El mensaje que tardó más de lo normal tiene pinta de ser el que arrancó todo esto, y lo demás fue saliendo después, de a poquito, en la misma noche.
El cansancio de necesitar certezas
Pensamiento
El mensaje que tardó más de lo normal tiene pinta de ser el que arrancó todo esto, y lo demás fue saliendo después, de a poquito, en la misma noche.
Contenido de la publicación
Hay días en los que mi cabeza
parece una habitación llena de puertas,
todas abiertas,
todas golpeándose con el viento,
y yo en el medio
sin saber cuál cerrar primero.
Pienso demasiado.
En lo que dije,
en lo que no dije,
en ese mensaje que tardó más de lo normal,
en una palabra que cambió de tono,
en una mirada que quizá no significaba nada
pero que mi cabeza convirtió en una despedida.
A veces quisiera tener
la tranquilidad de quien simplemente deja ir,
pero yo me aferro.
Me aferro a las personas,
a los recuerdos,
a las conversaciones,
a los pequeños gestos,
a cualquier señal que me haga pensar
que todavía estoy a salvo.
Porque hay una parte de mí
que siempre está esperando que alguien se vaya.
Y entonces quiero querer más fuerte,
estar más cerca,
ser suficiente,
no molestar,
no pedir demasiado,
no sentir demasiado.
Como si pudiera hacerme indispensable
antes de que alguien descubra
que también soy difícil de entender.
Y qué cansancio
tener que preguntarme constantemente
si todavía me quieren.
Qué cansancio necesitar certezas
para poder respirar tranquila.
Qué cansancio sentir que una pequeña distancia
puede convertirse en un abismo
antes siquiera de saber si existe.
La ansiedad no siempre grita.
A veces solamente
se sienta conmigo a las tres de la mañana
y empieza a contarme todas las cosas
que podrían salir mal.
Me roba el sueño,
me acelera el corazón,
me hace revisar pensamientos
que ya había revisado cien veces.
Y mientras todos duermen,
yo sigo intentando convencerme
de que mañana será más fácil.
Pero también existe esa otra parte de mí
que no quiere pensar,
que no quiere sentir,
que simplemente está cansada.
Cansada de intentar estar bien.
Cansada de fingir que algo no dolió.
Cansada de esconder las lágrimas
hasta encontrar un lugar donde nadie pueda verlas.
A veces las cosas que antes me hacían feliz
se sienten lejanas.
No porque haya dejado de quererlas,
sino porque hay días
en los que hasta disfrutar
parece requerir una energía
que ya no tengo.
Y entonces me pregunto
qué me pasó.
Dónde quedó esa versión de mí
que podía emocionarse por cualquier cosa,
que podía reírse sin pensar demasiado,
que encontraba refugio en una canción,
en un libro,
en una tarde cualquiera.
Quizás sigue ahí.
Quizás solamente está agotada.
Y hay algo que todavía no sé explicar:
puedo querer muchísimo a los demás
y aun así sentirme completamente sola.
Puedo estar rodeada de personas
y seguir sintiendo
que nadie escucha todo lo que ocurre
dentro de mi cabeza.
Porque no siempre necesito consejos.
A veces solo quisiera que alguien notara
que estoy haciendo un esfuerzo enorme
por parecer tranquila.
Que me mirara y dijera:
“No tenés que explicarlo todo.
Podés quedarte acá.
No tenés que ganarte mi cariño.”
Tal vez eso es lo que más me cuesta creer:
que alguien pueda quedarse
sin que yo tenga que convertirme
en una versión más fácil de querer.
Más divertida.
Más sociable.
Menos sensible.
Menos complicada.
Menos yo.
Porque durante mucho tiempo
confundí ser querida
con ser suficiente para que no me abandonaran.
Y estoy aprendiendo, despacio,
que quizá el amor no debería sentirse
como una prueba que tengo que aprobar todos los días.
Que sentir mucho
no me convierte en una carga.
Que tener miedo
no significa que el miedo tenga razón.
Que puedo necesitar a alguien
sin desaparecer dentro de esa necesidad.
Y que quizá sanar
no sea convertirme en una persona
que nunca tiembla.
Quizá sea aprender
que incluso cuando tiemblo,
sigo siendo yo.
La chica que siente demasiado,
la que piensa demasiado,
la que ama los pequeños refugios,
la que guarda palabras en poemas
porque a veces escribirlas
es la única forma de decirlas.
La chica que todavía está aprendiendo
a quedarse consigo misma
cuando tiene miedo de que los demás se vayan.
Y aunque hoy no sepa hacerlo perfectamente,
quizá algún día pueda mirarme
sin preguntarme qué me falta.
Solo pensar:
“Estoy acá.
Sigo siendo yo.
Y por primera vez,
eso también puede ser suficiente.”
Thoughts
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PermalinkUna habitación llena de puertas golpeando y una sin saber cuál cerrar primero. Me suena a esos días con diez pendientes en que una no empieza ninguno.
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PermalinkArriba pides que alguien te mire y te diga que puedes quedarte, y lo pones entre comillas como si fuera la voz de otra persona. Al final las comillas regresan, pero ahora quien habla es ella, para sí misma. Es casi la misma frase cambiada de boca, órale. Apuesto a que esa parte llegó otra noche, cuando ya no estabas esperando que te la dijera nadie más.
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PermalinkEl mensaje que tardó más de lo normal tiene pinta de ser el que arrancó todo esto, y lo demás fue saliendo después, de a poquito, en la misma noche.
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