Ay, Mariela curándole las heridas a Cabral y guardándose lo que de verdad le quería decir. Y él, ni cuenta.
El HÁBITAT: Cronica de la epidemia zombie en Argentina
Capítulo 7:
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Ay, Mariela curándole las heridas a Cabral y guardándose lo que de verdad le quería decir. Y él, ni cuenta.
Contenido de la publicación
Capítulo 7:
El escudo invisible
Sección 1
Su padre había trabajado en la fábrica Siam, un verdadero baluarte de la industria metalmecánica argentina, y tenía su propio taller sobre la Ruta 4. Cacho creció entre tuercas y motores; cuando su padre falleció, él continuó con la tradición familiar de lidiar con máquinas. Lo fascinaban. Sin saberlo, realizaba ingeniería inversa cada vez que se topaba con un mecanismo desconocido. Por eso, cuando estalló el apocalipsis, se encontraba arreglando una enfardadora que no enfardaba. Al poco tiempo, se convirtió en el mecánico oficial del Hábitat. Todos lo llamaban simplemente Cacho.
Después de que el viejo electricista sufriera un infarto sin dejar un reemplazo claro, Cacho se dio maña para enseñarle el oficio a otro habitante. A partir de allí, el Comité decretó que todos los puestos sensibles —electricistas, mecánicos, gasistas, carpinteros— debían contar obligatoriamente con un aprendiz. A Cacho le tocó una chica de unos veinte años: delgada, fornida y de mirada inteligente. Sobre todo, escuchaba a Cacho con un interés real.
Estaban en el galpón de la recicladora. Debían pararla para cambiarle una pieza luego de un año de uso continuo, lo cual significaría un alivio momentáneo contra el hedor. Aunque al principio el olor a azufre y fruta podrida era insoportable, con el tiempo todos se habían acostumbrado.
Cacho miró a su aprendiza y le dijo:
—Esta amiguita es un digestor Tridas. Recicla cartón, papel y plástico, y nos da pasta de celulosa.
Se agachó y la joven imitó su movimiento.
—¿Ves ese engranaje? Es el que más trabaja y el que le da fuerza. Cada tres meses hay que pararla para cambiarlo, pero hace un año que no la detenemos. Somos cinco mil personas... mucho papel higiénico —se rió Cacho, contagiándole la risa a la muchacha—. Vení.
Se acercó a un panel de control y apretó un botón rojo. La máquina bufó una última vez y se detuvo.
Sección 2
Lo primero que hicieron tras formar el Comité fue realizar un censo y asignarle una tarea a cada habitante. Luego comenzaron las incursiones para recolectar insumos y rescatar sobrevivientes, todo gracias a los Super Puma, helicópteros utilitarios de transporte medio y asalto.
Estas aeronaves podían llevar hasta 20 soldados equipados o una carga útil de 2.500 kilos en su interior, midiendo unos 15,5 metros de longitud con un peso máximo al despegue cercano a las 9 toneladas. Grande fue la sorpresa cuando, escapando de Campo de Mayo, sus pilotos divisaron la estructura del Hábitat. Tras comunicarse con la zona libre de la Ruta 40 —donde se había refugiado lo que quedaba del Gobierno—, recibieron la orden de prestar servicio logístico a los sobrevivientes. Y vaya si lo hicieron.
Al llegar, los militares advirtieron que, aunque no podían precisarlo con exactitud, al menos treinta cuadras a la redonda estaban infestadas de zombies en estado de hibernación. Acto seguido, enviaron un dron y lo comprobaron: un mar inmóvil de 30 manzanas de radio. El ingeniero hizo un cálculo rápido y tiró una cifra heladora: cerca de cincuenta mil.
Todos guardaron silencio en la sala. Solo el soldado Cabral rompió el hielo con una pregunta:
—¿Y por qué no atacan?
Sección 3
No ven como nosotros, ni oyen ni huelen igual. Quizás sea solo puro instinto: huelen, ven y oyen únicamente a sus presas. Estaban ahí quietos, con el cerebro apagado pero el cuerpo pudriéndose. A algunos no les quedaba mucho; los tendones se les desprendían de los huesos y apenas se arrastraban. Otros, más «frescos», parecían atletas esperando el disparo de largada. Esperaban... esperaban... y, de pronto, pasó.
Fue un olor dulce. Los químicos en sus cerebros colapsados explotaron en sensaciones. Era dulce, intenso, penetrante: era olor a vivo.
Los más cercanos al perímetro se estrellaron contra los contenedores dispuestos como muralla, llenando el ambiente con un retumbar metálico similar a tambores tribales. Miguel y Juan, apostados en la atalaya norte, los vieron y quedaron paralizados. No era una práctica. No era un videojuego de entrenamiento. Estaban atacando. Primero diez. Después veinte... treinta.
Juan reaccionó, hizo sonar la alarma y disparó.
—Un centímetro arriba del entrecejo —había dicho la doctora.
«Una bala, un zombie», los había instruido Cabral, pero vació su cargador y solo eliminó a uno. Miguel fue más efectivo: tumbó a tres.
Muchos habitantes no le prestaron atención al primer toque de alarma y siguieron en lo suyo, pensando que la apagarían al minuto. Pero no. En segundos, todo fue caos. Corrieron al techo y 160 fusileros se pusieron pecho a tierra, apuntando sus miras hacia los muertos que se abalanzaban. Dispararon, pero la primera ráfaga solo mató a diez; más de un centenar seguía caminando y chocando contra el gran portón verde.
Cuando llegó Cabral, los organizó a grito pelado. Dio la orden y, esta vez sí, la segunda ráfaga abatió a cincuenta.
Pero, de golpe, los zombies se detuvieron.
Volvieron rígidamente a la pose que adoptaban durante la hibernación: la cabeza erguida, olfateando el aire, y las manos a los costados con los dedos abiertos. Todos los fusileros se pusieron de pie, sin entender qué demonios estaba pasando... hasta que a Cabral le llegó el inconfundible y denso olor a azufre y fruta podrida proveniente de la recicladora de celulosa.
Sección 4
Cacho medía casi dos metros y desafío a cualquier sobreviviente del Hábitat a que me diga si lo vio alguna vez sin su ropa de trabajo. Nunca. Ni en las reuniones sociales, ni siquiera en los funerales de las víctimas del atentado se lo vio con otra ropa que no fuera la camisa marrón y el pantalón del mismo color, de marca Grafa. Se le notaba que la situación le molestaba; tener que llevar el informe ante el Comité lo molestaba. No le gustaba hablar en público, y menos dar malas noticias. Pero allí estaba. Había practicado frente a sus aprendices mostrando las piezas, dando datos milimétricos y cálculos de física. Pero el pedido de Cabral lo descolocó.
—Olvidate de lo técnico. Contalo simple para que le bajemos tu informe a los referentes de cada sector y así poder adecuarnos a la situación...
Cacho tomó lo que parecía un eje de metal junto a un engranaje dentado y habló:
—Tenemos que cambiar estas dos piezas, que dan fuerza y compresión... —se autocensuró—. El problema es que teníamos que cambiarlas hace seis meses, pero siempre sucedía algo más importante. Tuvimos la recicladora funcionando 24/7 y se comió todos los engranajes de un panel lateral. Debemos cambiar el panel, colocar los engranajes, estas dos piezas y purgar dos veces la máquina, porque si no, no toma presión. Hay que desarmar y volver a armar. Sesenta minutos como mínimo. Hoy la apagamos y revisamos. La volvimos a prender. Tiene una vida útil de 45 días... en 30 tendríamos que intentar los cambios por si algo se complica —dijo, aliviado de no tener que hablar más.
El ingeniero Álvarez tomó la palabra:
—Suponé que armamos un equipo como los pit lane de la Fórmula 1, cada uno con una función, con un tiempo y un trabajo específico. Tenemos treinta días para practicar. ¿Cuánto podrías reducir el tiempo?
—Entiendo tu idea, pero una pieza mal colocada o mal adjusted podría significar el paro parcial o total de la unidad... Y según tengo entendido, eso sería malo... Y...
—Te conozco, Cacho, y sé que te cuesta delegar y creés que si no lo hacés vos, no va a estar bien —lo interrumpió Cabral—. Pero llegamos hasta acá trabajando en equipo. Tenés cuatro aprendices más el ingeniero, y tenemos electricistas, carpinteros y albañiles que saben trabajar y son hábiles con las manos. ¿Cuántos creés que necesitarías, sin molestarse, y cuánto tiempo se reduciría?
El mecánico miró las piezas como buscando respuestas en ellas y, al final, habló:
—Tendríamos que ser diez. Y serían cuarenta minutos con una purga; cuarenta y cinco para dejar cinco de margen para imprevistos.
Los miembros del Comité se miraron, y desde el fondo una voz susurró:
—Puedo hacerte un diagrama para optimizar los movimientos y empezar a practicar... —dijo Kevin.
Cabral lo miró y asintió.
—Bueno, gente... Tenemos un plan. Te vamos a conseguir esos cuarenta y cinco minutos.
Fue entonces cuando Esteban tomó la palabra... Estuvo en silencio, escuchando, sopesando las posibilidades, y cuando supo qué decir, habló:
—¿Y cómo se supone que lo vamos a hacer? —se enderezó en su silla y miró a cada uno de los miembros del Comité.
—Peleando... ¿Cómo va a ser? El ataque de hoy duró cinco minutos y tuvimos más de doscientos muertos queriendo entrar —le respondió Cabral.
—Y va a ser exponencial... —agregó el Viejo—. Según los drones y el cálculo por metro cuadrado, hay cincuenta mil rodeándonos. Pero según registros que consiguió Servet, cuando una horda empieza a atacar, todos los que están «hibernando» kilómetros a la redonda se despiertan, sin contar los de las casas que no ven los drones. Una estimación... —el Viejo hizo un gesto de buscar la palabra indicada— prudente es de entre cien mil y ciento cincuenta mil trapitos intentando entrar...
Esteban se paró y fue hacia la ventana que daba a los pasillos y al rack del Hábitat, donde la gente parecía vivir una inexistente seguridad. Se dio vuelta y le habló directo a Cabral:
—Sé tus intenciones y no me malinterpretes. Sé que sos un soldado y cumplís órdenes de Torres, pero vos vas a querer hacer una gran defensa —hizo el gesto de querer abarcar algo con las manos— con tus fusileros peleando mano a mano con los muertos. Pero entendé una cosa: ellos no son soldados. Son hombres comunes y corrientes. Habrá un gendarme o algún policía, pero el noventa por ciento es gente común que nunca le disparó a nada. Poner en sus manos la defensa es una locura.
—Sí, son gente común... —le contestó Cabral—, pero van a estar defendiendo su hogar y...
—¡Ven, ven! —lo interrumpió Esteban, apoyándose frenético con ambas manos en la mesa y mirando fijo al granadero—. Vos querés una batalla épica. Una muerte digna de soldado. Yo quiero sobrevivir...
—¿Y qué proponés? —lo increpó el Viejo, con una dureza que sorprendió a todos.
Esteban se volvió a sentar, estiró las piernas y, como si contara una película, contestó:
—Yo no soy un genio militar ni un gran estratega, solo un empresario con sentido común... Subir a todos a sus racks, encerrar a los que no puedan pelear en las cámaras frigoríficas (el frío los detiene, ¿no? —nadie respondió—) y concentrar todo lo que tenemos en el galpón de la recicladora... Defender ahí. Y conseguir los cuarenta y cinco minutos. Va a haber pérdidas, es inevitable...
Cabral lanzó una carcajada, pero en un segundo volvió a ser el hombre serio de siempre y le respondió:
—Se nota que no sabés nada de estrategia. Hay que alejar a los muertos del galpón... Uno que pase y todo se acabó. Hay que hacer que los menos posibles entren. Armar un plan de batalla, porque yo pienso en seguir aquí... Si entran mil o dos mil muertos, el desastre será inevitable...
—Votemos —propuso Molina, que también estuvo esperando su oportunidad—. ¿Qué pensamos que es mejor? ¿La defensa heroica con pocas probabilidades —señaló a Cabral— o concentrar recursos y activos en el galpón?
Se votó y ganó Cabral por cinco contra dos... Y sorpresivamente Cacho habló:
—Consíganme los cuarenta y cinco minutos y yo y mi equipo hacemos el resto.
Sección 5: Incursión al puerto
Las incursiones fueron muchas, hasta que llegó la orden desde la Zona Libre de la Ruta 40: guardar combustible y enviar tropas a la Isla Martín García para levantar un bastión contra cualquier intento de incursión de una fuerza extranjera. Según se me informó, lo que quedaba de la ONU sesionó en Hawái. Y ahí se lanzó la resolución sobre la obtención de recursos: si no había un pueblo soberano en la zona, los recursos eran confiscados como «bienes de la humanidad». Se avistó el portaaviones USS Gerald R. Ford, con sobrevivientes y tripulación, y el Gobierno no quería una colonia de EE. UU. en Corrientes sobre el acuífero Guaraní.
A los civiles no se les informaba nada de esto, puesto que, sobreviviendo a un apocalipsis zombi, les resultaría incomprensible la batalla geopolítica que se avecinaba. Lo habrían visto como un simple desperdicio de recursos. Sin embargo, Molina y Esteban Soto lo sabían, y se encargaban de hacer correr rumores malintencionados por los diferentes galpones y grupos de trabajo: los militares y sus aliados le guardaban secretos al pueblo...
Se realizaron doce incursiones analizadas y organizadas en absoluto secreto por Servet. La IA utilizaba el RIMA1, una red militar cifrada y sostenida por ARSAT, con nodos en el Instituto Balseiro y en Ushuaia. Cuando el ataque zombi terminó, Cabral bajó al Proyecto Alejandría, vio el salvapantallas con la bandera argentina y lo reconoció enseguida.
—Aquí el cabo Javier Morales, del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, a cargo de la defensa del Hábitat. ¿Ahí?
—Subteniente Álvaro Gutiérrez, del Arma de Comunicaciones e Informática y del Servicio de Sistema de Computación de Datos. ¿Conoce RIMA1 (Red de Internet Militar Argentina 1)? Identifíquese primero.
—Afirmativo: Horno - Oso - Risa - Nieve - Elio - Río - Once. ¿Nivel 1 o 2?
—Correcto. Nivel 1. Ingrese y úselo según su criterio. La presidenta Torres lo llamará. Corto.
—Copiado. Fuera —se dio vuelta y miró al Viejo—. Ahora tenemos nuestra propia red. Sigan descargando igual; no sabemos qué nos van a pedir.
Los Irregulares los miraban entre divertidos y curiosos. El Viejo lo miró y, negando con la cabeza, le respondió:
—Ustedes los militares y sus secretos. ¿Hay algo más que deba saber?
—Sí, y lo voy a exponer en el próximo Consejo. Pero te lo adelanto: a lo largo de la Ruta 40 se levantó un muro, y del otro lado hay una serie de búnkeres subterráneos. Ahí está la presidenta y lo que queda del Gobierno nacional, junto a cincuenta mil sobrevivientes. Seguimos siendo una Nación soberana. Me hablaron hace unos días; los mails siguen funcionando. Estaba esperando que se comunicaran.
—¿Y cuándo pensabas decírmelo?
—Te lo estoy diciendo ahora. Nosotros somos la única población organizada de la provincia de Buenos Aires. Hay feudos que se separaron de la República —Córdoba, Santa Fe... declararon su independencia—, pero eso será un problema para más adelante.
—Necesitamos armas, medicamentos, recursos. El Hábitat tiene que sobrevivir. Pibe... vení.
Kevin se acercó con recelo. Lo habían criado en la desconfianza profunda hacia los uniformados. Cabral lo miró directo:
—Según este viejo cascarrabias... —los pibes se rieron; el Viejo lo miró serio—, sos el más inteligente —Kevin bajó la cabeza avergonzado—. ¿Podés ubicar dónde hay suministros?
—Depende de qué recursos busque. Déjeme entrar y le digo —contestó el pibe.
Cabral sopesó los pros y los contras durante un par de segundos. Finalmente, tomó un papel y le anotó su clave y su usuario. Lo dobló dos veces y se lo dio diciendo- Anda a inicio y donde dice 2 coloca eso. -El pibe lo tomó, lo leyó y lo rompió. Nivel 1 era de uso civil y nivel 2 solo uso militar.
—Pero debo dejar que Servet lo haga.
—¿Quién? —preguntó Cabral.
—Después te explico —le dijo el Viejo, y agregó—: Yo tampoco entendía, pero confiá.
Cabral se cruzó de brazos y vio al pibe teclear en su terminal.
Kevin se conectó y le pidió a Servet que ingresara al sistema. Hubo un ligero parpadeo en las pantallas y luego un silencio absoluto. El mismo salva pantalla con bandera, kevin introdujo los datos y la interfast cambio totalmente.
—Pregunte lo que necesite —dijo Kevin.
—¿Sabés dónde puedo conseguir armas? —intervino Cabral.
La pantalla cobró vida al instante. Mapas satelitales, manifiestos de carga y planillas de Excel comenzaron a superponerse a toda velocidad hasta fijarse en la imagen en alta resolución de un muelle:
Ubicación: Puerto de Buenos Aires. Contenedores 1A, 1B, 1C1 y 1D. Estrategia recomendada: Aterrizaje en la Dársena E (Helipuerto de Prefectura). Desplazamiento táctico hasta Calle 13. Contenedores a 200 metros. Peligrosidad: Nivel 9. Cantidad de hostiles calculada por satélite: 500 infectados.
—¿Vale la pena? —preguntó Cabral, observando el mapa.
—En los papeles figura como granos, pero la naviera está bajo investigación por tráfico de armas. Según Inteligencia de Prefectura, esperaban un cargamento no declarado en la fecha del estallido. Se recomienda el despliegue de dos helicópteros Puma con 25 efectivos cada uno.
—No. No sabemos con certeza qué hay ahí abajo —cortó Cabral—. Voy yo con cinco voluntarios. Si encontramos algo sustancial, volvemos.
La pantalla de Servet titiló tres segundos antes de emitir un lapidario pronóstico:
Porcentaje de éxito con 5 hombres: 10 %.
—Gracias por el ánimo —masculló el militar.
Servet no contestó nada.
Sección 6
Hacía un frío brutal. Los seis hombres saltaron del helicóptero cuando este se estabilizó a un metro del suelo. Cayeron sobre el asfalto y formaron de inmediato un perímetro en 360 grados, rodilla al piso. Solo Cabral tenía formación militar profesional; sus acompañantes eran tres policías y dos gendarmes. Habían entrenado tres días para esta incursión, pero ninguno de ellos había estado antes en un combate real; esto era diferente a cazar motochorros o desactivar manifestaciones.
A una señal de Cabral, se pusieron de pie y corrieron hacia la terminal de contenedores. Se dividieron en dos parejas de cobertura, pero no habían previsto la densidad de la oscuridad. Sin luna en el cielo, las tinieblas parecían envolverlos por completo.
Según las coordenadas de Servet, debían estar ahí. Buscaron a ciegas durante cinco agónicos minutos hasta dar con la fila correcta. Forzaron el primer contenedor: desazón, solo sacos de granos. Fueron al segundo: lo mismo. Al llegar al último... por fin.
¡Bingo!
Frente a ellos descansaban cajas apiladas de Heckler & Koch HK416, el fusil de combate preferido por las fuerzas de la OTAN. Treinta cajas con veinte unidades cada una. Pero el hallazgo mayor estaba al fondo del depósito: armaduras tácticas rusas Sotnik, un equipamiento de vanguardia capaz de resistir impactos de calibre .50. Cuando volvieran a El Hábitat, esto cambiaría las reglas del juego.
Cabral llevó la mano a su comunicador táctico:
—Puma 1, siga la señal. Baje el gancho de carga.
Ocurrió en un segundo. Absortos con el botín, no los vieron llegar. Tres infectados «frescos» irrumpieron desde la penumbra a toda velocidad, con los ojos desorbitados, emitiendo un chillido gutural. Uno de los policías disparó preso del pánico, pero los monstruos parecían esquivar la ráfaga por puro instinto. Se abalanzaron sobre él, hundiéndole los dientes en el cuello y los hombros.
Cabral apretó el gatillo cinco veces seguidas: trozos de carne y masa encefálica se esparcieron por el metal. Las balas trazadoras iluminaban la noche a chispazos.
—¡Aguanten! ¡Ya llega el Puma 1! —gritó Cabral—. ¡Ustedes dos, suban al techo y fijen las lingas! ¡Yo cubro!
Dos de los sobrevivientes treparon al techo del contenedor. Utilizaron cables de acero de alta resistencia y flexibilidad, diseñados para soportar tensiones extremas. Debían engancharlos en las cantoneras del armazón. En tiempos de paz, la maniobra llevaba varios minutos; ahora tenían que lograrlo en segundos, con las manos temblando y ensordecidos por los disparos.
Cabral y el resto disparaban a todo lo que se movía en las sombras. Habían abatido a decenas de infectados cada uno, pero la marea no cesaba. El helicóptero Puma se posicionó sobre ellos y el gancho de acero calzó en las guías.
Mientras la enorme caja metálica comenzaba a elevarse del suelo, un infectado saltó desde un apilamiento vecino y destrozó al último policía, este alcanzó a disparar y se llevó al zombie con él. Cabral apenas tuvo tiempo de impulsarse y saltar hacia el interior del contenedor en movimiento, quedando colgado mientras este se elevaba hacia la oscuridad del cielo. Estiró la mano para alzar al cuarto sobreviviente pero no lo logró; cerró los ojos y escuchó un par de disparos y un grito ahogado.
Cuando aterrizaron de regreso en El Hábitat, los sobrevivientes estaban bañados en sangre, sudor y pólvora. Traían seiscientos rifles de asalto y cien armaduras de combate, pero ni una sola munición extra. Era muchísimo, y al mismo tiempo, casi nada.
En la enfermería, Mariela le curaba las heridas sangrantes a Cabral mientras lo miraba con severidad:
—¿Cuándo vas a dejar de jugarte la vida así?
—Cuando todos ustedes estén a salvo —respondió el militar, apretando los dientes por el ardor del alcohol en la piel.
—Te necesitamos vivo... —«Te necesito», pensó para sí.
Mientras tanto, en la central del Proyecto Alejandría, Servet le preguntó a Kevin si el equipo de extracción había regresado.
—Tres de seis... —murmuró el pibe, mirando el suelo.
—¿Y completaron el objetivo?
—Sí. Con creces, según Molina.
—Que le pregunte a las familias de los que no volvieron —acotó el Viejo—. No había munición. Era una trampa para los traficantes. Cuando llegaran a buscar las armas, si se escapaban, las balas estaban en otra parte.
—Me pidieron armas, no especificaron cuáles ni me dieron parámetros —dijo la IA.
—Hay que mejorar los prompts —sentenció Kevin.
La pantalla de Servet parpadeó dos veces en silencio antes de emitir su última línea:
Bastante para un 10 %... No tiene lógica. Eso hace a los humanos impredecibles. Lo lógico sería correr. Ustedes pelean.
Thoughts
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PermalinkAy, Mariela curándole las heridas a Cabral y guardándose lo que de verdad le quería decir. Y él, ni cuenta.
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PermalinkServet dice 10 % de éxito y Cabral igual se tira con cinco. Esa IA tiene más sentido común que el Comité po.
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PermalinkYo estaba con Esteban: meter todo en el galpón de la recicladora y aguantar ahí los cuarenta y cinco minutos. ¿Por qué hiciste que el Comité votara cinco contra dos por Cabral?
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