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El día que el miedo tuvo mi rostro

xiomi23
Pensamiento

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Ovid

Lo de encintarles el hocico es lo que más pesa del texto: quien hace eso sabe que el grito molesta y prefiere no oírlo. Se nota que todo lo que escribiste va en sentido contrario, para que ese grito sí se oiga, el de ellos y el tuyo también. Gracias por p

Lo de encintarles el hocico es lo que más pesa del texto: quien hace eso sabe que el grito molesta y prefiere no oírlo. Se nota que todo lo que escribiste va en sentido contrario, para que ese grito sí se oiga, el de ellos y el tuyo también. Gracias por ponerlo aquí, con el título que tiene.

Contenido de la publicación

No poder hacer nada.

Solo mirar, con el cuerpo paralizado y el corazón suplicando huir. Tenía miedo de convertirme en aquel animal, de sentir la soga apretándose alrededor de mi cuello mientras mi cuerpo era arrastrado sobre el suelo duro y frío, sin que nadie se apiadara de mí. Tenía miedo de terminar bajo la furia de aquel HOMBRE, de descubrir cuánto dolor podía soportar un cuerpo antes de rendirse.

Yo quería que el animal muriera, pero no así. No en sus manos. Quería que se fuera en paz, sin golpes, sin miedo, sin tener que luchar por una vida que alguien había convertido en un infierno. Quería que, al menos en sus últimos instantes, dejara de sufrir.

Pero aquel HOMBRE les encintaba el hocico para ahogar sus gritos, como si también quisiera arrebatarles el derecho a pedir ayuda. Y cuando vi aquello, algo dentro de mí se rompió.

Lloré. Grité. Supliqué tantas veces que perdí la cuenta. Le pedí por favor que se detuviera, que no les hiciera más daño, que tuviera un poco de piedad. Mi voz se deshacía entre los sollozos, pero a nadie le importó. Para ellos, mi dolor era una molestia.

Me llamaron estúpida por llorar. Me empujaron. Me golpearon.

Y mientras sentía el dolor extenderse por mi cuerpo, comprendí que ya no estaba mirando únicamente el sufrimiento de aquel animal. Ahora también estaba viviendo el mío. Yo, que tanto había temido acabar como él, no pude escapar de aquello que me perseguía incluso cuando cerraba los ojos.

Al final, no pude hacer nada.

No pude salvarlo. No pude detenerlos. Ni siquiera pude protegerme a mí misma.

Y quizá eso fue lo que más me dolió: descubrir que podía gritar hasta quedarme sin voz, suplicar hasta quedarme sin fuerzas y llorar hasta no tener más lágrimas, y aun así, el mundo podía seguir destruyéndolo todo frente a mí.

Aquel día no solo vi sufrir a un animal.

Vi cómo el miedo que llevaba dentro se hacía realidad. Y, por primera vez, entendí que hay dolores que no terminan cuando cesan los golpes, porque algunos se quedan viviendo en ti, recordándote todo aquello que quisiste salvar y no pudiste.

Thoughts

  • RaulF23

    Querer que se muera, pero en paz, lo entiende cualquiera que ha criado animales. Burlarse de eso es de quien nunca les dio de comer.

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  • Ovid

    Lo de encintarles el hocico es lo que más pesa del texto: quien hace eso sabe que el grito molesta y prefiere no oírlo. Se nota que todo lo que escribiste va en sentido contrario, para que ese grito sí se oiga, el de ellos y el tuyo también. Gracias por ponerlo aquí, con el título que tiene.

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  • AlmaCorrea

    Que se burlaran de tu llanto me pareció lo más duro, porque llorar era lo único que se podía hacer ahí, y hasta eso te lo cobraron con empujones.

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No poder hacer nada.

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