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Capítulo 14: Compañeros (1)

NicolasCheonro

Contenido de la publicación

Abandono el complejo presidencial por la misma compuerta de mantenimiento que utilicé para entrar. Después cruzo hasta uno de los edificios cercanos y escalo hasta la azotea.

Al llegar, me recuesto sobre el cemento y levanto la mirada.

A pesar del caos que atraviesa el mundo, el cielo continúa siendo azul. Las personas todavía no han comenzado a matarse entre sí y, gracias a que entré rápidamente al primer piso, no debería abrirse otra grieta de inmediato.

Los monstruos seguirán encerrados en sus agujeros.

Al menos por ahora.

El cielo azul...

Qué hermosa vista.

En mi vida anterior, incontables personas pusieron sus almas en la balanza con la esperanza de volver a contemplarlo algún día. Nadie nunca lo consiguió.

Soy bastante afortunado de poder disfrutar este momento de tranquilidad.

El viento roza mi rostro y los helicópteros resuenan a lo lejos. Por primera vez en mucho tiempo, siento que mi cuerpo empieza a relajarse.

Entonces cierro los ojos.

***

—Compañero...

Giré la cabeza.

Kang Mujin estaba sentado a pocos metros de mí. Era uno de los últimos amigos que todavía conservaba dentro de la Torre.

—¿Qué pasa?

Mujin sonrió débilmente.

—Creo que esta será mi última batalla, Byeolha.

Lo observé en silencio. Tenía el rostro pálido y unas venas negras se extendían desde el cuello hasta la mandíbula, latiendo bajo su piel como raíces podridas.

—¿Llegó el momento? —pregunté.

—Sí.

Bajó la mirada hacia su cuerpo.

—El veneno ya se extendió demasiado por mi sangre.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

Era la voz de alguien que llevaba horas preparándose para pronunciar aquellas palabras.

—Por favor...

Cerré los ojos.

No necesitaba terminar la frase.

Cuando volví a abrirlos, contemplé el escenario que nos rodeaba. Cadáveres humanos y monstruosos cubrían el suelo, junto con armas rotas y charcos de sangre acumulados entre las grietas de la piedra.

Una escena normal para mí.

En medio de todo aquello, Mujin permanecía arrodillado con la espada apoyada frente a él y las manos temblando sobre las piernas.

—No quiero convertirme en una de esas cosas —dijo.

A unos metros, uno de los cadáveres comenzó a convulsionar. La carne del hombre se hinchó y sus huesos crujieron bajo la piel mientras el veneno transformaba lo poco que quedaba de él.

Mujin lo miró.

—No quiero atacarte cuando ya no pueda reconocer tu rostro.

Me levanté lentamente.

—Todavía podríamos encontrar un antídoto.

—No.

—Hemos sobrevivido a cosas peores.

—Byeolha.

Levantó la mirada. Sus ojos ya empezaban a oscurecerse.

—Los dos sabemos que no existe un antídoto.

Guardé silencio.

Lo sabía.

Pero saberlo no significaba que quisiera aceptarlo.

Mujin dejó escapar una risa breve.

—Nunca fuiste bueno mintiendo.

—Y vos nunca fuiste bueno rindiéndote.

—No me estoy rindiendo.

Intentó ponerse de pie, pero sus piernas no respondieron y volvió a caer de rodillas.

—Estoy eligiendo cómo morir.

El viento arrastró el olor a sangre por el campo.

Apreté la empuñadura de mi espada.

—¿Tenés algún último deseo?

Mujin reflexionó durante unos segundos.

—Sí.

Miró el cielo rojo de la Torre.

—Si alguna vez salís de este lugar...

Su voz comenzó a quebrarse.

—Buscá a mi hermana.

—¿Cómo se llama?

—Kang Sora.

Una sonrisa débil apareció en su rostro.

—Decile que su hermano peleó hasta el final.

—Se lo dirás vos mismo.

—Byeolha...

—No pienso memorizar mensajes de muertos.

Mujin soltó una carcajada, aunque enseguida empezó a toser sangre.

—Seguís siendo un hijo de puta.

—Y vos hablás demasiado.

Desenvainé la espada. El sonido del acero se extendió entre los cadáveres.

Mujin cerró los ojos.

—Gracias, compañero.

Levanté la hoja.

Durante un instante, mi brazo no respondió

Había matado miles de monstruos. Había cortado hombres, demonios y criaturas cuyos nombres ya nadie recordaba.

Pero aquel movimiento pesaba más que todos los anteriores.

—Nos veremos cuando este infierno termine —dije.

Mujin sonrió.

—Más te vale tardar mucho.

La espada descendió.

***

Abro los ojos.

El cielo azul sigue sobre mí y mi mano se encuentra cerrada alrededor de la empuñadura de una espada que ya no sostengo.

Durante unos segundos todavía escucho la voz de Mujin.

Kang Sora.

Ese nombre continúa conmigo.

Me incorporo lentamente. He regresado al pasado, lo que significa que Mujin todavía está vivo.

Su hermana también.

Miro hacia la ciudad.

Hay demasiadas personas a las que debo encontrar y demasiadas muertes que todavía puedo evitar.

Suspiro y vuelvo a recostarme.

—Una cosa a la vez...

El segundo piso aún no ha llegado. Por ahora, puedo permitirme dormir un poco.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya es de noche.

La ciudad está más tranquila. Las calles permanecen vigiladas por militares y la mayoría de las personas se ha encerrado en sus hogares. Por un instante, parece que finalmente podré descansar.

Entonces escucho una explosión.

Giro la cabeza.

Un edificio cercano empieza a cubrirse de llamas.

—Mmm...

Los bomberos no tardarán en llegar, pero, si el incendio fue provocado por un despertado, unas simples mangueras podrían no ser suficientes.

Me pongo de pie y salto de una azotea a otra hasta alcanzar el edificio.

El humo escapa por las ventanas y las llamas se extienden entre dos pisos. La alarma resuena sin descanso mientras los residentes bajan por las escaleras, empujándose entre ellos. Entro por una abertura lateral y enseguida escucho gritos desde el pasillo.

Un hombre corre de un lado a otro, lanzando fuego con ambas manos.

—¡Aléjense de mí! ¡Ahora nadie puede detenerme!

Las llamas alcanzan cortinas, muebles y puertas.

Su poder es mediocre. La temperatura no resulta demasiado elevada y apenas consigue lanzar llamaradas a unos metros de distancia.

Sin embargo, para un civil sigue siendo peligroso.

Estoy a punto de intervenir cuando veo a alguien acercándose desde el extremo opuesto del pasillo.

Es un hombre joven. Lleva ropa común y sostiene un cuchillo de cocina. No tiene armadura ni parece poseer ninguna habilidad.

Aun así, avanza directamente hacia el despertado.

Me detengo.

Veamos qué hace.

—¡No te acerques! —grita el hombre de fuego

Lanza una llamarada.

El desconocido se agacha antes de que el ataque termine de formarse. No retrocede ni intenta protegerse.

Avanza.

Observa el hombro, la cadera y la dirección de los ojos de su oponente.

Está leyendo sus movimientos.

Interesante.

El despertado vuelve a atacar, pero el joven ya ha entrado en su alcance. El cuchillo se mueve dos veces: un corte detrás de la rodilla y otro sobre el brazo.

El hombre de fuego cae antes de comprender qué ocurrió. Intenta levantar una mano para atacar otra vez, pero el desconocido pisa su muñeca y corta con precisión los tendones restantes.

No toca ninguna arteria importante.

No lo mata.

Solo le quita la capacidad de moverse.

—¡Maldito...! —grita el despertado desde el suelo—. ¡Te voy a matar!

El hombre del cuchillo lo contempla con absoluta indiferencia.

—Primero aprendé a levantarte.

No fue una pelea elegante ni una demostración de fuerza.

Fue una ejecución detenida justo antes de la muerte.

—Interesante... —murmuro

Las sirenas ya se escuchan cerca. Sin el despertado alimentando las llamas, los bomberos podrán controlar el incendio y encontrarlo antes de que el humo lo mate.

El joven limpia el cuchillo contra la ropa del caído y se marcha.

Así que también conserva esa parte cruel.

Intento recordar su rostro, la mirada vacía, la forma de inclinar el cuerpo y la precisión con la que cortó los tendones.

Entonces lo reconozco.

Una sonrisa aparece en mi rostro

—Así que el Demonio Despiadado también está aquí...

Quién lo habría imaginado.

Lo sigo desde los tejados. El hombre sale del edificio y se interna en un callejón antes de que lleguen los bomberos.

Desciendo con tranquilidad y aterrizo frente a la única salida.

Al verme, se detiene, levanta el cuchillo y adopta una postura defensiva.

No está mal para alguien que todavía no ha entrado en la Torre.

—Fue interesante lo que hiciste —digo con naturalidad.

—¿Quién sos?

Su tono es frío y cortante.

—Kim Cheonro.

Por primera vez, su expresión cambia.

—Así que vos sos el imbécil que superó el primer piso.

Lo observo en silencio.

Después suspiro.

—Primero voy a tener que corregir ese tono.

—¿Qué...?

Antes de que termine la pregunta, aparezco frente a él. Controlo la fuerza y golpeo una de sus costillas con los nudillos.

El aire escapa de sus pulmones. Su cuerpo se dobla, pero no cae.

Intenta atacarme con el cuchillo.

Desvío su muñeca, golpeo el hombro y después la pierna.

Cae de rodillas.

—Demasiado lento.

El hombre intenta levantarse.

Lo derribo otra vez.

—Tu postura es buena, pero dependés demasiado de la reacción de tu enemigo.

Vuelve a lanzar una puñalada. Atrapo su brazo y lo arrojo contra la pared.

—Además, tenés una personalidad desagradable.

—¡Vos me atacaste primero, hijo de...

Un golpe ligero en el estómago interrumpe la frase.

Durante los siguientes minutos intenta apuñalarme, patearme, morderme y escapar.

Fracasa en todo

No le rompo ningún hueso, no corto sus tendones ni lo dejo inconsciente. Solo golpeo lugares suficientemente dolorosos como para enseñarle la diferencia entre nosotros.

Finalmente queda arrodillado frente a mí, con un ojo hinchado, el labio partido y ambas manos apoyadas en el suelo.

Su postura es bastante más respetuosa

—Bien.

Me agacho para mirarlo a la cara.

—Creo que ahora podemos hablar.

El hombre intenta levantar la cabeza

—Shí... sheñor...

La hinchazón apenas le permite pronunciar las palabras.

Asiento con satisfacción.

—Mucho mejor

Me pongo en cuclillas frente a él.

—¿Cuál es tu nombre?

Me observa con odio. Durante un momento parece dispuesto a insultarme de nuevo, pero recuerda lo ocurrido.

—Kwon Taesung..

El nombre confirma mis sospechas.

Kwon Taesung.

En mi vida anterior fue uno de los asesinos más temidos de la Torre, un hombre capaz de atravesar una fortaleza sin ser visto y dejar únicamente cuerpos con los tendones cortados.

El Demonio Despiadado.

Pero ahora...

Miro el cuchillo de cocina que todavía sostiene.

Todavía no es más que un animal con buenos instintos.

—Taesung —repito—. Tengo una propuesta para vos.

Entrecierra el único ojo que todavía puede abrir.

—¿Qué... propuesta?

Señalo el cuchillo

—Voy a enseñarte a usar eso correctamente.

Su expresión se endurece

—¿Y qué querés a cambio?

Sonrío.

—Que dejes de hablarme como un idiota.

Guarda silencio.

—Y que te prepares para acompañarme al segundo piso

Esta vez, el odio desaparece de su rostro.

En su lugar aparece curiosidad.

Bien.

Incluso en su vida anterior, esa siempre fue su mayor debilidad.


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Salí del edificio presidencial por la misma ventana por la que había entrado.

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