Salí del edificio presidencial por la misma ventana por la que había entrado.
Después, escalé nuevamente uno de los edificios cercanos.
Al llegar a la azotea, me acosté sobre el cemento y dirigí la mirada hacia arriba.
Aunque el mundo estuviera sumido en un caos temporal, el cielo seguía siendo azul.
Las personas todavía no habían comenzado a matarse entre sí.
Y gracias a que entré rápidamente al primer piso, ninguna grieta volvería a abrirse por un tiempo.
Los monstruos continuarían encerrados en sus agujeros.
Al menos por ahora.
El cielo azul...
Qué hermosa vista.
En mi vida anterior, incontables personas lucharon poniendo sus almas en la balanza con la esperanza de volver a verlo alguna vez.
La mayoría nunca lo consiguió.
Yo era bastante afortunado de poder disfrutar de aquel momento de tranquilidad.
El viento pasó suavemente sobre mi rostro.
Los helicópteros se escuchaban a lo lejos.
Por primera vez en mucho tiempo, mi cuerpo comenzó a relajarse.
Y así, después de tantos años, cerré los ojos.
***
-Compañero...
Giré la cabeza.
Kang Mujin estaba sentado a pocos metros de mí.
Uno de los últimos amigos que todavía conservaba dentro de la Torre.
-¿Qué pasa?
Mujin sonrió débilmente.
-Creo que esta será mi última batalla, Byeolha.
Lo observé en silencio.
Su rostro estaba pálido. Venas negras se extendían desde su cuello hasta la mandíbula, latiendo bajo la piel como raíces podridas.
-¿Llegó el momento? -pregunté.
-Sí.
Bajó la mirada hacia su cuerpo.
-El veneno ya se extendió demasiado por mi sangre.
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
Como la de alguien que llevaba horas preparándose para decir esas palabras.
-Por favor...
Cerré los ojos.
No necesitaba terminar la frase.
Cuando volví a abrirlos, observé el escenario que nos rodeaba.
Una escena normal para mí.
Cadáveres de monstruos y humanos cubrían el suelo.
Armas rotas.
Sangre acumulada entre las grietas de la piedra.
En el centro de todo aquello, Mujin permanecía arrodillado.
Su espada descansaba frente a él.
Las manos le temblaban.
-No quiero convertirme en una de esas cosas -dijo.
A unos metros, uno de los cadáveres comenzó a convulsionar.
La carne del hombre se hinchó. Sus huesos crujieron bajo la piel mientras el veneno transformaba lo poco que quedaba de él.
Mujin lo miró.
-No quiero atacarte cuando deje de reconocer tu rostro.
Me levanté lentamente.
-Todavía podemos encontrar un antídoto.
-No.
-Hemos sobrevivido a cosas peores.
-Byeolha.
Levantó la mirada.
Sus ojos ya estaban comenzando a oscurecerse.
-Los dos sabemos que no existe un antídoto.
Guardé silencio.
Lo sabía.
Pero saberlo no significaba que quisiera aceptarlo.
Mujin soltó una risa corta.
-Nunca fuiste bueno mintiendo.
-Y vos nunca fuiste bueno rindiéndote.
-No me estoy rindiendo.
Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron.
Volvió a caer de rodillas.
-Estoy eligiendo cómo morir.
El viento arrastró el olor a sangre por el campo.
Apreté la empuñadura de mi espada.
-¿Tenés algún último deseo?
Mujin pensó durante unos segundos.
-Sí.
Miró hacia el cielo rojo de la Torre.
-Si alguna vez salís de este lugar...
Su voz comenzó a quebrarse.
-Buscá a mi hermana.
-¿Cómo se llama?
-Kang Sora.
Una sonrisa débil apareció en su rostro.
-Decile que su hermano peleó hasta el final.
-Se lo dirás vos mismo.
-Byeolha...
-No pienso memorizar mensajes de muertos.
Mujin soltó una carcajada, aunque enseguida comenzó a toser sangre.
-Seguís siendo un hijo de puta.
-Y vos hablás demasiado.
Desenvainé la espada.
El sonido del acero se extendió entre los cadáveres.
Mujin cerró los ojos.
-Gracias, compañero.
Levanté la hoja.
Durante un instante, mi brazo no respondió.
Había matado miles de monstruos.
Había cortado hombres, demonios y criaturas cuyos nombres ya nadie recordaba.
Pero aquel movimiento pesaba más que todos los anteriores.
-Nos veremos cuando este infierno termine -dije.
Mujin sonrió.
-Más te vale tardar mucho.
La espada descendió.
***
Abrí los ojos.
El cielo azul seguía sobre mí.
Mi mano estaba cerrada alrededor de una espada que ya no sostenía.
Durante unos segundos, todavía pude escuchar la voz de Mujin.
Kang Sora.
Ese nombre seguía conmigo.
Me incorporé lentamente.
Había regresado al pasado.
Eso significaba que Mujin todavía estaba vivo.
Su hermana también.
Miré hacia la ciudad.
Había demasiadas personas a las que debía encontrar.
Demasiadas muertes que todavía podían evitarse.
Suspiré y volví a acostarme.
-De a una cosa por vez...
El segundo piso todavía no había llegado.
Por ahora, podía permitirme dormir un poco.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya es de noche.
La ciudad está tranquila.
El caos de la mañana desapareció casi por completo. Las calles permanecen vigiladas por militares y la mayoría de las personas se encerró en sus casas.
Por un instante, parece que finalmente podré descansar.
Entonces escucho una explosión.
Giro la cabeza.
Un edificio cercano comienza a cubrirse de llamas.
-Mmm...
Pienso durante unos segundos si debería intervenir.
Los bomberos seguramente llegarán pronto.
Pero si el incendio fue provocado por un despertado, unas simples mangueras no serán suficientes.
Me pongo de pie.
Salto de una azotea a otra hasta llegar al edificio.
El humo sale por las ventanas y las llamas avanzan rápidamente entre los pisos. Al entrar por una abertura lateral, escucho gritos provenientes del pasillo.
Un hombre corre de un lado a otro, lanzando fuego con ambas manos.
-¡Aléjense de mí! ¡Ahora nadie puede detenerme!
Las llamas alcanzan cortinas, muebles y puertas.
Su poder es mediocre.
La temperatura no es demasiado alta y apenas consigue lanzar llamaradas a unos pocos metros.
Sin embargo, para un civil sigue siendo peligroso.
Estoy a punto de intervenir cuando veo a alguien acercándose desde el otro extremo del pasillo.
Es un hombre joven.
Lleva ropa común y sostiene un cuchillo de cocina.
No tiene armadura.
No parece poseer ninguna habilidad.
Aun así, camina directamente hacia el despertado.
Me detengo.
Veamos qué hace.
-¡No te acerques! -grita el hombre de fuego.
Lanza una llamarada.
El desconocido se agacha antes de que el ataque salga por completo. No intenta retroceder ni protegerse.
Avanza.
Observa el hombro.
La cadera.
La dirección de los ojos.
Está leyendo sus movimientos.
Interesante.
El despertado vuelve a atacar, pero el hombre ya entró en su alcance.
El cuchillo se mueve dos veces.
Un corte detrás de la rodilla.
Otro sobre el brazo.
El hombre de fuego cae antes de comprender qué ocurrió.
Intenta levantar la mano para lanzar otra llamarada, pero el desconocido pisa su muñeca y corta los tendones restantes con precisión.
No toca ninguna arteria importante.
No lo mata.
Solo le quita la capacidad de moverse.
-¡Maldito...! -grita el despertado desde el suelo-. ¡Te voy a matar!
El hombre del cuchillo lo mira con absoluta indiferencia.
-Primero aprendé a levantarte.
Me quedo observándolo.
No fue una pelea elegante.
Tampoco fue una demostración de fuerza.
Fue una ejecución detenida justo antes de la muerte.
-Interesante... -murmuro.
A lo lejos comienzan a escucharse las sirenas de los bomberos.
El hombre limpia el cuchillo contra la ropa del despertado y se marcha, abandonándolo en medio del edificio incendiado.
Así que también conserva esa parte cruel.
Intento recordar su rostro.
La mirada vacía.
La forma de inclinar el cuerpo.
La precisión con la que cortó los tendones.
Entonces lo reconozco.
Una sonrisa aparece en mi rostro.
-Así que el Demonio Despiadado también está aquí...
Quién lo hubiera imaginado.
Lo sigo desde los tejados.
El hombre sale del edificio y se interna en un callejón antes de que lleguen los bomberos.
Bajo con tranquilidad y aterrizo frente a la única salida.
Al verme, se detiene.
Levanta el cuchillo y adopta una postura defensiva.
No está mal.
Para alguien que todavía no ha entrado en la Torre.
-Fue interesante lo que hiciste -digo casualmente.
-¿Quién sos?
Su tono es frío.
Cortante.
-Kim Cheonro.
Por primera vez, su expresión cambia.
-Así que vos sos el imbécil que superó el primer piso.
Lo observo en silencio.
Después suspiro.
-Primero voy a tener que corregir ese tono...
-¿Qué...?
Antes de que termine la pregunta, aparezco frente a él.
Controlo mi fuerza y golpeo una de sus costillas con los nudillos.
-¡Kugh!
Escupe saliva y sangre.
Su cuerpo se dobla, pero no cae.
Intenta atacarme con el cuchillo.
Desvío su muñeca.
Golpeo su hombro.
Después la pierna.
Cae de rodillas.
-Demasiado lento.
El hombre intenta levantarse.
Lo vuelvo a derribar.
-Tu postura es buena, pero dependés demasiado de la reacción del enemigo.
Vuelve a lanzar una puñalada.
Atrapo su brazo y lo arrojo contra la pared.
-Además, tenés una personalidad desagradable.
-¡Vos me atacaste primero, hijo de...!
Un golpe ligero en el estómago interrumpe la frase.
Durante los siguientes minutos, intenta apuñalarme, patearme, morderme y escapar.
Fracasa en todo.
Yo no rompo ningún hueso.
No corto tendones.
Ni siquiera lo dejo inconsciente.
Solo golpeo los lugares suficientemente dolorosos como para enseñarle la diferencia entre nosotros.
Finalmente, queda arrodillado frente a mí.
Tiene un ojo hinchado, el labio partido y ambas manos apoyadas sobre el suelo.
Ahora su postura es bastante más respetuosa.
-Bien.
Me agacho ligeramente para mirarlo a la cara.
-Creo que ahora podemos hablar.
El hombre intenta levantar la cabeza.
-Shí... sheñor...
La hinchazón apenas le permite pronunciar las palabras.
Asiento con satisfacción.
-Mucho mejor.
Me pongo en cuclillas frente a él.
-¿Cuál es tu nombre?
Me observa con odio.
Por un momento parece dispuesto a insultarme de nuevo.
Luego recuerda lo ocurrido.
-Kwon Taesung...
El nombre confirma mis sospechas.
Kwon Taesung.
En mi vida anterior, fue uno de los asesinos más temidos de la Torre.
Un hombre capaz de atravesar una fortaleza entera sin ser visto y dejar únicamente cuerpos con los tendones cortados.
El Demonio Despiadado.
Pero ahora...
Miro el cuchillo de cocina que todavía sostiene.
Todavía no es más que un animal con buenos instintos.
-Taesung -repito-. Tengo una propuesta para vos.
Entrecierra el único ojo que todavía puede abrir.
-¿Qué... propuesta?
Señalo el cuchillo.
-Voy a enseñarte a usar eso correctamente.
Su expresión se endurece.
-¿Y qué querés a cambio?
Sonrío.
-Que dejes de hablarme como un idiota.
Guarda silencio.
-Y que me acompañes al segundo piso.
Esta vez, el odio desaparece de su rostro.
En su lugar aparece curiosidad.
Bien.
Incluso en su vida anterior, esa siempre fue su mayor debilidad.