Cargar saquetes de grano de cincuenta kilos bajo un sol sofocante no estaba en los planes de Gabriel. En menos de una hora, las palmas de sus manos —acostumbradas a firmar contratos millonarios— estaban al rojo vivo y su respiración era un silbido agitado.
Valeria observaba sus movimientos. Notó la terquedad en su mandíbula: el tipo no se rendía, aunque sus músculos colapsaran. Se detuvieron bajo la sombra de un tejado y ella le ofreció un panecillo de carne con especias y un vaso de chicha helada.
—Come —le ordenó—. No me sirves si te desmayas a mitad del trayecto.
—Gracias —murmuró Gabriel, devorando el alimento con un apetito real que no sentía desde hacía años—. Eres extraña. Cualquier otra persona se habría burlado o me habría ignorado.
—En el campo no desperdiciamos nada, ni siquiera la mano de obra —contestó ella, mirándolo fijamente—. He decidido llevarte a mi pueblo. Trabajarás en la finca familiar. Te daré techo, comida y un paga justa para que salgas del hoyo en el que te metiste. Pero bajo mis reglas.
Gabriel la miró a los ojos. En el mundo del gran capital, todos querían algo de él: su dinero, su apellido, su influencia. Ella le estaba ofreciendo barro, sudor y pan duro, sin saber que tenía enfrente a un hombre que podía comprar su pueblo entero.
La idea era descabellada, peligrosa para sus negocios, pero irrevocablemente tentadora.
—¿No le tienes miedo a meter a un desconocido en tu casa? —preguntó él.
—Sé cómo frenar a un toro embravecido con un solo movimiento de cuerda —respondió Valeria con una sonrisa helada—. Créeme, tú no me asustas. Dime tu nombre.
—Julián —mintió él, usando su segundo nombre—. Solo Julián. Sin familia, sin pasado.
—Bien, "Julián". Prepara la espalda. Nos vamos a la montaña.