Son las 2:25 de la madrugada.
A esta hora la casa está en silencio, pero mi mente parece despertar. Es curioso cómo la noche tiene la capacidad de sacar a la luz todo aquello que durante el día logro esconder entre las obligaciones, las conversaciones y las sonrisas que aparentan que todo está bien.
Aunque muchas veces siento que el amor no fue hecho para mí, no puedo evitar imaginar miles de escenarios con finales felices. Historias que nunca viví, pero que mi mente insiste en construir una y otra vez.
A veces imagino ese amor de las películas. Ese en el que dos personas se conocen cuando menos lo esperan. Se enamoran profundamente, cometen errores, se hieren sin querer y, por un momento, creen que todo terminó. Ambos sufren la ausencia del otro, entienden aquello que deben sanar dentro de sí mismos y, cuando finalmente vuelven a encontrarse, ya no son las mismas personas. Han crecido. Han aprendido. Y entonces deciden elegirse nuevamente, esta vez con un amor mucho más consciente. No porque se necesiten para sobrevivir, sino porque descubrieron que juntos son mejores personas.
Otras veces imagino un amor apasionado. Un amor donde el deseo se siente incluso antes de tocarse. Donde una simple mirada basta para hacer que el corazón se acelere. Imagino esas parejas que no pueden despedirse sin volver a besarse una vez más. Que se buscan con ansiedad después de un largo día. Que se abrazan con tanta fuerza como si quisieran detener el tiempo.
Pienso en ese tipo de intimidad donde el cuerpo deja de ser solo un cuerpo y se convierte en una forma de decir "te extraño", "te necesito", "me haces sentir en casa". Donde cada caricia habla más que las palabras y donde el deseo no nace únicamente de la atracción física, sino de la profunda admiración que sienten el uno por el otro. Imagino dos personas que, entre risas, besos y silencios, encuentran una complicidad tan grande que el mundo desaparece por unos instantes y solo existen ellos.
También imagino un amor tranquilo.
De esos que no necesitan demostrarle nada al mundo porque encuentran felicidad en las cosas más simples. Cocinar juntos mientras suena música de fondo. Ir al supermercado tomados de la mano. Discutir por qué película ver un viernes por la noche. Dormir abrazados sin decir una sola palabra porque el silencio también puede sentirse como una conversación.
Pienso en esas parejas que, después de muchos años, siguen buscándose con la mirada cuando algo bueno les ocurre. Que aún se sonríen al otro lado de la mesa. Que siguen sintiendo orgullo de caminar juntos, aun cuando el tiempo haya cambiado sus cuerpos y sus vidas.
Luego imagino un amor lleno de complicidad.
Ese donde una sola mirada basta para entender lo que el otro está pensando. Donde ambos se ríen de chistes que nadie más comprende. Donde pueden pasar horas conversando sobre cualquier cosa sin aburrirse jamás. Donde existe la libertad de ser completamente uno mismo, sin miedo a ser juzgado.
Después aparece en mi mente un amor que sana.
No uno donde una persona rescata a la otra, porque nadie tiene ese poder. Sino un amor donde ambos se acompañan mientras enfrentan sus propias heridas. Donde uno sostiene la mano del otro durante los días difíciles. Donde llorar deja de sentirse como una debilidad y comienza a sentirse como un acto de confianza. Imagino llegar cansada después de un mal día y encontrar un abrazo que no intenta solucionar mis problemas, sino simplemente recordarme que no tengo que enfrentarlos sola.
También pienso en ese amor que envejece.
Dos personas con el cabello lleno de canas caminando lentamente por la playa. Sin la intensidad de la juventud, pero con una conexión mucho más profunda. Dos personas que conocen cada cicatriz del otro, cada miedo, cada virtud y cada defecto, y que aun así continúan eligiéndose todos los días. Me parece uno de los amores más hermosos que existen, porque no sobrevive gracias a la emoción del comienzo, sino gracias a la decisión de permanecer.
Y, de pronto, todas esas historias desaparecen.
Entonces vuelvo a preguntarme si, con el enorme muro que construí alrededor de mi corazón, realmente podría existir alguien dispuesto a atravesarlo.
No levanté esa barrera porque quisiera dejar de amar. La levanté porque un día me convencí de que sentir demasiado podía destruirme.
Tengo tantas heridas guardadas que la sola idea de volver a ser vulnerable me produce miedo. No porque dude de mi capacidad de amar, sino porque conozco demasiado bien el dolor que deja entregar el alma a quien un día decide marcharse.
A veces me pregunto por qué no pude tener una vida más sencilla. ¿Por qué algunas personas parecen encontrar el amor con tanta facilidad mientras otras primero debemos aprender a sobrevivir? ¿Por qué algunas historias comienzan con esperanza y las mías parecen haber comenzado siempre desde la pérdida?
Me habría encantado vivir alguna de esas historias que tantas veces invento en mi cabeza. Haber conocido un amor tranquilo. Uno apasionado. Uno cómplice. Uno que permaneciera. Uno que me enseñara que amar también puede sentirse seguro.
Pero, por ahora, todas esas historias siguen siendo solo eso: escenarios imaginarios donde, por unos minutos, puedo experimentar la felicidad que mi realidad todavía no conoce.
Sin embargo, hay algo que sí puedo imaginar con absoluta certeza.
Sé que llegará un día en que despertaré y ya no sentiré este peso sobre el pecho. Respiraré profundo y dejará de doler. Ese día iré a la playa. Caminaré temprano mientras el viento acaricia mi rostro y las olas rompen una tras otra frente a mí. Encenderé un cigarro, miraré el horizonte y, por primera vez en mucho tiempo, reiré sin sentir culpa, sin sentir miedo y sin mirar constantemente hacia atrás.
Porque quizás sanar nunca significó dejar de recordar.
Quizás sanar siempre fue aprender a recordar sin volver a romperse.
Y cuando ese día llegue, quiero convertirme en una mujer llena de sabiduría, de empatía, de calma y de perdón. No porque quienes me dañaron lo merezcan, sino porque yo merezco vivir ligera.
No soy perfecta. He cometido errores como cualquier ser humano. Pero jamás he encontrado satisfacción en hacer sufrir a alguien. Siempre intenté amar con el corazón que tenía, incluso cuando ese corazón estaba lleno de grietas.
Tal vez esa sea la verdadera lección de la vida.
Comprender que ser una buena persona no nos libra del dolor.
Pero sí nos permite levantarnos cada vez que la vida intenta convencernos de que ya no somos capaces de hacerlo.