Cayó en medio de un bosque, atravesando ramas y golpeando troncos. Sintió el crujir de la madera... y el de sus propios huesos. Hasta que el suelo lo recibió en un abrazo de hierba y hojas caídas.
El estrépito de su caída llamó la atención de un cazador que se encontraba cerca. Se acercó con cautela y lo encontró tendido entre los helechos.
Lo llevó a su cabaña. Cuando el desconocido despertó, comprendió enseguida que no era un hombre cualquiera.
Había en sus ojos una profundidad infinita, como si contuvieran el recuerdo de mil vidas, pero sin el cansancio que dejan los siglos. Su rostro parecía antiguo; su cuerpo, en cambio, conservaba intacta la fuerza de la juventud.
El cazador lo cuidó y lo alimentó hasta devolverle las fuerzas. Con el paso de los días fue naciendo entre ambos un vínculo extraño.
Cada noche, cuando el cazador regresaba, el hombre lo esperaba junto al fuego. Siempre le hacía la misma petición.
—Cuéntame una historia de tu vida.
Y el cazador hablaba. De las presas que había seguido durante días. De los inviernos más duros. Del amor que perdió. De las veces que estuvo a punto de morir.
Después, el extraño siempre hacía las mismas preguntas.
—¿Qué sueñas? ¿Qué deseas todavía? ¿Qué esperas encontrar mañana?
Y el cazador respondía.
Noche tras noche el ritual se repetía sin faltar una sola vez.
Mientras el desconocido recuperaba lentamente sus fuerzas, parecía también perder cualquier intención de marcharse.
Jamás hablaba de sí mismo. Toda su atención estaba puesta en la vida del cazador.
Hasta que una mañana, al intentar levantarse para salir de caza, el hombre sintió que las fuerzas lo abandonaban. Apenas podía mantenerse sentado.
Entonces el extraño se puso de pie.
—Mi hijo está llegando. Ya puedo sentirlo.
El cazador lo miró con curiosidad.
—¿Por qué tu hijo no vino antes? ¿Se había olvidado de ti?
El hombre sonrió con una tristeza serena.
—Mi hijo no viene por mí.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Viene por ti.
El silencio llenó la cabaña.
—Yo soy el Tiempo. Nunca olvidaré tus historias. Tus recuerdos y tus sueños me han devuelto la fuerza. Ya puedo volver a avanzar.
En ese instante la puerta se abrió.
Un joven entró en la cabaña. Vestía ropa gastada, aunque impecablemente cuidada. Sus ojos negros parecían contener la noche, pero su rostro transmitía una paz imposible de explicar.
El Tiempo se volvió hacia el cazador.
—Te presento a mi hijo... la Muerte. Tu tiempo ha terminado y debo dejarte.
Luego miró al joven.
—Cuídalo. Guíalo como merece quien vivió sin dejar de soñar.
El cazador sintió que todos sus dolores desaparecían. Se levantó con una ligereza que había olvidado. Miró por última vez su cabaña, el hogar que había construido con sus propias manos.
No sintió miedo.
Solo curiosidad.
Y, sin volver la vista atrás, salió caminando junto a la Muerte, conversando como si se tratara de un viejo amigo mientras el Tiempo, recuperadas sus fuerzas, continuaba su eterno camino.