Antonio se persigna sin sorpresa y se queda mirando a Cecilia más que a nadie. Órale, ese cura me da más miedo que el gato, y apuesto a que la alianza es de alguien a quien él mismo casó.
el anillo de oro
Pensamiento
Antonio se persigna sin sorpresa y se queda mirando a Cecilia más que a nadie. Órale, ese cura me da más miedo que el gato, y apuesto a que la alianza es de alguien a quien él mismo casó.
Contenido de la publicación
El aire matinal traía un vaho de tierra húmeda mezclado con una pátina metálica, un hedor a herrumbre que Antonio no logró descifrar al cruzar el marco de la entrada. La puerta de madera crujió al cerrarse tras sus espaldas con la pesadez de una trampa que se sella. Esperanza se abrazó al bolso contra el pecho, sintiendo el temblor en los muslos tras lo ocurrido minutos atrás; avanzar por la vereda era como pisar un terreno flojo que amenazaba con ceder en cualquier momento.
El gemido sordo de una sirena los alcanzó antes de que pudieran dar diez pasos. Un pulso roncador que rebotaba en las fachadas de adoquín. La camioneta blanca de la morgue desfiló frente a ellos con una lentitud calculada, como si arrastrara un peso de cristal. Por un segundo, el destello del sol rebotó contra el vidrio polarizado del compartimento posterior y ambos buscaron descifrar la penumbra de su interior. No vieron nada. Y ese vacío fue lo que les congeló la sangre.
—¿Qué fue lo que pasó? —murmuró Esperanza con un hilo de voz.
Gabriel y Cecilia, que venían apresurando el paso por la acera opuesta, se detuvieron en seco. Los cuatro se alinearon en el centro de la calle mientras el ronroneo del motor del peritaje se ahogaba a la distancia.
—¿Todavía no escucharon nada? —indagó Gabriel en voz baja, escudriñando las ventanas linderas como si la casa misma tuviera orejas—. Anoche hallaron al sargento sin vida en el despacho de la comisaría. Y hace un rato… la hija de los ancianos los encontró colgados en el taller.
Esperanza se cubrió la boca con las dos manos. La respiración se le ahogó en el pecho. Antonio se persignó con parsimonia, manteniendo la vista clavada en la esquina por la que había doblado el vehículo forense. En su semblante no brotó asombro alguno: apenas la ratificación helada de un desenlace que ya daba por sentado.
—¿Cómo que sin vida? ¿Qué ocurrió? —insistió ella.
—No hay certezas todavía —admitió Gabriel, tragando saliva para contener el quiebre de la voz—. Nos dirigíamos hacia allá justo ahora.
Un mutismo pesado aplastó la calle. El graznido solitario de un cuervo sobre un tejado ajado cortó el aire, pero ninguno se atrevió a pestañear.
—Se está consumando el mensaje del cassette —sentenció Antonio con voz de tumba—. TODOS VAN A MORIR.
A Esperanza le resonó el eco de la charla matutina junto al humo del mate recién cebado. La postura fría y tajante del sacerdote cobró una dimensión aterradora.
—Esta mañana dijiste que se estaban cerrando círculos —dijo clavándole una mirada llena de una sospecha oscura que rehuía nombrar—. ¿Qué vínculo hay entre el sargento, Jorge… y Blanca en toda esta pesadilla?
Cecilia se petrificó al instante. El silencio de los tres se volvió ensordecedor.
Antonio paseó la vista en calma. Primero se detuvo en Esperanza, sosteniéndole la mirada durante diez segundos interminables. Después pasó a Gabriel. Finalmente fijó sus pupilas en Cecilia, atravesándola sin parpadear. El follaje de un fresno crepitó con la brisa y sonó como un murmullos de ultratumba. Cuando rompió el encierro con su voz, la respuesta no trajo luz, sino un abismo todavía mayor:
—Está por revelarse muy pronto. Suban al vehículo. Vamos a ver con nuestros propios ojos.
Nadie se atrevió a dar un paso hasta que él encabezó la marcha.
El comisario Muslera se desplazaba con lentitud por el galpón, con el sobretodo azul desabrochado flotando a cada tramo y las manos sepultadas en los bolsillos del pantalón. Esquivaba los cadáveres; los muertos eran la parte predecible del oficio. Su atención se posaba en lo accesorio: el orden riguroso de los tubos de gas, las herramientas alineadas en el tablero de madera y una pátina violácea en el cemento que distaba mucho de ser grasa de motor. Examinaba cada esquina como si las paredes mismas fueran a revelar la identidad del visitante invisible.
A la tufo habitual de hidrocarburo y grasa quemada se le imbricaba otra emanación, espesa y rancia, que se atascaba en el paladar: hedor a mortaja y azufre. Muslera lo había aspirado una sola vez en el pasado, y aquella experiencia le costó semanas de insomnio.
El sudario blanco que cubría a Jorge y a Blanca reaccionó con una ráfaga que se coló por el portón entreabierto; la tela se abultó por un segundo, imitando el soplo de una respiración submarina.
El comisario se puso de cuclillas junto al primer cuerpo. El cuero de sus guantes crujió en el silencio. Descubrió el rostro con extrema cautela.
Blanca conservaba los párpados abiertos. Su mirada no buscaba a Muslera, sino que permanecía clavada en un punto ciego del tirante del techo, fija en una presencia que solo a ella le fue dado presenciar. No había terror en sus facciones, sino una mueca helada de reconocimiento. El surco de la soga le estrangulaba la garganta en un tono lívido, mientras que sus labios dibujaban una leve y perturbadora sonrisa. Muslera sostuvo el examen más tiempo del que dictaba el protocolo antes de cubrirla de nuevo con la solemnidad de un funeral.
Afuera, el rigor del clima no disuadió a los vecinos. La población entera parecía haberse apretujado frente al taller, agolpada tras la cinta de clausura policial mientras el aliento de la gente se condensaba en el aire. Hablaban en voz baja; en las comarcas pequeñas, la tragedia se susurra para no invocarla.
—Demasiada sombra junta para un solo lugar…
—Pobre Chela, se quedó sin nadie…
—Para mí que la pena por Hernán terminó de arrastrarlos.
El murmullo se fragmentaba con las ráfagas de viento. Sin embargo, cuando Antonio, Cecilia, Gabriel y Esperanza se abrieron paso entre la masa de gente hasta la cerca, el gentío enmudeció de golpe. Fue una pausa instintiva, como si la presencia del grupo marcara la llegada de algo inevitable. Decenas de ojos los escoltaron sin que nadie se atreviera a formular una sola pregunta.
Plegada contra la chapa del portón —donde una estampa despintada de la Virgen de Luján parecía bajar la vista con vergüenza—, la hija de los ancianos permanecía sobre sus talones, marmórea. Las lágrimas se le habían cristalizado en las mejillas hacía horas. Su esposo la rodeaba con los brazos desde atrás, vencido por la invalidez de no tener palabras que sirvieran de consuelo.
Fue entonces cuando emergió.
Un felino negro, escuálido, de pupilas amarillas como el ámbar, se filtró en silencio entre los pies del tumulto. Nadie supo de dónde había salido. Fijó la vista en la mujer, apoyó las patas sobre sus rodillas y trepó hasta su torso; frotó el hocico contra su cuello emitiendo un ronroneo grave, sostenido, trágicamente similar a un sollozo ahogado. Como si rindiera luto. Como si fuera el emisario de una presencia ausente.
La mujer lo estrechó contra su pecho con desesperación. El animal no buscó zafarse: simplemente acomodó el hocico en su hombro y se dejó sostener.
Del otro lado del vallado, Antonio cruzó la mirada con el gato. En ese instante, una certeza helada le atravesó el espinazo: aquel animal no había llegado por casualidad, sino que estaba allí esperando por él.
Desde el fondo de la multitud, un grito ahogado pronunció su apodo. La voz le llegó amortiguada, como sumergida bajo el agua entre la maraña de murmullos:
—¡Chela!
Alzó la vista, rastreando entre las bufandas y los gorros de lana el origen del llamado. Al reconocer la silueta, liberó al gato —que aterrizó sobre las cuatro patas en el cemento, impertérrito—, se puso de pie y corrió a su encuentro ahogada en llanto. Se apretó contra ella con desesperación, aferrándose como a un último ancla para no desplomarse.
—Cuánto lo siento, mi amor… —le murmuró Esperanza al oído con la voz hecha pedazos—. Cuánto lo siento.
A espaldas del grupo, los bramidos del comisario Muslera quebraron el luto, abriéndose paso a manotazos entre la gente:
—¡Abran paso a los vehículos! ¡Despejen la entrada, por favor!
La multitud cedió terreno a regañadientes. Las Unidades Forenses retrocedieron hasta quedar alineadas frente al taller. El portón levadizo de chapa comenzó a alzarse con un chillido agudo y metálico que erizó la piel de los presentes; por la abertura inferior volvió a brotar la emanación densa: nafta, grasa quemada, decadencia y azufre. Los camilleros ingresaron a paso firme, haciendo retumbar sus pisadas contra el piso hueco.
Esperanza prefirió el silencio. Mantuvo el abrazo apretado, prescindiendo de interrogatorios inútiles para un momento donde la razón no tenía cabida. Cecilia y Gabriel se unieron al gesto, rodeándolas a ambas en un refugio impenetrable. A unos metros, Antonio los contemplaba sin comprender, con los brazos cruzados y el semblante rígido; le resultaba ajena esa devoción por los cuerpos de dos personas que, hasta hacía poco, no eran más que piezas marcadas en una sentencia inevitable.
La primera camilla emergió del taller con parsimonia, guiada por dos operarios de túnica azul. La ráfaga de viento levantó un extremo de la cubierta blanca.
Fue en ese preciso instante cuando el felino negro, aparecido de la nada, de un brinco certero se posó sobre la silueta del cadáver, echándose encima como un guardián celoso.
La extremidad sin vida del difunto cayó por el borde, oscilando lacia y lívida. Uno de los forenses avanzó para ahuyentar al animal, pero antes de que estirara la mano, el gato clavó sus pupilas amarillas en el sacerdote. Sostuvo la vista desde el límite del vallado durante un segundo eterno.
Y entonces, la mirada de Antonio descendió hacia la mano inerte. Arrugada, pálida, glacial aun a la distancia.
En el dedo índice destellaba una alianza de oro.
El cura sintió que el corazón se le petrificaba en el pecho. Había visto esa joya antes. Tenía la certeza absoluta, helada y destructiva, de que la última vez que estuvo frente a ese anillo, la piel que lo portaba aún guardaba calor.
Thoughts
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PermalinkAntonio se persigna sin sorpresa y se queda mirando a Cecilia más que a nadie. Órale, ese cura me da más miedo que el gato, y apuesto a que la alianza es de alguien a quien él mismo casó.
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PermalinkLos vecinos tras la cinta, hablando bajito y callándose de golpe cuando llega el grupo, es pueblo chico tal cual. Para mí Chela sabe algo de Hernán que no le contó a nadie.
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Capítulo 11 — voz del narrador:
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NEWHELL - Segunda parte
INTRODUCCIÓN
El aire matinal traía un vaho de tierra húmeda mezclado con una pátina metálica, un hedor a herrumbre que Antonio no logró descifrar al cruzar el marco de la entrada. La puerta de madera crujió al…