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Capítulo cuatro. Los XV años de Susana

CarlosResendiz
Pensamiento

Pensamiento

guanabana

El perdón de Renato a Patty se lo creo entero. Lo que me inquieta es que ahora la cuida igual que antes la humillaba, a puños y con amenaza. A Patty le sirve, pero apuesto a que esos cinco no se quedan tranquilos.

El perdón de Renato a Patty se lo creo entero. Lo que me inquieta es que ahora la cuida igual que antes la humillaba, a puños y con amenaza. A Patty le sirve, pero apuesto a que esos cinco no se quedan tranquilos.

Contenido de la publicación

 

Capítulo cuatro. Los XV años de Susana

Así, la clase terminó y yo estaba contento al ver cómo las cosas se habían arreglado. Suavemente, tarareé un tema de Los Vlamers, a la vez que me acordé de Susy Quo.

 —Ven a bailar, quinceañera; ven a gozar, quinceañera… (♫). 

A Susana le pusimos el nombre de Quo porque estaba de moda una canción del grupo Creedence Clearwater Revival: “Suzie Q”.

—Oh, Suzie Q, oh, Suzie Q, oh, Suzie Q, baby, I love you, Suzie Q… (♫).  

Se pronuncia Susy Quiú, pero como “quiú”, al escribirlo se lee muy feo; yo lo adapté a Susy Quo, lo cual es mejor.

Salimos del salón y nos dirigimos a la práctica de Biología, y Renato prometió que jamás volvería a hacer tonterías.

—Mi hermano, seré más cuidadoso de hoy en adelante.

Al ver su alegría, me reí y le contesté bromeando:

—Todo queda olvidado, relájate, sé que ahora serás sensato, y ni te atrevas a querer darme un beso de reconciliación, je, je, je…

Todos se rieron ante mi ocurrencia y Renato se apenó al ver que Patty y la Janis se doblaban de la risa.

De pronto, me acordé de la rana, regresé y tomé el frasco en el momento en que alguien se paró detrás de mí.

Volteé y vi a Maritza, que sonriente me abrazó, y me dijo:

—Me dijiste que estabas dispuesto a agradecerme porque yo te salvé la vida. ¡Te voy a demostrar de qué manera lo harás!…

¡Me dio un largo y apasionado beso en la boca, la abracé y se lo correspondí, y nunca me imaginé que la hippie supiera besar tan bien! 

¡Y es que a mis diecisiete años de edad, solamente había besado a tres o cuatro mujeres y ella les ganaba a todas!

Para nada fue un beso erótico, y tampoco un beso romántico; fue un dulce deseo entre una pareja que quiso disfrutar de algo delicioso y gratificante.

Maritza fue cariñosa, exquisitamente melosa y atrevida; después de ese beso intenso y duradero siguió otro… y otro… 

Reconozco que fueron unos instantes maravillosos.

Hubiéramos seguido por más tiempo, pero de pronto oímos un fuerte ruido afuera del salón que nos hizo separarnos. 

Salimos y vimos que un conserje arrastraba un escritorio. Yo le ayudé a meterlo a un aula y a acomodarlo, y él me lo agradeció.

Entramos al laboratorio y la hippie fue hasta su mesa para realizar el experimento y lucía una enorme sonrisa de satisfacción.

Patricia llevaba una charola con el instrumental que íbamos a utilizar para realizar la disección de la rana, y sonriente, me dijo:

—Vamos a ponernos las batas blancas; me adelanté para pedir lo que vamos a ocupar y ya estoy lista, Alfonso.

—Perfecto, Patty, abriré la rana, por lo que te voy a ir diciendo cada paso que iré dando para que vayas anotando y tomes fotos…

Estábamos divididos en equipos de dos personas y la mitad de los equipos iba a trabajar con ranas y la otra con pescados. 

La maestra Cleotilde Juárez introdujo un algodón empapado de cloroformo en mi frasco, ya desprovisto de agua, y lo cerré.  

En lo que la ranita se dormía, Patricia y yo fuimos preparando lo necesario para realizar el experimento.

La profesora dio una charla sobre los animales; saqué la rana y la coloqué boca arriba en la charola de disección. 

Con un afilado bisturí, hice cuatro cortes diagonales desde las ingles y las axilas del anfibio hasta su tórax y abdomen.

Luego hice un corte de arriba abajo en su vientre; así separé la piel y dejé los órganos expuestos. Patricia tomó apuntes e hizo fotos. 

Todos nos reímos al escuchar la voz de Maritza, quien al abrir su pescado, exclamó:

—¡Puuajjj…! ¡Huele a fish…! ¡Huele a fiiish…! ¡Qué ascooo!...

Pronto terminamos la disección, y la maestra Cleotilde nos dio una buena puntuación en la materia de Biología. 

Patricia me miró y exclamó:

—¡Gracias, Alfonso, porque juntos hicimos el experimento!

—¡Gracias a ti, Patty, porque lo hice con mi querida amiga!

Salimos del salón y me acerqué a Patricia para invitarla a los XV años de Susana.

—¿Te gustaría vernos tocar en vivo y bailar unos rocanroles?

Ella me contestó con un poco de tristeza:

—Mira, Alfonso, créeme que agradezco tu invitación, pero lo mejor será abstenerme de ir, para evitar ser el centro de la atención. 

Agachando la cabeza, agregó:

—Tú sabes, el bullying tras mis espaldas y todo eso…

Patricia se acercó a mí, me besó en la mejilla y me dijo:

—Mejor grábame un casete y lo escucharé. Bueno, es hora de ir a mi casa… Hasta mañana y gracias por el experimento.

—E-está bien… Hubiera querido que estuvieras conmigo…

Quedé con los Panteras para vernos en la bodega y me fui sin despedirme de Renato, quien estaba con Maritza; ella le decía varias cosas, y él solamente la escuchaba.

Estuve pensando que quizá la Janis quiso llamarle la atención de lo ocurrido por su culpa, con la inquieta rana y la profesora Virginia. 

Así, Renato tuvo que ‘aguantar carrilla’, pues realmente se lo merecía.

 

Llegué a mi casa para comer y le pedí a mi papá que me prestara su viejo violín, pero antes, me preguntó:

—Alfonso, ¿cómo vas en tus materias del colegio?

—Bien, papá, he sacado muy buenas calificaciones. Mira, te voy a enseñar mis exámenes.

Busqué en mi morral unos papeles, los encontré y se los puse en sus manos.

—Aquí tienes, mira, tengo dos dieces, tres nueves y un ocho.

Los observó atentamente y me contestó:

—Perfecto, hijo, a medida que me traigas buenas notas, tendrás mi permiso para que sigas con tu banda de rock y tu música. 

Lo abracé y él continuó diciendo:

—Toma el violín, solo te pido como condición que me lo cuides mucho, por favor.

Me dirigí a la bodega y vi que los muchachos ya estaban muy activos, preparando los instrumentos.

Roberto salió del taller mecánico llevando seis Pepsis y me dijo que don Roberto nos las enviaba. Extrañado, le pregunté:

—¿Seis Pepsis? ¿Tu papá nos va a acompañar?

—La sexta Pepsi es para ella…

Asombrado, volteé y vi que Maritza estaba de pie, sonriente, a un lado de las bocinas y de los amplificadores, y exclamó:

—¡Hola, chicuelo! ¿Verdad que te da gusto verme? ¡Vine para escucharlos en vivo! ¡Renato me invitó a comer y me trajo aquí! 

Me besó en la mejilla, se sentó quitándose las sandalias, subió los pies desnudos sobre las bocinas y me miró.

Renato me dijo con voz muy baja:

—Quise evitar que viniera, pero la Janis se me pegó como una lapa, y me dijo que quería venir a ver cómo tocábamos.

—Tranquilo, ya la conozco, ella es muy persistente.

En breve comenzamos y el primer tema fue “Rock Around the Clock” (Al compás del reloj), de Bill Haley y sus Cometas.  (♫). 

Yo la interpreté y Maritza seguía el rítmico compás y bebía con calma su Pepsi, a la vez que esbozaba una dulce sonrisa.

“Unchained Melody” (Melodía desencadenada) lo interpretó de forma magistral Renato, quien se lució con su romanticismo. (♫). 

Le tocó el turno a Carlos con “Hotel California” de The Eagles. (♫). 

Y seguimos con varios temas rocanroleros y baladas hasta que llegó el momento de preparar el tema especial.

Susana iba a bailar el Vals del Emperador con sus chambelanes, en una coreografía especial, y nos contó que le quedó bonita. (♫). 

Saqué el violín de mi papá; Roberto en el teclado, Ramón en la batería, y Carlos y Renato con las guitarras ya estaban listos.

Comenzamos a tocar… Yo entré con mi parte de violín y el tema se estaba escuchando muy bien.

¡De pronto, escuchamos un dulce sonido, agudo y melodioso!

Maritza sacó su quena y nos acompañó en toda la melodía, la cual se escuchaba muy dulce y suave a lo largo de la interpretación. 

La verdad es que el sonido del violín y de la quena le dio un toque muy especial y exótico al Vals del Emperador. 

Le dimos un fuerte aplauso y saltó de alegría como una niña. 

Nos suplicó que la invitáramos a los XV años de Susana para tocar con su quena el vals con nosotros, y le dijimos que sí.

Leyó la lista de canciones de Carlos y se dio cuenta de que ahí estaba otro tema instrumental, el cual le llamó mucho la atención.

Era “El tema de Nadia”, que fue compuesto para la gimnasta rumana Nadia Comăneci, quien estaba de moda en esa época. (♫). 

Nos pidió que lo empezáramos a tocar… Roberto introdujo el tono de base con el piano y Maritza lo siguió con su quena. 

Yo la seguí con un fondo delicado de violín, y la verdad es que faltan palabras para describir lo hermoso que se oía esa interpretación.

Ya era todo un hecho: Maritza tocaría con nosotros en los XV años e iba a ser solo por ese evento nuestra sexta Panterita Negra.

 

Terminamos de ensayar y Maritza me dijo preocupada:

—Oye, Alfonso, ya me terminé mi Pepsi, y ahora tengo ganas de ir al baño. ¿Me puedes decir dónde está?

—Mira, es aquella caseta de ladrillo y el contacto de la luz está a la mano izquierda, pero ten cuidado con el lavabo.

Ella se metió ahí, nosotros comenzamos a apagar los aparatos y Renato comentó con entusiasmo:

—¡Vaya manera como Maritza se acopló a la música; de seguro que su participación en los XV años de Susy va a ser maravillosa!

Pero de pronto, ocurrió algo que nos dejó desconcertados.

¡La hippie salió corriendo del baño y se dirigió lo más rápido que pudo a nosotros, y su rostro denotaba pavor!

Del susto se le salieron las sandalias y en pocos segundos estaba a mi lado, descalza, abrazándome con fuerza y temblando.   

La acurruqué en mi pecho, le pregunté qué le había pasado y me contestó:

—¡Me metí al baño y ya me iba a sentar en el inodoro cuando la vi…! ¡La viíí…!

La miramos extrañados y Ramón le preguntó:

—¿Qué viste, Maritza? ¿Qué fue lo que te asustó?

Ella, haciendo pucheros como una niña pequeña, nos dijo:

—¡Una mujer que flotaba en el aire y carecía de piernas! ¡Ay, Dios mío, vestía de blanco y de pronto desapareció!…

La senté en la silla y, abrazándola, le dije, tratando de calmarla:

—Tranquila, el baño está oscuro, por lo que pudiste haber visto algún reflejo óptico… 

Le acaricié una mejilla y continué:

—Aquí jamás pasa nada sobrenatural, te lo decimos nosotros, que nunca hemos visto, oído o sentido algo raro; relájate, por favor. 

Se lo dije para tranquilizarla, y ninguno de nosotros le comentó lo que sabíamos de los fantasmas; nos quedamos callados al respecto.

Yo fui a recoger sus sandalias, me agaché y se las puse en sus pies desnudos, y la pobre estaba temblando de miedo.

Ella siguió haciendo pucheros, me miró y me dijo:                 

—Alfonso, acompáñame al baño. Quiero sentir que estás cerca de mí y que me vas a cuidar, porque me niego a ir sola a ese lugar…

Sus labios le temblaban y retorcía con nerviosismo los dedos de sus manos y de sus pies. 

La acompañé, le abrí la puerta del baño para dejarla entrar, pero me tomó de la mano para que los dos entráramos y me dijo:

—¡Quédate conmigo, te lo suplico, cierra la puerta y cuéntame lo que quieras, de los XV años de Susana, de tu música, en fin!

Se sentó en el inodoro; me sujetó todo el tiempo y le acaricié su cabello como una niña pequeña. 

Deposité un suave beso en su boca y la tranquilicé un poco…

—Cuando era niño acompañaba a una prima al baño cuando ella tenía cinco años; tenía miedo y lo que menos quería era quedarse sola. 

Le conté muchas cosas para distraerla; trataba de mirar para otro lado y respetar su privacidad, pero insistía en que la estuviera viendo.

Cuando terminó, sin sentir pena alguna, se acomodó de nuevo la ropa y salió primero del baño en forma presurosa.

Yo volteé para apagar la luz, y en el espejo miré claramente varias siluetas blancas y negras que se movían como serpientes. 

Salí, cerré la puerta y llegamos con los muchachos; ya habían desconectado los instrumentos musicales y guardado todas las cosas. 

Nadie dijo ni una palabra al respecto para evitar que Janis se alterara más, por lo que fingieron restarle importancia al asunto.

Renato cerró la puerta de la bodega y me acompañó a dejar a Maritza hasta la buhardilla donde vivía. 

Ella se puso en medio de los dos y se aferró a nuestros brazos, por lo que le cantamos para tratar de distraerla un poco.

Cuando llegamos, se despidió dándome un beso en la mejilla y me dijo en voz baja:

—Quédate conmigo, me da miedo quedarme sola; oiremos rock, música folclórica, comeremos empanadas y otras cosas ricas.

—Perdóname, pero Renato y yo todavía vamos a hacer varias cosas pendientes, pero ya será para la próxima.

—Otra vez te estás escapando, niño evasivo; yo solo quería que me acompañaras porque tenemos muchas cosas de qué platicar. 

Maritza también se despidió de Renato dándole un beso en la mejilla, a la vez que le dijo:

—Eres muy tontuelo, un cabeza dura, pero a la vez eres buena persona. Te aprecio a pesar de tus errores, ya que eres un chiquillo sincero y noble.

La dejamos segura en su buhardilla y cuando nos regresamos caminando, Renato me preguntó pensativo:

—¿Qué habrá sido lo que ella vio? Nadie le ha dicho nada y, por lo visto, las mujeres son susceptibles y se asustan con todo lo que ven.

—Janis, para nada es miedosa; es la mujer más valiente y algo le sucedió que la alteró grandemente. En fin, son cosas de chicas.

—¿Tú crees en los fantasmas, Alfonso?

—Los fantasmas, mi hermano, es que son una mentira, pero de que los hay, los hay…

 

Al día siguiente llegué al CCH y en la explanada se me acercó Patricia, me saludó con un beso en la mejilla y me dijo:

—Buenos días, Alfonso, nos acaban de avisar que la clase de la primera hora se suspendió y nadie supo decirnos el motivo.

—Buenos días, Patty. Bueno, entonces te invito a la cafetería a comer unos hot cakes y a tomar café con leche. ¿Qué dices?   

Ella me miró, suspiró y me contestó apenada: 

—Discúlpame, pero aprovecharé la hora libre para buscar en la biblioteca la información que necesito para hacer mi tesina. 

—Entonces te acompaño y te dejo ahí; yo aprovecharé para ir a Control Escolar por un documento.

La dejé y fui por una constancia; mi espera fue breve en la fila y me la entregaron rápido, y en eso, alguien me habló:

—¡Alfonso…! ¡Alfonso…! ¡Te estábamos buscando!

Sonrientes, Renato, Carlos, Roberto, Ramón y hasta Maritza se acercaron y me extrañó verla con mis amigos. Renato me dijo:

—Vamos todos a la cafetería, hay algunas cosas que arreglar con respecto a la participación musical de la Janis en el grupo.

Pedimos hot dogs y cafés capuchinos. Yo le pregunté a ella:  

—¿Cómo te fue ayer después de que te dejamos?

—Estando en mi buhardilla, me tranquilicé bastante, invité a mi vecina a comer empanadas, a platicar y aceptó quedarse toda la noche.

Carlos exclamó:

—¡Qué bien, estuviste acompañada! ¿Y cómo te sientes hoy? 

—Muy bien, soy muy fuerte y puedo reponerme pronto… ¡Pero ni crean que volveré a regresar a esa bodega!

Todos nos reímos al ver la cara que puso. Ella estaba sentada a mi lado y me acariciaba una mano debajo de la mesa.

Hablamos de nuestra ropa: Chamarras de cuero, pantalones de mezclilla, camisas de los años sesenta y zapatos de charol.

El papá de Renato accedió a prestarle el Chevrolet para llegar con Susana como todos unos rocanroleros profesionales.

Renato le dijo a Maritza mientras le daba un sobre de mostaza:

—Conseguiremos para ti una falda plisada, blusa blanca a media manga con encaje, zapatos bajos, calcetas cortas y colitas en el pelo.

Maritza, al escucharlo, abrió grandemente los ojos y, asustada, por poco y se ahoga con su trago de café. Tosió y exclamó:

—¡Espera, jamás me vestirán como boba, y ni crean que voy a cambiar mi ropa por esas cosas! ¡Primero muerta que verme tonta!

Yo intervine para conciliar las cosas:

—Siento que se verá bien una chica hippie entre rocanroleros; además, el talento de Janis es más importante que la ropa que ella use. 

Ella se alegró tanto que me besó en la mejilla y Renato dijo:

—Bueno, está bien, hippie naciste, hippie siempre serás y así te aceptamos. El sábado llega a las cuatro en el Salón Imperio.

—Muchas gracias, chicos, la vamos a pasar bien tocando juntos. Voy a poner mi empeño para que la fiesta sea inolvidable para Susy. 

Entre charlas, bromas y alegre convivencia, los seis acabamos de comer, salimos y Maritza me dijo en voz baja:

—Quiero estar un rato contigo a solas, Alfonso. Platicaremos de lo que quieras. ¿Qué dices?

Yo le respondí de inmediato:

—Conversaremos el tiempo que tú desees, pero si vamos a la bodega abandonada para estar a gusto, tú y yo solos. ¿Vale?

—¿A la bodega? ¡Pues que se vaya allá a platicar contigo tu abuela, y ni por un millón de pesos pienses que me meteré ahí!

Me aguanté como pude la risa y le respondí:

—Perdón si te molesté, caramba, fue una bromita estudiantil.

—Será una broma lo que acabas de decir, pero lo que vi nadie lo arrancará de mi cabeza. He tratado de pensar que fue un mal sueño…

Salimos de la cafetería y vimos a Iván, el hermano de Renato, quien se le acercó a él bastante nervioso:

—¡Renato, te he estado buscando por toda la escuela; urge que vengas con nosotros!

—¿Qué pasa, Iván, qué haces aquí? ¿Para qué me necesitas?

En esos momentos, Patricia salió de la biblioteca y, al vernos a todos inquietos, presintió que algo grave había ocurrido.

Extrañada, le preguntó a Maritza:

—¿Por qué los muchachos tienen tanta expectación? ¿Sucedió algo malo?

—¡Quién sabe! ¡Su hermano de Renato va a decir qué es lo que acaba de acontecer en su casa!

Iván comentó desesperado:

—¡Nuestra hermanita Rosita está muy enferma, porque le acaba de dar un ataque de apendicitis y la van a operar! 

Todos nos quedamos sin habla y él continuó:

—¡Ella está internada en la cama 227, en el Hospital Regional 25, y se necesita aquel tipo de sangre que pocos tienen para hacerle una transfusión!

Renato se puso blanco como el papel y exclamó: 

—¡Ay, Dios mío! ¿Y de dónde vamos a sacar sangre AB-? ¡Esta sangre tipo negativo es difícil de conseguir! ¿Qué vamos a hacer?

Decidida, Patricia tomó del brazo a Maritza y le dijo:

—Ven, acompáñame, tú y yo tenemos algo urgente que hacer…

Las dos se alejaron sin despedirse de todos nosotros, y nadie se dio cuenta de ello. En eso, yo les dije a Renato e Iván:

—Si de algo sirve mi sangre, adelante, quiero ir con ustedes.

Carlos, Roberto y Ramón también se ofrecieron:

—¡Nuestra sangre está a disposición de Rosita!

Renato comenzó a llorar agradecido:

—¡Muchas gracias, mis hermanos, ustedes nunca me han dejado solo! ¡Snif…! ¡Dios los bendiga!

Carlos exclamó con una enorme decisión:

—Esto lo hacemos de corazón por ti y por Rosita, Los Panteras Negras siempre estaremos juntos en las buenas y en las malas.

Salimos del CCH y buscamos a un tío de Ramón, que tenía ese tipo de sangre, pero se había ido a los Estados Unidos.

Frustrados, llegamos al Hospital Regional 25, donde la mamá de Renato lo recibió llorando, emocionada y sumamente agradecida.

—¡Ay, hijo, Renato, muchas gracias porque pudiste conseguir un donador, y ahora tu hermanita está siendo operada y todo va bien!

Nos quedamos con la boca abierta, pues a eso íbamos, a ver si nuestra sangre podría servir, y nadie fue enviado por nosotros. 

La señora señaló hacia Patricia y Maritza, quienes abordaron un taxi y se alejaron en ese instante sin percatarse de nuestra presencia. 

—¡Allá va tu amiga, la que donó la sangre, y gracias a Dios que era AB negativo, y llegó en el momento justo!

Levantando los ojos al cielo, la señora exclamó:

—¡Ya ni me pude despedir de Patricia, de ese ángel del cielo que le salvó la vida a mi pequeña! ¡Oh, Dios mío, muchas gracias!

Nos pusimos a llorar; lo que Patty había hecho era invaluable y el más agradecido era Renato, quien vio que La Chuleta había dado su preciosa sangre para salvar a Rosita.

¡Esa gorda que tanto había humillado hizo para su hermana lo impensable, y se sintió un vil miserable, vencido y desarmado! 

¿Ahora con qué cara iba a mirar frente a frente a esta noble, admirable y heroica muchacha?

A unas calles, a bordo del taxi, Patricia y Maritza iban alegres y satisfechas, porque todo salió bien y la niña fue operada con éxito.

Llegaron a tiempo y le dijeron a su mamá que venían de parte de Renato; le extrajeron la sangre y llevaron a la chiquilla al quirófano.

Patty invitó a Janis a comer y ambas pasaron una deliciosa tarde, conviviendo y cultivando su amistad. 

Doña Ana y don Ernesto estaban felices porque su hija había traído al hogar a su primera amiguita, la cual les cayó muy bien.

Maritza, con su simpatía, sus ocurrencias y fresca jovialidad, se supo ganar sus corazones, y disfrutaron de una amena plática.

Terminó este inesperado día y acompañamos a Renato toda la tarde en el hospital hasta el anochecer.

 

Al día siguiente fuimos llegando al CCH Oriente.

Renato nos comenzó a interceptar a cada uno de los Panteras en la explanada de la escuela, y nos llevó hasta las canchas de voleibol.

También les habló a Patricia y Maritza. Patty sintió recelo, ya que desconocía cómo se iba a portar con ella. Conmovido, nos dijo:

—Agradezco su apoyo, todo salió bien y mi hermanita Rosita ya está mucho mejor, por lo que pronto va a salir del hospital. 

Esto nos dio mucha alegría y le dimos gracias a Dios, porque la sincera y desinteresada iniciativa de Patty fue para bendición...

Lo que en esos momentos vimos nos dejó con la boca abierta, ya que ni yo, ni Maritza, ni los Panteras imaginamos que fuera a ocurrir.

Renato se le acercó a Patricia sin atreverse a verla a los ojos y con una actitud de vergüenza y dolor. Esto la puso en guardia.

Se arrodilló ante ella y le rogó con humildad que lo perdonara por el daño que le causó y del cual ahora estaba apesadumbrado.

—¡Perdóname, Patty, me arrepiento con el alma del sufrimiento que te he causado! ¡Te prometo que de aquí en adelante te respetaré!

¡Comenzó a sollozar y lloró como nunca, al grado que a todos se nos hizo un nudo en la garganta de la emoción!

Profundamente conmovida, se puso de cuclillas, lo abrazó y lo besó en las mejillas, a la vez que le secó las lágrimas y le dijo:

—¡Renato, te perdono…! ¡Te perdono con todo mi corazón!

Hicimos tanta bulla al ver la espontánea y sincera reconciliación que los que pasaban cerca nos vieron como si estuviéramos locos.     

Y era verdad, todos estábamos locos, pero de alegría, y Renato exclamó emocionado:                                  

—¡Gracias, Patty, por haber donado la sangre para Rosita!

—Cuantas veces lo llegara a requerir, estoy dispuesta a dársela, y toda mi sangre es de ella si la necesita…

Se quedaron abrazados, llorando y limpiando sus corazones de rencor y dolor, y al final se vieron con miradas limpias, de perdón y de cariño. 

¡Maritza y los Panteras lloramos de alegría, ya que la víctima y el victimario hicieron las paces de una manera tan radical y definitiva!

Pronto, nos dirigimos al salón. Patricia nos llevaba del brazo a Renato y a mí, por lo que ella iba en medio… 

¡Un murmullo de asombro e incredulidad recorrió el aula, y se quedaron sorprendidos al ver que él le hablaba muy bien a ella!

Aquel tipo que se había burlado días antes y que la salpicó con su saliva espesa, exclamó:

—¡Oye, Renato! ¿Qué te pasa? ¿Por qué te rebajas hablándole a la Chule…? ¡Aaaayyy…!

—¡ZOC!

El puño de Renato se estrelló en la mandíbula de ese sujeto, al grado que le aflojó los dientes y la sangre brotó a borbotones.

Cayó al suelo y todos retrocedieron. El otro burlador que había empujado a Patty trató de defenderlo, pero Renato estampó su puño en su estómago y se dobló de dolor.

La voz de Renato tronó en el ambiente:

—¡Esta es la última vez que se burlan de Patricia…! ¡De hoy en adelante, el que se atreva a faltarle al respeto, yo les rompo la cara! 

Nadie dijo nada y lo miraron con miedo. Los dos agresores se levantaron y se fueron a sentar en silencio al fondo del salón. 

Esto era algo insólito, que el principal burlador de la gordita la haya defendido. El grupo estaba en shock y nosotros también…

 

Nos sentamos y reinó en el salón un silencio sepulcral, porque la conmoción era grande y todos estaban sumidos en sus pensamientos.

Patricia estaba bastante alegre, miró a Renato y pensó:

—¡Me defendió! ¡Jamás hubiera creído que esto fuera a pasar!

Renato le palmeó el hombro y Maritza estaba que brincaba de gusto y nosotros también.

En eso, entró al salón el maestro de inglés Sadoc Allen. Patricia y Renato demostraron su habilidad en el idioma de Shakespeare.

Cuando terminó la clase, un alumno le dijo a Renato:

—El maestro René Valverde quiere hablar contigo, y me dijo que te espera en las canchas de voleibol.

Confiado y sin pensarlo, Renato se levantó y nos dijo:

—Regreso en un momento... Patty, Maritza, también espérenme.

Nos extrañó que el maestro le hablara en esa área solitaria de la escuela y esto nos dio mala espina.

Cuando llegó a las canchas, cinco alumnos lo rodearon y el que recibió el puñetazo en la mandíbula le dijo:

—¡Muy machito! ¿Verdad? ¡Ahora por el golpe que me diste y por haber defendido a la marrana, te vamos a partir la cara!

Uno le tiró una patada y Renato la esquivó. Dos de ellos se le acercaron por la espalda y lo sujetaron de los brazos.

Cuando estaban a punto de golpearlo, Carlos, Roberto, Ramón y yo nos dejamos ir en contra de los cinco cobardes.

 ¡Y ahí se armó la campal…! Tocándonos de a uno cada quien, les dimos con ganas, aprovechando el factor sorpresa.

Patricia y Maritza, sintiendo que sus corazones les latían a mil por hora, vieron cómo descargábamos nuestra furia contra ellos.

Al final, logramos dominarlos, dejándolos tirados en la cancha, y Renato los amenazó:

—¡Si van de cobardes con el director, les juro que me las van a pagar! ¡Ni siquiera se imaginan de lo que soy capaz de hacer!...

Nos alejamos de ahí y una muchacha del salón de al lado, que también tenía sobrepeso, vio todo y fue con la profesora Virginia. 

—Gracias por avisarme… Guárdame el secreto y voy a arreglar muy pronto este problema.

La maestra puso un punto rojo en su lista, al lado de los nombres de los cinco agresores para reprobarlos, a la vez que pensó:

—Ellos ya recibieron su merecido y a Alfonso y sus amigos los perdonaré por haber defendido a Patricia.

 

Los siete entramos en la cafetería. Como la mejor defensa es el ataque, nos libramos de golpes o heridas importantes.

Solo Carlos y Ramón recibieron dos o tres patadas, de las que se quejaron un poco, pero nada grave.

Patricia nos abrazó a cada uno, y exclamó:

—¡Gracias por haberme defendido, muchachos! 

Maritza brincaba como una niña, pues estaba feliz, y devoramos pizzas con pepperoni, bastante queso, papas a la francesa y Pepsis. 

Esa fue nuestra primera reunión los siete y las dos supieron por primera vez lo que era el convivir con Los Panteras Negras.

Ellas estuvieron riendo muchísimo y disfrutamos de una nueva faceta de Renato, al convivir sincera y entrañablemente con Patricia. 

Contento, volví a decirle:

—Mi querida Patty, quiero invitarte a que vengas a los XV años de Susana y verás que la vas a pasar de maravilla. 

La miré a los ojos y agregué: 

—El pasado ya se terminó y ahora estarás con tus amigos que te quieren sinceramente. ¿Verdad que aceptas?

El rostro de Patricia se ensombreció:

—E-es que… Mis papás me van a llevar este fin de semana a Cuernavaca y les dije que sí. 

Me sentí algo decepcionado y ella continuó:

—Vamos a estar en un hotel con alberca. Tienen ya los boletos y, si ahora me negara a ir con ellos, los haría sentir muy mal. 

Maritza respondió haciendo carita de tristeza:

—¡Ay, Patty, yo quería que estuvieras a mi lado viendo cómo toco mi música, pero de todos modos toda te la voy a dedicar a ti!

Patricia sonrió, la abrazó y exclamó:

—Este sábado lo tengo comprometido, pero les prometo que en el próximo evento que tengan, yo los acompañaré.

Renato le contestó sonriente:                                            

—¡Bien, entonces, dentro de dos semanas vamos a participar en un concurso de rock and roll, en el Aula Magna de la UNAM! 

Patty exclamó emocionada:

—¡Excelente, iré con ustedes y los voy a alentar mucho!

—Estarás con nosotros en la fila de enfrente para apoyarnos.

Maritza hizo un puchero y con su boca, como de patito, dijo:

—¿Y yo…? 

—¡Mi Janis, estarás con nosotros! ¿Crees que te vamos a hacer a un lado si ustedes son nuestras invitadas estrella? 

—¡Formidable, gracias, chiquillos, por tomarme en cuenta, y sé que la vamos a pasar de maravilla!

 Pasamos una tarde agradable; les cantamos sin instrumentos algunas canciones y, cuando fuimos a dejar a su casa a Patty, le dije:

—En el casete escucharás cómo tocamos Los Panteras Negras, y pronto lo tendrás en tus manos.

—Gracias, Alfonso, te juro que cuando me lo des, yo lo voy a escuchar mucho… mucho… pero mucho…

 

Esa noche, doña Ana y don Ernesto miraban con ternura a su hija, quien lloraba de felicidad y les contó con gran emoción:

—¡Tengo nuevos amigos y se llaman Alfonso, Renato, Carlos, Roberto y Ramón y son Los Panteras Negras por su grupo musical!

Llena de alegría, se enjugó las lágrimas con su pañuelo y, llena de ilusión, prosiguió su relato ante la satisfacción de sus padres:

—¡Y hasta Maritza, a quien ustedes conocen, está con ellos!

Don Ernesto se quedó pensando y exclamó:                            

—Los Panteras Negras… ¿Y son buenos muchachos, mi niña?

—¡Sí, son unos chicos buenos, nobles y sencillos! ¡Maritza los conoce y va a cantar con ellos este fin de semana en unos XV años!

Doña Ana se llevó su cuchara a la boca, sonrió y dijo:

—Me gustaría conocerlos en persona, hija, me da mucho gusto, pero procura ser precavida y date a respetar.

Patricia evitó mencionar acerca de Renato, ya que había sido testigo de su sincero arrepentimiento, y se quedó pensando: 

—¡Además, lo perdoné con todo mi corazón y aquel pasado ha sido enterrado para siempre!

Acabaron de cenar y Patricia, en su recámara, se puso su pijama y se acostó a dormir, y emocionada, repasó lo sucedido este día:

—¡Todavía me está costando trabajo entender que Renato me haya pedido que lo perdonara y lo hizo con la sinceridad de su alma! 

Su mente giró alrededor de todo lo sucedido y siguió:

—¡Él estaba totalmente arrepentido y también lo perdoné, y me siento bien al haber sacado ese rencor de mi corazón! ¡Soy libre!

Estaba sorprendida al ver que, por las contundentes muestras de autoridad que demostró en la escuela, el acoso había cesado de tajo.

Todo cambió gracias al golpe que le propinó a Glenda y cuando se defendió de los chicos. Ya podía llegar sin el miedo que le daba entrar al CCH.

Renato era su amigo y los Panteras la habíamos aceptado y hasta defendido, por lo que Patricia pensó alegre:

—Disfrutaré de la amistad de Alfonso sin que él se enfrente con Renato, de Carlos, Roberto, Ramón y hasta de mi querida Maritza.   

Patricia suspiró satisfecha y exclamó:

—El día de hoy es un nuevo amanecer, y dejaré de estar sola de aquí en adelante, porque conviviré con los seis.

Regocijándose, sonrió ante el panorama que tenía por delante:

—¡Estoy impaciente por verlos cantar en el concurso de rock and roll en el Aula Magna de la UNAM!...

 

Así, llegó el sábado y fuimos a la peluquería, donde nos hicieron unos cortes rocanroleros, al estilo de Elvis Presley.

Nos pusimos vaselina, vestimos chamarras de cuero, pantalones de mezclilla y zapatos de charol, y Renato manejó el Chevrolet 1964 de su papá.

Renato comentó que su hermanita Rosita estaba mucho mejor y la iban a dar de alta, y agradeció nuestro apoyo.

Nos fuimos al Salón Imperio un poco nerviosos, pero dispuestos a hacer de los XV años una fiesta inolvidable, como dijo Maritza. 

Susana se quedó asombrada: Los Panteras Negras hicimos una espectacular aparición al estilo de los mejores rockstars del mundo.

Susy solo pudo exclamar: ‘¡Whaaaooo…!’.                        

Descendimos de nuestro Chevrolet y la saludamos con un beso; estaba contenta y emocionada y su familia nos invitó a pasar.

Entramos a conectar nuestros aparatos y Renato me dijo:

—Oye, Alfonso, Maritza se está tardando. ¿Crees que venga?

—Va a venir, ya verás; si tiene un contratiempo, la esperaremos y seguiremos adelante para hacer que la fiesta salga lo mejor posible.

De pronto, escuchamos gritos afuera, porque alguien discutía de manera acalorada con dos personas, y Renato fue a asomarse.

Regresó y nos dijo impresionado:

—¡Vengan, Maritza está peleándose con los de Seguridad!

Salimos en el momento que ella les decía muy enojada:

—¡Déjenme entrar, soy una integrante de Los Panteras Negras y nadie me impedirá que pase a reunirme con mis compañeros!

Renato se acercó a los que custodiaban el Salón Imperio y les dijo tranquilamente, mostrando una actitud conciliatoria:

—Esta muchacha es parte del grupo, permítanle pasar, por favor.

Yo intervine y la tomé de la mano para que se acercara a mí:

—Ella, como nosotros, está vestida de acuerdo al espectáculo que vamos a dar. Con su permiso, señores, la voy a llevar adentro.

Janis me tomó del brazo y entramos al salón. Contenta, brincaba como una niña para tratar de arrancar un globo y Carlos exclamó:

—¡Ahora ya estamos completos y esto va a salir muy bien!

La presentamos con Susana y la química fue inmediata, y pronto platicaban como amigas de hace tiempo. Maritza tiene la cualidad de caerle bien a la gente. 

Seguimos conectando los aparatos e hicimos algunas pruebas de sonido y que las guitarras quedaran perfectamente afinadas.

La gente fue llegando y en el teclado, Roberto, empezó a tocar música instrumental y Ramón calentaba sus dedos con la batería.

Cuando el salón estuvo lleno, nos unimos Carlos, Renato y yo; tomamos las guitarras e interpretamos algo de jazz. 

La hippie, que estaba a nuestro lado, comenzó a acompañarnos con la quena en un jazz llamado “Desafinado”, de Ella Fitzgerald, y se puso a cantar.

—Solíamos armonizar dos almas en tiempo perfecto… (♫). 

Felicitamos a Maritza por tan excelente interpretación y Susy Quo lucía una amplia sonrisa.

Yo había llevado una pequeña grabadora con casetes, pues le había prometido a Patty que le grabaría nuestras interpretaciones.

Tocamos tres instrumentales más e inició la fiesta; invitamos a todos a la pista para empezar a bailar.

Cantamos varios rocanroles: “Al compás del reloj”, “El rock de la cárcel”, “Yesterday” (Janis me acompañó con la zampoña) y más.

—No soy nada sin tus besos, pues sin ti no soy nada… (♫).  

Vino el momento del banquete, y saboreamos espagueti, pavo relleno, puré de papa, ensalada de manzana, cóctel de frutas y Pepsi.    

Maritza pidió más pavo porque le encantó muchísimo. Eran unas pechugas jugosas, con relleno y bañadas con salsa bechamel.

Regresamos, ya que había llegado el momento del vals. Susana salió junto con sus chambelanes y tomaron sus lugares en la pista. 

Comenzamos el Vals del Emperador; la quinceañera y todo su séquito hicieron una coreografía impresionante con vueltas y giros.  

Maritza comenzó a tocar la quena y la acompañé con el violín y, modestia aparte, se estaba escuchando de lo más fabuloso. 

Me di cuenta de que Susy estaba derramando algunas lágrimas.  

Luego del vals, Renato le cantó a Susana el tema de Melodía desencadenada y Maritza me dijo:

—Ven, chicuelo, permite que Renato cante la melodía y llévame a la pista para que bailemos junto con las otras parejas.

—Vamos, me parece buena idea.

Fui con ella hasta la pista; se desconcertaron ante mi petición, pero me dijeron que sí.

El escenario estaba iluminado con las luces de colores, por lo que el efecto era de una agradable y deliciosa penumbra romántica.

Renato se lució bastante con el tema sentimental, pues le puso pasión, derrochando carisma. 

Maritza me abrazó y juntos bailamos despacio, a la vez que ella puso su cabeza en mi hombro.

De pronto, levantó su rostro y nos acercamos para fundirnos en un largo y dulce beso. Nos entregamos a disfrutar ese momento.

Terminó el tema y Renato se nos quedó mirando con aire muy divertido, y pícaramente me dijo al oído:

—¿De veras era en serio que ibas a evitar meterte en cariñitos con la Janis Joplin, mi Pinocho? ¡Je, je, je…!

—¡Oh, ustedes síganme la corriente, ya saben que la carne es débil y la verdad es que la tentación me venció!

Carlos, Roberto y Ramón se rieron y comenzaron a decirme:

—¡Pecador…! ¡Pecador…! ¡Pecador…!   

Después del tema que interpretó Renato, volví a corroborar por qué las mujeres lo seguían tanto, ya que era todo un dandy juvenil.

Muchas de las chicas que estaban en el Salón Imperio, al oírlo, se habían quedado fascinadas por su entregada forma de cantar.

Renato era el más ‘carita’ del grupo, ya que era alto y atlético, mezcla entre James Dean y Elvis Presley, y las embobadas chicas lo veían bastante atractivo.                     

Continuamos acompañando a Maritza, quien tocó en su quena el tema de Nadia, mientras repartían el pastel de XV años. 

Luego ella ejecutó con su mandolina y su zampoña un popurrí de temas de música folklórica latinoamericana.                               

La gente la felicitó y hasta los dos guardias de seguridad que le habían impedido el paso le aplaudieron, reconociendo su talento.

Susana se nos acercó, miró a la Janis y me dijo:

—Alfonso, muchas gracias por haber traído a Maritza, porque es una buena chica y han hecho que ahora tenga una nueva amiga. 

—Fue una sorpresa y qué bueno que te haya gustado su música, pero todavía esto va a continuar, pues hay más, ya verás…

Susy y Janis se abrazaron contentas; los meseros repartieron rebanadas de pastel y pronto saboreamos su relleno de ricas fresas.

Yo metí otro casete en la grabadora y Renato me preguntó:

—¿Qué estás haciendo? ¿Es la que Patty te pidió?

—Sí, es para Patricia, le prometí que le iba a grabar algunas canciones y veo que van a ser dos casetes los que le voy a dar.

Nuestra hippie exclamó emocionada:

—¿Son para Patty…? ¡Vamos, conecta este aparato porque le voy a decir algo, por favor!

Le acerqué la grabadora y ella casi gritó:

—¡Patty, soy yo, Maritza! ¡Aquí estoy cuidando a los chiquillos para que se porten bien! ¡Te mando un beso y espero que te gusten nuestras canciones! ¡Baaaayyyy!

Seguimos con la música y ella cantó “Piece of My Heart”, de… ¡Janis Joplin! ¡Era una canción de Janis interpretada por nuestra Janis! 

Me observó y sus miradas eran incendiarias, mientras cantaba:

—Well, come on, come on, come on, come on. Didn't I make you feel… (♫).  

Traducida la letra, dice algo así:

—¡Oh, vamos, vamos, vamos! ¿No te hice sentir como si fueras el único hombre?

Pensé que con sus besos me hizo sentir como si fuera el único hombre, ya que sin duda me transportó al cielo mientras bailábamos. 

Maritza recibió un estruendoso y bien merecido aplauso. 

Inspirada, cantó el tema de “And I Love Her” (Y la amo), de Los Beatles, cuya letra en español fue totalmente adaptada por mí:

Fue en una tarde azul… (♫).  

Le interpretamos a Susy el tema de Quinceañera, un éxito de Los Vlamers, y es un rock and roll con cierto toque tropical:

Ven a bailar, quinceañera, ven a gozar, quinceañera… (♫).  

 

Seguimos con más canciones y así transcurrió la fiesta; la gente se divirtió, hubo un mariachi y, al final, Susana nos dijo emocionada:

—Muchachos, me han regalado unos XV años inolvidables y les doy las gracias, especialmente a Maritza, quien canta y toca bonito. 

Las dos rieron, y nosotros nos miramos satisfechos, pues todo había salido bien, y Janis le comentó a Susy:

—El día 21 de agosto, Los Panteras Negras van a participar en un concurso de rock and roll en el Aula Magna de la UNAM. 

Ella la escuchó asombrada y continuó:

—Me estoy poniendo de acuerdo para llevar a muchas amigas mías de la onda hippie para que los apoyemos y puedan ganar.

Susana comentó alegre y emocionada:

—¡Qué bien! ¡Si me invitan, yo llevaré a un grupo de chicas que les apoyarán, además de mis chambelanes y a bastantes amigas! 

Renato le dijo, luciendo una amplia sonrisa:

—Estás invitada, y puedes traer a todos también…

Pronto, desconectamos el equipo y abrazamos a Maritza, ya que estábamos contentos, y Renato la miró y le dijo:

—¡Mi querida Janis, por decisión unánime te nombramos una integrante más de Los Panteras Negras! ¿Qué dices? 

Ella se quedó asombrada y se puso tan nerviosa, al grado que las lágrimas fluyeron espontáneas y exclamó llena de emoción:

—¿Yooooo… una Panterita? ¿Pero están seguros, chicos, de que me lo merezco? Yo… yo… ¡Muchas gracias, que Dios los bendiga!

La abrazamos y tenía mucho sentimiento, porque ya era parte de nosotros; merecidamente se lo había ganado con su carisma y talento. 

Llena de alegría, me besó en la boca ante las risas y bromas de mis Panteras y estaba muy contenta; saltaba, reía, corría, jugaba…

En breve, subimos al Chevrolet 1964 y fuimos a dejar a Maritza a su buhardilla; la ayudé a descender y me dijo en forma impaciente:

—Ahora sí, quédate conmigo, ya deja de ser tan evasivo.

—¿Acaso nos vas a invitar a todos a entrar a tu casa?

Ella miró a mis amigos, quienes nos observaban con rostros de picardía y con gestos muy divertidos. 

Ella hizo un puchero; de pronto me besó en la boca de manera intensa y deliciosa, y yo quería más, pero ahí estaban mis Panteras.

Me soltó; sonriente y agitando su mano, se despidió de todos y entró. Nos alejamos y mis amigos me estuvieron haciendo burla. 

Renato me dijo mientras manejaba el Chevrolet:

—¡Vaya, vaya, más pronto cae un rocanrolero mentiroso que un cojo! ¿Verdad, mi estimado Alfonso?                                          

Los demás soltaron la carcajada y yo respondí apenado:

—Bueno… Unos inocentes besitos ni le hacen daño a nadie.

—¡Pues ten cuidado, porque esos besitos pueden quitarte muy pronto tu atesorada pureza y tu castidad, mi querido virgencito!

Todos nos reímos con ganas ante su ocurrencia, y él todavía remató diciéndome:

—En la cafetería, Janis me dijo que le gustaba Alfonso, y tenía una expresión tan decidida de ‘ese es mío’ que hasta daba miedo.

Soltó la carcajada y terminó su divertida y burlesca frase:

—¡Y se salió con la suya, nuestro Pantera cayó redondito y, si se descuida, lo van a casar en una boda hippie y psicodélica!

Entre risas, el Chevrolet 1964 con cinco rocanroleros a bordo se perdió entre la negrura de la noche, mientras que cantábamos un rock de Los Gliders:

—Es mi chica una rebeldona… (♫).   

 

(¿Crees que podría surgir algo entre Maritza y Alfonso? ¿Qué opinas de la redención de Renato? ¿Piensas que Glenda ya recibió la justa retribución que merece?).

#rock and roll

Thoughts

  • vero88

    Maritza grabándole un saludo a Patty en el casete y dedicándole toda su música, bah. Esa amistad me importa más que los besos con Alfonso.

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  • guanabana

    El perdón de Renato a Patty se lo creo entero. Lo que me inquieta es que ahora la cuida igual que antes la humillaba, a puños y con amenaza. A Patty le sirve, pero apuesto a que esos cinco no se quedan tranquilos.

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Capítulo cuatro. Los XV años de Susana

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