El delirante se viste
con su armadura más brillante,
y cabalga por la vida,
orgulloso y desafiante.
Aparenta una grandeza
que no habita en su interior,
e inventa mil proezas
para ganarse admiración.
Se inventa viajes, hazañas,
batallas que nunca libró,
y presume de las heridas
que la vida jamás le dejó.
El delirante viajero,
que poeta se creyó,
finge sentir tan profundo
que hasta la piel se desgarró.
Pero miente el incoherente,
el que de prudencia carece,
el que se esconde en relatos
y se convierte en lo que parece.
Dice haber vencido al mal,
haber navegado por mares,
haber luchado contra penas
y sobrevivido a mil pesares.
Pero el mar nunca lo vio,
ni la tormenta lo azotó;
mientras narraba sus hazañas,
en la orilla se embriagó.
¡Qué delirante caballero,
qué brillante su escudo de acero!
Cuánto orgullo en su armadura,
cuánta mentira en su figura.
Imagina cada encuentro,
cada vínculo y emoción;
se construye mil historias
y las llama corazón.
Se disfraza de salvador,
de refugio, de buen hombre,
pero llega con su engaño
y el amor pierde su nombre.
La gente lo mira y le cree,
lo contempla con admiración;
si supieran cuánto inventa,
si conocieran su ficción.
Porque condena a los otros
a habitar sus realidades,
a perderse entre sus cuentos,
a dudar de sus verdades.
Y ese caballero no cuida,
aunque prometa protección;
te destruye lentamente
mientras reclama compasión.
Se victimiza entre ruinas
que sus propias manos levantaron,
y señala a los caídos
como si ellos lo derribaran.
¡Qué cruel el delirante,
qué impecable su actuación!
Qué fácil vestir de héroe
cuando otro carga el dolor.
Y yo, que creí en sus palabras,
que quise ver su bondad,
me perdí entre sus mentiras
intentando hallar verdad.
Hoy contemplo su armadura,
ya no me deslumbra su brillo;
sé que detrás de aquel acero
solo se esconde un hombre vacío.
Pero hay algo que aún me duele,
algo que no sé explicar:
que mientras él sigue su cuento,
yo aún intento despertar.
¡Qué malo el delirante,
qué cruel su forma de amar!
No necesitó hundir un puñal…
Le bastó hacerme creer
que nunca me iba a lastimar.