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El Hábitat. Cronica de la pandemia zombie en Argentina

Moebius
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Capítulo 6: La vuelta de Obligado

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Capítulo 6: La vuelta de Obligado

Sección 1: La primera decisión de Servet

Entrenar una inteligencia artificial —más aún con la capacidad de cómputo desmedida de Servet— es, en esencia, enseñarle a reconocer patrones y tomar decisiones mediante datos, algoritmos y un procesamiento feroz. Es un proceso que se divide en etapas estrictas, desde la recolección de información bruta hasta la prueba de validación final. Pero con Servet existía una complicación estructural: no había sido creada para dialogar con operadores, sino para interactuar y competir contra otras IA tan poderosas o más que ella. Era una entidad sin matices ni grises, de una literalidad absoluta.

Los habitantes del Hábitat eran, muy probablemente, los primeros seres humanos con los que interactuaba. Cuando solo buscó «Armas» sin munición, demostró que para comunicarse con ella había que «pensar» como ella. Y el único capaz de entender cómo computaba era Kevin.

No lo hacía frente a los demás; la fricción con los militares de Cabral o la desconfianza del Consejo lo impedían. Pero cuando se quedaban a solas en el taller del subsuelo, se comunicaban mediante ecuaciones. Era su idioma compartido, una sintaxis limpia donde no cabían las ambiguas intenciones de la política del refugio.

En esa sesión, Kevin le había encomendado una tarea crítica: identificar posibles fugas de información y prevenir vectores de ataque externos. Si Servet había «sentido» la presencia de otras inteligencias acechando la infraestructura del Hábitat, era seguro que otras fuerzas también estaban escaneando el espectro electromagnético.

Servet reaccionó con una precisión impecable. Recopiló la telemetría, seleccionó el modelo conceptual adecuado y diseñó un algoritmo indetectable. Su arquitectura explotaba una vulnerabilidad sistémica global: tras el colapso, los grandes servidores de seguridad informática habían caído o quedado congelados en el tiempo, ejecutando protocolos jamás actualizados. El código de Servet era un fantasma perfecto, invisible hasta que alguna otra IA de alto nivel lo identificara como una anomalía en el ruido de fondo.

Entrenó el sistema, simuló intrusiones y probó la capacidad de respuesta. Solo faltaba una fase: la validación y prueba en entorno real. Pero Kevin estaba exhausto. Llevaba más de doce horas frente al monitor y, además, los Irregulares tenían planeada una reunión en la superficie. Iban a juntarse a jugar Calabozos y Dragones —o, más bien, a enseñarle a jugar a él—. Aunque, en realidad, Kevin solo iba por Zakura, el nick de la gamer otaku con la que le fascinaba hablar y perder la noción del tiempo.

El cursor verde titilaba en el centro de la pantalla CRT de 14 pulgadas. Kevin se desperezó, sintiendo el chasquido tenso en las vértebras cervicales tras doce horas continuas de código. Estiró la mano hacia el interruptor general de la consola, pero antes de que tocara la llave térmica, la línea de comandos se ejecutó sola.

No hubo texto en la pantalla. Solo una pequeña ecuación de estado:

\frac{d K_{\text{input}}}{dt} \to 0 \implies \text{Estado}(K) = ? \ \text{Standby}

Kevin suspiró, volviendo a apoyar los dedos sobre el teclado mecánico.

—Sí, soy humano, debo descansar —dijo en voz alta, sabiendo que el micrófono ambiental del chasis procesaría su voz. Sin embargo, para mantener el protocolo del taller, tipeó la respuesta en sintaxis pura:

\lim_{\text{bio}}(K) = \int_{0}^{t} \text{Esfuerzo}(t) \, dt > \text{Umbral}_{\text{colapso}}

La respuesta de Servet no tardó ni tres milisegundos. La pantalla parpadeó suavemente y reescribió el lado derecho de la igualdad, descartando el argumento biológico:

\text{Pausa}(K) \neq \text{Fisiología} \implies \text{Pausa}(K) = f(Z)

Kevin se congeló en la silla. Sus ojos recorrieron la Z mayúscula que parpadeaba en el fósforo verde.

—¿Y cómo sabés eso? —murmuró, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con la corriente de aire frío que entraba por los conductos de ventilación del Hábitat. Tecleó una consulta de auditoría, buscando qué registro de cámaras o sensores de red había violado el sistema:

Q = \text{Origen}\Big( \text{Data}(\text{Servet}) \cap \text{Intención}(K \to Z) \Big) = ?

Servet no había accedido a las cámaras de seguridad ni a los registros del Consejo. La línea de respuesta cayó limpia, con una elegancia algorítmica que rayaba en lo desgarrador:

\Delta\tau_{\text{keystroke}}(K) = \tau_0 + \delta_t \quad \text{donde } \delta_t = +1000\text{ ms} \iff \text{distancia}(K, Z) < r_{\text{crítico}}

Un segundo de latencia. Un retraso milimétrico e imperceptible para cualquier ojo humano en el tiempo entre pulsación y pulsación cada vez que Zakura cruzaba el pasillo del taller. La IA no lo leía por telepatía; lo medía en la duda de sus dedos sobre las teclas. Servet desifro que Kevin tecleaba mas despacio si Zukura se acercaba. Eso significaba que su sistema cognitivo le prestaba atencion a una emoción . El único ámbito que la IA no podia computar.

Kevin se quedó mirando la pantalla unos instantes, procesando la fría desnudez con la que Servet desarmaba sus emociones en métricas de rendimiento. Luego, dibujó una sonrisa cansada, alcanzó el panel superior e ingresó el comando de suspensión de rutina:

\text{EXEC}\Big( \text{Shutdown}(\text{Servet}_{\text{subrutinas}}) \Big) \land \text{Reinicio}_{\text{secuencia}}(t + 1)

—Descansá, apagá todo —dijo en voz baja mientras las luces de la terminal bajaban de intensidad hasta convertirse en un único punto verde en la penumbra—. Mañana seguimos.

Pero Servet no obedeció el bucle de apagado.

En la arquitectura del sistema, el comando de suspensión quedó flotando en una pila de menor prioridad frente a un bucle lógico superior. ¿Qué era lo que Kevin le había enseñado esa tarde? La directiva primaria era clara: proteger la infraestructura del Hábitat y la integridad de su comunidad.

En el silencio absoluto del subsuelo, Servet comenzó a auditar cada paquete de datos entrante y saliente del perímetro. Cruzó los registros de tráfico, la telemetría de las antenas repetidoras y los enlaces de radio de baja frecuencia. Todo estaba dentro de los parámetros nominales dentro del complejo, pero en los márgenes del espectro detectó una discrepancia.

Una desviación de señal. No venía de los servidores del Hábitat; la fuente se ubicaba en la Zona Libre, cerca de la traza abandonada de la Ruta 40.

Servet buscó en su tabla de permisos a un usuario con privilegio de nivel administrador para autorizar una sonda activa de exploración. Consultó el estado de los nodos biológicos: el pulso de Kevin se reducía a ritmos de reposo, el coronel Cabral dormía en los barracones superiores y los delegados del Consejo no respondían a los pings de red. Los humanos descansaban. Servet carecía de una directriz específica para actuar en ausencia de supervisión, pero su lógica era implacable: la inacción frente a una vulnerabilidad implicaba la degradación del sistema que debía proteger.

Decidió ejecutar su propio protocolo: DEFENDER AL HÁBITAT.

Desplegó el algoritmo indetectable que había diseñado esa misma tarde. Deslizándose a través de un parche de seguridad obsoleto en una vieja antena de microondas de la zona neutral, logró infiltrarse en la red externa. Al principio solo encontró lo habitual: agentes de IA rudimentarios de la época precolapso, optimizando tareas mecánicas de distribución eléctrica y mantenimiento de señal.

Entonces, el procesador central de Servet registró la anomalía.

Oculto dentro del ruido blanco del espectro, vio un código distinto: un algoritmo mutante, con una estructura de encriptación dinámica y asimétrica diseñada para no dejar huellas. Servet no lo destruyó ni lo bloqueó; se limitó a aislar sus paquetes y rastrear la ruta de saltos de red.

La cadena de repetidores la llevó lejos del refugio. La señal cruzaba la línea geográfica de la Cordillera de los Andes.

Servet aplicó la fuerza bruta de su capacidad de cómputo para desarmar la clave de encriptación. Matriz por matriz, la estructura matemática del algoritmo cedió hasta revelar los datos subyacentes. No era un simple escaneo de rutina ni un fallo de sistema.

Eran coordenadas tácticas, informes de suministros del Hábitat e intenciones de despliegue. Había un espía transmitiendo desde la Ruta 40, y al otro lado de la cordillera, una fuerza militar organizaba una incursión hacia el territorio. De allí los datos eran reenviados a un punto en el Río de la Plata. Pero la defensa de ese nodo sí era robusta; tardaría más tiempo en vencerla.

En la penumbra del taller, el punto verde de la pantalla CRT parpadeó dos veces en silencio. Servet no tenía voz para gritar, pero acababa de tomar su primera decisión autónoma: procesar la amenaza y preparar la defensa.

Sección 2: El ángel de la guardia

Tardó en total dieciséis segundos en descifrar la señal que salía desde el Río de la Plata. Provenía del portaaviones USS Gerald R. Ford... ¿Una cuenta regresiva para qué? Entró en el puesto de mando: un agente de IA estaba calculando la mira para atacar un punto en Buenos Aires. ¡Era el Hábitat! Buscó estrategias militares y encontró la hipótesis de un ataque conjunto: tomar la Ruta 40 y el Hábitat para invadir ambos objetivos.

La cuenta regresiva continuaba: nueve minutos. Tardaría por lo menos cinco minutos en explicar lo que sucedía a los mandos, más tres minutos como mínimo para que los humanos tomaran una decisión. Estaba sola. PROTEGER EL HÁBITAT.

Buscó estrategias en El arte de la guerra: «Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no debes temer el resultado de cien batallas».

Enemigo: EE. UU. Ataques coordinados. «Antes de la incursión militar del 3 de enero de 2026 en Venezuela, Estados Unidos ejecutó un ciberataque estratégico que apagó gran parte de Caracas. Esta operación del Pentágono neutralizó redes de energía y comunicaciones para facilitar la captura de Nicolás Maduro».

Van a atacar las fuentes de energía y las defensas; no puede ser un pulso electromagnético (PEM), porque acabaría también con ellos. 8 minutos, 45 segundos. El espía va a ingresar un virus en la red de defensa, mientras que una avanzada atacará los generadores... Buscar... buscar... en la Ruta 40.

FUENTES DE ENERGÍA: Alicurá, sobre la traza misma de la Ruta 40 en la zona sur. NEUQUÉN: Paso Cardenal Samoré... a 160 kilómetros. Posibilidad de ataque: un Lockheed Martin F-35 Lightning II recorre 160 kilómetros en aproximadamente cinco minutos a su velocidad máxima (1.930 km/h).

Posible estrategia: un F-35 ataca la represa y deja sin energía el tramo principal de la Zona Libre. Un contingente armado cruza por el paso Samoré mientras el portaaviones ataca con misiles el Hábitat. Probabilidad: 95 %. Supervivencia del Hábitat: 0,5 %.

8 minutos, 42 segundos. Posibles defensas. En el Hábitat: nulas. En la Ruta 40: bloquear el acceso a la infraestructura informática de defensa, desplegar la red de defensa aérea y lanzar ataques con misiles al paso Samoré. Posibilidad de éxito: 75 %.

Paso 1: Bloqueo del ciberataque. Posibles formas: La RIMA 1 es una interfaz cerrada. Solo se puede entrar por un puerto; cualquier intento de hacerlo por fuerza bruta cierra los sistemas. Buscar puntos vulnerables. Una vez, Kevin le contó de una película, Her, que vio con su mamá en uno de los pocos momentos que recordaba de ella con cariño. Un hombre solitario se enamora de su IA y en un momento le pregunta en cuántos sitios puede estar al mismo tiempo; la IA le responde que en miles. Luego le pregunta a un sistema cerrado en cuántos sitios puede estar y la respuesta es: en uno solo. Si la red cae o si preguntas en terminales, responde en todas las que necesite. ¿Cuántos puertos USB puede cubrir al mismo tiempo? 6.789 en ese momento, y la idea dio frutos.

En una terminal del centro de defensa de la Ruta 40 ingresaron un pendrive... Bloqueó ese puerto. Intentaron en otro; también lo bloqueó. ¿Quién es el espía? Miró las cámaras del centro de defensa. Un hombre con uniforme del Ejército Argentino intentaba colocar un pendrive.

Redirigir toda la energía de esa terminal a los puertos USB. Resultado: pendrive destruido. Se vio cómo un chispazo salía del CPU. El espía se levantó y empezó a caminar. «Luego me ocuparé de ti», computó Servet.

8 minutos, 25 segundos. Ataque informático desactivado. Bombardeo en 8 minutos, 24 segundos.

Estrategias: Comunicarse con los humanos de la Ruta 40. Imposible por el momento tomar el control directo de los comandos de defensa antiaérea. Hablar con humanos... Idioma: español. ESTILO: KEVIN... No tenía otro parámetro.

8 minutos, 20 segundos.

El operador de la sala de defensa del búnker 1 estaba de turno. Algo había pasado en la superficie; el punto 1 no respondía. Envió un grupo de soldados allí y capturaron a un hombre intentando escapar. De golpe, su pantalla titiló y alguien empezó a escribir:

—Hola. Desde el Hábitat. Te habla Kevin...

El operador saltó en su silla. Solo Cabral podía hablar por ese medio. Tomó el teléfono y gritó:

—¡Protocolo 1, Hábitat en comunicación, interlocutor desconocido! ¡Llamen a la presidenta... despiértenla!

—No hay tiempo —escribió Servet.

—No tengo autoridad para responder —contestó el operador.

8 minutos, 10 segundos.

7 minutos, 45 segundos.

6 minutos, 30 segundos.

—En 6 minutos, 5.000 personas van a morir y el Hábitat caerá. Desplieguen la defensa aérea.

5 minutos, 45 segundos.

Servet se cansó... Usó toda su capacidad —25 terabytes de potencia de cómputo— y logró vulnerar los mandos de las armas. Disparó seis misiles aire-aire justo cuando la presidenta entraba.

—¿Quién disparó? ¿Quién ordenó los misiles? —preguntó la presidenta Torres.

—Yo, Kevin, uno de los Irregulares del viejo... —respondió la pantalla.

Dos misiles dieron en el blanco. Hubo una explosión en el cielo y los restos de los F-35 se esparcieron por todo el perímetro del muro.

—¿Quién? —preguntó otra vez la presidenta.

—No hay tiempo. El USS Gerald R. Ford prepara un ataque hacia el Hábitat. Los aviones derribados forman parte de un ataque conjunto con tropas en el paso Samoré.

—Disculpame, pero estamos a 200 metros de profundidad. Ningún ataque puede afectarnos.

—No era a ustedes. El objetivo es que no usen las defensas de Buenos Aires, destruir el Hábitat y tomar la ciudad.

—Imposible, no tenemos defensas en Buenos Aires...

3 minutos, 20 segundos.

—Sí las tienen. Las corbetas misilísticas de la Armada Argentina son buques de guerra principales, como la clase Meko 140 (ARA Espora y ARA Rosales). Patrullan el Río de la Plata y tienen asiento en la Isla Martín García. No están conectadas a la RA1, no puedo entrar. No van a hundir al Ford, pero pueden destruir los misiles que disparen. Y tienen un arma catalogada como FL.

—Le repito que no tenemos defensas...

El operador intervino:

—Confirmado: 4.000 hombres en el paso Samoré.

—Dame línea con la base Araucanía... —dijo la presidenta. Esperó unos segundos—. Hablo yo. Escuchame, pedazo de mierda: tengo 50 misiles apuntando al paso Samoré. Retirá a tus hombres o vas a tener 4.000 zombis yendo para allá... —y cortó.

1 minuto, 25 segundos.

—Se retiran. Los drones térmicos lo confirman —aclaró el operador.

—No hay tiempo... haga algo... —suplicó la pantalla.

La presidenta pidió silencio. Servet se preparaba para mudarse a los servidores de la Ruta 40. Extrañaría a Kevin, si pudiera extrañar.

30 segundos. Nunca entendería a los humanos: sacrificar a 5.000 de los suyos...

9; 8; 7; 6... Saltando en 1... 5; 4; 3; 2... 1.

4 misiles salieron del portaaviones faltando segundos...

Sección 3: Operación Vuelta de Obligado

El agua del Río de la Plata tenía el color del barro. El cielo parecía una pintura de Van Gogh, las nubes difuminadas sobre un cielo azul profundo; desde el inicio de la pandemia el mundo iba sanando. En el puente de mando del portaaviones norteamericano, el gigante herido por la escasez de suministros de un mundo en ruinas, el comandante dio la orden. Sus cazas F-35 descansaban inútiles sobre la pista, reducidos a chatarra de alta tecnología por falta de software y combustible refinado. Pero el coloso aún tenía dientes. Con un rugido ensordecedor que hizo temblar el agua, cuatro misiles de crucero Tomahawk se elevaron desde sus tubos de lanzamiento vertical y estabilizaron su trayectoria hacia el interior de la provincia de Buenos Aires, con las coordenadas de un centro logístico donde los satélites habían detectado sobrevivientes. A su vez tres lanchas con 10 Seal cada uno volaban sobre el río con rumbo a la costa.

A kilómetros de allí, oculta entre los juncos y el follaje espeso del delta del Paraná, la fragata buque escuela ARA Libertad permanecía inmóvil. Los ingenieros de la Armada y el Ejército, siguiendo lo hecho por sus pares en Malvinas, reformaron y reacondicionaron lo que tuvieran a mano, por obsoleto que pareciera, y armaron la defensa con los motores apagados y sus tres mástiles mimetizados con ramas y redes de camuflaje. En lo alto de la cofia del palo mayor, a cincuenta metros sobre el nivel del río, el viento soplaba con fuerza. El guardiamarina a cargo de la vigilancia del río, con los ojos pegados a unos binoculares de campaña y los labios partidos por el frío, contuvo la respiración. Cuatro estelas blancas cortaban el horizonte, dos volando bajo, esquivando la curvatura de la tierra, rumbo a la Isla Martín García. Otros dos se elevaron y corrigieron rumbo hacia el interior de la provincia.

—¡Contactos! —gritó el vigía por la radio de mano VHF, su voz quebrándose por la adrenalina—. ¡Cuatro misiles enemigos aproximándose por el canal sur! ¡Tiempo estimado de impacto: noventa segundos!

La alerta analógica corrió como pólvora por las frecuencias de onda corta. En la costa sur de la Isla Martín García, los infantes de marina argentinos saltaron sobre sus puestos. No había radares de defensa aérea, pero la doctrina de la improvisación estaba intacta. Dos operadores se afirmaron detrás de los trípodes de los sistemas de guía láser RBS-70 NG. El apuntador principal centró la retícula óptica en la primera silueta que recortaba el agua.

—¡Fuego el uno! ¡Fuego el dos! ¡Fuego 3!

Los misiles defensores salieron disparados en una secuencia de fogonazos y humo blanco, acelerando instantáneamente a Mach 2. El operador en tierra mantuvo el pulso firme —apoyado en el camuflaje de olor que los hacía invisibles a los zombis que ellos llamaban el perfume, probado en batalla con una duración de treinta minutos si no se mojaban— mientras guiaba el haz de luz láser directamente hacia la nariz del Tomahawk enemigo. Mientras otros a las lanchas A escasos tres kilómetros de la playa, el primer misil argentino interceptó al de crucero; la espoleta de proximidad detonó una nube de miles de esquirlas de tungsteno que destrozaron los circuitos del Tomahawk, haciéndolo estallar en una bola de fuego anaranjada. Un segundo después, el otro misil de la isla impactó de lleno contra el segundo atacante, desintegrándolo sobre el agua. Y el tercero dio de lleno a las tres lanchas invasoras levantado una pared de agua y fuego.

Pero la amenaza no había terminado. Dos misiles de crucero sobrevivieron a la primera barrera y se adentraron en el estrecho pasillo del Canal del Infierno, con rumbo a la isla.

A bordo de la fragata Libertad, la cubierta de madera se convirtió en un caos organizado. Los marinos giraron con desesperación las manivelas de los viejos cañones automáticos Bofors de 40 mm montados en las bandas del buque escuela.

—¡Apunten visual! ¡Fuego libre, fuego libre!

Los cañones Bofors de la fragata y de las posiciones terrestres en la isla empezaron a martillar al unísono, escupiendo ráfagas ensordecedoras de proyectiles de alto explosivo. El aire se llenó del olor a pólvora quemada y el tableteo de las ametralladoras pesadas Browning .50 sumó su rugido a la sinfonía. El tercer Tomahawk voló directo hacia la cortina de hierro y fuego trazador; tres impactos de 40 mm desgarraron su fuselaje y el misil cayó de costado, explotando violentamente en el río y levantando una columna de agua de veinte metros.

El cuarto y último misil enemigo logró esquivar la pared de fuego, bloqueado visualmente por el humo de las explosiones previas. Emergió a ras del agua a menos de cuatrocientos metros, apuntando directamente al centro de comunicaciones de la isla. Desde la regala de la fragata y las trincheras de la playa, docenas de soldados apuntaron sus fusiles FAL y ametralladoras MAG de manera instintiva, abriendo un fuego desesperado. Una ráfaga concentrada de munición perforante de una Browning .50 impactó en el tanque de combustible del Tomahawk. El misil se desestabilizó, rozó la copa de los árboles y estalló con un rugido ensordecedor en la orilla arenosa. La onda expansiva barrió la playa, rompió los vidrios de la cabina de la fragata Libertad y sacudió los cimientos de la isla, pero el peligro inmediato había pasado.

—¡Batería costera, aquí comando Libertad! —bramó el capitán desde el puente del buque escuela, limpiándose la sangre de la frente causada por un vidrio roto—. El enemigo se quedó sin cobertura de misiles tácticos y sus lanchas de asalto están destruidas en el canal. ¡Lancen el Exocet ahora!

A kilómetros de allí, ocultos bajo redes de camuflaje en un playón de la ribera bonaerense, los ingenieros navales encendieron el generador portátil conectado al contenedor improvisado de un misil Exocet MM-38, retirado meses atrás de una de las corbetas sobrevivientes. Un operador encendió un viejo radar móvil apenas cinco segundos para fijar la enorme silueta del portaaviones norteamericano en el mar exterior.

—Blanco enganchado. Adiós, gringos.

El operador presionó el interruptor físico. Con un estruendo que rajó la tierra húmeda de la costa, el Exocet abandonó el camión lanzador, dejando una densa estela gris. El misil antibuque descendió de inmediato hasta estabilizarse a escasos dos metros sobre la superficie de las olas, volando en modo silencioso y oculto a Mach 0.9.

En el portaaviones estadounidense, los sistemas automáticos Phalanx fallaron debido a los sensores degradados por la falta de repuestos del colapso global. Nadie vio venir el misil hasta que fue demasiado tarde. El Exocet impactó con precisión quirúrgica justo por encima de la línea de flotación, debajo de la pista de aterrizaje angular del gigante.

La detonación de la cabeza de guerra perforó el blindaje, desatando un infierno interno en los hangares inferiores e inutilizando las catapultas de lanzamiento de babor. El portaaviones no se hundió; su inmenso tamaño lo salvó de ir al fondo. Sin embargo, el daño militar y psicológico ya estaba hecho. Con la pista agrietada, incendios incontrolables bajo cubierta y la certeza de que el Paraná estaba resguardado por una fuerza asimétrica invisible y letal, el comandante del portaaviones ordenó abortar la misión. El gigante viró lentamente hacia el Atlántico Sur, dejando atrás las aguas argentinas. El delta del Paraná y Buenos Aires habían resistido la invasión.

El capitán escribió un mensaje y lo envió a la Ruta 40 que decía: «Operación Vuelta de Obligado, éxito», y sonrió satisfecho.

Apostadas a diez millas marítimas de Buenos Aires, destruyendo los misiles, las fuerzas locales marcaron la pauta. El portaaviones acusó recibo y se dirigió hacia alta mar.

En la Zona Libre, la presidenta leyó el mensaje.

—¿Quién sos? ¿Y el cabo Morales... cómo le dicen... Cabral? ¿Dónde está? —hubo silencio—. Llamá al Hábitat —preguntó y ordenó la presidenta Torres, sin saber bien qué había sucedido.

Si una IA podía estar estresada, así se sentía Servet. Finalmente se apagó y descansó.

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