Cuando no queda nadie,
cuando el teléfono permanece en silencio,
cuando miras alrededor
y solo responde el eco,
aprendes a escuchar tus propios pensamientos.
No hay manos que sostengan tus caídas,
ni voces que pregunten cómo estás,
solo una habitación en penumbra
y mil recuerdos
que no saben regresar.
Te acostumbras a cenar con el silencio,
a caminar sin esperar compañía,
a guardar lo que sientes
porque ya nadie pregunta
qué te duele todavía.
Y duele...
claro que duele.
Hay noches en que el alma pesa
más que cualquier cuerpo,
y hasta respirar parece
una batalla secreta.
Pero un día entiendes
que estar solo no significa estar perdido.
Que algunas personas se van
para enseñarte algo:
a no abandonarte tú mismo.
Entonces levantas la mirada,
aunque nadie esté mirando,
y sigues caminando,
porque quizás la soledad
no llegó para destruirte,
sino para enseñarte
quién eres
cuando no queda nadie.