En una tarde gris de desencuentros familiares, jugábamos con mis primos de goce y ocasión.
En esta ocasión, Mario y Luigi se peleaban por ver quién tomaba más terreno.
Qué cosa rara la Mario Family.
Una familia italiana de fontaneros que se pasa la vida entrando por tuberías ajenas para rescatar princesas que nadie les pidió rescatar.
—¡Pará, pará! Poné en pausa que quiero ver el anuncio.
Ring.
—¿Hola?
—¡¡¡Denuncio!!!
Mi mamá quiso matar a papá cuando él dijo que no se metía.
—¡Yo no me meto!
—¡¿Cómo que no te metés?!
—No me meto.
—¡Entonces metete o te mato!
La tensión estaba que cortaba.
Y si la tensión corta, escondan los tenedores.
Porque si la pinchás, revienta.
El tenedor tampoco parecía tan inocente.
Tiene cuatro puntas.
Demasiadas para un utensilio que solamente sirve para llevarse comida a la boca.
Quizá por eso las discusiones familiares se comen con tenedor.
Cada uno pincha su versión y cada uno mastica la culpa del otro.
Cuando alguien pregunta quién empezó, todos miran al plato.
Nadie quiere tener la piedra.
Porque tener la piedra es tener la culpa, y tener la culpa es tener algo que nadie quiere tener.
¿Por eso tenemos el tenedor?
¿Está subcontratado?
No escondió la mano.
La tercerizó.
Qué interesante la tenencia.
Uno puede tener una casa, plata, hambre, miedo y razón.
Pero cuando tiene la culpa, quiere esconderla.
—¡¡¡Renuncio!!!
Dijo el tío.
Había pasado de Rappi a Rapi.
En dos pedos le sacamos una P.
Se volvió más rapi-do que toda su vida trabajando de repartidor.
Ya no sabíamos si era Rappi o rati.
—¿Rati?
—Sí.
—¿Policía?
—No.
—¿Repartidor?
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué sos?
—Un desempleado.
Una palabra bastante larga para una situación tan corta.
Des-empleado.
Como si le hubieran quitado el empleo y, además, le hubieran quitado la condición de haber sido empleado.
Primero era repartidor.
Después era Rappi.
Después Rapi.
Después Rati.
Y finalmente nada.
La vida laboral es curiosa.
Uno empieza repartiendo pedidos y termina repartiendo currículums.
Y nadie le abría.
Quizá porque había cambiado de oficio.
De oficio a sacrificio.
De trabajador a buscador de trabajo.
Del reparto al descarte.
Y así fue como mi tío descubrió que el mercado laboral no es un mercado.
Porque en los mercados, al menos, uno puede elegir qué comprar.
En el mercado laboral te venden la necesidad y vos elegís si la pagás con tiempo o con hambre.
Mi tío eligió el tiempo porque le sobraba.
Ahora tenía todo el día libre para buscar trabajo.
Qué libertad.
La familia estaba encantada.
Uno ya andaba anunciando despidos por falta de personal.
Otro anunciaba renuncias por exceso de trabajo.
Mi abuela anunciaba su muerte desde hacía veinte años.
Lo malo era que nunca cumplía sus promesas.
Hasta que un día cumplió.
O eso creímos.
Cada uno agarraba lo suyo.
Mi primo agarró la televisión.
Mi hermana agarró la plata.
Mi madre agarró los documentos.
Mi padre agarró las llaves.
El tío agarró una indemnización que todavía no le habían pagado.
Y yo me tomé la molestia de aferrarme a mi muñeco de peluche.
Antes de que empezaran a galonearlo igual.
No sé qué significa galonear un peluche.
Pero en mi familia significaba que, si algo podía ser agarrado, alguien lo iba a agarrar.
“Agarrar”.
Otra palabra sospechosa.
Uno agarra un objeto, agarra una oportunidad, agarra un trabajo, agarra una enfermedad, agarra una bronca.
Pero cuando agarra a alguien, dice que fue sin querer.
Como si las manos tuvieran voluntad propia.
Qué conveniente.
La mano lo hace, la boca explica y la cabeza lo justifica.
Tirar la piedra y esconder el tenedor.
No la mano, porque la mano ya quedó demasiado comprometida.
La mano que te acaricia puede ser la misma que te empuja.
La mano que firma una ley puede ser la misma que después se lava.
Quiero parar un poco y...
¡Anuncio!
Pizzeta 2x1.
¡Wow, qué promo!
Quiero dos para llevar.
Quizás así me amigo con la mano.
—¿Cuál hermano?
La mano.
—¡Aaaahhhh! El Tano. Grande Chano.
Buen cantante.
Mi abuela murió un martes.
O eso creímos.
La mató la ironía, según mi familia.
Incluso muerta no se quería ir.
—Todavía recuerdo las últimas palabras que dijo antes de verla encerrada en el cajón.
—¿Y qué dijo?
—¡¡¡TODAVÍA NO ME MORÍ, HIJOS DE PUTA!!!