Quizás te preguntes qué tan difícil podría ser estar con uno mismo… La realidad es más difícil y dura de lo que las personas están dispuestas a aceptar. Cada día nos levantamos con nosotros mismos, con nuestras decisiones, con nuestros hábitos, con un reflejo de las cosas que hicimos o dejamos de hacer. A veces nos peleamos con nosotros mismos o nos echamos culpas por aquello que no pensamos mejor, por las veces en que no fuimos lo suficientemente maduros para cambiar o mejorar.
Pero, en medio de tantos reproches, ¿cuántas veces reconocés la paciencia y el amor que también te tuviste?
Hoy no vengo a recordarte lo difícil que sos cuando nadie te ve, ni las cosas extrañas que podés hacer y que los demás quizás no entenderían. Tampoco tus vergüenzas, tus secretos más oscuros o las veces que tuviste que pedirte, por favor, que dejaras de pensar tanto… Hoy vengo a recordarte todas esas cosas que pasan desapercibidas en el día a día, pero que son esenciales.
Levantarte y ponerle ganas, aunque no las tengas. Limpiar tu espacio para disminuir el ruido visual. Asearte, porque también es una forma de cuidarte. Prepararte un café, un té o un mate caliente para acompañar la soledad. Volver a ese libro que tenías abandonado hace meses, no porque te encante en su totalidad, sino por la paz y la calma que te brinda dejar, por un rato, las emociones en pausa.
Quizás, cuando eras chico y te lastimabas, eran tus muñecos los que estaban ahí para besar tus heridas. Tal vez mamá y papá trabajaban todo el día, la niñera estaba distraída o tus abuelos estaban demasiado ocupados para darte ese momento de atención. Entonces, solo te tenías a vos y a esa rodilla raspada.
Y, a veces, la vida adulta se parece mucho a eso, solo que sin muñecos. Ahora tus muñequitos son las palabras de aliento que te das cada día: mirarte en el espejo y darte fuerzas, sentarte en la cama en soledad y hablar en voz alta para poder escucharte, dialogar con vos mismo o negociar lo que te cuesta.
Tuviste que aprender a arreglártelas a solas con lo que te pasaba y con lo que necesitabas. Cuando alguien se acercaba, se sentía como si la luz entrara por un momento a través de la cortina y su calor llegara a tus mejillas. Esa calidez hacía que la sala donde jugabas solo se sintiera como un hogar. Hasta que esa presencia se iba y todo volvía a sentirse oscuro y solitario.
Quizás así fuiste conociendo la vida y la soledad. Comenzaste a escucharte más, a entenderte más, a negociar con vos mismo lo que te gustaba y lo que no, lo que aceptabas y lo que no. Con el tiempo, estar con vos se fue haciendo más cómodo, más fácil…
Aquella luz cálida que sentías cuando alguien se acercaba también estaba dentro de vos, aunque todavía no supieras cómo encenderla.
La respuesta siempre fue la misma: paciencia y amor.
Andueza B. Victoria
—Alguien que aprendió desde la soledad—