Dos tandas me tomó, causa, y al final se pasa a primera persona. ¿Esa playa la conociste tú también?
Capítulo XIV: La luz de las cosas simples
Pensamiento
Dos tandas me tomó, causa, y al final se pasa a primera persona. ¿Esa playa la conociste tú también?
Contenido de la publicación
En la memoria de un hombre en duelo, los malos momentos suelen hacer mucho ruido, pero son los instantes de luz los que terminan dejando la grieta más profunda.
Jano miró el teléfono sobre el escritorio y, por un segundo, la pantalla apagada le devolvió el reflejo de los años en que ese mismo aparato había sido un faro de calidez.
Cuántas veces había esperado que se encendiera.
Cuántas veces había sonreído apenas veía aparecer su nombre.
Cuántas veces ese teléfono había sido la distancia más corta entre él y Alejandra.
Ahora estaba allí, inmóvil, en silencio.
Y ese silencio tenía memoria.
Jano cerró los ojos.
No todo habían sido sombras. No todo habían sido discusiones, palabras dichas con demasiada fuerza, ansiedades desbordadas y momentos en los que su carácter terminaba ocupando demasiado espacio. También habían existido días hermosos. Días sencillos. Días que, mientras los vivía, parecían tan normales que jamás imaginó que algún día daría cualquier cosa por volver a ellos.
Jano había amado a Alejandra con todo lo que tenía.
Y durante mucho tiempo, los dos habían sabido construir un refugio luminoso en medio del mundo.
Recordó los miércoles de pololeo, las salidas al cine, las escapadas de los viernes por la noche, los viajes para visitar a sus padres. Recordó conversaciones interminables dentro del automóvil, canciones compartidas, silencios que nunca fueron incómodos y esas pequeñas discusiones absurdas que, con el tiempo, terminaban provocando una sonrisa.
Recordó la mágica visita a la playa.
El olor a sal.
El viento despeinándole el cabello.
La arena pegándose a los pies.
Y la risa espontánea de Alejandra cuando él intentaba tomarle fotografías sin que se diera cuenta.
Ella siempre terminaba descubriéndolo.
—¡Amor! —le decía entre risas—. ¡Otra vez me estás sacando fotos!
Y él fingía inocencia.
Como si no fuera precisamente eso lo que quería: guardar cada instante de ella.
Quizás, pensó ahora, uno nunca sabe cuáles serán los momentos que algún día se convertirán en recuerdos imprescindibles.
Por eso, mientras vivimos, creemos que tenemos tiempo.
Mucho tiempo.
Y tal vez ese sea uno de los engaños más grandes de la vida.
Pero, sobre todo, Jano recordó la magia doméstica de los días comunes.
Aquellos días que nunca parecieron dignos de ser guardados, porque no tenían nada extraordinario.
Aquellas tardes de lluvia tirados en la cama, tapados con la misma manta, viendo series hasta que alguno de los dos se quedaba dormido con la cabeza apoyada en el hombro del otro.
A veces ni siquiera terminaban de ver el capítulo.
No necesitaban grandes planes ni lujos extraordinarios.
La simple presencia del otro bastaba para llenar el espacio.
Podían pasar horas sin hacer nada importante y, aun así, sentir que estaban exactamente donde querían estar.
Había algo profundamente hermoso en eso.
En saber que alguien estaba al otro lado de la cama.
En escuchar su respiración. En compartir el último pedazo de algo.
En preguntarse qué querían comer y terminar eligiendo lo mismo de siempre.
En reírse por una tontería que, probablemente, nadie más habría entendido.
En esos pequeños rituales que no aparecen en las fotografías, pero que terminan convirtiéndose en la verdadera historia de una relación.
Y luego estaban los detalles invisibles.
Esos que no se fotografían, que nadie publica, que no reciben aplausos y que, sin embargo, terminan quedándose grabados en la memoria con una precisión casi cruel.
El mensaje automático de cada mañana a las nueve: «Buenos días, amor. Que tengas un buen día en la oficina».
Jano recordaba haber leído aquellas palabras cientos de veces. Tal vez miles.
Y nunca imaginó que algún día las extrañaría de esa manera.
También estaba el mensaje de mitad de la tarde, cuando él se sumergía en el trabajo y se olvidaba del mundo: «Amor, no olvides almorzar. Hablamos luego, te quiero».
Tan sencillo.
Tan cotidiano.
Tan fácil de pasar por alto cuando se tiene a alguien cerca.
Ahora entendía que el amor muchas veces no se encontraba en los grandes discursos, sino precisamente en esas pequeñas preocupaciones.
En preguntar si había llegado bien. En saber si había comido.
En recordar algo que el otro había olvidado.
En decir «avísame cuando llegues».
En preocuparse sin hacer ruido.
Y estaba esa secuencia casi susurrada antes de terminar una llamada corta:
«Te quiero... te amo».
Palabras que alguna vez fueron costumbre.
Palabras que ahora pesaban como recuerdos.
Jano sonrió en la penumbra del departamento.
Fue una sonrisa melancólica, pero también dolorosamente dulce.
Porque, por unos segundos, el recuerdo no le dolió.
Por unos segundos, simplemente fue hermoso.
Y quizás eso era lo que más le costaba comprender: que un recuerdo pudiera hacer daño y, al mismo tiempo, regalarle un poco de paz.
No, no todo había sido malo.
Él no había sido solamente una suma de problemas.
No había sido únicamente sus errores, sus inseguridades, sus momentos de mal genio ni las palabras que después deseaba poder borrar.
También había sido el hombre que la hizo reír hasta que le dolió el estómago.
Había sido el hombre que la abrazó fuerte en sus días tristes.
El que aprendió a cuidarla exactamente como ella necesitaba.
El que conocía sus silencios.
El que sabía cuándo dejarla tranquila y cuándo acercarse.
El que podía reconocer, incluso sin preguntar, cuándo algo no estaba bien.
Durante aquellos años, Jano había descubierto una versión de sí mismo que no conocía.
Un hombre capaz de cuidar. Capaz de proteger. Capaz de entregarse.
Capaz de construir.
Capaz de amar sin estar pensando en cuánto iba a recibir a cambio.
Y quizás por eso la pérdida le dolía tanto.
Porque no solamente había perdido a Alejandra.
Había perdido también la vida que habían construido juntos y esa versión de sí mismo que existía dentro de aquella vida.
El dolor de haberla perdido no nacía únicamente del arrepentimiento por sus errores.
Nacía del contraste.
Dolía porque sabía lo increíblemente felices que habían sido cuando lograban acallar los fantasmas.
Dolía porque había conocido la tranquilidad de tenerla y después tuvo que aprender el peso de su ausencia.
Dolía porque ahora podía mirar hacia atrás y reconocer cosas que, cuando estaba dentro de ellas, no supo valorar completamente.
Eso era lo cruel de algunos aprendizajes.
Llegaban tarde.
Llegaban cuando ya no podían cambiar el pasado.
Jano apoyó la espalda en la muralla y suspiró despacio.
Por primera vez en mucho tiempo, decidió no pelear contra aquellos recuerdos.
No quiso expulsarlos. No quiso convencerse de que todo había sido un error.
Tampoco quiso convertir a Alejandra en un recuerdo perfecto, porque sabía que habían sido humanos, con defectos, diferencias y momentos difíciles.
Simplemente quiso recordar.
Recordar lo bueno sin negar lo malo.
Recordar el amor sin utilizarlo como excusa para sus errores.
Recordar la felicidad sin olvidar el precio que tuvieron que pagar cuando él no supo controlar aquello que llevaba dentro.
Y entonces comprendió algo.
Quizás amar de verdad también significa tener el valor de reconocer el daño que uno pudo causar.
Sin justificarse.
Sin culpar al otro.
Sin esconderse detrás de un «así soy yo».
Jano bajó la mirada.
Había cosas que ya no podía cambiar.
No podía regresar a aquel sábado. No podía volver a aquella playa.
No podía recuperar aquella llamada.
No podía hacer que Alejandra volviera a leer el mensaje de las nueve de la mañana.
El pasado no negociaba.
Pero sí podía decidir qué hacer con todo aquello que había aprendido.
Los recuerdos no tenían por qué convertirse únicamente en cadenas.
También podían convertirse en maestros.
Alejandra le había enseñado que él sí podía amar de verdad.
Le había mostrado una versión de sí mismo que ahora debía aprender a cuidar, incluso en su ausencia.
Y ese regalo era algo que ni la distancia, ni el silencio, ni el tiempo le iban a poder quitar.
Jano volvió a mirar el teléfono.
Seguía apagado.
Pero esta vez no le pareció vacío.
Porque comprendió que algunas personas se van de nuestra vida y, aun así, dejan dentro de nosotros una parte de lo que fueron.
Una forma distinta de mirar.
Una manera distinta de querer. Un recuerdo. Una enseñanza.
Una pregunta que permanece durante años:
¿Qué habría pasado si hubiéramos sabido antes lo que ahora sabemos?
Jano no tenía la respuesta. Quizás nunca la tendría.
Pero aquella noche, por primera vez, no quiso responderla.
Solo cerró los ojos y dejó que los recuerdos buenos ocuparan un espacio dentro de él.
No para quedarse atrapado en el pasado.
Sino para agradecer que, alguna vez, ese pasado hubiera existido.
Porque no todo lo que termina fue un fracaso.
Hay personas que se marchan, pero no se llevan todo lo que construyeron contigo.
Y hay momentos que, aunque jamás regresen, pueden seguir siendo hermosos.
Jano entendió que haber sido feliz alguna vez no hacía menos dolorosa la pérdida.
Pero tampoco permitía que el dolor borrara la felicidad que existió.
Habían sido felices.
De verdad.
Y eso también merecía ser contado.
Jano se sentó en el piso frío de su habitación, respiró profundamente.
Por primera vez, recordar a Alejandra no significó únicamente preguntarse cómo recuperarla.
Significó agradecer haberla conocido.
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El tiempo se llevó su presencia, pero no lo que fuimos; me dejó la paz de saber que, en la simplicidad de nuestros días, fui infinitamente feliz.
#aejovenich #unmalditointentandocambiar #ficcióncontemporanea #historiasdevida
Thoughts
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Fijado por quien publicó
PermalinkYa disponible el Capítulo XV: El peso de una palabra dada. #unmalditointentandocambiar
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PermalinkDos tandas me tomó, causa, y al final se pasa a primera persona. ¿Esa playa la conociste tú también?
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PermalinkNo todos fueron momentos malos, también Jano logró hacer feliz a Alejandra y eso se nota en os recuerdos que expresas.
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PermalinkLo de la manta, uf.
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