Órale, qué calor 🔥
¿Destino o casualidad?: Parte II
Pensamiento
Órale, qué calor 🔥
Contenido de la publicación
¿Destino o casualidad? Fue una pregunta que ella me hizo en ese primer encuentro físico… La miré y sonreí. En mi mente no había espacio para nada que no sea ella. Y para explicar lo que pensaba en ese instante, citaré lo que expresó Pablo Neruda en su inolvidable Poema XX: “Su voz, su cuerpo claro, sus ojos infinitos… Cómo no haber amado esos grandes ojos fijos”, esos ojos que consumían mi infierno, ataban a mis demonios y hacía añicos mis tristezas… Cómo no quererla si mis besos la buscaban en el preticor de la lluvia al caer sobre las hojas secas, si mi alma la buscaba en el rocío de los árboles en las mañanas… Mis ojos veían por primera vez lo que nunca entendí al leer a Gabriel García Márquez cuando describió a Remedios La Bella en su novela Cien años de Soledad: “No era un ser de este mundo. Era completamente simple. Parecía como si una lucidez penetrante le permitiera ver la realidad de las cosas más allá de cualquier formalismo. Era simplemente la bondad absoluta. Un ser lleno de belleza… Hombres expertos en trastornos de amor, probados en el mundo entero, afirmaban no haber padecido jamás una ansiedad semejante a la que producía el olor natural de Remedios, la bella. En el corredor de las begonias, en la sala de las visitas, en cualquier lugar de la casa, podía señalarse el lugar exacto en que estuvo y el tiempo transcurrido desde que dejó de estar. Era un rastro definido, inconfundible, que nadie de la casa podía distinguir porque estaba incorporado desde hacía mucho tiempo a los olores cotidianos, pero que los forasteros identificaban de inmediato”.
Por fin lo entendía… Al oler su piel, al recorrer todo ese cuerpo extendido sobre sábanas blancas de aquella cama en el hotel, percibía ese aroma dulce tan particular el cual me hizo perder la razón por un instante, y sentir que fui uno solo con ella.
Su cuerpo empezó a estremecerse mientras me deslizaba entre sus piernas y yo, poco a poco me perdía en su extensa dermis, la cual gritaba deseosa de placer, de ser yo quien la posea, que la haga mía.
Thoughts
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PermalinkÓrale, qué calor 🔥
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PermalinkNeruda para explicar lo que no te salía con tus palabras, y después sí te salió con las tuyas. Con cariño, la parte de las hojas secas es la que más me gustó.
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PermalinkDestino o casualidad me suena a la pregunta que se hace después, cuando ya pasó y hay que ponerle etiqueta. Pah, en el momento nadie pregunta eso, y en tu relato ella lo suelta en el primer encuentro. Sabía lo que hacía.
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PermalinkEl olor a lluvia sobre hojas secas se siente en el campo dos veces al año y dura diez minutos, fíjate. Buscar a alguien ahí es buscarla en lo que no se guarda. Apuesto a que ella tampoco lo esperaba.
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PermalinkRemedios la bella para explicar el olor de alguien en una cama de hotel me hizo pensar en lo raro que es que un libro te explique algo años después de haberlo leído sin entender nada. Apuesto a que la próxima vez que abras esa novela vas a leer ese capítulo distinto, con ella al lado. Gracias por subir la parte II!
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PermalinkLa cita de Remedios la bella está muy bien escogida para lo que contás: en la novela el olor lo notan solo los forasteros, la casa ya no lo distingue. Así que si vos lo percibís todavía, es que seguís siendo forastero en ella, y eso por ahora es buena noticia. Lo que me pregunto es qué pasa con ese aroma cuando pase el tiempo y sea olor de todos los días, que es justo donde García Márquez deja el aviso.
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