Me masturbaba todas las noches antes de dormir; después le prendía velitas al recuerdo de esta mujer, y entonces fumaba y escribía.
El sentimiento de arrepentimiento que venía después era el suficiente para seguir escribiendo a esa chica que quería tanto. Era necesario cuando la inspiración se agotaba; así, cada que gastaba esa energía sentía la ligera tristeza al ver que estaba solo, y el placer coexistía solo si escribía.
A pesar de tener bien enterrada a esa mujer en la memoria, cada noche podía recordar aunque fuera un poco cuánto la necesitaba; pero al amanecer, no, ni siquiera al amanecer —quizá una hora después— podía odiarla y sentir que no la necesitaba. Sin embargo, el escrito gritaba lo contrario; entonces me dormía para no tener que romperlo ni borrarlo, ya que era algo real, algo que no podía escribir, no si no provocaba esa tristeza.
Justo después de eyacular había un momento de sabiduría, de arrepentimiento o de soledad: yo elegía cuál quería. Ese era el motor de mi inspiración. Si no había cigarros no podía fluir; tenía que haberlos, si no, no había escrito.
Cuántos malos poemas no saqué de ahí; fueron demasiados. Recuerdo uno que fue bueno y decía:
— Todo es profundo, pues nada que cause dolor es superficial.
— Todo es profundo, incluso el amor que siento por ti.
— Todo es profundo; no mencionaré a esa mujer que no eres tú, pero que está tocando mi puerta esperando a que salga para seguir destruyéndome.
— Ocultándome entre las cuatro paredes, pues todo es profundo: incluso mi soledad, incluso mi felicidad, que cayó al fondo y en la profundidad de la oscuridad no puedo verla.
Terminé este escrito y me dije a mí mismo: —¡Sí, sí, es increíble!
Di dos o tres vueltas con la libreta en la mano como danzando con ella y la puse en el escritorio.
Después terminé mi tercer cigarro y me acosté a dormir. Al día siguiente lo leí y lo titulé «La profundidad…»
— Jorge Guzmán