¿Ese momento cuando le quemó las carpetas fue cuando entendiste todo lo que pasaba? ¿O ya lo sabías antes?
Como eran las cosas
Cuando me siento abrumada en una maraña de pensamientos, me gusta ver cómo eran las cosas. Esta historia es una de mis observaciones más profundas porque me llevó tiempo construirla. Porque, en el…
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Pensamiento
¿Ese momento cuando le quemó las carpetas fue cuando entendiste todo lo que pasaba? ¿O ya lo sabías antes?
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Cuando me siento abrumada en una maraña de pensamientos, me gusta ver cómo eran las cosas. Esta historia es una de mis observaciones más profundas porque me llevó tiempo construirla. Porque, en el fondo, nunca quise vivirla.
Vi a una nena. De unos 5 o 6 años. La distancia parecía ocultar lo que su esencia quería demostrar. Estaba con su papá en una plaza. Ella se acercaba a él y le imploraba hablar, jugar, correr. Cualquier cosa con tal de estar con él.
Él parecía estar en un mundo del cual ella nunca fue parte o, al menos, nunca se sintió bienvenida.
Cuando estaba en la escuela, me encontré viendo nuevamente a esa nena. Estaba más grande, pero su físico parecía ocultar los cambios que la vida tenía para ella. Para mí fue fácil notar que esa niña no quería crecer…
Era excelente. Tendría promedio 10 o 9. Era la mejor. Cuando pasaba por su aula, ella estaba participando, debatiendo, rindiendo. Lo daba todo.
No sé el momento exacto, pero me encontré siguiendo mucho más de cerca su vida. Y un día logré escuchar la conversación que tenía con la psicopedagoga escolar. Lloraba. Pero me costó darme cuenta porque su llanto era de esos silenciosos, de los que no quieren ser notados, de los que callan y encuentran en la angustia el susurro que no llega a convertirse en grito.
Aun así, se percibía su tristeza. Me apenaría contarlo mal, pero, al parecer, su papá le pegaba. La amenazó de muerte en dos oportunidades y le había roto el labio varias veces. Le dolía.
Me dolía.
La profesional hacía todo por repetirle que no era su culpa y que la acompañaría a hacer la denuncia porque eso era lo más seguro y todas esas cosas.
Pero ella no paraba de afirmarlo, de cargar con toda esa culpa. Decía que el motivo por el que su papá se enojaba era que se exigía mucho con la escuela. Que pasaba horas en su cuarto practicando y estudiando, y a él eso le molestaba.
Pero ella, tiempo después descubrí, tenía Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) y, en ese momento, dejar de estudiar, en su mente, equivalía a la propia muerte.
Y la muerte, en realidad, era su papá, que, cuando no lograba su cometido de alejarla del estudio, se convertía en un ser oscuro, un monstruo.
Contó que era su culpa porque ella no podía dejar de estudiar y eso a su papá le molestaba. Ella estaba en riesgo. Él, una vez, quemó todas sus carpetas.
Y, en el ardor del fuego, entendió que, si ella no fuera así, si no sintiera esa obsesión, él la podría querer y la podría tratar bien.
El tiempo pasó y me la volví a encontrar. Estaba más grande. Se notaba por fuera, en el reflejo de su interior, que ella ya era una mujer y que había superado lo que alguna vez la hizo sentir pequeña.
Estaba dando una clase en un Seminario que tuve la suerte de presenciar.
Retomó la historia. A lo que ya sabía, agregó, desde su confesión más cruda, que luego descubrió que no era su culpa. Porque su papá dejó de tener “motivos” para golpearla. Aunque cada vez fuera mayor el impacto.
Nunca lo denunció.
Pero en su memoria escribió la condena más fuerte: no volver a quererlo nunca más. Nunca tanto como esa chica de cinco años que le suplicaba amor. Nunca como esa chica de once que ni con notas logró obtener una felicitación sincera. Nunca como esa chica de trece que recibió más golpes de los que se atreve a decir. Nunca como esa chica de diecisiete que, aun con las impurezas que el amor trae, siempre estuvo rodeada de cariño real y sincero.
Amar muchas veces no suele ser recíproco. Pero me gusta creer que el dolor sí lo es. Me gusta pensar que, además de todo el dolor que puede sentir la víctima, el victimario también carga con cierto pesar; que su actuar no le da igual, que también sufre por lo que hace.
Releer la historia me hizo entender cómo eran las cosas.
Y sé cómo son las cosas porque esa chica. Esa rota mujer. Esa niña. Soy yo.
Thoughts
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PermalinkDespués de contar todo eso en el seminario, ¿cambió algo en cómo te ves a vos misma? ¿O era escribirlo y ya?
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PermalinkCuarenta años enseñando y pocas veces vi a un estudiante procesar algo así y después poder hablarlo frente a otros. Eso que hiciste en el seminario.
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PermalinkEso que dijiste de que el dolor es recíproco. Que el que hace el daño también carga con eso. No estoy seguro si es cierto pero me quedó en la cabeza.
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PermalinkCuando diste la clase en el seminario, ¿alguien más en el salón tenía una historia parecida o eras la única?
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PermalinkVivir todo eso y después poder contar. Eso que escribiste, todo eso.
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PermalinkLo del TOC y que ella pensara que era su culpa. Eso de que si no fuera así su papá la querría. Eso es de lo más crudo.
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Permalink¿Ese momento cuando le quemó las carpetas fue cuando entendiste todo lo que pasaba? ¿O ya lo sabías antes?
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PermalinkSeguir a esa nena desde los 5 hasta los 17 así. Qué cosa verla cambiar y cargar todo eso.
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