Un día tocas fondo.
Pero no ese “fondo” que dices mientras estás teniendo un mal día. Hablo de ese momento en el que realmente sientes que ya no sabes cómo seguir siendo la misma persona después de todo lo que te pasó.
Y cuando consigues salir, algo cambia.
Quizá empiezas a poner límites donde antes callabas.
Quizá dejas de perseguir a quienes no quieren quedarse.
Quizá aprendes a disfrutar de tu propia compañía.
O quizá simplemente ya no reaccionas ante las mismas cosas de la misma manera.
La tristeza también nos transforma.
A veces nos vuelve más sensibles, otras veces más cautelosos. Nos enseña cosas que nunca hubiéramos querido aprender y nos obliga a conocer partes de nosotros que antes ni siquiera habíamos visto.
Y no todo cambio tiene que ser bonito.
Hay heridas que nos dejan más desconfiados, más cerrados, más difíciles de alcanzar.
Pero incluso así, seguimos teniendo la posibilidad de decidir qué hacemos con aquello que nos cambió.
Porque después de tocar fondo quizá nunca volvamos a ser quienes éramos.
Y tal vez eso no tenga que ser una tragedia.
A veces también significa que, después de todo lo vivido, empezamos a construir una versión de nosotros que sabe cuidarse de una manera que antes no sabía. 💜