Que los evangelios de Tomás o de María Magdalena quedaran fuera del canon cambia cómo se lee todo lo demás. Después del capítulo del mito como lenguaje, este le pone nombres y fechas a esa misma tensión entre fe y razón.
Dios sin nombre
Pensamiento
Que los evangelios de Tomás o de María Magdalena quedaran fuera del canon cambia cómo se lee todo lo demás. Después del capítulo del mito como lenguaje, este le pone nombres y fechas a esa misma tensión entre fe y razón.
Contenido de la publicación
Capítulo 4
La manipulación de los textos bíblicos como herramienta de control
Una de las cosas que más me ayudó a desprender la fe de la institución fue entender cómo se construyeron los textos sagrados. Porque la Biblia no es un libro que cayó del cielo. Es una selección de textos hecha por hombres, con criterios teológicos y políticos, en un contexto histórico muy concreto.
No todos los evangelios entraron en el canon. El de Tomás, el de María Magdalena, el de Judas, entre otros, fueron excluidos por una combinación de criterios históricos, teológicos y eclesiales, entre ellos su incompatibilidad con la doctrina que la Iglesia estaba consolidando. Y lo que quedó fue traducido, interpretado y, en muchos casos, manipulado para sostener una autoridad.
Eso no significa que los textos sean falsos. Pero sí que no son neutrales. Fue-ron escritos, seleccionados y transmitidos por personas con intereses, con agendas, con una visión del mundo especifica.
Saber esto no me quitó la fe. Me quitó la ingenuidad. Me ayudó a entender que la Biblia no es un manual de instrucciones divino, sino un conjunto de textos humanos que reflejan tanto la búsqueda espiritual de un pueblo como las agendas de quienes los seleccionaron, tradujeron y usaron para sostener su autoridad. Una cosa no quita la otra. Pero saberlo me permitió leerlos sin tener que creer que cada palabra venía directamente del cielo.
El Libro de Mormón: un caso de reescritura
Este mismo patrón lo he encontrado en otros textos sagrados. Hace un tiempo, alguien me regaló un ejemplar del Libro de Mormón. Al leerlo, me llamó la atención cómo tomaba pasajes del Antiguo Testamento —como el de Isaías, Deuteronomio y los profetas— y los insertaba en su propia narrativa, adaptándolos a su nueva historia.
No es que los copiara sin más. Los reescribía. Los reinterpretaba. Los ponía al servicio de un nuevo relato. Y al hacerlo, les daba un nuevo significado, una nueva autoridad. Me recordaba a lo que la Iglesia institucional había hecho con los textos bíblicos: no crearlos, sino seleccionarlos, traducirlos y usarlos para legitimar su poder.
Lo curioso es que el Libro de Mormón cita esas fuentes a pie de página, como si eso fuera una prueba de autenticidad. Para algunos, lo es. Para mí, era una evidencia más de que los textos sagrados no son neutros. Son herramientas. Y como herramientas, pueden usarse para construir o para controlar.
Eso no quiere decir que el Libro de Mormón no tenga valor para quienes creen en él. Pero me ayudó a ver que el mecanismo de reescritura y adaptación no es exclusivo de la Biblia. Es parte de la forma en que las religiones se construyen, se legitiman y se sostienen.
Fragmento de la conversación con alguien sin nombre:
—Al leer el Libro de Mormón, me di cuenta de que toma citas del Antiguo Testamento y las adapta a su nueva narrativa. No es un invento, es una reescritura.
—Y lo peor es que pone las citas del Antiguo Testamento a pie de página, como prueba. Entonces, ¿cómo no se dan cuenta de que es una reescritura?
El panteísmo como marco: el universo sincronizado
Una vez que empecé a ver la religión desde otra perspectiva, y que comprendí que los textos sagrados no eran neutrales, me quedaba una pregunta abierta: si el Dios de la institución no me convencía, ¿qué había más allá?
Ahí fue donde el panteísmo empezó a tener sentido para mí. No como una teoría abstracta, sino como una forma de mirar el mundo. Porque si Dios no es un rey en el cielo ni un juez que vigila cada uno de mis pasos, quizás Dios es el funcionamiento mismo de la realidad.
Y cuando empiezas a observar el mundo con esa mirada, encuentras sincronía en todas partes. La distancia exacta de la Tierra al Sol. El ciclo del agua. La fotosíntesis. La interacción entre especies. Todo funciona como un mecanismo que no fue diseñado por una inteligencia externa, sino que emergió de la propia dinámica del universo.
Eso no es casualidad. Es orden. Es un orden que no necesita un nombre, ni un género, ni una biografía. Simplemente es. Y estar vivo, formar parte de ese flujo, es lo más cercano a lo sagrado que he experimentado.
El animismo como experiencia viva
Pero el panteísmo, por más valioso que sea, se queda en la mirada. Te dice que todo es Dios, pero no te dice cómo relacionarte con eso. Y ahí fue donde el animismo —especialmente el que conocí a través de la religión yoruba— me dio lo que el panteísmo no podía ofrecerme por sí solo: una forma de habitar lo sagrado.
Porque el panteísmo me dice que todo es Dios, pero el animismo me invita a tratarlo como tal. A hablar con el río, a escuchar el viento, a ofrecer un gesto a la tierra. Los orishas no son seres literales, pero son nombres para fuerzas que sí existen: el mar, el fuego, el trabajo, la sabiduría. Y al nombrarlos, al hacerles un espacio en mi vida, me relaciono con la naturaleza de una manera más viva, más humana.
No veo contradicción entre el panteísmo y el animismo. Al contrario: el panteísmo me da el marco; el animismo me da el gesto. Uno me dice que todo es uno; el otro me enseña a honrar esa unidad en lo cotidiano. Si Dios es la naturaleza, entonces cuidar la naturaleza, escucharla, respetarla, no es una práctica religiosa opcional. Es una forma de estar en relación con lo sagrado.
Fragmentos de la conversación con alguien sin nombre:
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—Yo creo que Dios es el universo mismo. La tierra, el aire, las plantas. Todo ese mecanismo que fluye en sincronía es Dios. Aunque el universo es caos, si prestas atención, todo está sincronizado.
—En la religión yoruba, los orishas no son seres literales. Son fuerzas de la naturaleza personificadas.
La dificultad de nombrar lo innombrable
Recuerdo que una vez, en medio de una conversación, alguien me preguntó cómo llamaba a Dios. Y me di cuenta de que no podía responder. No porque no tuviera una respuesta, sino porque cualquier nombre que pusiera se quedaba corto. Decirle "Dios" sonaba a institución. Decirle "universo" sonaba a ciencia. Decirle "naturaleza" sonaba a poesía. Y ninguna de esas palabras lograba abarcarlo.
Para darle un nombre, tenía que imaginarlo como algo o alguien, y eso lo hacía un objeto en lugar de un todo. Lo reducía a una cosa, a una figura, a una idea limitada. Pero lo que yo sentía no era una cosa. Era una presencia que no se dejaba atrapar por una palabra.
Esa dificultad no era un problema. Era una señal. Me mostraba que lo sagrado no puede ser atrapado por una palabra. Que cualquier nombre que le pongas es, en el fondo, una reducción. Y quizás esa sea la sabiduría más profunda: aceptar que no necesitas un nombre para estar en relación con lo que te trasciende.
Porque lo sagrado no necesita que lo nombres para estar ahí. Está. Y eso es suficiente.
No necesito llamarlo de una manera específica. No necesito un dogma que me diga quién es o qué quiere. Puedo sentirlo en el viento, en el silencio, en el latido de la vida que me rodea. Puedo estar en paz con esa presencia sin tener que ponerle un rostro ni una historia.
Fragmento de la conversación con alguien sin nombre:
—No lo veo como alguien igual que yo, por eso a mi cerebro le cuesta ponerle un nombre.
Donde el mar toca la orilla.
Conversando con esa voz en mi cabeza que cuestionaba cada certeza, en medio de aquel proceso de deconstrucción, apareció una pregunta que durante un tiempo no supe responder: ¿cómo integras a ese Dios que es Todo con el animismo presente en la tradición religiosa yoruba?
Fue una cuestión que me acompañó durante un buen rato. Pero, a medida que mis ideas fueron tomando forma, la respuesta llegó casi como una epifanía. No pretendo explicar aquí cómo debe entenderse la religión yoruba ni establecer una doctrina; esta es simplemente la manera en que yo logro integrar mi experiencia religiosa con mi concepción panteísta.
Si Dios es como el mar, inmenso y en constante transformación, nosotros y todo lo que nos rodea somos como las olas. Cada ola tiene una forma propia, un tiempo de existencia limitado y, en cierto sentido, una identidad. Sin embargo, no está separada del mar. Está hecha de la misma esencia que lo constituye. La ola no es el mar en su totalidad, pero tampoco existe fuera de él.
Quizás nosotros podamos entendernos de una manera similar. Un río, un árbol, una piedra, un animal o un ser humano son manifestaciones distintas de una misma realidad. Cada uno posee sus propias características y su propia existencia, pero todos proceden de la misma fuente.
Nosotros no somos Dios en su totalidad, pero tampoco estamos separados de Él. Somos parte de esa realidad que llamamos Dios.
Y entonces aparece otra cuestión: ¿qué ocurre cuando morimos?
La ola, al romper contra la orilla, deja de existir como ola. Su forma desaparece, pero el agua no deja de existir. Regresa al mar del que nunca estuvo realmente separada.
Tal vez con nosotros ocurra algo parecido.
Al morir, nuestra individualidad desaparece, pero aquello de lo que estamos hechos no desaparece. Volvemos a formar parte de la fuente de la que alguna vez fuimos una manifestación.
Desde esa misma comprensión, los Orishas dejaron de ser para mí figuras lejanas o mitos del pasado. Comencé a entenderlos como manifestaciones particulares de esa misma energía que todo lo sostiene. No como dioses separados de la fuente, sino como formas en las que esa fuente puede hacerse presente y relacionarse con nosotros a través de aspectos concretos de la vida.
Para mí, Yemayá puede ser contemplada como el mar en su inmensidad y su misterio. Changó, como esa fuerza de justicia que a veces irrumpe como un rayo. Oggún, como el trabajo que transforma, la fuerza que construye y también la que destruye cuando es necesario. Cada Orisha puede convertirse así en un rostro de lo divino, una manera de nombrar y experimentar una realidad que, de otro modo, sería demasiado vasta para abarcarla.
Pero lo que más valoro de esta visión es que no me deja en la contemplación. Me invita a la relación. Porque si esas energías están presentes en el mundo, entonces no solo puedo estudiarlas o pensarlas, sino que puedo convivir con ellas. Aprender a reconocerlas, a escucharlas, a ofrecerles un gesto, una palabra, un silencio.
Y al hacerlo, ellas se vuelven parte de mí. No como algo externo que se añade, sino como una dimensión de mi propia conciencia que se despierta. La fuerza del mar, la claridad del rayo, la constancia del trabajo, la sabiduría del orden. Todo eso está en mí, esperando ser reconocido.
No necesito un juez que vigile mis pasos. Necesito una energía que me acompañe, que me recuerde quién soy y de dónde vengo. Los Orishas son eso para mí: la presencia de lo divino en lo concreto, la mano que extiende el Todo para que yo pueda tocarla.
Quizás ahí es donde finalmente encontré la forma de reconciliar ambas cosas. No tuve que abandonar mi experiencia religiosa para abrazar el panteísmo, ni tuve que renunciar a mi concepción de Dios para seguir encontrando lo sagrado en los Orishas. Simplemente dejé de verlos como realidades separadas
Fragmentos de la conversación con alguien sin nombre:
—¿Entonces Dios no está separado de los Orishas?
—No. Yemayá no es otra cosa que el mar en su inmensidad. Changó es el rayo que también es justicia. Oggún es el trabajo que transforma. Son la misma fuente, manifestándose de maneras distintas.
—Y cuando mueres, ¿qué pasa?
—La ola vuelve al mar. Mi forma desaparece, pero lo que soy, lo que me constituye, regresa a la fuente. No como castigo ni como premio. Simplemente como el curso natural de las cosas.
—¿Cómo integras tu visión panteísta con los Orishas?
—Dejando de verlos como realidades separadas. El mar no es distinto de las olas. Las olas son el mar en movimiento. Los Orishas son el Todo en su expresión concreta. No son dioses separados. Son formas en las que lo divino se hace presente.
Thoughts
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PermalinkJuan de la Cruz llegaba a Dios por la nada, sin imágenes. Esa dificultad tuya para nombrarlo tiene mucha compañía dentro de la Iglesia.
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PermalinkSiento que faltó analizar a Jehová o jave... Nombre muy conocido por varios libros bíblicos...
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PermalinkQue los evangelios de Tomás o de María Magdalena quedaran fuera del canon cambia cómo se lee todo lo demás. Después del capítulo del mito como lenguaje, este le pone nombres y fechas a esa misma tensión entre fe y razón.
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PermalinkGaleano, un Cristo que nunca ríe y una Iglesia que tapó la alegría para ganar obediencia: por ahí va LA CORTINA AL SOL, que luego lleva esa crítica hasta el algoritmo.
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PermalinkLas citas a pie de página del Libro de Mormón me parecen lo más honrado del asunto: gracias a ellas cualquiera va a Isaías y compara. Lo que me preocuparía es la reescritura sin nota, que no deja dónde reclamar.
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PermalinkDespués de cuatro capítulos sobre la institución, la única otra persona aquí es alguien sin nombre. Cuando dejé mi iglesia lo difícil de reemplazar fue la gente con quien hablarlo; aquí lo hacen el río y el mar.
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