Paco, apodo de Francisco, tenía un secreto oscuro: consumía en secreto la sustancia que llevaba su nombre. Nadie en la capilla lo sospechaba, y él mantenía su vicio oculto con cuidado. Además, sentía una atracción especial por confesar a las mujeres: tanto jóvenes como señoras de buena posición económica. En el confesionario, sus preguntas iban mucho más allá de lo espiritual, disfrutando en secreto de aquella cercanía y confianza.

Un día llegó Alcira, una mujer de unos 40 años, le confesó que había sido infiel a su esposo. Cuando se negó a dar detalles, él la presionó hasta que ella relató lo sucedido. No conforme, la llevó a la sacristía y le exigió entregarse a él, amenazándola con hacer llegar grabaciones a su esposo si no obedecía. Aterrada, Alcira accedió, hizo lo que él le pidió, se desnudo y le practico sexo oral al cura y se dejo penetrar con asco, se vistió y se fue a su casa con el corazón lleno de rabia y vergüenza.

Poco después llegó María, una muchacha que acababa de cumplir dieciocho años. Le confesó que había compartido su intimidad con su novio. Él la reprendió fingiendo indignación y la llevó también a la sacristía, repitiendo la misma amenaza: si no hacía lo que él decía, todo se sabría y tendría que irse del pueblo. María, asustada permitió que el cura la penetrase, cedió contra su voluntad y salió de la capilla sintiéndose sucia y traicionada.

Tiempo después fue Fernanda, una joven hermana del convento cercano, quien confesó sentimientos que la inquietaban. El padre Paco la llevó a la sacristía y la amenazó con contar todo a la Madre Superiora y a su familia si no se sometía. Fernanda, aterrada, accedió y regresó al convento con el alma herida.

Así fueron pasando los días. Mujeres de todas las edades, desde las que apenas cumplían dieciocho hasta las cercanas a los cuarenta y cinco, fueron acercándose al confesionario sin saber lo que les esperaba. En total fueron doce las víctimas del padre Paco. Él creía tenerlas todas bajo su control, que el miedo las mantendría calladas para siempre. Pero lo que no sabía era que su fin estaba cerca.

Un día, la hermana Fernanda comenzó a notar que otras mujeres del pueblo también andaban tristes, con la mirada baja y la misma sombra en el rostro. Se acercó a ellas con cautela y ternura, hasta que finalmente les contó lo que había vivido. Una a una las demás rompieron el silencio: Alcira, María y todas las que habían sufrido a su lado fueron diciendo sus verdades. Ya no estaban solas. Ya no tenían miedo. Juntas planearon cómo responder a tanta maldad.

La hermana Fernanda les expuso el plan:

—Iremos todas a verlo. Le propondremos una fiesta, nos divertiremos… y él caerá. Como saben el bebe alcohol, lo haremos beber hasta que caiga rendido. Yo me encargo del resto.

Acordaron encontrarse en la casa del obispado, una construcción solitaria en medio del monte, lejos de miradas indiscretas, que él tenía llave y donde antiguamente se hacían retiros. Fueron a buscarlo y él aceptó encantado, poniendo como pretexto un viaje para justificar su ausencia.

Llegada la noche, a las veintidós horas se reunieron en la casa. Bebieron, bailaron, se comportaron como él esperaba para no levantar sospechas. Mientras brindaban, Fernanda colocó un fuerte narcótico en su bebida. Poco después, el padre Paco cayó profundamente dormido, sin fuerzas, sin despertar.

—Ahora vayan —les dijo ella—. Espérenme a la orilla del río. Denme un momento a solas. No pregunten.

Las mujeres se retiraron. Fernanda arrastró al hombre hasta la cama, roció todo con alcohol y combustible, y le dijo con voz serena:

—Bienvenido al infierno, padre Paco.

Encendió el fósforo y lo dejó caer. En un instante las llamas invadieron la casa. Ella salió corriendo y se reunió con las demás. Desde lejos vieron cómo el fuego consumía todo. Fernanda miró las llamas y dijo:

—Alabado sea Dios. El padre Paco ha llegado a su destino. Ha llegado al infierno que tanto merecía.

 

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  • Gogou

    Impresionante como el inicio del texto te pone en posición que el padre Paco era un buen hombre, que comprendía a los que sufrían, y poco a poco se convierte en un diablo. Incluso esa ironía puede funcionar como el justificante que él ponía a sus propias acciones, quizá según sus creencias y criterios él no era "malo por naturaleza" y estaba "ayudando" a esas pobres mujeres, aunque eso por supuesto no quita lo horrendo de su accionar.

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