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Capítulo XXI: Sobreviví a agosto, pero mi muñeca no

AEJOVENICH

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Agosto en Santiago no es un mes. Es un país entero.

Es el mes donde el invierno ya no es novedad y la primavera todavía es una mentira. Donde el frío se mete en la casa y se queda a vivir en los huesos. Donde todo cuesta el doble y todo alumbra la mitad.

Jano había sobrevivido a los primeros meses. Había aprendido a habitar el silencio, a no mandar el mensaje a las dos de la mañana, a dibujar sin color como una forma de penitencia. Pero agosto llegó con una factura distinta, una que no se paga con lápices.

Fue una acumulación lenta, no un estallido. Una semana entera sin dormir bien. El trabajo con cierres de fin de invierno, los tres de la mesa del almuerzo preguntándole "¿estás bien?" con esa cara de que saben que no. El segundo cuaderno cuadriculado ya a la mitad y la caja de colores intacta, como un recordatorio mudo de la promesa que le hizo a Alejandra.

Todo se juntó un lunes. Un lunes sin nada especial. Sin aniversario, sin pelea, sin fecha roja en el calendario. Esos son los peores.

Esa noche, la ansiedad no le apretó el pecho. Se lo vació.

No era pánico, no era el corazón a mil. Era lo contrario. Una ausencia total de aire y de sentido. Esa sensación horrible de que las pastillas naturales no hacían nada, de que las notas de voz con La Psicoloca se quedaban cortas y de que necesitaba seguir dibujando para no olvidar.

Jano no quería hacerse daño. Quería todo lo contrario. Quería cinco minutos de paz y de silencio adentro de su cabeza. Solo cinco minutos donde no tuviera que pensar en qué responder, en qué no decir, en qué no escribir.

Y para conseguir esos cinco minutos, hizo lo único que sabía hacer desde que era un niño en el patio de tierra.

Se sentó a los pies de la cama. Tomó el segundo cuaderno cuadriculado, el que sumado con el primero, ya tenían más de ciento cincuenta dibujos hechos en un tiempo récord, tomó el lápiz y empezó a dibujar.

No uno. No dos.

Dibujó sin parar durante tres horas y treinta minutos.

Dieciocho dibujos seguidos. Uno tras otro. Sin levantarse. Sin tomar agua. Con la espalda doblada, con la respiración contenida, con el pulso apretado como si cada trazo fuera una forma de no gritar.

Era su forma de pedir silencio. Línea por línea. Sombra por sombra. Como si pudiera dejar todo lo que le dolía en el papel.

Cuando terminó el dieciocho, quiso tomar el lápiz para el diecinueve y la mano no le respondió.

No fue un corte. No fue sangre. Fue peor en ese momento porque fue frustración. La mano se le había agarrotado por completo. Los dedos rígidos, doblados, sin fuerza. La muñeca hinchada, caliente, con un dolor punzante que le subía hasta el hombro.

Ya era septiembre, había sobrevivido a agosto, pero su muñeca no había corrido con la misma fortuna.

Había forzado demasiado una mano que ya venía resentida. La tendinitis que arrastraba de tanto editar video, el esguince viejo de muñeca que nunca se trató bien, todo volvió junto. Todo recrudeció por esas horas de dibujar como si se le acabara la vida.

Se quedó sentado a los pies de la cama, con el cuaderno abierto en sus piernas, con dieciocho Pokemones nuevos mirándolo, y con la mano derecha colgando, inútil.

No podía ni cerrar el cuaderno.

Al día siguiente tuvo que ir al doctor y posteriormente se fue a trabajar. Tenía la mano mala. Era verdad. Tenía la mano vendada y estaba con antiinflamatorios. Mientras tanto su dolor le recordaría que debería cuidarse mucho más.

"Me mandé una cagada. Dibujé hasta que la mano se me murió", le dijo a su hijo.

—¿Cuántos? —preguntó Fabi.

—Dieciocho en una tres horas y media —dijo Jano con vergüenza—. Ciento ochenta y seis en total.

—¿Y la promesa?

—Sigue intacta —contestó Jano, levantando la mano buena—. Ni un color. Pero la muñeca me está cobrando la abstinencia.

Esa tarde habló seriamente con la Psicoloca. Porque entendió que el cuaderno no podía ser su único lugar para dejar el ruido. Que dibujar sin parar también era una forma de no parar nunca. Que necesitaba aprender a detenerse antes de que el cuerpo lo detuviera a él.

Los días que siguieron fueron lentos. Hielo cada cuatro horas. No poder dibujar por tres semanas enteras. Para Jano, que había hecho de eso su escudo, fue como quitarle el aire de nuevo. Pero también fue la primera vez que entendió que su cuerpo le estaba hablando.

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Mi muñeca me recordó que incluso lo que te salva puede romperte si lo usas para no escuchar tu propio dolor.

#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida

Thoughts

  • NicolasBravo

    Dieciocho Pokémon en tres horas y media, bro. Con la caja de colores todavía intacta por lo de Alejandra, ese ritmo de dibujo me sonó a alguien agarrándose del lápiz para no soltarse.

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  • dlozano92

    Lo que me anduvo en la cabeza toda la mañana fue la pregunta de Fabi. El pelado no pregunta por la mano ni por el médico, pregunta por la promesa, y Jano le contesta levantando la mano buena. Yo con mi niña de cuatro ya cuento cosas así, a medias y con chiste, para que no se preocupe. Apuesto a que Fabi le lee esa vergüenza mejor que la misma Psicoloca.

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