Tomé una decisión. Me levanté de la cama, caminé con paso lento y decidido hacia el pabellón, le pedí a mi guardia de confianza que, junto a otros, comenzaran a preparar las hachas y tomé el arco de mi esposo entre mis manos temblorosas.
El pabellón estaba repleto de ciento ocho pretendientes. Algunos permanecían en silencio absoluto; otros miraban con cautela, otros con curiosidad y otros con burla. Antinoo mantenía su mirada penetrante sobre mí.
Cuando los guardias se apartaron, nadie se atrevió a pronunciar una palabra. Caminé hasta llegar al punto más alto del pabellón. Todos los presentes me seguían con la mirada, así que aclaré mi garganta y comencé a hablar. Las únicas palabras que salieron de mí fueron:
—Quien pueda tensar el arco del rey y lograr que la flecha pase por las doce hachas alineadas será el nuevo rey. Su esposa seré y junto a él reinaré —dije con firmeza y determinación en mi voz.
—¡Esa no es una forma de elegir! —gritó el líder de los pretendientes, Antinoo.
Mi hijo, Telémaco, furioso, me quitó el arco de mi Odiseo y se lo lanzó a Antinoo, quien lo atrapó con ambas manos.
—¡Mi madre elige como ella quiere! ¡Háganlo si son capaces! —le gritó con una mezcla de ira en su voz.
Me di la vuelta, lista para marcharme, pero la horrible voz de Antinoo me detuvo.
—¿Acaso no vas a ver quién será tu esposo? —preguntó con burla.
Ojalá que los dioses lo maldigan.
—Todos los hombres serán iguales —respondí con frialdad en mi voz antes de marcharme. Mis guardias cerraron las puertas detrás de mí.
Caminé hacia el balcón de mi habitación... de nuestra habitación. Miré desde arriba a los pretendientes, quienes intentaban, con rudeza, tensar el arco de mi amado.
Sentí cómo mis ojos se humedecían.
—La flecha alzarán cuando seguros estén —hablé en voz baja, cargada de ira y tristeza.
Miré hacia la cama, rodeada de ramas y hojas, y hacia el árbol que se alzaba en la cabecera de esta.
—¡Prefiero sangrar porque nadie es igual a ti! —me dije con determinación mientras caminaba hacia el otro extremo del balcón.
—Nunca creí llegar hasta aquí solo por el amor, y estoy dispuesta a hacerlo por los dos.
Alcé mi mirada hacia el cielo nocturno.
—Y aunque nunca creí hacer esto por ti...
Me enfoqué en la estrella más brillante.
—Yo estaré aquí...
Sentí cómo una lágrima bajaba lentamente por mi mejilla mientras contemplaba las estrellas, deseando que mi Odiseo entrara por esa puerta, que me abrazara y que me dijera que todo estaría bien. Quisiera estar en sus brazos, sabiendo que todo estaría bien si él estuviera aquí conmigo...
Pero me temo que no será así.
—Te espero... —dije con tristeza—. Te espero... —repetí una vez más mientras mis lágrimas bajaban una por una.
A lo lejos del reino de Ítaca, más allá del mar, una balsa llevaba a un hombre que anhelaba abrazar a su esposa y a su hijo. Estaba a punto de volver a pisar su reino.
—Espérame, ya voy —dijo con firmeza—. Penélope...
Y con tristeza, contempló el horizonte.