Entonces, aquella noche, mi mente estaba llena de preguntas sobre cuál sería mi destino. ¿Es realmente esto lo que quiero? ¿Por qué nada me provoca emoción?
Me ahogaba entre mis pensamientos. Sentía una gran desesperación, tanta que deseaba dejar de pensar, pero no podía. Las ideas seguían llegando una tras otra, y yo me sentía vacía, perdida.
Aquella noche me sentía más perdida que otros días. Sentía que el mundo se me venía abajo justo cuando estaba a punto de culminar. Me veía como una mediocre y tenía miedo, mucho miedo.
Quería correr hacia los brazos de mi madre, pero no pude. Sentía que la iba a decepcionar. Solo quería encontrar algo que me generara motivación, algo que me hiciera sentir vivo. El miedo a equivocarme y el peso que cargaba hacían que mi alma se afligiera.
Sentía una presión constante: el miedo a fallar, el miedo al qué dirán, el miedo a no ser suficiente. Poco a poco, sentía que mi alma se desgastaba. Yo solo quería ser feliz, pero las cargas que llevaba eran más fuertes de lo que imaginaba.
Aquella noche me sentía desconsolado. Comprendí que me estaba perdiendo a mí mismo. Quería correr, llorar y contarle a alguien todo lo que sentía. Tenía a mis padres cerca, pero no podía hacerlo; tenía miedo de decepcionarlos.
Entonces entendí que era yo solo quien cargaba con ese peso. Nadie más iba a comprenderlo tanto como yo lo hago . El miedo a que la sociedad y tu propia familia te vean como un fracaso puede consumir el alma.
Aquella noche lo entendí todo: nadie vendrá a salvarte. Al final, solo te tienes a ti mismo.