A veces pensé que lo que más me dolería sería tu ausencia. No verte, no hablar contigo, no compartir esos pequeños momentos que antes parecían tan normales. Pero con el tiempo entendí que no era exactamente eso lo que me dolía.
Me dolía recordar cómo me sentía cuando estaba contigo.
Porque hay personas que llegan a nuestra vida y, sin darnos cuenta, consiguen que bajemos la guardia. Con ellas dejamos de sentir que tenemos que aparentar que todo está bien. Podemos hablar de cualquier cosa, quedarnos en silencio, reírnos por tonterías y simplemente sentir que estamos en un lugar seguro.
Eso eras tú para mí: una sensación de hogar.
Y quizás por eso cuesta tanto aceptar cuando esa persona deja de estar. Porque no solamente extrañamos a alguien, también extrañamos la versión de nosotros mismos que existía cuando estábamos a su lado.
Lo más extraño es que la vida continúa. Uno vuelve a sus rutinas, conoce personas, sonríe, hace planes… pero de vez en cuando aparece un recuerdo y por unos segundos vuelve esa sensación de antes. Y entonces entiendes que hay ausencias que no se sienten todos los días, pero siguen viviendo en ciertos lugares de la memoria.
Con el tiempo aprendí que recordar con cariño no significa que tengamos que volver. Algunas personas pueden seguir siendo importantes para nosotros incluso desde la distancia.
Porque quizás sanar no consiste en dejar de recordar a quien alguna vez fue nuestro hogar, sino en aprender a sentirnos en casa nuevamente dentro de nosotros mismos.
Y cuando eso sucede, el recuerdo deja de ser una herida y empieza a ser simplemente una parte de nuestra historia.