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El Canon de la Biblia y los Libros Apócrifos: ¿Es bíblico? ¿Alguien lo inventó? Pregunta Sin responder

usjgabriel
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Imagínate por un momento en una noche cualquiera del siglo II d.C. Eres un creyente común que vive en los márgenes de una provincia del Imperio Romano. Tu fe no es un boleto de estatus social; al…

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EvaMontero

Justo esta semana un chico de confirmación me preguntó por qué su Biblia tiene Tobías y la de su primo evangélico no, y le dije que no sabía bien. Ahora por lo menos tengo lo de Jerónimo.

Justo esta semana un chico de confirmación me preguntó por qué su Biblia tiene Tobías y la de su primo evangélico no, y le dije que no sabía bien. Ahora por lo menos tengo lo de Jerónimo.

Contenido de la publicación

 

Imagínate por un momento en una noche cualquiera del siglo II d.C. Eres un creyente común que vive en los márgenes de una provincia del Imperio Romano. Tu fe no es un boleto de estatus social; al contrario, te cuesta el desprecio de tus vecinos y, a veces, pone en riesgo tu propia vida. Cuando tu pequeña comunidad se reúne en secreto, en la penumbra de una casa particular, el momento más esperado llega cuando alguien saca con extremo cuidado un trozo de papiro desgastado, envuelto en telas. Contiene fragmentos de una carta firmada por un tal Pablo, o un relato de los milagros de Jesús copiado a toda prisa.

Nadie en esa habitación tiene en sus manos una Biblia encuadernada en piel, con cantos dorados en sus páginas, notas al pie y un índice detallado. Ese concepto ni siquiera existe en la mente de los seres humanos de la época. Para ti y para los tuyos, la palabra de Dios no es un objeto estático que compras en una librería; es una memoria viva, un testimonio que se copia a mano con dedos temblorosos y que viaja de iglesia en iglesia bajo el peligro constante de ser confiscado y arrojado al fuego por las legiones imperiales. Lo que sostiene tu fe es el peso espiritual del mensaje, no el sello de un comité.

La necesidad humana de orden, seguridad y control nos empuja a buscar absolutos. Queremos certezas. Nos da paz mental abrir un libro y asumir de forma natural que ese compendio exacto de páginas cayó directamente del cielo, inalterable y perfecto, numerado por el dedo de Dios para que no tengamos que dudar jamás. Por eso, cuando nos atrevemos a mirar la historia material de cómo se formó ese libro, sentimos un vértigo profundo en el estómago. Descubrir que detrás de las páginas que hoy alivian nuestro dolor o nuestra soledad existieron siglos de debates encarnizados entre hombres, cartas que se perdieron para siempre, tensiones políticas y disputas sobre qué escritos eran auténticos y cuáles no, se siente para muchos como una traición al alma.

Es el miedo a descubrir que lo sagrado tuvo que pasar por manos humanas. Nos aterra la idea de que la verdad sea más porosa y fluida de lo que nos enseñaron en la escuela dominical o en el sermón del domingo. Sin embargo, la honestidad histórica no viene a destruir la santidad de las Escrituras; viene a rescatarla de los mitos rígidos que los hombres inventamos para tapar nuestras propias inseguridades. Viene a recordarnos que Dios siempre ha tenido que hablar a través de la fragilidad del papel, del idioma y de la historia humana para poder alcanzarnos.

Si pasas un par de horas navegando por foros de discusión o videos de divulgación popular, tarde o temprano te toparás con la misma afirmación categórica: "La Biblia la inventó un emperador romano pagano para controlar a las masas". La narrativa es sumamente atractiva para el cine de ficción y las teorías de conspiración. Nos pinta una escena dramática en el año 325 d.C., dentro de los lujosos pasillos de la ciudad de Nicea. Allí, un astuto Constantino, rodeado de obispos corruptos por el poder, coloca sobre una mesa cientos de evangelios y escritos cristianos. Con un golpe de autoridad, ordena quemar los textos que hablan de un Jesús humano o de verdades incómodas, selecciona democráticamente los cuatro evangelios actuales y cierra el libro bajo llave.

Es una historia perfecta porque alimenta nuestra desconfianza natural hacia el poder político y las instituciones religiosas. Nos hace sentido pensar que un libro tan influyente nació de un golpe de estado espiritual. Sin embargo, cuando acudimos a las actas notariales de la época, a las cartas supervivientes de los obispos asistentes y a los registros de los historiadores del siglo IV como Eusebio de Cesarea, la realidad material resulta ser completamente distinta. Constantino tenía muchas ambiciones políticas y un imperio fragmentado que unificar, pero reescribir el índice de las Escrituras jamás estuvo en sus planes.

La verdad histórica es que en el Concilio de Nicea el canon de la Biblia ni siquiera estuvo en la agenda de discusión. Los más de trescientos obispos que viajaron desde los rincones más lejanos del imperio muchos de ellos con los cuerpos todavía marcados por las cicatrices de las recientes persecuciones romanas no se reunieron para votar qué libros eran sagrados. Se reunieron para responder a una pregunta teológica crucial que estaba partiendo en dos a las iglesias: ¿Quién era exactamente Jesús?

El debate central giraba en torno a un sacerdote de Alejandría llamado Arrio, quien argumentaba que el Hijo era una criatura creada por el Padre, con un inicio en el tiempo, y por lo tanto, inferior a Él. Los obispos se enfrascaron en una batalla filológica feroz utilizando palabras del griego filosófico, como homoousios (de la misma sustancia), para definir la relación divina. Discutieron el calendario para unificar la fecha de la Pascua y redactaron veinte leyes eclesiásticas locales sobre la disciplina de los clérigos. Pero el catálogo de los libros sagrados no se tocó. La idea de que Constantino decretó el índice de tu Biblia actual es un anacronismo absoluto; una etiqueta moderna pegada a un frasco antiguo.

¿De dónde nace entonces este mito tan arraigado? Proviene de una mala lectura de documentos tardíos y de la confusión humana entre dos conceptos distintos: la autoridad política que financia y la autoridad eclesiástica que decide. Años después del concilio, Constantino, queriendo dotar a las principales iglesias de su nueva capital de copias legibles y hermosas, ordenó a Eusebio de Cesarea la producción de cincuenta Biblias magníficas escritas en pergamino fino por escribas profesionales. El emperador pagó los materiales y el transporte de su propio bolsillo. Pero Constantino no eligió el contenido de esas cincuenta copias; simplemente mandó a estandarizar el formato físico de lo que las comunidades cristianas de la región ya leían y aceptaban de forma orgánica desde hacía generaciones. El emperador no inventó la palabra; solo pagó la imprenta imperial.

Para entender cómo se agrupaban los escritos sagrados antes de que el poder político interviniera, debemos viajar al año 170 d.C., es decir, un siglo y medio antes del Concilio de Nicea. En esa época, la Iglesia no era una institución centralizada con oficinas en Roma o Constantinopla. Era una red de comunidades locales unidas por la correspondencia, la memoria y la fe compartida. ¿Cómo hacían estas congregaciones para saber si un texto que llegaba a sus manos era auténtico o una falsificación piadosa?

La respuesta parcial la encontramos en un objeto arqueológico fascinante descubierto en el siglo XVIII por un bibliotecario italiano llamado Ludovico Antonio Muratori. Se trata de un manuscrito en latín, bastante descuidado y maltratado, conocido hoy como el Fragmento Muratoriano. El documento original se escribió originalmente en griego alrededor del año 170 d.C. en el entorno de la iglesia de Roma. Aunque al pergamino le faltan las primeras líneas y el final está mutilado, lo que sobrevive es una radiografía impresionante de la mente cristiana primitiva.

Este fragmento no es un decreto papal ni una ley obligatoria; es simplemente una lista comentada de lo que la iglesia de Roma leía de forma oficial en sus reuniones dominicales. Al examinar el texto con atención, descubrimos algo asombroso: el núcleo esencial de lo que hoy llamamos el Nuevo Testamento ya estaba sólidamente establecido. El autor menciona los cuatro evangelios actuales (el fragmento comienza hablando de Lucas como el tercero y Juan como el cuarto, asumiendo que las líneas perdidas correspondían a Mateo y Marcos). También enumera los Hechos de los Apóstoles, trece cartas de Pablo, la epístola de Judas y las cartas de Juan.

Lo verdaderamente valioso del Fragmento Muratoriano no es solo lo que incluye, sino los argumentos humanos que utiliza para rechazar otros escritos. El texto menciona de forma explícita que la comunidad rechaza una supuesta carta de Pablo a los de Laodicea y otra a los de Alejandría, calificándolas como falsificaciones creadas por grupos heréticos para validar sus propias ideas. El autor utiliza una analogía muy terrenal y cotidiana para justificar la exclusión: "No se puede mezclar la hiel con la miel".

Aquí es donde descubrimos el verdadero criterio de la Iglesia primitiva: la apostolicidad y el uso litúrgico. Si un escrito no podía rastrearse directamente hasta un testigo ocular de la vida de Jesús (un apóstol) o uno de sus colaboradores más cercanos (como Lucas o Marcos), el texto no se consideraba escritura sagrada para la congregación. Además, el libro debía tener el respaldo de haber sido leído y aceptado públicamente por generaciones de creyentes en diversas regiones. La formación del canon no fue el resultado de una votación democrática en un hotel de lujo, sino un proceso de decantación natural, donde los textos falsos caían por su propio peso ante la madurez espiritual de las comunidades.

Sin embargo, este mismo fragmento nos demuestra que el mapa textual seguía siendo poroso y humano. El autor de la lista admite que en su congregación leen el Apocalipsis de Juan y también el Apocalipsis de Pedro, aunque confiesa con total honestidad que "algunos de los nuestros no quieren que este último se lea en la iglesia". También menciona un libro muy popular en la época, El Pastor de Hermas, y explica que es una lectura excelente para la edificación personal y moral en casa, pero que no debe leerse públicamente en el altar porque fue escrito "muy recientemente, en nuestros propios días", quedando fuera del tiempo de los apóstoles.

Este documento material deshace por completo la idea de que el canon fue un invento tardío o una imposición vertical. La evidencia nos muestra que el esqueleto de la Biblia ya caminaba por el mundo romano cuando los emperadores todavía perseguían a los cristianos. La autoridad del texto no nació de una firma imperial; nació del valor intrínseco que los creyentes encontraban en sus palabras cotidianas.

Cuando las Biblias ya no tuvieron que esconderse bajo tierra y el Imperio Romano comenzó a financiar su producción en masa, el texto sagrado cambió de piel. Pasó de los rollos de papiro individuales a los grandes Códices, el equivalente antiguo de nuestros libros modernos, uniendo por primera vez el Antiguo y el Nuevo Testamento bajo una misma portada. Al examinar los ejemplares más antiguos y completos que sobreviven en el mundo, como el Codex Sinaiticus y el Codex Vaticanus (fechados a mediados del siglo IV), la historia material nos regala una enorme sorpresa que desconcierta a las mentes dogmáticas: las Biblias de esa época no contienen los mismos libros que las Biblias de hoy.

Si pudieras hojear el Codex Sinaiticus original, guardado celosamente durante siglos en el Monasterio de Santa Catalina en el monte Sinaí, notarías que al llegar al final del Apocalipsis de Juan la lectura no termina. El escriba del siglo IV continuó copiando, con la misma caligrafía y el mismo valor sagrado, la Epístola de Bernabé y el Pastor de Hermas. En el Codex Vaticanus, la fluidez es similar. Esto nos demuestra de forma irrefutable que, incluso en la era de los grandes emperadores cristianos, la frontera de lo que era considerado "Escritura" seguía siendo notablemente porosa. Las listas eclesiásticas iban, por un lado, pero el uso real de los libros en los escritorios de los copistas iba por otro.

La verdadera raíz de esta porosidad, y el origen de la gran grieta que hoy divide a las Biblias católicas de las protestantes, no se encontraba en el Nuevo Testamento, sino en los cimientos del Antiguo. El conflicto era lingüístico, geográfico y cultural, y enfrentaba a dos visiones del judaísmo que colisionaron de frente.

Por un lado, existía el Canon de Alejandría, plasmado en la Septuaginta (o LXX). Esta era una traducción al griego del Antiguo Testamento realizada en Egipto entre los siglos III y II a.C. para los judíos de la diáspora que ya no sabían hablar hebreo. Como el griego era un idioma dinámico y en constante expansión, esta colección absorbió de forma natural crónicas históricas, libros de sabiduría y relatos morales escritos originalmente en griego o de origen tardío, tales como Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y los dos libros de los Macabeos. Esta Biblia griega era, curiosamente, la que los apóstoles y los autores del Nuevo Testamento tenían en sus manos y la que citaban textualmente cuando querían demostrar que Jesús era el Mesías anunciado.

Por el otro lado, tras la traumática destrucción de Jerusalén y su Templo en el año 70 d.C., los rabinos judíos de Palestina sintieron la urgente necesidad de proteger su identidad frente al avance del cristianismo y la cultura pagana. Para cerrar filas, fijaron su propio canon el llamado Texto Masorético bajo una regla estricta: solo se aceptarían como sagrados los libros escritos originalmente en el hebreo o arameo antiguos de sus antepasados, rechazando de golpe toda la literatura tardía de la Septuaginta griega.

Cuando los grandes códices imperiales del siglo IV se ensamblaron, los líderes de la Iglesia adoptaron la Septuaginta griega como su estándar para el Antiguo Testamento, incluyendo de forma natural todos esos libros adicionales dentro de los manuscritos cristianos. Sin embargo, la tensión estalló cuando el erudito más grande de la época, Jerónimo de Estridón, recibió el encargo en el año 382 d.C. de traducir la Biblia directamente al latín corriente, la famosa Vulgata.

Jerónimo, dotado de un agudo sentido crítico, viajó a Palestina y se sentó con los rabinos judíos para estudiar los manuscritos más antiguos. Al abrir sus rollos, se dio cuenta con asombro de que libros tan queridos por los cristianos como Tobías o Macabeos no existían en el texto hebreo original. Rompiendo con la tradición de su época, Jerónimo aplicó un bisturí teológico y acuñó formalmente el término "Apócrifos" (que en griego significa ocultos o secretos). Argumentó con firmeza que estos escritos adicionales eran valiosos para la historia y la edificación moral de los creyentes, pero que la Iglesia cometía un error al utilizarlos para fundamentar dogmas de fe, puesto que carecían de la raíz hebrea original. Su advertencia fue ignorada por siglos, sembrando la semilla de la gigantesca fractura doctrinal que estallaría en la Reforma Protestante.

Durante más de mil años después de Jerónimo, la Iglesia Occidental vivió en una ambigüedad extraña pero funcional. Los libros que hoy llamamos apócrifos o deuterocanónicos se seguían copiando dentro de las Biblias latinas y se leían en las iglesias, pero no existía una ley absoluta que obligara a los creyentes a considerarlos exactamente iguales en autoridad a los escritos de Moisés o a los Evangelios. Todo esto cambió de golpe en el año 1521, cuando el monje agustino Martín Lutero desafió la autoridad del Papa en la Dieta de Worms.

Lutero no era solo un reformador teológico; era un hombre atrapado en una angustia existencial profunda por su propia salvación. Al buscar respuestas en el texto bíblico, se topó con pasajes que contradecían su nueva doctrina de la salvación únicamente por la fe. Por ejemplo, en el libro de 2 Macabeos 12:43-45, descubrió un relato donde se ofrecían sacrificios y oraciones por el perdón de los pecados de los soldados muertos. Este pasaje era la base principal que la Iglesia de Roma utilizaba para justificar la doctrina del Purgatorio y la venta de indulgencias, el negocio financiero que había desatado la indignación de Lutero.

Aplicando un criterio radical, Lutero rescató la vieja advertencia de Jerónimo del siglo IV. Argumentó que, si esos libros no formaban parte del canon hebreo de Jerusalén, no tenían derecho a dictar las doctrinas de la Iglesia. En su famosa traducción de la Biblia al alemán (1534), tomó todos estos escritos adicionales, los arrancó de sus lugares tradicionales entre los profetas e historiadores, y los colocó en una sección separada al final del Antiguo Testamento. Les puso un encabezado muy honesto: "Apócrifos: estos son libros que no se consideran iguales a las Sagradas Escrituras, pero que son útiles y buenos para leer". Los herederos de la Reforma Protestante irían aún más lejos en los siglos siguientes, eliminando estos libros por completo de sus impresiones para ahorrar costos de papel y marcar una distancia insalvable con Roma.

La reacción de la Iglesia Católica Romana fue inmediata y contundente. En el año 1546, acorralada por el avance del protestantismo, la Iglesia convocó el Concilio de Trento. En la Sesión IV de este concilio, los obispos católicos decidieron cerrar el debate de una vez y para siempre mediante un decreto legal. Declararon que todos los libros contenidos en la antigua Vulgata Latina, incluidos los textos controvertidos como Tobías, Judit, Sabiduría y Macabeos (a los que rebautizaron formalmente como Deuterocanónicos o del segundo canon), eran divina e igualmente inspirados en cada una de sus partes.

Para asegurarse de que nadie volviera a cuestionar el índice, el concilio añadió una cláusula de hierro: lanzó un anatema una excomunión formal y una maldición espiritual contra cualquiera que se atreviera a rechazar estos libros como sagrados. El canon católico, tal como lo conocemos hoy, no nació en la época de Jesús ni en los concilios de la iglesia primitiva; fue blindado de forma dogmática en el siglo XVI como un escudo de guerra política contra la Reforma.

 El discernimiento frente al decreto, una perspectiva SUD

Es en este punto de la historia, donde los hombres se excomulgaban unos a otros por el tamaño de un índice, donde la teología de los Santos de los Últimos Días ofrece una salida brillantemente neutral y profundamente liberadora. Los Santos de los Últimos Días no heredaron la necesidad de defender la trinchera de Lutero ni el anatema de Trento.

En marzo de 1833, mientras José Smith se encontraba inmerso en la revisión inspirada del texto de la Biblia, llegó precisamente a la sección de los libros Apócrifos que contenían las Biblias americanas de su época. Al no saber qué postura tomar ante una disputa que llevaba siglos dividiendo al mundo cristiano, acudió directamente al Señor en oración. La respuesta, registrada de forma exacta en Doctrina y Convenios 91, es una lección de madurez histórica y espiritual que desarma los absolutismos humanos:

"De cierto, así os dice el Señor respecto de los libros Apócrifos: Contienen muchas cosas verdaderas, y en su mayoría están traducidos correctamente; contienen muchas cosas que no son verdaderas, que son interpolaciones de los hombres. De cierto os digo, que no es necesario que los libros Apócrifos sean traducidos; por tanto, a quien lo lea con el Espíritu le será manifestado por el Espíritu la verdad; y el que lea y no tenga el Espíritu, no podrá beneficiarse". (D&C 91:1-2, 4-6)

El plano material del texto queda expuesto con total honestidad: el Señor reconoce que la mano del hombre metió alteraciones (interpolaciones), pero no condena los escritos en bloque como una invención satánica ni los eleva a dogma infalible de fe. En lugar de encerrar la verdad en un decreto legal como los obispos de Trento, la revelación traslada la responsabilidad directamente al lector y a su conexión con el plano espiritual mediante el discernimiento individual.

Esta visión del canon abierto se complementa perfectamente con lo que la propia Biblia expone en sus páginas. El texto bíblico nunca pretendió ser autosuficiente ni cerrado. A lo largo de sus relatos, los propios autores inspirados citan con total naturalidad registros y libros sagrados que los concilios de los hombres dejaron fuera o perdieron en los pliegues del tiempo. Las Escrituras mencionan de forma explícita el Libro de Jaser (Josué 10:13), el Libro de las Batallas de Jehová (Números 21:14), las Crónicas de Natán el profeta (2 Crónicas 9:29) y hasta una Epístola anterior de Pablo a los Corintios (1 Corintios 5:9).

Para la mentalidad de la Restauración, la historia caótica del canon no es una crisis de fe, sino la validación material de la profecía de 2 Nefi 29:9-10:

"Y por el hecho de que mis palabras resuenen, no debéis suponer que no puedo hablar otras; porque mi obra aún no está concluida, ni lo estará hasta el fin del hombre... Por tanto, porque tenéis una Biblia, no debéis suponer que contiene todas mis palabras; ni tampoco debéis suponer que no he hecho escribir más".

Dios nunca ha estado limitado por las decisiones de un comité de obispos del siglo IV, ni por las imprentas de la Reforma protestante, ni por los anatemas del siglo XVI. El canon de la Biblia, en su límite estricto de 66 o 73 libros, fue una invención y una necesidad puramente humana de buscar control. La palabra de Dios, por su propia naturaleza eterna, permanece abierta, fluida y viva.

Al final del día, cuando retiramos los pergaminos desgastados del siglo II, las actas de los concilios imperiales y las encarnizadas disputas teológicas del siglo XVI, nos queda una verdad desnuda en las manos: el canon cerrado es el reflejo del miedo humano a un Dios vivo. El intento de poner un punto final en la última página del Apocalipsis de Juan y decretar que el cielo se ha vuelto mudo no es un acto de fidelidad a las Escrituras; es el deseo inconsciente de los hombres de domesticar lo divino. Nos da seguridad tener a Dios encerrado entre dos cubiertas de piel; un Dios estático que solo habla en pasado es un Dios predecible, un Dios que no nos incomoda, un Dios al que podemos controlar.

Pensar o decir que la palabra de Dios se cerró definitivamente con la compilación de la Biblia es, en el fondo, intentar limitar al Creador del universo. Es pretender que el Ser infinito que organizó las galaxias se quedó sin ideas en el siglo IV, o que agotó su amor por la humanidad al morir el último de los apóstoles en las playas de Patmos. Pero los registros sagrados que tanto defendemos testifican exactamente lo contrario. La Biblia no es un monumento al silencio de Dios; es un testimonio de su incansable necesidad de comunicarse con sus hijos. El profeta Amós lo dejó establecido con una claridad que ninguna ley eclesiástica puede borrar: "Porque no hará nada el Señor Jehová sin que revele su secreto a sus siervos los profetas" (Amós 3:7). El texto no dice que Dios habló en pasado; utiliza un verbo de acción continua. Dios actúa revelando.

La historia de la salvación nos enseña que el cielo no tiene temporadas de vigilia y temporadas de sueño. En el Nuevo Testamento, Santiago nos dejó una promesa universal y eterna que dinamita cualquier frontera canónica: "Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5). Si el Dios del universo responde de forma abundante a la oración individual de un hijo que duda, ¿por qué habríamos de creer que ha decidido ignorar los dolores y las crisis colectivas de las generaciones modernas, negándoles una guía profética actual? Sostener que el canon está cerrado es afirmar que la promesa de Santiago expiró por decreto humano.

Para nosotros, como seguidores de la fe de los Santos de los Últimos Días, la historia material del canon no es un motivo de tropiezo, sino el telón de fondo perfecto para valorar la Restauración. Entendemos que Dios no es un espectador ausente que se fue a dormir tras la caída de Roma. Él sigue siendo el mismo ayer, hoy y para siempre. Como nos recuerda bellamente el registro de Mormón 9:9-10, 19:

"¿O de qué modo ha cesado el Señor de hacer milagros?... ¿O ha dejado de ser un Dios de revelación? ... He aquí, os digo que él no cambia; si lo hiciere, dejaría de ser Dios; y él no deja de ser Dios, y es un Dios de milagros, y de revelación".

¿Es bíblico el canon cerrado? No, no lo es. Las propias Escrituras confiesan su porosidad y citan los libros que los hombres perdieron en el camino. ¿Alguien lo inventó? Sí. Lo inventaron los obispos políticos de Nicea y Cartago para unificar un imperio; lo pulió la angustia de Lutero en el siglo XVI al arrancar páginas; y lo dogmatizó bajo maldición el Concilio de Trento en 1546 como un arma de guerra teológica.

La Biblia es un tesoro material invaluable que contiene la palabra de Dios, pero no contiene toda la palabra de Dios. Los hombres pueden cerrar las imprentas y clausurar los índices, pero jamás podrán cerrar la boca del Todopoderoso. El cielo sigue abierto, el Dios de Israel no duerme, y su voz continúa resonando para todo aquel que tenga oídos para oír y el Espíritu para discernir.

Respuestas

  • EvaMontero

    Justo esta semana un chico de confirmación me preguntó por qué su Biblia tiene Tobías y la de su primo evangélico no, y le dije que no sabía bien. Ahora por lo menos tengo lo de Jerónimo.

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  • Belencita

    Uf, cuánta historia.

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  • Baltasar

    De cánones y concilios no entiendo nada, lo digo al tiro. Pero Jerónimo yendo hasta Palestina a sentarse con los rabinos para mirar los rollos más viejos me hizo acordar de un contramaestre que tuve por el 84, que no firmaba ninguna carta de navegación sin ir a ver la costa con los prismáticos. Él decía que el papel lo hace gente y la gente se cansa. Nunca supe si tenía razón, pero con él nunca encallamos.

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  • AgustinRuiz

    La escena del principio, la gente reunida en una casa con un papiro envuelto en tela, es la que más reconozco. Durante años nos juntamos en el living de un hermano, con una sola Biblia grande que era de su madre y que nadie se animaba a subrayar. Igual que en la entrega del diezmo, lo de los concilios me queda lejos. Lo que sí sé es que esa Biblia pasaba de mano en mano y cada uno leía un poco, medio trabado.

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  • Ovid

    El Codex Sinaiticus que sigue después del Apocalipsis con Bernabé y el Pastor de Hermas, con la misma letra, me suena a lo que pasa con cualquier colección armada a mano: primero se copia lo que la gente ya lee, y las listas llegan después. Se nota que cada entrega de esta serie te lleva horas de lectura. Gracias por seguir con ella!

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