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Capítulo XXVII: El niño del patio de tierra

AEJOVENICH

Contenido de la publicación

​«Las cosas verdaderas casi nunca hacen ruido; se quedan guardadas en las manos de los niños que aprendieron a ser felices con poco.»

Mucho antes de los trajes ejecutivos, las computadoras usadas y los dilemas del corazón adulto, existió un Jano pequeño que no necesitaba al mundo entero para sentirse completo.

En la casa de su infancia no había lujos ni juguetes de moda.

Eran épocas donde los recursos alcanzaban para lo justo y donde la abundancia no se medía en cosas materiales, sino en la tranquilidad de las tardes largas.

Jano no era el niño popular del barrio ni el que lideraba los grupos en la escuela.

Siempre fue de pocos amigos, un chico observador que prefería quedarse un paso atrás, contemplando cómo se movía todo a su alrededor.

Quizás por eso aprendió tan temprano a entretenerse consigo mismo.

Mientras otros chicos se frustraban si no tenían la última pelota o el juguete del momento, Jano encontraba mundos enteros en el patio trasero de la casa paterna.

No necesitaba demasiado.

Un palo de madera se convertía en una espada o en la herramienta para trazar mapas sobre la tierra seca.

Un par de piedras servían para improvisar los arcos de una cancha imaginaria donde jugaba partidos en solitario hasta que caía el sol.

Un auto a pedales —que su padre le había fabricado con sus propias manos—, cuya pintura desgastada era su pasaporte a la libertad para dar vueltas a la manzana, sintiendo el viento en la cara como si estuviera cruzando un continente.

Para aquel niño, aquello era suficiente. No necesitaba saber cuánto costaba algo para disfrutarlo. No necesitaba compararse con nadie.

Simplemente inventaba. Y mientras inventaba, era feliz.

Su madre, con esa intuición dulce que Jano recordaría toda la vida, solía mirarlo desde la cocina mientras él pasaba horas concentrado en sus pequeñas invenciones.

—¿No te aburres ahí solo, Hijo? —le preguntaba a veces, acercándole un vaso de jugo de naranja o alguna golosina.

—No, mamá. Estoy bien —respondía él con una sonrisa honesta, con las manos sucias de tierra y los ojos brillantes.

Y realmente estaba bien. No necesitaba explicar por qué. No necesitaba nada más.

En esa soledad elegida de la infancia nació su capacidad para crear belleza desde la nada.

Aprendió que no se necesita mucho para estar en paz y que la felicidad real tiene el tamaño de las cosas sencillas: la comida caliente al volver de la escuela, el olor a tierra mojada al empezar la lluvia y el abrazo de su madre al final del día.

Quizás, sin saberlo, aquel niño ya tenía una de las herramientas que Jano necesitaría muchos años después para reconstruirse.

Sabía estar consigo mismo. Sabía encontrar algo que hacer con sus manos.

Sabía convertir un patio de tierra en un mundo entero.

Y sabía disfrutar de lo que tenía sin preguntarse constantemente por lo que le faltaba.

Años después, en la penumbra de su departamento de adulto, Jano cerró los ojos y conectó con aquel niño del patio de tierra.

Por un instante, pudo imaginar nuevamente aquellas tardes.

La tierra seca. El auto a pedales. Las manos sucias. La voz de su madre preguntándole si estaba aburrido.

Y aquella respuesta sencilla:

«No, mamá. Estoy bien».

Jano abrió los ojos. Comprendió que la esencia de ese niño jamás se había marchado.

Los golpes de la vida adulta lo habían distraído.

El trabajo. Las responsabilidades. Los errores. El amor. La pérdida.

Todo había ido ocupando espacio.

Pero el niño que sabía ser feliz con poco seguía vivo dentro de él.

Quizás por eso los dibujos habían vuelto a aparecer en su vida.

Quizás por eso podía pasar horas concentrado frente a una hoja.

Quizás por eso, después de haber perdido tantas cosas, todavía podía encontrar un poco de paz en algo tan sencillo como un lápiz sobre un papel.

No necesitaba regresar literalmente a aquel patio.

Necesitaba recordar lo que había aprendido allí.

Que para reconstruirse no necesitaba acumular nada nuevo. Necesitaba regresar a sus raíces más puras.

A ese lugar interior donde alguna vez había sabido que estar en paz no dependía de tenerlo todo.

Jano sonrió.

Había pasado muchos años intentando convertirse en alguien.

Y ahora comenzaba a entender que quizás parte de su camino consistía en volver a encontrarse con quien había sido antes de intentar demostrarle algo al mundo.

El niño del patio de tierra no había desaparecido.

Solo había estado esperando que Jano volviera a escucharlo.

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Gané batallas, perdí amores y crucé tormentas, pero la libertad y la paz siempre estuvieron en el niño que nunca dejó de soñar en solitario.

#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #históriadavida

Thoughts

  • VictorAmaya

    Ese niño no estaba tan solo como dice el capítulo: la madre mirándolo desde la cocina con el jugo, el padre que le armó el auto a pedales. El Jano grande ya no tiene a nadie mirándolo desde la cocina, y sospecho que los dibujos son su manera de hacerse esa compañía.

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  • Ovid

    Las manos sucias de tierra del patio, y en el capítulo anterior las mismas manos con el lápiz y la lista de Pokémones. Sospecho que uno de los próximos dibujos de Jano va a ser ese auto a pedales, con la pintura gastada y todo.

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