Y quizá esa sea
la verdad más cruel que aprendí
cuando ya no quedaba nadie
a quien contársela.
Lo llamamos amor
porque la palabra soledad
era demasiado insoportable
para pronunciarla entre dos.
Construimos eternidades
con cuerpos destinados a desaparecer,
juramos permanencias
sabiendo que toda existencia
es apenas una forma sofisticada
de comenzar a morir.
Te miré y confundí tu presencia con destino,
tu voz con permanencia,
tus manos con una promesa
que el universo jamás había firmado.
Qué ingenuidad tan miserable
la de creer que dos abismos
pueden dejar de ser abismos
solo porque durante un instante
deciden mirarse.
Quizá nunca te amé.
Quizá amé la versión de ti
que mi necesidad construyó,
ese espejismo perfecto
que existía únicamente
mientras mis ojos permanecían cerrados.
Y tú quizá hiciste lo mismo conmigo.
Dos desconocidos
inventándose mutuamente
para no contemplar de frente
la monstruosa arquitectura de su vacío.
Después vino el silencio.
No hubo tragedia.
No hubo relámpagos.
Solo esa lenta descomposición
de todo aquello que alguna vez llamamos nosotros.
Los mensajes dejaron de llegar.
Las promesas adquirieron polvo.
Los recuerdos comenzaron a perder sus rostros.
Y comprendí algo terrible: nada muere cuando nunca estuvo vivo.
Por eso no lloré cuando te fuiste.
Lloré cuando comprendí
que estaba llorando por una ficción.
Por algo que jamás existió
y que, sin embargo,
había conseguido destruirme.
Desde entonces miro el amor
como quien contempla una religión abandonada:
con respeto por quienes todavía creen,
pero con la certeza
de que ningún dios responde
cuando uno grita desde el fondo del abismo.
Porque el universo jamás prometió amarnos.
Las estrellas no saben nuestros nombres.
El tiempo no conserva nuestros besos.
La muerte no distingue entre amantes.
Todo lo que sentimos
terminará reducido a materia,
a silencio,
a una insignificante ausencia
en la memoria de alguien
que también terminará desapareciendo.
Entonces dime:
¿qué clase de eternidad
puede existir entre dos seres
condenados a morir?
Tal vez el amor fue únicamente
nuestra manera más hermosa
de mentirnos.
Una mentira necesaria.
Una mentira tierna.
Una mentira que dolía menos
que aceptar la verdad:
nunca hubo un nosotros.
Solo hubo dos soledades
abrazándose durante un instante,
mientras el universo, indiferente,
continuaba su interminable silencio.
Y cuando todo termine,
cuando nuestros nombres hayan perdido significado,
cuando nadie recuerde que alguna vez existimos,
quizá entonces comprendamos
la última crueldad:
el amor nunca existió,
nunca existirá,
y aun así
habrá sido la mentira que más nos dolió perder.
"Y quizá Dios nunca nos prometió el amor; quizá fue la primera traición de Satanás, sembrada en el corazón humano, para hacernos creer en una eternidad que jamás nos perteneció"