Eliécer era un niño que creció sumergido en la sublime liturgia de la Iglesia católica, donde comenzó su vida religiosa, su amor al Evangelio y su deseo de ayudar a los pobres. Su madre murió cuando él tenía tres años; una tía le inculcó todo este misticismo hacia la Iglesia católica.
Con el tiempo descubrió muchos talentos, como el dibujo, la electricidad y una gran imaginación. Siempre era el primero en la escuela y el colegio. Los sábados y domingos nunca faltaba a la Eucaristía; siempre madrugaba a las primeras misas con la devoción de un religioso. Sabía todo lo de la liturgia y su sueño era ser sacerdote para ayudar a los más necesitados.
Con el pasar del tiempo, se preparó para dar el gran paso al seminario; era el orgullo de su tía y de su familia, fervientes devotos de los rosarios y las novenas. Llegó finalmente al seminario de la comunidad religiosa. Su corazón latía con fuerza: llevaba el Evangelio en la sangre, en lo que sentía como una cruzada de amor para conquistar a los más desvalidos y a los no creyentes.
Sin embargo, junto a él estaba una mujer. Era una monja de rostro angelical y una gran sonrisa; tenía un cuerpo muy pronunciado que, a pesar del hábito, dejaba notar su belleza. Cuando la vio por primera vez, Eliécer sintió en su cuerpo un instinto animal: la vio, inevitablemente, como una presa sexual.
Con el tiempo, su sacrificio y su amor comenzaron a desaparecer; incluso las palabras del Gran Maestro, dejadas en el Evangelio, se desvanecieron de su mente. Cada día que la veía, crecía el deseo de hacerla suya. Pensaba, incluso, en entregar su alma al mal con tal de tenerla y estar con ella de muchas formas, todas ellas inimaginables para un hombre de fe. Día tras día, perdía el autocontrol y su instinto animal emergía, exigiéndole tocarla.
Aprovechando su gran talento para el dibujo y la electricidad, Eliécer se ofreció voluntariamente a realizar reparaciones mecánicas en el seminario y en el convento, todo con el único fin de cruzarse con su tentación. En la soledad de su celda, la dibujaba a escondidas, desnudándola por completo sobre sus lienzos. Una noche, envuelto en una pesadilla, el Mal se le presentó en forma de tentación y le dictó las condiciones para poseerla. El sacrificio exigido era absoluto: debía entregar su vocación, renunciar al amor divino, camuflarse bajo la fachada de un hombre de bien y rendirle un culto ciego y exclusivo a esa entidad oscura.»