A ratos me parece que la parafina le sirvió más a la familia que a Jano: les dio una forma de contar el susto de urgencias sin volver a llorarlo. Por eso soltar la excusa le pesa tanto, también es dejar de reírse con ellos de aquel día.
Capítulo XXVIII: El genio explosivo y la parafina
Pensamiento
A ratos me parece que la parafina le sirvió más a la familia que a Jano: les dio una forma de contar el susto de urgencias sin volver a llorarlo. Por eso soltar la excusa le pesa tanto, también es dejar de reírse con ellos de aquel día.
Contenido de la publicación
«A veces la vida te da un susto mortal a los cuatro años solo para dejarte una excusa perfecta cuando te pones de mal genio a los cuarenta.»
Hay teorías psicológicas complejas para explicar el carácter de un hombre, pero en la familia de Jano siempre existió una explicación mucho más simple, casera y químicamente cuestionable: la parafina.
Jano tenía apenas cuatro años cuando cometió uno de esos errores propios de una infancia en la que la curiosidad solía ir varios pasos por delante de la prudencia.
En el patio de la casa materna, había una botella de plástico reutilizada, sin etiqueta, llena de un líquido transparente que un niño pequeño, sediento y curioso, pudo confundir fácilmente con agua.
Y Jano, sin saber lo que estaba haciendo, tomó tres tragos largos.
La reacción fue inmediata. La garganta le ardió y el susto se apoderó de todos.
Lo que siguió fue un despliegue de médicos, urgencias y horas de angustia con sus padres desesperados intentando entender cómo algo tan cotidiano había terminado convirtiéndose, en cuestión de segundos, en una emergencia.
Su madre lloró todo lo que le quedaba de lágrimas en aquella sala de espera.
Su padre, después de aquel día, jamás volvió a guardar combustible en una botella de refresco.
Jano salió adelante.
Pero el episodio quedó grabado para siempre en la memoria familiar.
Y como ocurre tantas veces en las familias, una tragedia de la infancia terminó transformándose, con los años, en una historia que se contaba entre risas.
Porque Jano tenía carácter. Mucho carácter. A veces demasiado.
Cada vez que tenía un arranque de mal genio en la oficina, cuando la paciencia se le agotaba editando un video complicado o cuando reaccionaba con una vehemencia que sorprendía incluso a sus amigos, aparecía la explicación oficial de la familia.
Jano se tocaba el pecho con gravedad y decía:
—No me juzguen. Es la parafina que me tomé a los cuatro años. Todavía la llevo en la sangre y cualquier chispa me hace combustión interna.
La frase se convirtió en una especie de patrimonio familiar.
En la oficina, sus tres amigos de la mesa de almuerzo se sabían el cuento de memoria y juraban que, cuando Jano se enojaba, la habitación empezaba a oler sutilmente a estufa encendida.
Su hermano Fabian tampoco perdía oportunidad.
—Si no fuera por aquel lavado de estómago, hoy no tendrías ese carácter inflamable que te hace no quedarte callado ante nada.
Y su psicóloga amiga era todavía peor.
En uno de sus audios de WhatsApp, entre risas, le dijo:
—Jano, en ningún manual de psicología existe el «trastorno de irritabilidad por hidrocarburos», pero reconozco que a ti te queda impecable.
Jano se reía.
Y quizás necesitaba hacerlo.
Porque durante mucho tiempo había utilizado el humor para mirar de frente cosas que le costaba reconocer.
Pero había algo que ahora entendía y que antes no quería aceptar.
La parafina podía ser una buena excusa para hacer reír a sus amigos. Podía ser una explicación absurda para las reuniones familiares.
Podía incluso formar parte de la mitología personal de Jano.
Pero no podía ser responsable de sus decisiones.
Porque haber tenido un carácter explosivo no significaba estar condenado a vivir de esa manera.
Y esa diferencia era importante. Muy importante.
Jano podía reírse de aquel niño de cuatro años que, sin saberlo, había convertido una botella mal guardada en una historia para toda la vida.
Pero el hombre adulto ya no podía esconderse detrás de la misma broma.
Había aprendido que tener mal carácter no justificaba herir. Que levantar la voz no era una forma de tener razón.
Que reaccionar impulsivamente podía dejar marcas mucho más profundas que cualquier discusión.
Y quizás por eso aquella vieja historia tenía ahora un significado diferente.
Antes era una excusa. Ahora era una anécdota. Y el cambio estaba precisamente en eso.
Pero, sobre todo, era una forma de reconocer que detrás de cada broma podía existir una verdad.
El verdadero «genio explosivo» no era un hombre condenado a reaccionar.
Era un hombre que estaba aprendiendo a detenerse antes de encender la mecha.
Y esa vez, por primera vez, quería que el mérito de apagar el fuego fuera suyo.
Al final, la parafina quedó convertida en una historia familiar. Una de esas historias que probablemente se contarían durante muchos años.
Jano había sobrevivido al susto de los cuatro años. Y ahora, décadas después, tenía otra batalla mucho más difícil: aprender a que su fuego interior no terminara quemando a las personas que amaba.
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Aprendí a reírme del fuego que casi me apaga de niño; hoy comprendo que ese mismo calor es el que me mantiene de pie cuando el mundo se encoge.
#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida
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