Con el paso de los meses, las llamadas nocturnas se convirtieron en un refugio indispensable. Caleb le explicaba el comportamiento de la vegetación andina; Saria le mostraba la arquitectura de su universidad y el azul profundo del mar Egeo.
A los veintiún años, Caleb sintió que algo en su interior se transformaba de manera irreversible. Ya no esperaba los mensajes de Saria como los de una simple amiga lejana; la idea de no hablar con ella le dejaba un vacío punzante. Se había enamorado de su brillo, de su lealtad implícita y de su voz al final del día.
—¿Por qué no se lo digo? —se preguntaba Caleb frente al espejo, tragándose las ganas de confesárselo en cada videollamada. Pero el miedo a la distancia de más de diez mil kilómetros, a no tener dinero para viajar y a arruinar la amistad más sincera que tenía lo obligó a guardar silencio.
Saria no era ajena a lo que ocurría. Percibía las pausas de Caleb, la ternura en sus miradas a través de la cámara y el cuidado constante que él le dedicaba.
—Sé que siente algo más —pensaba Saria mientras miraba el mapa colgado en su habitación—. Y yo también lo siento. Pero la distancia es real y los dos tenemos carreras que terminar. Si él no dice nada por miedo o prudencia, no lo presionaré. El amor genuino llega en su momento y sabe esperar.
Así pasaron los años. Caleb se graduó y empezó a trabajar como profesor de Ciencias Naturales en Lima, guardando cada sol sobrante en una cuenta secreta. Saria concluyó sus estudios de Odontología con honores, enfocándose en sus primeras prácticas profesionales. Cinco años de mensajes cotidianos, llamadas a deshoras y un sentimiento intacto que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.