Nos hemos mirado tantas veces en el espejo que ya no sabemos si alguna vez conseguimos reconocernos. Contemplamos nuestros rostros como quien observa a un desconocido que ha envejecido demasiado dentro de nuestra propia piel. ¿Cuántas versiones de nosotros mismos hemos tenido que enterrar para llegar hasta aquí?
De niños contemplábamos los paisajes como si el mundo nos perteneciera. Inventábamos universos con la imaginación, perseguimos horizontes sin comprender la distancia y creíamos que crecer significaba alcanzar aquella vida extraordinaria que los adultos nos prometían.
Pero nadie nos advirtió que también se podía crecer hacia adentro, hasta quedar completamente asfixiados.
El tiempo pasó. Los amaneceres continuaron naciendo, los atardeceres incendiaron innumerables horizontes y nosotros, ocupados sobreviviendo, dejamos de mirar. Qué miserable resulta descubrir que el mundo nunca perdió su belleza; fuimos nosotros quienes comenzamos a contemplarlo con los ojos cansados de una existencia que jamás nos preguntó si queríamos cargarla.
Hablamos de libertad con la misma lengua que utilizamos para ocultarnos. Construimos discursos, inventamos morales, levantamos fronteras entre lo permitido y lo prohibido, hasta convertir nuestra propia alma en un territorio donde ni siquiera nosotros tenemos permiso de entrar.
Podemos tocarlo todo, excepto aquello que verdaderamente nos duele.
Y entonces aparece la soledad: no como ausencia de personas, sino como la insoportable presencia de nosotros mismos. Estamos llenos de rostros, de obligaciones, de nombres que responder; sin embargo, hay noches en que ni el espejo consigue devolvernos una identidad.
Quizá esa sea la verdadera miseria humana: vivir rodeados de nuestra propia existencia y morir sin haber conseguido comprenderla.
Nos prometieron una juventud de luces, colores, canciones y libertad. Nos vendieron una vida semejante a un jardín, pero olvidaron mencionar las raíces podridas bajo la tierra. Nos enseñaron a sonreír frente al futuro, mientras nos preparaban para soportar un mundo que confunde madurez con resignación.
¿Y qué es madurar? ¿Aprender a callar aquello que nos desgarra? ¿Aceptar las injusticias hasta que dejan de parecernos injustas? ¿Convertir nuestros sueños en responsabilidades y llamar adultez a esa lenta traición de nosotros mismos?
A veces quisiera tener un piano. No para interpretar una melodía hermosa, sino para arrancarle a sus teclas todo aquello que mi lengua ha condenado al silencio: el resentimiento, la furia, las palabras que jamás encontraron justicia y esa melancolía que permanece adherida al alma como una sombra que conoce demasiado bien nuestro nombre.
Porque hasta la belleza puede ser cruel.
Es una flor que admiramos mientras sangramos por sus espinas; un viento que nos golpea y después nos abraza; un veneno exquisito que nos consume mientras nos recuerda que todavía podemos sentir.
¿Acaso eso significa estar vivos?
Hay días en que el cuerpo llega a la cama antes que nosotros, agotado de representar tantas versiones de una misma persona. Respiramos, cumplimos, regresamos. La vida sucede y nosotros apenas conseguimos permanecer presentes.
Y qué resentimiento tan profundo nace al comprender que nadie nos devolverá aquellos paisajes que dejamos pasar, aquella infancia que confundimos con eternidad, aquellas tardes en las que todavía sabíamos mirar sin esperar nada a cambio.
Entonces recuerdo al pájaro de Demian.
El pájaro tuvo que romper el cascarón que alguna vez fue su mundo entero para conocer el cielo. Qué contradicción tan cruel y tan humana: aquello que nos dio abrigo, que nos mantuvo vivos, es lo mismo que ahora nos impide nacer.
Nuestro cascarón no es de plumas. Está hecho de mandatos, de miedos heredados, de silencios familiares, de límites que otros dibujaron sobre nuestra piel cuando aún no sabíamos decir que no.
Romperlo duele, porque deja de ser protección para convertirse en prisión. Y aun así, quien quiera nacer de verdad, tiene que tener el valor de destruir su propio mundo.
Pero ¿de qué sirve conquistar el cielo si en el intento olvidamos quiénes éramos?
Quizá la belleza humana nunca fue aquella perfección que tanto nos empeñamos en encontrar. Quizá somos solamente una acumulación de heridas, contradicciones y deseos que no sabemos dónde colocar. Criaturas que buscan ser comprendidas mientras ni siquiera consiguen nombrarse.
Y aun así, seguimos.
No porque hayamos descubierto el sentido de la existencia, sino porque el tiempo continúa avanzando, indiferente a nuestras preguntas.
La vida no detiene sus estaciones para esperarnos. No recoge los pedazos que dejamos atrás. No nos devuelve la juventud ni nos pide disculpas por todas las promesas que jamás cumplió.
Simplemente sucede.
Y nosotros permanecemos aquí, con el alma llena de palabras, el corazón cansado de sentir y una imaginación que todavía recuerda cómo era volar.
Tal vez nunca estuvimos preparados para crecer. Tal vez solamente aprendimos a hacerlo porque el mundo no nos concedió otra alternativa.
Y si alguna vez conseguimos romper nuestro cascarón, que no sea para convertirnos en aquello que tanto nos hizo daño.
Porque no hay mayor desgracia que abandonar nuestra propia jaula para terminar construyendo otra con nuestras manos.
Quizá el verdadero resentimiento de estar vivos no consista en haber perdido la belleza del mundo, sino en recordar perfectamente cómo la mirábamos antes de que nos enseñaran a dejar de sentirla.
Así mi cordura llega a su única razón: romper el cascarón o volverme pianista, para que por fin sean las sonatas quienes digan lo que mi alma y mi lengua jamás se atrevieron a decir por la cobardía que me envenena.