Y después de caer, me levanté. Contemplé el paisaje que me ofreció la derrota: era triste y frío. Observé el camino que el Señor señaló con su mano, y me di cuenta de que era cálido y lleno de luz. Después de acostumbrarme a las tinieblas, no quería recorrerlo; estaba cómodo estando sentado o acostado.
No miré al sol ocultarse bajo los grandes edificios. Algunos rayos alumbraban a mis costados, pero estos ya no me causaban miedo, sino esperanza. Pensé y pensé: “Quiero alcanzar a uno de ellos; vienen del cielo, seguro conocen al Señor”.
Vi la gran tormenta que se avecinaba, al fondo, tan al fondo, pero a la vez tan cerca. Pensé en subir para buscar una mejor visión, pero la ocasión parecía estar lejos del deseo.
Una nube quería abrirse y detonar un destello; el cielo se pintó de color púrpura, con tonos rosados por las orillas. La gran tormenta se extendía hacia el oriente y, después, hacia el occidente.
Llegó hasta mí; ella quería que la disfrutara, y yo no podía impedírselo. Al principio, solo me acariciaba. Me recosté en la boquilla de aquel techo mientras veía una farola que brindaba una tenue luz, la misma que reflejaba aquellas gotas que caían como rocío.
Miré a una señora salir a su azotea, donde tenía tendida su ropa, y a los alrededores, unas hermosas plantas. Un foco amarillento y triste alumbraba aquel espacio; había algunas bancas, e imaginé estar sentado ahí.
Después volví la vista hacia mi humilde barrio, cuyas casas tenían sus laterales sin terminar. Observé los muros con ladrillos que quedaban al descubierto por todas partes; miré la mía, cayéndose a pedazos: las tejas rotas, el piso despegado y los marcos de las ventanas llenos de grietas. Volví a subir hasta la boquilla y me recosté, dejando que la lluvia acariciara mi rostro.
Volteé a ver aquel pequeño espacio entre la azotea y la ropa de aquella vecina, y de verdad deseé estar ahí. Después pensé: la belleza siempre ha sido subjetiva, y me preguntaba si alguna persona podría estar observándome mientras escribía en aquella azotea. Los rayos alumbraban en la oscuridad del cielo, y yo solo decía: «Qué hermosa es la vida».
Hermosa creación, porque no necesité de un paisaje espectacular para descubrir cuán hermoso es un barrio, cuán hermosos son los pequeños sitios, los espacios con plantas alrededor, con enredaderas por los costados, con destellos de luz que impactan sobre la tierra. Solo me cautivó la sencillez. Ese era mi verdadero arte, y descubrir… cuán perfecta es la vida.
En la misma farola ahora se reflejó el humo de aquel carrito de comida que pasaba, despidiendo aquel olor tan agradable, y volví a decir: «Cuán perfecta es la vida». Y recordaba a aquellas señoras que se sentaban en las piedras fuera de su casa, y me preguntaba: ¿Qué será lo que se ponen a apreciar? Y después de tantos años, encontré respuesta a eso.
Y después pasó un avión justo por encima de mí, debajo de las nubes que yacían grises y llenas de tristeza, y me pregunté: ¿A dónde irán los pasajeros? ¿Alguno de ellos conocerá al Señor? ¿Qué pensará mientras va volando por los cielos? Y sentí una ligera envidia.
La lluvia aumentó y me obligó a entrar, pero yo estaba emocionado por lo que había descubierto. Aunque mis dedos entumecidos gritaban por auxilio, yo pensaba en seguir escribiendo.
El avión desapareció, y con él mis pensamientos sobre qué sería de ellos.
Y después miré a otro avión subir en línea recta hacia las nubes grises, y me pregunté si sabría a dónde va. Y así como se observa una sombra desvanecerse, él también desapareció entre aquellas manchas oscuras en el cielo.
Veía y veía algunas casas tristes; lucían apagadas, y los perros ladraban, y los vecinos peleaban. Pensé en sus problemas y me pregunté: ¿Conocerán a Cristo? Y pensé que si lo conocieran, no pelearían. Pero me miré a mí mismo, y comprendí que yo era el principal problema por el que aquella noche me encontraba en busca de inspiración. Y ella fluyó, tuve respuesta, aunque no era la que buscaba: yo buscaba al Señor, quería que un rayo me alcanzara, estar en su presencia y que el dolor terminara.
Pero en cambio, Él me dio un motivo más por el cual aferrarme a la vida, aunque fuera injusta, aunque fuera dura, aunque fuera… una causa perdida.
— Jorge Guzmán