—¿Cómo haces eso?
—¿Limpiar mi nombre?
—No, hacer que aparezcan esas escenas, como la casa de mi infancia o llevarme por unos minutos nuevamente a mi departamento.
—También puedo hacer esto.
Un pelotazo interrumpe la conversación. Le alcanzo la pelota al nene.
—Gracias. Qué lindo su perro —dice el nene y se va corriendo.
—¿Cuál perro? —pregunto.
—Se debe referir a mí —responde una voz.
Volteo para ver y retomar la charla. Aunque estaba sentada, pegué un salto quedando inclinada hacia atrás. Tuve que apoyar las manos para no caerme. A mi lado había un perro de tamaño mediano, ojos color miel, un hermoso pelaje marrón y parlante.
Es muy lindo; de solo verlo ahí sentado mirándome con esa carita, me lo quiero llevar a casa. Me mira dos segundos más así y hasta lo dejo dormir en mi cama.
—¿Hablás con las plantas y te sorprende que yo…? —comienza el perro, pero lo interrumpo.
—Uno no espera que te respondan. Esto es como los ilusionistas que veo por la tele.
—Es una linda forma de verlo. Al igual que a mí.
—¿Mmm… a vos?
—Sí, a mí. El Amor tiene muchas formas.
—Mensaje entendido, pero no se puede comparar el amor incondicional de un perro, su fidelidad y su compañerismo, con las desilusiones que nos das en la vida.
—Vamos por partes. ¿Probaste alguna vez tener una mascota y no darle de comer? ¿En cuánto tiempo creés que puede cambiarte por alguien?
—Bueno, si lo pensamos de esa forma, quizás tengas algo de razón.
—¿Quizás? A mí hay que cuidarme.
—En algunas ocasiones puede ser sencillo. En otras, uno se encuentra intercambiando opiniones con un canino.
El Amor ríe.
—Eso genera confusión. Vos generás confusión e ilusión —le digo.
—Lo voy a tomar como un cumplido, pero vale aclarar que sin vos no soy nada. Hay ilusión porque vos generás expectativas. Solo no puedo hacer nada, valga la redundancia.