La mesa de los cuatro organizando el almuerzo un día antes, che. Esa gente del trabajo sostiene más de lo que parece.
Capítulo XXV: El regalo de los ciento siete días
Pensamiento
La mesa de los cuatro organizando el almuerzo un día antes, che. Esa gente del trabajo sostiene más de lo que parece.
Contenido de la publicación
«Crecer es entender que la vida no siempre envuelve los regalos que pedimos, pero a veces nos entrega la fuerza exacta para sostener la espera.»
Tres meses y medio.
Ciento seis mañanas de un desayuno en soledad y ciento seis noches cerrando el cuaderno sin tocar la caja de colores.
Ciento seis días intentando aprender a vivir con una ausencia que, al principio, parecía ocupar cada rincón de su vida.
La fecha en el calendario del teléfono ya no se podía ignorar: el cumpleaños de Jano estaba a solo veinticuatro horas.
Para cualquiera, un cumpleaños es un pretexto para celebrar.
Para un hombre en pleno proceso de reconstrucción, las fechas marcadas en rojo pueden convertirse en minas de tiempo.
En el trabajo, la «mesa de los cuatro» ya estaba organizando alguna salida a almorzar. Su hermano Fabián le había prometido una caminata sin prisas por el cerro, y Fabi le tenía preparada una sorpresa.
Jano agradecía profundamente ese cerco de amor. Sabía que no estaba solo.
Sabía que había personas que querían verlo bien y que estaban dispuestas a acompañarlo en ese día.
Pero, en el fondo de su pecho, la pregunta inevitable flotaba como un fantasma:
¿Habría un mensaje de ella?
No esperaba un «vuelve conmigo».
No esperaba una carta melodramática.
Pero la mente, experta en fabricar esperanzas en la víspera de un cumpleaños, le jugaba cartas trampa.
Se imaginaba la pantalla iluminándose a la medianoche con un texto simple:
«Feliz cumpleaños, Jano. Espero que estés bien».
Nada más.
Quizás eso habría sido suficiente para cambiarle la noche.
¿Sería ese el regalo de los ciento siete días?
¿O el silencio absoluto sería la respuesta definitiva?
Jano no tenía cómo saberlo.
Y quizás esa era precisamente la parte más difícil.
Jano se sentó al borde de su cama. Abrió el segundo cuaderno cuadriculado, que ya tenía más de la mitad de sus páginas cubiertas de trazos a lápiz.
Miró la primera página, y luego la última que acababa de terminar.
Había una diferencia notable.
Las primeras líneas eran apretadas, rígidas, llenas de la tensión de la abstinencia.
Las recientes eran fluidas, seguras, dibujadas con la mano de alguien que había recuperado el pulso.
Jano pasó los dedos suavemente por una de las páginas. Había cambiado.
Quizás no todo lo que necesitaba. Quizás no todo lo que quería. Pero había cambiado.
Recordó la promesa que le hizo a Alejandra el día de la despedida.
No buscarla. No presionar. Respetar su tiempo, aunque le costara. Y, sobre todo, respetar la palabra que había dado.
Jano dejó el lápiz sobre la cama y tomó el teléfono.
Miró la hora.
11:58 PM.
Faltaban solamente dos minutos para su cumpleaños.
Sintió el impulso visceral de sostener el celular en la mano, esperando el milagro de las doce.
Por un instante, volvió a ser aquel hombre que necesitaba una señal. Un mensaje. Una pequeña confirmación de que todavía existía algún hilo entre los dos.
Pero esta vez hizo algo diferente.
En un acto de profunda dignidad y madurez, bloqueó la pantalla, dejó el teléfono boca abajo en su velador y apagó la luz de su habitación.
Si Alejandra le escribía, el mensaje estaría ahí por la mañana.
Y si no lo hacía, el silencio no lo destruiría.
Jano entendió que el verdadero regalo de sus ciento siete días no dependía de la vuelta de ella.
El verdadero regalo era que se había convertido en un hombre capaz de irse a dormir en paz consigo mismo, habiendo cumplido su palabra.
No sabía qué encontraría al despertar. No sabía si habría un mensaje. No sabía si habría silencio.
Pero, por primera vez, estaba dispuesto a aceptar cualquiera de las dos cosas sin traicionarse a sí mismo.
Se acostó en la penumbra del cuarto. El reloj marcó las doce.
Jano cerró los ojos y, en el silencio de la habitación, se deseó a sí mismo un feliz cumpleaños.
No pidió que Alejandra volviera. No esa noche. Esa noche simplemente agradeció haber llegado hasta allí.
Ciento siete días.
Ciento siete días de lucha contra sus impulsos, de recuerdos, de tristeza, de dibujos, de conversaciones, de trabajo y de pequeñas victorias que nadie más podía medir.
Estaba listo para lo que el destino le tuviera reservado.
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Dormir en paz fue la prueba de que el amor también es saber esperar en silencio, sin romper las promesas hechas, sin romperme a mí mismo.
#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida
Thoughts
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PermalinkLa mesa de los cuatro organizando el almuerzo un día antes, che. Esa gente del trabajo sostiene más de lo que parece.
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PermalinkQue la caja de colores siga sin tocar mientras el cuaderno ya va por la mitad dice dónde está Jano: dibuja, pero a lápiz, como si el color todavía fuera de Alejandra. Lo del teléfono boca abajo a las 11:58 fue lo más difícil de los ciento siete días.
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«Crecer es entender que la vida no siempre envuelve los regalos que pedimos, pero a veces nos entrega la fuerza exacta para sostener la espera.»