Hubo una vez un niño que sufrió en silencio,
que creció entre heridas, tristeza y sueños rotos.
Hubo noches en las que estuvo a punto de rendirse,
porque el mundo le parecía demasiado cruel
y ya no encontraba razones para seguir adelante.
Con los años, aquel niño se convirtió en un hombre frío,
que despreciaba sus debilidades y escondía su dolor.
Durante mucho tiempo no se llevaron bien:
el hombre quería olvidar su pasado,
mientras el niño solo quería que alguien lo abrazara.
Hasta que un día, el hombre decidió mirar atrás
y encontró a aquel pequeño que tanto había sufrido.
Por primera vez, no sintió vergüenza ni rabia,
sino tristeza por todo lo que había tenido que soportar.
Se acercó, al oído y le susurro.
—Perdoname por haberte abandonado tanto tiempo.
No merecías tanto dolor, pequeño.
Ya no tenés que luchar solo; ahora estoy acá.
Desde entonces, el hombre tomó su mano
y prometió llevarlo consigo a donde fuera.
Le enseñó a sonreír, a soñar nuevamente
y a descubrir que la vida también podía ser hermosa.
Poco a poco, dejaron de ser dos desconocidos
y se convirtieron en compañeros inseparables.
El hombre aprendió a cuidar al niño,
y el niño le enseñó al hombre a sentir de nuevo.
Y así, bajo un cielo pintado de atardecer,
ambos encontraron su camino.
Porque el hombre comprendió que no necesitaba destruir al niño que fue para convertirse en quien quería ser; solo necesitaba abrazarlo, protegerlo y darle el amor que tanto le había faltado.
Y aquel niño, que alguna vez quiso rendirse,
por fin pudo caminar sin miedo.
Esta vez, ninguno abandonó al otro.
Porque el hombre era su futuro,
y el niño siempre sería su hogar. 🌅🤍
(Este poema ya es algo personal de mi vida y lo acontecido en el pasado)