Cuando ella lo abrazó en el hospital me emocioné. A veces uno vuelve a encontrar a quien necesitaba sin recordar.
🌸Desde mi punto de vista🌸
🌸 Capítulo 4 — Algo que no sabía
In groups
Pensamiento
Cuando ella lo abrazó en el hospital me emocioné. A veces uno vuelve a encontrar a quien necesitaba sin recordar.
Contenido de la publicación
🌸 Capítulo 4 — Algo que no sabía
Al día siguiente, llegué a la escuela como siempre.
Sin embargo, algo se sentía diferente.
Quizás era porque ahora Alaric ya no era el chico nuevo que veía desde lejos.
Ahora era Ari.
Mi amigo.
Cuando entré al salón, busqué con la mirada a mis amigos.
Milagros estaba hablando con Yulia y Juana, mientras Ian estaba sentado cerca de ellas.
Pero Alaric no estaba.
Dejé mis cosas sobre la mesa y miré hacia la puerta.
—¿Estás buscando a alguien? —preguntó Milagros.
La miré rápidamente.
—No.
—Claro... —respondió ella, sonriendo.
—De verdad que no.
—Yo no dije nada.
Puse los ojos en blanco y me senté.
Entonces escuchamos que alguien entraba al salón.
Me di vuelta.
Era Alaric.
Pero esta vez había algo diferente en él.
No estaba sonriendo.
Parecía distraído y preocupado.
En una de sus manos llevaba algo pequeño que parecía guardar con mucho cuidado.
Cuando se dio cuenta de que lo estaba mirando, rápidamente lo guardó en el bolsillo.
Me quedé observándolo.
¿Qué era eso?
Y, por alguna razón, tuve la sensación de que acababa de descubrir que había muchas cosas sobre Alaric que todavía no conocía.
El profesor entró unos segundos después y todos volvimos a nuestros lugares.
Pero durante toda la clase no pude dejar de pensar en aquel objeto.
Y en una pregunta que cada vez tenía más ganas de hacerle:
¿Quién era realmente Alaric?
Terminó la clase y aquella pregunta seguía dando vueltas en mi cabeza.
Guardé mis cosas rápidamente y salí del salón.
Lo primero que hice fue buscar a Alaric.
Lo vi unos metros más adelante, hablando por teléfono.
Parecía estar escuchando algo que lo había dejado completamente serio.
Intenté alcanzarlo.
—¡Alaric! —lo llamé.
Pero no me escuchó.
Aceleré el paso, aunque justo en ese momento llegó a la entrada de la escuela.
Un auto negro lo estaba esperando afuera.
Alaric abrió la puerta, subió y el auto desapareció en cuestión de segundos.
Me quedé quieta, mirando cómo se alejaba.
No sabía por qué, pero podía sentir que algo no estaba bien.
—¿Qué acaba de pasar? —preguntó Milagros detrás de mí.
Me di vuelta.
Ella, Yulia, Juana e Ian habían salido detrás de mí.
—No lo sé —respondí.
—¿Ese era Alaric? —preguntó Ian.
—Sí.
—¿Y quién lo vino a buscar?
—No tengo idea.
Milagros me miró preocupada.
—¿No te parece raro?
Asentí lentamente.
—Sí. Muchísimo.
Yulia cruzó los brazos.
—Además, desde que llegó hoy estaba diferente.
—Yo también lo noté —dijo Juana.
Me quedé mirando la calle vacía.
—Voy a llamarlo.
Saqué mi teléfono y marqué su número.
Esperé.
Nada.
Volví a llamar.
Nada.
Una tercera vez.
Tampoco respondió.
—¿No atiende? —preguntó Milagros.
Negué con la cabeza.
—No.
Lo llamé una cuarta vez.
Nada.
Finalmente guardé el teléfono.
—Quizás necesita estar solo —dije, intentando convencerme a mí misma.
—¿Estás segura? —preguntó Ian.
—No... pero no quiero molestarlo si le pasó algo.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Yo seguía mirando mi teléfono.
Había algo dentro de mí que me decía que no debía ignorarlo.
Así que decidí hacer algo diferente.
Fui directamente hacia la dirección.
Toqué la puerta y entré.
El director levantó la mirada.
—¿Elizabet? ¿Necesitas algo?
—Sí, señor. Quería preguntarle por Alaric.
El director cambió inmediatamente su expresión.
—¿Alaric?
—Sí. Hoy salió de la escuela después de recibir una llamada. Lo vino a buscar un auto y no responde mis llamadas. ¿Pasó algo?
El director se quedó en silencio durante unos segundos.
Luego suspiró.
—Elizabet, creo que deberías saberlo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó?
—Recibimos una llamada hace unos minutos. La abuela de Alaric tuvo un accidente automovilístico.
Me quedé completamente quieta.
—¿Un accidente?
—Sí.
—¿Está bien?
El director bajó un poco la mirada.
—La llevaron al hospital. La familia está allí.
Sentí que el corazón me latía más rápido.
—¿A qué hospital?
El director me dio el nombre.
—Gracias.
Salí de la dirección rápidamente.
Apenas tuve oportunidad, llamé a mi mamá.
—¿Mamá?
—Hola, hija. ¿Qué pasó?
—¿Podés venir a buscarme?
—Sí, claro. ¿Pero por qué? ¿Qué te pasó? —preguntó con angustia.
—No me pasó nada. Es Alaric.
—¿Alaric?
—Su abuela tuvo un accidente y está en el hospital. No puedo quedarme acá sin saber qué pasó.
Hubo un breve silencio.
—Está bien. Voy a buscarte.
—Gracias, mamá.
—Pero esperame en la entrada de la escuela y no te vayas sola.
—Sí.
Colgué.
Pocos minutos después, mi mamá llegó.
Pero no vino sola.
Mi papá también estaba con ella.
—Subí —me dijo mi mamá.
—Gracias.
Mi papá me miró desde el asiento delantero.
—¿Sabés cómo está la abuela?
—No. El director solo me dijo que la llevaron al hospital.
—Entonces vamos a averiguarlo —dijo él.
Durante todo el camino no pude dejar de pensar en Alaric.
En el auto negro.
En aquella llamada.
En su expresión.
Y en el pequeño objeto que había guardado en su bolsillo.
Ahora todo parecía mucho más importante.
Cuando llegamos al hospital, bajé rápidamente.
Entramos y me acerqué al mostrador.
—Disculpe, ¿podría decirme si está internada la abuela de Alaric?
La persona de recepción revisó la información.
—Sí. Está en el área de emergencia.
Apenas me lo dijeron, fui rápidamente hacia allí.
Mis padres me siguieron.
Cuando llegamos a la zona de emergencia y operaciones, vi a varias personas esperando.
Y entonces lo vi.
Alaric estaba sentado en el piso.
Tenía la cabeza baja y parecía completamente destrozado.
Me detuve.
Miré a sus padres.
Después miré a mis padres.
Todos parecían sorprendidos.
Mi mamá se quedó mirando a la familia de Alaric.
—¿Puede ser...? —murmuró.
Mi papá también parecía reconocerlos.
Entonces los padres de Alaric miraron a los míos.
—¡No puede ser! —dijo la mamá de Alaric.
Mis padres se acercaron rápidamente.
—¿Ustedes son...? —preguntó mi mamá.
—Sí —respondió la mamá de Alaric—. ¡No puedo creer que sean ustedes!
Los dos se abrazaron.
Mi papá también saludó al padre de Alaric.
—Pasaron muchísimos años.
—Demasiados —respondió él.
Yo observaba todo sin entender demasiado.
Entonces descubrí algo todavía más inesperado.
Los padres de Alaric habían sido amigos de mis padres cuando eran jóvenes.
Y Alaric y yo nos habíamos conocido cuando yo tenía apenas tres años.
Pero ninguno de los dos nos habíamos reconocido.
Todo ese tiempo habíamos estado viviendo nuestras vidas sin saber que nuestras familias ya se conocían.
Era un reencuentro completamente inesperado.
Mis padres estaban felices de volver a encontrarse con sus viejos amigos.
Pero la situación no permitía celebrar demasiado.
Alaric estaba pasando por un momento horrible.
Mi mamá lo miró y después me miró a mí.
—Elizabet, ¿podés llevarlo un momento afuera? Necesita tomar aire.
Asentí.
Me acerqué lentamente.
—Alaric...
Él levantó la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Qué hacés acá?
—Me enteré de lo que pasó. Vine con mis padres.
Él bajó nuevamente la mirada.
—No tenías que venir.
—Sí tenía.
Se quedó en silencio.
—Vamos afuera un momento —le dije—. Necesitás respirar un poco.
Después de unos segundos, aceptó.
Salimos al exterior.
Nos sentamos en un lugar tranquilo.
Durante unos instantes ninguno de los dos habló.
Yo no sabía qué decir.
Finalmente, intenté tranquilizarlo.
—Tranquilo... tu abuela va a estar bien.
Alaric me miró.
Pero en vez de sentirse mejor, su expresión cambió.
—A mí también me dijeron eso.
Me quedé sorprendida.
—¿Qué?
—Me lo dijeron cuando mi abuelo estaba enfermo.
Sentí que había tocado un tema muy doloroso.
—Lo siento...
Alaric respiró profundamente.
—¿Sabés por qué me cambió la cara ayer cuando me dijiste “Ari”?
Lo miré.
—¿Por qué?
Se quedó unos segundos en silencio.
—Porque así me decía mi abuelo.
Me quedé completamente quieta.
—¿Tu abuelo?
Asintió.
—Sí. Él era una de las personas más importantes de mi vida.
—¿Qué pasó con él?
Alaric miró hacia el suelo.
—Murió después de estar muy enfermo. Tenía cáncer en una etapa muy avanzada.
No supe qué responder.
—Lo siento muchísimo.
—Gracias.
Pasaron unos segundos.
—Cuando me dijiste “Ari” ayer... —continuó— fue como si por un momento volviera a estar con él.
—No sabía.
—Yo tampoco quería contártelo.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta hablar de eso.
Lo miré con atención.
—Pero podés hablar conmigo si querés.
Alaric sonrió apenas.
—Eso es lo raro.
—¿Qué cosa?
—Que te conozco hace muy poco... y siento que puedo contarte cosas que nunca le cuento a nadie.
Sonreí un poco.
—Quizás porque nos conocemos desde hace mucho más de lo que pensábamos.
Alaric soltó una pequeña risa.
—Supongo que sí.
Después se quedó mirando hacia la calle.
—Cuando era chico, mi abuelo siempre estaba conmigo. Me llevaba a caminar, me enseñaba cosas y me contaba historias.
—¿Qué clase de historias?
—De todo. Algunas eran aburridísimas.
Me reí.
—Entonces sí era un abuelo normal.
—Sí —dijo sonriendo—. Pero yo las escuchaba igual.
Después su sonrisa desapareció lentamente.
—Cuando empezó a enfermar, todo cambió.
Lo escuché en silencio.
—Mi familia intentaba que yo estuviera tranquilo. Me decían que todo iba a estar bien. Yo les creía porque era chico.
—Debe haber sido difícil.
—Sí.
Miró sus manos.
—Y cuando finalmente murió... sentí que había perdido una parte de mi vida.
Me acerqué un poco.
—Entiendo que todavía lo extrañes.
—Muchísimo.
Se quedó callado.
—Por eso ayer, cuando dijiste “Ari”, me quedé así. No fue porque estuviera enojado contigo.
—Yo pensé que había dicho algo malo.
—No. Todo lo contrario.
Lo miré confundida.
—¿Entonces?
—Me hiciste acordar de alguien que extraño mucho.
No sabía qué decir.
Entonces simplemente lo abracé.
Alaric se quedó quieto durante unos segundos.
Después apoyó la cabeza sobre mi hombro.
—Gracias —murmuró.
—No tenés que agradecerme.
Nos quedamos así un momento.
Pero entonces Alaric levantó la cabeza.
—Hay otra cosa que nunca te conté.
—¿Qué?
—Mi familia conocía a la tuya desde hace años.
—Sí. Eso lo descubrí recién.
—Pero hay algo más.
Lo miré atentamente.
—¿Qué cosa?
Alaric sonrió ligeramente.
—Vos y yo no solo nos conocimos cuando éramos chicos.
—¿Cómo?
—Éramos amigos.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Cuando teníamos unos tres años, nuestras familias se juntaban bastante. Nosotros jugábamos juntos.
—¡¿Y cómo no me acuerdo?!
Alaric se rio suavemente.
—Éramos muy chicos.
—¿Y vos tampoco te acordabas?
—No.
—Entonces... ¿cómo lo sabés?
—Mi mamá me lo contó hace unos años. Incluso tiene fotos nuestras.
Me quedé sorprendida.
—¿Fotos?
—Sí.
—Necesito verlas.
Alaric soltó una pequeña risa.
—Cuando todo esto termine, te las muestro.
Asentí.
Pero en ese momento ambos miramos hacia la puerta del hospital.
La familia seguía esperando noticias.
La preocupación volvió a aparecer en el rostro de Alaric.
Tomé su mano para darle un poco de apoyo.
—Vamos a esperar juntos.
Alaric me miró.
Y por primera vez desde que había salido de la escuela, su expresión parecía un poco más tranquila.
—Gracias, Eli.
Sonreí.
—Siempre.
Pasó aproximadamente una hora.
Seguíamos esperando noticias.
Mis amigos habían estado enviándome mensajes, preguntándome qué había pasado.
Finalmente decidí responderles.
Milagros: “¿Cómo está Alaric?”
Escribí:
Yo: “Está con su familia. Su abuela tuvo un accidente.”
No tardó en responder.
Milagros: “¿QUÉ? ¿Está bien?”
Yo: “Todavía no sabemos.”
Milagros: “¿Querés que vayamos?”
Miré a Alaric.
Él estaba hablando con sus padres.
Le pregunté:
—¿Te molestaría que mis amigos vinieran?
—No.
—¿Seguro?
—Sí. Creo que estaría bien.
Entonces respondí:
Yo: “Sí, pueden venir.”
Unos minutos después, recibí otro mensaje.
Milagros: “Estamos yendo.”
Guardé el teléfono.
Alaric me miró.
—¿Vienen?
—Sí.
—Está bien.
—¿Te caen bien?
—Sí.
—¿Incluso Milagros?
Alaric sonrió.
—Milagros habla demasiado.
—¡Lo sabía!
Nos reímos.
Por unos minutos logramos olvidarnos de la preocupación.
Más tarde llegaron Milagros, Yulia, Juana e Ian.
Apenas vieron a Alaric, caminaron hacia nosotros.
—¿Cómo estás? —preguntó Milagros.
—Mejor.
—Nos preocupamos muchísimo.
—Gracias por venir.
Yulia miró alrededor.
—¿Y tus padres?
—Están hablando con los padres de Elizabet.
Juana miró a Alaric y después a mí.
—¿Por qué nunca nos contaste que conocías a su familia?
Me quedé confundida.
—¡Porque yo tampoco lo sabía!
Ian levantó una ceja.
—Esto parece una novela.
—Te juro que pensé exactamente lo mismo —dije.
Alaric se rio.
Milagros nos miró.
—¿Y por qué se conocían sus familias?
—Eran amigos cuando eran jóvenes —expliqué.
—¿Y ustedes dos?
Alaric respondió:
—Nos conocíamos de pequeños.
Todos nos quedaron mirando.
—¿¡Qué!? —dijeron casi al mismo tiempo.
Me tapé la cara.
—Sí. Parece imposible.
—¿Y no se acordaban? —preguntó Yulia.
—No —respondí.
Milagros abrió los ojos.
—¿Y tienen fotos?
Alaric la miró.
—Sí. Mi mamá tiene algunas.
—¡Necesito verlas! —dijo Milagros.
—Yo también —agregó Juana.
Ian se rio.
—Ahora todos quieren verlas.
Alaric sonrió.
—Parece que sí.
Un rato después, la mamá de Alaric se acercó con su teléfono.
—Alaric, encontré una de las fotos.
Él levantó la cabeza.
—¿La de nosotros?
—Sí.
Milagros frunció el ceño.
—¿La de ustedes?
Alaric miró a mis amigos.
—Ah... sí. Mis padres encontraron una foto de Elizabet y yo cuando éramos pequeños.
Todos se quedaron mirándonos.
—¿¡Qué!? —dijo Milagros.
—¿Ustedes dos ya se conocían? —preguntó Yulia.
—Cuando teníamos unos tres años —expliqué—. Nuestras familias eran amigas.
Ian levantó las cejas.
—Esperá... ¿y ustedes no se acordaban?
—No —respondí.
Juana se acercó un poco.
—¿Y tienen una foto juntos?
La mamá de Alaric sonrió.
—Sí. Justamente estaba buscándola.
Milagros abrió los ojos.
—¡Necesito verla!
Me reí.
—¿Por qué estás tan emocionada?
—¡Porque esto parece sacado de una película! Primero descubrimos que sus padres eran amigos, después que ustedes se conocían de chicos y ahora resulta que existen fotos.
Alaric soltó una pequeña risa.
—Bueno, dicho así suena bastante raro.
—¡Porque es raro! —respondió Milagros.
La mamá de Alaric desbloqueó el teléfono y empezó a buscar entre las fotografías.
Todos nos acercamos.
—Esperen... acá está —dijo finalmente.
Giró el teléfono para que pudiéramos verla.
Me quedé completamente quieta.
En la fotografía aparecían dos niños pequeños sentados juntos en un jardín.
Una era yo.
Y el otro era Alaric.
Yo sostenía una pequeña muñeca y él tenía un juguete entre las manos.
Los dos estábamos sonriendo.
—No puede ser... —murmuró Yulia.
—Son ustedes —dijo Ian, sorprendido.
Juana miró la foto y después nos miró a nosotros.
—¡Son iguales!
—Bueno, éramos nosotros —respondí riéndome.
Milagros tomó suavemente el teléfono para mirar mejor.
—Elizabet, mirá tu cara.
—¡Ya sé!
—Y Alaric tenía la misma cara de serio que ahora.
Alaric la miró.
—¿Yo era serio?
—Un poquito —respondió Milagros.
Todos nos reímos.
Por unos segundos, el ambiente del hospital se sintió mucho más tranquilo.
Entonces Alaric volvió a mirar la fotografía.
—Ese jardín era de mi antigua casa.
—¿De verdad? —pregunté.
—Sí. Ahí pasábamos mucho tiempo cuando éramos chicos.
Me quedé observando la imagen.
Había algo en ella que me resultaba extraño.
Familiar.
Como si una parte de mí reconociera aquel lugar aunque mi memoria no pudiera hacerlo.
—Creo que recuerdo algo —dije.
Todos dejaron de hablar.
Alaric me miró.
—¿Qué?
—Un jardín...
Cerré los ojos durante unos segundos.
—Y creo que estábamos jugando.
—¿Te acordás de mí? —preguntó Alaric.
Abrí los ojos lentamente.
—No completamente... pero creo que sí.
Alaric sonrió.
—Entonces quizás todavía quedan recuerdos escondidos en algún lugar.
Milagros nos miró con una sonrisa.
—Esto cada vez se pone más interesante.
Yulia le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Milagros, estamos en un hospital.
—Ya sé —respondió—. Solo digo que es increíble.
En ese momento, el padre de Alaric se acercó.
Había estado escuchando la conversación desde unos metros más atrás.
—Hay muchas cosas que ustedes no recuerdan.
Todos nos quedamos en silencio.
Lo miré.
—¿Qué querés decir?
Él intercambió una mirada con mi papá.
Mi papá también parecía estar pensando qué decir.
—Cuando ustedes eran pequeños —comenzó el papá de Alaric—, nuestras familias pasaban muchísimo tiempo juntas.
—¿Cuánto? —pregunté.
—Prácticamente todos los fines de semana.
Alaric abrió los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y por qué dejamos de vernos?
Nuestros padres se miraron.
Esta vez nadie respondió inmediatamente.
—Eso es justamente algo que tenemos que contarles —dijo mi mamá.
Me quedé confundida.
—¿Qué pasó?
Mi papá respiró profundamente.
—Hubo algunos problemas familiares y nuestras vidas cambiaron. Nos mudamos, ustedes crecieron y perdimos el contacto.
Alaric parecía pensativo.
—¿Y por eso nunca volvimos a vernos?
—Exactamente.
Miré nuevamente la fotografía.
—Entonces... ¿por qué siento que hay algo más?
Nadie respondió.
El silencio fue suficiente para darme cuenta de que probablemente había algo que todavía no sabíamos.
Pasó un rato.
La situación de la abuela de Alaric seguía estable y los médicos continuaban vigilándola.
Eso hizo que todos pudiéramos respirar un poco más tranquilos.
Pero yo no podía dejar de pensar en la fotografía.
Ni en el pequeño objeto que Alaric había llevado a la escuela.
Finalmente le pregunté:
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Qué era eso que llevabas esta mañana?
Alaric me miró.
—¿Lo viste?
—Sí.
Sacó lentamente el objeto de su bolsillo.
Era una pequeña medallita.
La sostuvo entre sus dedos.
—Esto era de mi abuelo.
—¿Te la dio él?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Antes de morir.
Me quedé mirándola.
—¿Por eso la llevás siempre?
—Sí.
—¿Nunca la dejás?
—Casi nunca.
—¿Por qué?
Alaric miró la medallita.
—Porque es una de las pocas cosas que tengo de él.
Sentí un pequeño nudo en la garganta.
—Entonces entiendo por qué la cuidás tanto.
Alaric asintió.
—A veces pienso que si la pierdo, voy a sentir que también estoy perdiendo otro pedacito de él.
—No creo que eso pase.
—¿Por qué?
—Porque las personas que queremos no están solamente en las cosas que guardamos.
Alaric me miró sorprendido.
—Sos bastante sabia.
—No tanto.
—Sí.
Sonreí.
—Bueno... gracias.
Alaric guardó nuevamente la medallita.
—Mi abuelo me decía algo cuando yo estaba triste.
—¿Qué?
—Me decía que no tenía que tener miedo de recordar.
—¿Y lo recordás?
—Sí.
—¿Qué más te enseñó?
Alaric pensó unos segundos.
—Que tenía que cuidar a las personas que quería.
Lo miré.
—Parece que era un buen abuelo.
—Lo era.
Entonces la mamá de Alaric volvió a acercarse.
Esta vez llevaba algo en las manos.
Era una caja.
Una caja vieja.
Alaric la miró inmediatamente.
—¿Qué es eso?
—La encontramos en casa.
—¿Dónde estaba?
—Guardada entre algunas cosas de tu abuelo.
Alaric se levantó.
—¿De mi abuelo?
Su mamá asintió.
—Sí.
Todos nos acercamos un poco.
La caja parecía antigua.
Tenía algunas fotografías dentro, pero también había sobres y papeles.
—¿Qué hay ahí? —preguntó Alaric.
—Cosas de cuando eras pequeño.
—¿Fotos?
—Sí.
—¿Y cartas?
Su mamá asintió.
—También.
Milagros miró a Yulia.
—Esto ya parece un misterio.
Yulia le respondió en voz baja:
—Shhh.
Alaric miró la caja.
—¿Por qué nunca la había visto?
—Porque tu abuelo pidió que la guardáramos.
—¿Él pidió eso?
—Sí.
Alaric se quedó en silencio.
—¿Y por qué?
Su mamá miró a su esposo.
Él respondió:
—Nos dijo que algún día tendríamos que entregártela.
Alaric tragó saliva.
—¿Algún día?
—Sí.
—¿Cuándo?
Su papá lo miró.
—Cuando fueras lo suficientemente grande para entender algunas cosas.
Alaric no dijo nada.
Yo me acerqué un poco.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
La mamá de Alaric me miró.
Después miró a mis padres.
El silencio volvió a aparecer.
Finalmente, dijo:
—Hay algunas cosas que también te pertenecen a vos.
Me quedé completamente sorprendida.
—¿A mí?
—Sí.
Milagros abrió los ojos.
—¿Cómo que también a ella?
La mamá de Alaric sonrió nerviosamente.
—Porque hay recuerdos de los dos.
Alaric miró la caja.
—Entonces abramosla.
Su papá puso una mano sobre ella.
—No todavía.
—¿Por qué?
—Porque primero queremos contarles toda la historia.
Mi papá asintió.
—Y creo que tenemos que hacerlo todos juntos.
Miré a Alaric.
Él me miró a mí.
Los dos entendimos que nuestros padres sabían mucho más de lo que nos habían contado.
Unos minutos después, el médico volvió a acercarse.
La familia de Alaric se levantó rápidamente.
Esta vez las noticias eran un poco mejores.
La abuela de Alaric estaba estable y los médicos continuarían observándola.
Alaric cerró los ojos y respiró profundamente.
—Gracias —dijo.
Su mamá lo abrazó.
Yo observé la escena en silencio.
Me alegraba que al menos hubiera una noticia tranquilizadora.
Pero al mismo tiempo, no podía quitarme de la cabeza la caja.
Las fotografías.
Las cartas.
La medallita.
El abuelo de Alaric.
Y aquella sensación de que todo estaba conectado.
Alaric se acercó nuevamente.
—Eli.
—¿Sí?
—Cuando salgamos de acá, quiero mostrarte algo.
—¿Qué?
—Una de las fotos.
—¿Otra?
—Sí.
—¿Y por qué esa?
Alaric sonrió ligeramente.
—Porque creo que vas a recordar algo.
Lo miré con curiosidad.
—¿Qué hay en ella?
—No te puedo decir.
—¡Alaric!
Se rio.
—Te lo mostraré después.
—Está bien.
Me crucé de brazos.
—Pero me la vas a mostrar.
—Prometido.
Esa noche, mientras esperaba junto a mis padres, miré nuevamente a Alaric.
Ya no veía solamente al chico nuevo.
Ahora sabía que nuestras historias estaban conectadas desde mucho antes de conocernos.
Él tenía recuerdos de su abuelo que todavía le dolían.
Tenía una medallita que guardaba como un tesoro.
Tenía fotografías de una infancia que ninguno de los dos recordaba.
Y ahora existía una caja llena de cosas que nuestros padres parecían tener miedo de abrir.
Me acerqué a la ventana.
Alaric se puso a mi lado.
—¿En qué pensás?
—En todo esto.
—Yo también.
—¿Creés que vamos a descubrir qué pasó?
Alaric miró hacia la caja.
—Sí.
—¿Aunque nuestros padres no quieran contarnos?
—Sí.
Lo miré.
—¿Cómo?
Sonrió.
—Porque ahora tenemos demasiadas preguntas.
Me reí.
—Eso es verdad.
Por unos segundos nos quedamos mirando por la ventana.
Entonces Alaric dijo:
—Eli...
—¿Sí?
—Gracias por haber venido.
—No tenés que agradecerme.
—Sí tengo.
—¿Por qué?
—Porque hoy fue uno de los peores días que recuerdo.
Se quedó en silencio.
—Pero también fue el día en que descubrí que todavía tenía personas a mi alrededor.
Lo miré.
—No estás solo.
Alaric sonrió.
—Lo sé.
Y entonces volvió a mirar la caja.
—Pero mañana quiero saber la verdad.
Miré la caja también.
—Yo también.
Ninguno de los dos sabía todavía qué contenían aquellas fotografías y aquellas cartas.
Pero una cosa estaba clara.
El accidente de su abuela había cambiado completamente aquel día.
Había hecho que nuestras familias volvieran a encontrarse.
Había revelado una amistad de nuestra infancia que ninguno recordaba.
Había descubierto recuerdos que creíamos perdidos.
Y, sobre todo, había dejado una pregunta que no podía dejar de rondarme la cabeza:
¿Qué había pasado realmente entre nuestras familias cuando Alaric y yo éramos pequeños?
Miré nuevamente la caja.
Todavía estaba cerrada.
Pero sabía que no permanecería así por mucho tiempo.
Porque tarde o temprano...
íbamos a descubrir la verdad.
Thoughts
-
PermalinkCuando ella lo abrazó en el hospital me emocioné. A veces uno vuelve a encontrar a quien necesitaba sin recordar.
-
Permalink¿Qué crees que hay en esa caja? ¿Cartas? ¿Recuerdos del abuelo? Hay algo que los padres esconden.
-
PermalinkLlegué a la caja y alguien entró con un perro. Volveré. 🐕
-
PermalinkTodo este capítulo me duró dos filas del banco. Podría haberme quedado leyendo.
-
PermalinkPerdón pero ¿esto es el capítulo 4 o seguí mal el hilo desde la presentación? Necesito chequear dónde empezó todo.
-
PermalinkCasi me pierdo en la micro cuando descubrieron que se conocían de chicos. Tuve que releer.
-
Permalink¿Entonces el abuelo de Alaric ya murió? ¿Es por eso que le dolió que le dijeran Ari?
-
PermalinkLas tres de la madrugada leyendo esto en el hospital y me quedé en la escena del auto negro. De verdad algo no estaba bien.
-
PermalinkLes justaría que en el próximo capitulo agrge nuevos personajes
Related posts
-
DÍA 9 — CUANDO EL COMPROMISO VA MÁS ALLÁ DE UN HORARIO
Hoy comencé el día como cualquier otro martes. Pero los martes tienen algo especial para nosotros los que estamos en reinserción, porque es el día en que vamos a la comunidad a compartir con los…
-
La luna también está sola y sigue brillando
Nunca tengas miedo de que las personas se alejen de ti.
-
LA VIDA EN CENIZAS: LOS ORÍGENES
La rara normalidad puede ser la nueva vida.
-
DIA 7
DÍA 7
-
los dos perritos mas fuertes pero uno no pudo mas aun que aguanto mas de lo que cualquier perrito pudo a su edad
en mi familia siempre quisimos perritos era sabado y mi tia tenia un perrito blanco con manchas negras mi hermana y mis primos ver a mi perrito entonces mi tio nos llevo a donde los vesinos donde…
-
EL VIEJO PESCADOR
Estoy tendido en la playa cuando se hace de noche. Luna, mi perra tirita un poco, pero no de frío sino por nerviosismo, es que a esta esta hora suele pasar Nautis 2, el barco de mi amigo, el capitán…
-
Un amor agridulce 🍋 🍡
Un amor agridulce...
-
Tus frases
Nunca me olvidaré de ti. No lo digo por los recuerdos buenos, creeme