A veces no sabemos que una despedida será la última.
Por eso, cuando una persona se va de nuestra vida, empezamos a recordar pequeños detalles que en ese momento parecían insignificantes: una conversación, una mirada, una canción, la forma en que nos despedimos.
Yo me quedo con tu sonrisa de aquella última vez.
No porque quiera fingir que todo fue perfecto, ni porque quiera olvidar lo que también me dolió. Simplemente porque, entre tantos recuerdos, prefiero conservar uno que me haga pensar en lo bonito que alguna vez fue tenerte cerca.
Quizás eso es lo que hacemos cuando finalmente entendemos que alguien ya no va a volver a ocupar el mismo lugar: escogemos qué recuerdos llevar con nosotros.
Y no se trata de borrar lo malo ni de idealizar el pasado. Se trata de aceptar que una persona pudo hacernos daño y, aun así, haber dejado momentos que merecen ser recordados con cariño.
Porque algunas despedidas no necesitan terminar en rencor.
A veces basta con agradecer lo vivido, aceptar que los caminos cambiaron y seguir adelante con aquello bonito que alguna vez existió.
Si alguna vez fue importante para nosotros, no tenemos que convertirlo en algo malo solo porque llegó a su final.