Yo también seguí comprando una cosa que solo comía la otra persona, como medio año. El carrito del súper se entera antes que uno.
DIEZ AÑOS DESPÚES
Y un día apareciste.
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Pensamiento
Yo también seguí comprando una cosa que solo comía la otra persona, como medio año. El carrito del súper se entera antes que uno.
Contenido de la publicación
Y un día apareciste.
Así, sin aviso. Después de diez años.
Y pensar que hubo un tiempo en que, cuando te fuiste, yo pensé seriamente en detenerlo todo. Lo pensé una vez. Después otra. Y muchas más.
Nunca lo hice. Algunos dirán que fui cobarde. Otros, que fui valiente. A esta altura ya no me interesa demasiado cómo quieran llamarlo. Lo único cierto es que seguí.
Aunque durante mucho tiempo no supe muy bien para qué.
Cuando empezamos, habías puesto las reglas sobre la mesa. Amigos sí, pero también con derechos.
Nada más.
Sin compromisos. Sin reclamos. Y, sobre todo, sin enamorarnos. Parecía sencillo. Casi un contrato.
Ilusos como si al corazón le importara los contratos.
Yo rompí la cláusula principal. Me enamoré.
De vos nunca estuve seguro. Primero fueron algunas noches. Después algunas cosas tuyas aparecieron en mi casa. Un cepillo de dientes. Ropa. Un perfume.
Después dejaron de ser algunas cosas. Y sin que ninguno lo anunciara, empezamos casi a vivir juntos.
Llegabas y me despertabas por la mañana. A veces había mate. Otras veces café. Me preparabas el desayuno mientras yo terminaba de vestirme. Después te llevaba al trabajo. Te dejaba y seguía hasta el mío.
A las dos de la tarde volvía a encontrarte. Vos salías al mediodía y, para cuando yo llegaba, ya habías cocinado. Comíamos juntos. Era una vida sencilla.
Quizás demasiado sencilla para que yo entendiera lo feliz que era. Nunca hubo grandes viajes. Ni restaurantes caros. Ni lujos.
Había café. Mate. Pizas. Películas. Milanesas. Una cama compartida. Y alguien esperando que el otro volviera.
A veces eso es todo lo que hace falta para creer que una vida puede durar para siempre. Hasta que un día. Así sin mediar palabra me ignoraste y pusiste una distancia nueva entre nosotros.
Hasta que desapareciste. Sin una explicación. Sin despedida. Sin siquiera la cortesía de dejarme una frase que pudiera odiar durante los años siguientes.
Después me enteré. Había otro. Alguien con dinero. Y entonces recordé algunas cosas que me habías dicho. Vos venías de una familia con muy poco. No querías volver a pasar necesidades. Querías a alguien que pudiera darte otra vida. Mantenerte. Darte cierta tranquilidad. Y por esta cuestión en la cláusula decía “sin enamorarse”.
No sé si te enamoraste de él. No sé si elegiste seguridad. No sé si ambas cosas. Nunca tuve la oportunidad de preguntártelo. Y quizás ésa fue la parte que más dolió.
No que te fueras. Sino que decidieras que yo no merecía saber por qué.
Ahora estás detrás mío. Acabás de pronunciar mi nombre. Y me causa gracia, porque durante años imaginé este momento.
Lo ensayé. Una y mil veces. Me encerraba en aquel cuarto que alguna vez había sido nuestro y representaba la escena completa.
Vos aparecías. Yo te miraba. Tenía preparadas las palabras exactas. A veces era indiferente. A veces cruel. A veces te preguntaba por qué. En algunas versiones te perdonaba. En otras te hacía sentir exactamente una décima parte del dolor que me habías dejado.
Ensayé tantas respuestas que podría haber escrito una obra de teatro. Pero ahora que finalmente estás acá, no recuerdo ninguna. Quedaron en aquel cuarto. El mismo que perdiste el día que te fuiste.
Volvés a decir mi nombre. Todavía no me doy vuelta. Apoyás una mano en mi hombro. Y tiemblo. Después de diez años, tiemblo.
No sabía que el cuerpo podía recordar cosas que la cabeza creía olvidadas.
¿Te acordás de aquella frase? “Si amas a alguien, déjalo ir. Si vuelve, es tuyo. Si no vuelve, nunca lo fue.” Siempre me pareció una frase hermosa. Tiene un pequeño problema. Nunca explica cuánto tiempo hay que esperar. Y diez años me parece demasiado.
El primer mes después de que te fuiste intenté encontrarte. Llamé a todos. Pregunté por vos. Tus conocidos no sabían nada. O quizás sabían y aprendieron perfectamente qué responder.
Te llamé tantas veces que todavía me avergüenza recordarlo.
Mensajes. Llamadas. Una detrás de otra. Hasta que entendí que habías cambiado de número. Entonces empecé a vigilar cosas absurdas.
La ventana. La vereda. La calle. Cada automóvil que frenaba. Cada ruido en la puerta. Cada vez que alguien golpeaba sentía durante un segundo que eras vos. Sólo necesitaba una explicación.
Una.
Después pasó un mes. Y otro. Y tuve que empezar a aprender algo que nadie te enseña. A vivir de a uno. Al principio era extraño.
Ponía dos tazas casi por costumbre. Dos platos. Dos cuchillos. Después fui aprendiendo. Un cuchillo alcanzaba.
Y ya podía usar el mismo para la manteca y la mermelada. ¿Te acordás cómo te enojabas por eso? A mí me parecía una estupidez. Hoy daría cualquier cosa por escuchar una vez más aquella protesta.
La chica que vendía alfajores de maicena dejó de verme comprar. Eran para vos. Yo los odiaba. El arroz dejó empezó a sobrar. También los fideos. El paquete de salchichas pasó de doce a seis. Las empanadas dejaron de ser una docena. Media era suficiente. Y al horno. Las fritas siempre me cayeron mal.
Las cajas grandes de hamburguesas empezaron a durar una eternidad. El aceite también. Resulta increíble la cantidad de matemáticas que hay que aprender cuando una persona se va.
La mitad de todo.
La mitad de comida. La mitad de vasos. La mitad de almohadas ocupadas. La mitad de ruido. La mitad de vida. Aunque durante mucho tiempo seguí durmiendo solamente en mi lado de la cama.
El tuyo permanecía intacto. No sé por qué. Como si respetar aquel espacio aumentara alguna posibilidad absurda de que volvieras.
Y tu perfume seguía en la almohada.
Cada tanto acercaba la cara y respiraba. Durante unos segundos volvías. Y después tenía que soportar que te fueras de nuevo. Hay recuerdos que funcionan exactamente así. Primero te acarician. Después te golpean.
Las noches eran lo peor. La soledad puede hacer mucho ruido. A veces tanto que la luz parece molestar. Pasó el año. Llegó Navidad. Y decidí que ya era suficiente. Por primera vez dormí en el centro de la cama. Saqué algunas cosas. Guardé otras. Lavé las sábanas hasta que tu olor desapareció.
Sólo conservé un frasco de perfume. No sé por qué. Tal vez uno nunca es completamente valiente.
El segundo año fue diferente. Te odié. Te odié con una fuerza que no sabía que tenía. El detonante fue una tontería. Caminaba descalzo por la casa cuando uno de esos aritos tuyos que siempre aparecían en cualquier parte se me incrustó en el pie.
El dolor fue enorme.
Pero no fue el pie. Fue todo. Los meses. El silencio. Las preguntas. La humillación. La ausencia. Saqué de golpe todo lo que llevaba guardado. Rompí cosas. Tiré otras. Cambié muebles de lugar. Pinté. Borré referencias. Y en el patio hice una pequeña hoguera con lo que todavía quedaba de vos.
Mientras ardía te insulté.
Te maldije. Lloré. Fue horrible. Y fue maravilloso. Sólo dejé aquel perfume. Vaya a saber por qué.
Ahora tu mano todavía está sobre mi hombro.
Quitala.
Me hace daño. Quiero irme. Quiero quedarme. Quiero darme vuelta. Quiero no verte jamás. Qué extraño.
Diez años preparándome para este momento y resulta que no tengo idea de qué hacer con él. Después del odio vinieron años más tranquilos. Los años pasan así. Sin pedir permiso. Y uno termina descubriendo que el tiempo no cura nada.
Eso también es una mentira.
El tiempo solamente pone distancia.
Te hace caminar tanto que un día mirás hacia atrás y aquello que parecía ocupar todo el horizonte se convirtió en un punto pequeño. Pero sigue ahí. El olvido es apenas una forma elegante de aprender a convivir con lo que recordamos.
Hoy podría decirte que estoy bien. Y sería verdad.
Podría decirte que aquello que vivimos fue hermoso. También sería verdad.
Podría darte las gracias. Podría preguntarte qué pasó. Podría preguntarte por qué elegiste irte así. Podría querer saber si fuiste feliz. Si aquel hombre te dio la vida que buscabas. Si alguna vez pensaste en mí. Si alguna mañana preparaste dos cafés por error. Si alguna vez sentiste mi ausencia.
Tengo tantas preguntas.
Y, sin embargo, descubro algo inesperado. Ya no necesito las respuestas. Volvés a pronunciar mi nombre.
—¿Tomamos un café?
Durante diez años imaginé qué contestaría. Ahora sé; no voy a contestar nada.
Saco el celular del bolsillo. Enciendo la pantalla. Miro la hora. Y sigo caminando. Escucho mi nombre una vez más.
Después otra.
Algunos dirán que soy cobarde. Otros dirán que finalmente fui valiente. Los dejo decidir. Yo ya no necesito decidir eso.
Porque mientras camino comprendo algo que diez años atrás hubiera sido incapaz de entender.
Cuando te fuiste creí que te habías llevado la mitad de mi vida. Y quizás durante un tiempo fue cierto. Pero después la vida hizo algo extraño. Volvió a llenarla. Con otras cosas. Con otras personas. Con otras mañanas. Con otras razones para regresar a casa.
Sigo caminando. No miro hacia atrás.
No porque ya no me duelas. No porque haya olvidado. Y ni siquiera porque no siga existiendo en alguna parte de mí aquel hombre que te esperó durante meses mirando por la ventana.
No miro hacia atrás porque ya sé adónde tengo que ir. Tengo tres milanesas esperando en casa. Y una niña de ocho años que mañana tiene que ir a la escuela.
Entonces sonrío. Diez años atrás hubiera dado cualquier cosa porque volvieras. Hoy finalmente volviste. Pero llegaste tarde.
No porque haya encontrado una mujer mejor. Ni una vida mejor. Ni porque haya conseguido olvidarte. Llegaste tarde porque durante tu ausencia ocurrió algo que ninguno de los dos había previsto: yo seguí viviendo.
Y mientras vos pronuncias mi nombre nuevamente en la lejanía, comprendo por fin cuál era la respuesta que nunca pude ensayar.
No necesitaba decirte nada.
Sólo necesitaba tener a dónde volver.
Thoughts
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PermalinkYo también seguí comprando una cosa que solo comía la otra persona, como medio año. El carrito del súper se entera antes que uno.
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PermalinkA mí se me fue cayendo despacio y se me fueron años sin verlo, y al final tampoco hubo una explicación de por medio. Lo que más pesa acá es la cuenta del aceite y de las cajas de hamburguesas que duran una eternidad. Yo estuve tres meses comprando para dos por costumbre, llenaba el carro igual que siempre y después miraba la heladera llena el domingo. Eso no se lo dije a nadie en su momento.
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PermalinkReconozco el lado de la cama sin tocar. Yo dormí en mi mitad durante meses cuando aquí en casa hubo un tramo feo, y no sé si era esperanza. Correrse al centro ya es decir algo en voz alta y una no quiere decirlo todavía. Un día te corres dormida y ya está, sin ceremonia. Me quedo con que las tres milanesas pesan más que toda la escena de la calle.
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PermalinkApuesto a que esto lo escribiste sin ensayarlo, al revés de las versiones que representabas en aquel cuarto. Las respuestas ensayadas nunca se parecen a la que sale.
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PermalinkLas tres milanesas esperando en casa, y una niña que mañana tiene que ir a la escuela. Eso me hizo pensar en que tener a dónde volver pesa más que cualquier respuesta ensayada durante diez años. Apuesto a que esa parte final apareció mientras escribías y no estaba pensada de antes. Gracias por dejarla acá.
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PermalinkUn cuchillo alcanzaba. Ahí me quedé. Esas cuentas se aprenden callado y uno no se las cuenta a nadie.
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