Hubo un momento en el que tuve que preguntarme algo que me daba muchísimo miedo responder:
¿Esto que estoy viviendo realmente se parece al amor que quiero para mí?
Porque había empezado a normalizar cosas que antes jamás habría aceptado.
Esperar durante horas una respuesta y sentir que mi día dependía de una notificación. Llorar porque alguien estaba distante. Sentir ansiedad cuando no sabía qué estaba pensando. Revisar una y otra vez el teléfono, intentando encontrar una explicación para un silencio.
Y mientras más intentaba entenderlo, menos me entendía a mí.
Poco a poco dejé de hacer cosas que antes disfrutaba. Dejé de prestar atención a mis propios planes porque estaba demasiado pendiente de lo que pasaba con esa persona.
Mi estado de ánimo dependía de cómo me tratara.
Si estaba cariñoso, todo parecía estar bien.
Si se alejaba, sentía que el mundo se me venía abajo.
Y eso fue lo que más me hizo pensar.
Porque yo seguía llamándolo amor.
Seguía diciéndome que simplemente sentía demasiado, que quizá era normal extrañar tanto, preocuparse tanto o necesitar constantemente saber qué estaba pasando.
Pero empecé a entender que una relación no debería hacerme olvidar quién soy.
El amor puede tener problemas. Puede tener días difíciles, desacuerdos, inseguridades y momentos de tristeza.
Pero si constantemente me encuentro llorando, sintiendo ansiedad, dudando de mi valor y dejando mi vida de lado para intentar sostener un vínculo, tengo que detenerme y preguntarme qué me está pasando.
No quiero romantizar eso.
No quiero pensar que sufrir demasiado significa amar más.
Porque amar a alguien no debería significar desaparecer de mi propia vida.
Y quizá eso fue lo más difícil de reconocer: que podía querer muchísimo a alguien y aun así aceptar que la forma en la que estaba viviendo ese vínculo no era la vida que quería para mí.
No necesitaba convencerme de que esa persona era horrible para decidir alejarme.
No necesitaba esperar a que todo fuera insoportable.
No necesitaba tener una explicación perfecta.
Solo necesitaba reconocer que yo también merecía estar tranquila.
Y si alguna vez vuelvo a encontrarme en un lugar donde siento que estoy dejando de ser yo para conservar a alguien, quiero recordar lo que aprendí:
No todo vínculo que se siente intenso es un amor sano.
A veces lo que más cuesta no es dejar a una persona.
Es volver a elegirte después de haber pasado tanto tiempo poniéndola a ella primero.
Y si algún día te miras y ya no reconoces la vida que estás viviendo, quizá sea momento de detenerte, pedir apoyo a alguien de confianza y empezar a preguntarte qué necesitas para volver a estar bien.
Porque si esa no es la vida que quieres para ti, también tienes derecho a buscar una diferente.
Y si puedes salir de ahí de una manera segura, hazlo. Tu vida también merece volver a sentirse tuya.