No hay rincón donde escapar.
He buscado detrás de las puertas, debajo de las sombras, en habitaciones donde nadie pregunta nada.
Pero siempre termino encontrándome con el mismo vacío.
Mi alma perdió sus colores.
Antes había días azules, tardes doradas, alguna esperanza escondida entre el gris.
Ahora todo parece gris.
Hasta las ilusiones que alguna vez me hicieron sonreír parecen hechas para terminar mal.
Me acostumbré a imaginar finales felices para historias que nunca supieron serlo.
Y está el amor.
Ese extraño calambre que aparece sin avisar, que atraviesa el pecho y después se queda, como si quisiera recordarme que todavía siento algo que no quiero aceptar.
Porque aceptar lo que siento sería darle un nombre a este vacío.
Y prefiero decir que no me importa, que no espero, que no quiero, que no extraño.
Aunque por dentro cada negación tenga mi propia voz.
Quizás por eso no encuentro un rincón.
Porque puedo escapar de las personas, de las calles, de las luces, del ruido del mundo...
pero no puedo escapar de lo que llevo conmigo.
Y así sigo, rodeado de grises, persiguiendo ilusiones infelices, esperando encontrar un lugar donde por fin pueda esconderme.
Pero no existe.
No hay rincón donde escapar
cuando el lugar del que quieres huir
vive dentro de ti.