De la mesa de los almuerzos yo me fío de Mónica. Le dice que se ve entero en un viernes de helado, sin sermón, y ahí Jano suelta que ya no espera que nadie lo salve. Esa nueva forma de amar del final va a llegar sin que la busque, y Mónica algo va a tener que ver.
Capítulo XXVI: El mapa de las nuevas rutinas
Pensamiento
De la mesa de los almuerzos yo me fío de Mónica. Le dice que se ve entero en un viernes de helado, sin sermón, y ahí Jano suelta que ya no espera que nadie lo salve. Esa nueva forma de amar del final va a llegar sin que la busque, y Mónica algo va a tener
Contenido de la publicación
«Reconstruirse no es volver a ser el de antes, sino atreverse a descubrir quién eres cuando ya no necesitas esconderte de ti mismo.»
El tiempo dejó de contarse en días de ausencia y comenzó a medirse en proyectos terminados, kilómetros recorridos y noches de sueño corrido.
El departamento de Jano había cambiado de atmósfera.
Las persianas ya no permanecían a medio bajar y el aroma a café fresco por la mañana le había ganado la batalla al estancamiento de los primeros meses.
La vida, tozuda y persistente, había abierto nuevos caminos que nada tenían que ver con la nostalgia.
Jano comenzó a dedicar sus fines de semana a todo lo que le devolviera la calma.
Caminaba por la ciudad durante horas de regreso a casa, viajaba a ver a sus padres y aprovechaba cualquier excusa para sacar a su hijo a dar una vuelta y pasar más tiempo juntos.
Ya no necesitaba que cada salida tuviera un propósito. A veces simplemente caminaba.
Otras veces se sentaba a tomar un granizado. Y otras, simplemente disfrutaba de estar con su familia sin sentir que tenía que resolver algo.
Había aprendido a disfrutar nuevamente de esas cosas pequeñas que antes pasaban desapercibidas.
Ya no era el hombre apresurado que corría de la oficina a la casa devorado por la ansiedad.
Ahora era un observador más paciente.
En cada actividad encontraba la misma lección que en sus dibujos: la belleza suele estar en las líneas más simples, en lo que no pretende impresionar a nadie.
Su trabajo también tomó una dimensión distinta.
Con la mente más clara y el ego apaciguado, Jano se convirtió en un líder más humano y cercano.
No porque hubiera dejado de ser exigente, sino porque había aprendido a mirar a las personas de otra manera.
Sus tres amigos de la mesa de los almuerzos también notaban el cambio.
—Ya no tienes esa cara de estar librando una guerra mundial en tu cabeza, —le dijo Mónica un viernes, mientras compartían un helado en el centro—. Te ves... entero.
Jano sonrió.
—Me siento entero, Mónica —respondió sin dudar—. Por primera vez en mucho tiempo, no estoy esperando que nada ni nadie venga a salvarme.
Decirlo en voz alta le produjo una sensación extraña.
Porque durante mucho tiempo había esperado. Había esperado mensajes, respuestas, señales y soluciones.
Ahora estaba aprendiendo a no poner su tranquilidad en manos de algo que no podía controlar.
Había aprendido a estar bien en su propia piel.
Tenía su trabajo, la complicidad con su hijo Fabi, el refugio firme de su hermano Fabian, las risas improvisadas en las notas de voz con su psicóloga y una paz conquistada a pulso contra sus propios demonios.
No era una paz perfecta. Pero era suya.
El cuaderno cuadriculado seguía en el velador, junto a la caja de lápices de colores que guardaba intacta.
Pero Jano ya no lo miraba como un altar de penitencia, sino como el testimonio silencioso de un hombre que había aprendido a mantenerse en pie.
Durante meses, aquellos dibujos habían sido una manera de resistir.
Ahora podían volver a ser simplemente dibujos. Y eso también era una señal de que algo estaba cambiando.
Tras meses de usar el trazo como escudo contra la ansiedad, Jano volvió a ver el dibujo por lo que siempre fue: el placer sencillo de crear.
Recuperó el gusto por lo simple.
Ya no necesitaba que cada dibujo tuviera un significado profundo.
A veces bastaba con sentarse, tomar un lápiz y comenzar.
Ahora, con el pulso firme y la mente tranquila, se había propuesto un reto casi lúdico: ilustrar la lista completa de Pokémones.
La idea le causaba gracia. Después de tantos meses intentando ordenar su vida, se encontraba nuevamente emocionado por algo tan sencillo como completar una colección de dibujos.
Y no necesitaba ninguna explicación para ello. Simplemente quería hacerlo.
Quizás eso también era parte de reconstruirse.
Volver a hacer cosas porque sí. Porque gustan. Porque entretienen. Porque hacen bien.
Sin convertirlas necesariamente en una terapia, una lección o una forma de escapar.
Jano estaba listo para lo que la vida quisiera ponerle enfrente.
Nuevos proyectos. Nuevos viajes. Nuevas experiencias.
O tal vez, cuando el destino lo decidiera, una nueva forma de amar.
Pero esta vez había algo diferente. No quería volver a ser el hombre que había sido.
Quería seguir descubriendo quién podía llegar a ser.
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Los trazos ya no buscaban curar el alma, sino recordarme la alegría de crear; dejé de contar las ausencias y empecé a dibujar mi presente.
#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida
Thoughts
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PermalinkPasar de contar días de ausencia a contar proyectos terminados lo he visto en gente que por fin salda algo a plazos: de un día para otro dejan de mirar el calendario.
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PermalinkDe la mesa de los almuerzos yo me fío de Mónica. Le dice que se ve entero en un viernes de helado, sin sermón, y ahí Jano suelta que ya no espera que nadie lo salve. Esa nueva forma de amar del final va a llegar sin que la busque, y Mónica algo va a tener que ver.
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«Reconstruirse no es volver a ser el de antes, sino atreverse a descubrir quién eres cuando ya no necesitas esconderte de ti mismo.»