Doña Sho se levantó aquella mañana con la desagradable sensación de que algo no estaba bien, y no sabía que.
Porque una puede tolerar casi cualquier desgracia si consigue ponerle un nombre. La desgracia nombrada deja de ser desgracia y pasa a ser problema, y un problema, al menos, tiene la decencia de ofrecer una solución.
Aquello no tenía nombre, ni dirección, ni siquiera la cortesía de ser una tristeza concreta, era ese tipo de tristeza considerada sin domicilio.
Doña Sho se levantó, se vistió y siguió con su vida como quien sigue una receta, una rutina incoherentemente repetitiva. Como prepararse un café que terminará por tomarse frío, pegada a la ventana esperando que algo pasara, quizás buscaba por fuera lo que no ocurría dentro.
—¿Qué me pasa?
La pregunta quedó flotando en la cocina, era una pregunta que resuena, y resuena, y resuena, y resuena.
—¿Porque me siento tan mal si todo esta bien? Yo no tengo ningún problema.
Fue entonces cuando el espejo, que llevaba años observándola pareció por primera ves devolverle la mirada, había algo insoportable en verse a una misma de esa manera.
—¿Qué mirás?
La mujer del espejo no respondió.
—Yo estoy bien.
Siguió callada sin responder.
—Estoy bien —insistió.
Quizá por eso se llamaba Doña Sho, había convertido el yo en una forma de defensa.
Yo estoy bien.
Yo puedo sola.
Yo no necesito.
Yo no extraño.
Yo no sufro.
Yo.
Siempre yo.
Tenía tanto yo encima que apenas podía respirar y había leído alguna vez que dentro de nosotros vivían tres: el Yo, el Superyó y el Ello.
A Doña Sho le parecía una exageración, con una ya tenía suficiente. El Yo quería seguir adelante, el Superyó quería que siguiera como correspondía. Y el Ello, mucho menos educado, quería hacer lo que se le daba la gana.
Los tres vivían en aquella señora y por eso las noches se volvian largas, extensas y discutidas.
El Yo decía que estaba bien y el Superyó decía que debía estar bien, el ello era el único que desde algún rincón oscuro de la cabeza, se reía.
Cosas que Doña Sho consideraba impropias de una mujer sensata.
Así que una noche, cuando la tristeza volvió a sentarse al borde de su cama, Doña Sho decidió enfrentarla.
—¿Qué querés?
Pero contestó.
—¿Por qué estás acá?
Silencio.
—¿Qué querés de mí?
Entonces aquella cosa, que quizá era tristeza oh quizá solamente memoria, pareció acercarse. Fue entonces cuando comprendió que no quería nada, ese era el problema, que no queria nada. Y, sin embargo, todavía estaba ahí.
Porque algunas cosas no se quedan porque quieran quedarse. Se quedan porque una parte de nosotros todavía las quiere.
Y Doña Sho odiaba esa palabra.
Querer.
Qué palabra tan peligrosa.
Uno quiere una persona.
Quiere una casa.
Quiere dinero.
Quiere dormir.
Quiere olvidar.
Quiere dejar de querer.
Y cuando por fin consigue dejar de querer algo, descubre que todavía quería haberlo querido.
—Nada importa —dijo entonces.
Le gustó cómo sonó.
Nada importa.
Había cierta elegancia en aquella frase.
Si nada importaba, entonces nada podía doler demasiado. Si nada tenía sentido, tampoco tenía sentido buscarlo.
Y si la vida era solamente una sucesión de cosas que ocurrían sin razón, entonces ella no tenía ninguna obligación de encontrar una razón para sentirse mal.
—Ya está.
Pero no estaba.
—Ya pasó.
Y todavía pasaba.
—No me importa.
Y le importaba.
Le importaba tanto que tuvo que decir que no, fue entonces cuando comprendió la verdadera desgracia. No era que la vida careciera de sentido, era que ella necesitaba que careciera de sentido para no admitir que todavía encontraba alguno.
Porque para decir nada importa, primero había que reconocer que alguna cosa podía importar.
Y ahí estaba otra vez el Yo.
El bendito Yo.
El que decía yo siento.
Yo pienso.
Yo sufro.
Yo sé.
Yo no sé.
Hasta que el Yo se convirtió en ego y el ego quiso ser el centro. Pero cuando quiso ser el centro, descubrió que estaba en el centro de nada.
Entonces apareció el vacío, un vacio que tenia nombre y si tenia nombre ya era algo.
Doña Sho se quedó sentada en la oscuridad, mirando sus propias manos.
Dejó que la tristeza estuviera ahí, como una visita que no sabe cuándo irse o como una palabra que todavía no encuentra su significado.
Como un yo que, cansado de decir yo que finalmente se quedó callado.
Doña Sho cerró los ojos, por primera vez aquella noche no dijo yo estoy bien.
Tampoco dijo yo estoy mal.
Simplemente estuvo.