Todo el capítulo es pelea y lo que me dejó pensando fue la piedra que Eunji le pidió colgar en la casa y que todavía no encontró. Pesa más que el dios demonio detrás de la puerta. Con mis amigas nos partiríamos en dos: unas dirían que entra porque alguien criado por la guerra no sabe volver, otras que la figura de papel en la vaina lo saca de ahí. Yo voy con las segundas, apuesto a que elige N.
Capítulo 90: Piso 6 (4)
Pensamiento
Todo el capítulo es pelea y lo que me dejó pensando fue la piedra que Eunji le pidió colgar en la casa y que todavía no encontró. Pesa más que el dios demonio detrás de la puerta. Con mis amigas nos partiríamos en dos: unas dirían que entra porque alguien
Contenido de la publicación
Beltharos vuelve a lanzarse.
Y esta vez yo también.
No pienso ceder un solo paso.
Porque ya entendí lo suficiente de él.
No importa cuán refinada sea su técnica, cuánta autoridad posea ni cuántas formas de matar haya aprendido.
Sigue siendo un demonio criado para disfrutar de la superioridad.
Y yo fui criado por la guerra.
Las armas chocan.
El estoque negro busca mi garganta.
Inclino la espada y lo desvío hacia afuera. Beltharos utiliza el movimiento para girar sobre sí mismo y atacar mi sien con el codo.
Levanto la vaina.
El golpe sacude mi brazo.
No retrocedo.
Avanzo.
Mi hombro impacta contra su pecho y lo obliga a perder medio paso. Lanzo un corte hacia su abdomen abierto, pero el príncipe arquea la espalda y la punta pasa a pocos centímetros de la herida anterior.
Su pie golpea mi rodilla.
La articulación cede.
Beltharos extiende el estoque hacia mi ojo.
Giro la cabeza.
La hoja atraviesa mi mejilla.
Un corte limpio.
Superficial.
La sangre baja hasta la mandíbula.
El príncipe sonríe.
—Está más lento.
—Estoy aprendiendo.
—Eso dicen quienes están perdiendo.
Da un paso atrás.
Los hilos negros suspendidos alrededor de nosotros se mueven con él.
Ya no forman una red inmóvil.
Lo siguen.
Cada estocada deja una nueva línea en el aire. Cada movimiento reduce el espacio donde puedo colocar los pies sin ser cortado.
Beltharos no intenta matarme de inmediato.
Está construyendo una jaula.
Quiere obligarme a elegir entre sus ataques y sus hilos.
Quiere que cada evasión sea otra herida.
La pierna izquierda sangra.
También el abdomen.
El brazo derecho perdió parte de su sensibilidad después de que uno de los hilos atravesara el músculo.
No es suficiente para detenerme.
Pero él está contando.
Lo veo en sus ojos.
Cada corte.
Cada movimiento más lento.
Cada respiración.
El príncipe extiende dos dedos.
Los hilos vibran.
Las heridas de mi cuerpo arden al mismo tiempo.
Me detengo.
No por decisión.
Los músculos alrededor de cada corte se contraen de golpe.
La herida del abdomen vuelve a abrirse.
La sangre cae sobre el suelo blanco.
[Autoridad principesca.][Deuda de sangre.][Toda herida provocada por Beltharos será registrada.][El príncipe puede exigir el dolor acumulado cuando lo desee.]
Beltharos camina hacia mí.
Despacio.
Ya no necesita correr.
—Toda sangre derramada ante un príncipe se convierte en tributo —dice—. Y todo tributo puede ser reclamado.
La herida del hombro se abre.
Después la espalda.
La pierna.
El dolor llega en una sola oleada.
Mi respiración se corta.
Una rodilla toca el suelo.
Beltharos se detiene frente a mí.
El estoque queda apoyado sobre su hombro.
—No se sienta avergonzado. Aghamenon también se arrodilló ante mi padre.
Miro la sangre sobre el suelo.
Demasiada para una pelea que todavía puedo controlar.
No porque las heridas sean mortales.
Porque Beltharos puede obligarlas a abrirse una y otra vez.
No necesito eliminar al príncipe de inmediato.
Primero debo destruir la relación entre su autoridad y mis heridas.
No tengo Objeción técnica.
Tampoco puedo utilizar Yo permanezco para rechazar una clasificación impuesta.
Mis habilidades siguen bloqueadas.
Pero una autoridad nunca es completamente abstracta.
Siempre necesita una forma de reconocer su objetivo.
Beltharos creó cada herida con su arma o sus hilos.
La conexión debe encontrarse en algo que ambas cosas compartan.
Observo el estoque.
Negro.
Delgado.
Sin sangre sobre la hoja.
Aunque me atravesó varias veces.
La sangre no se adhiere.
Es absorbida.
El arma la está registrando.
Beltharos nota mi mirada.
—Lo comprendió.
La sonrisa no desaparece.
—Pero comprender una ejecución no detiene la hoja.
El estoque desciende.
Golpeo el suelo con la vaina.
La sangre acumulada salta entre nosotros.
Beltharos cierra un ojo por reflejo.
Solo uno.
Suficiente.
Desvío la punta con la espada y giro sobre la rodilla apoyada. Mi talón golpea la parte interna de su tobillo.
El príncipe pierde la postura.
Me levanto.
Nuestra distancia desaparece.
Beltharos intenta retroceder, pero sujeto la muñeca que sostiene el estoque.
—Soltame.
—No.
Mi frente golpea su rostro.
La nariz vuelve a romperse.
El príncipe gruñe.
Su mano libre adopta la forma de una garra y atraviesa mi costado.
Los dedos entran entre las costillas.
No profundizan lo suficiente para alcanzar un órgano.
Aprieto su muñeca contra mi cuerpo.
Ahora ninguno puede alejarse.
—¿Qué está haciendo? —pregunta.
—Impidiendo que escapes.
Beltharos intenta activar Deuda de sangre.
Las heridas se abren.
El dolor recorre mi cuerpo.
No lo suelto.
Golpeo su brazo armado contra mi rodilla.
Una vez.
El hueso no se rompe.
Otra.
El príncipe intenta retirar la garra de mi costado.
La sujeto con el codo.
Tercera vez.
La muñeca cede.
El estoque cae.
Antes de que toque el suelo, lo pateo.
El arma se desliza a varios metros.
Los hilos negros vibran.
Beltharos abre los ojos.
La autoridad no desapareció.
Pero dejó de responder con la misma precisión.
Era el estoque.
No solo registraba mis heridas.
También funcionaba como el centro de la red.
El príncipe me golpea el rostro con la cabeza.
Retrocedo.
Sus dedos salen de mi costado.
La sangre fluye con más fuerza.
Beltharos corre hacia su arma.
Yo también.
Está más cerca.
Eso no significa que vaya a alcanzarla.
Arrojo la vaina.
El objeto gira por el aire y golpea el estoque antes de que pueda tomarlo. El arma vuelve a deslizarse.
Beltharos extiende la mano.
La oscuridad intenta atraerla.
Piso la hoja.
El príncipe se detiene.
Yo también.
Nos separan cuatro metros.
Mi pie permanece sobre su estoque.
—Aléjese —ordena.
—No.
—No comprende qué está pisando.
—Tu ventaja.
La expresión elegante desaparece de su rostro.
—Eso no es una ventaja.
Las cuatro protuberancias óseas de su espalda crecen.
Las alas incompletas se extienden, cubiertas por membranas negras y venas rojas. El traje termina de rasgarse.
Su cuerpo humano empieza a deformarse.
Las manos se vuelven más largas.
Las uñas, garras.
Los cuatro cuernos crecen y se inclinan hacia adelante.
La piel alrededor de sus ojos se oscurece.
—Es una reliquia de mi casa —dice—. Un mortal no tiene derecho a tocarla.
—Entonces recuperala.
Beltharos ruge.
El sonido rompe los hilos cercanos.
Carga directamente hacia mí.
Ya no existe elegancia.
Solo velocidad y fuerza.
Retiro el pie del estoque en el último instante.
El príncipe cree que cedí.
Se inclina para recogerlo.
Eso era lo que esperaba.
Mi espada desciende hacia su cuello.
Beltharos gira.
El corte atraviesa una de sus alas y arranca varios huesos, pero no alcanza la garganta.
Su garra golpea mi pecho.
La armadura se abre.
Salgo despedido.
Aterrizo de espaldas.
El aire abandona mis pulmones.
Beltharos toma el estoque.
Los hilos negros vuelven a encenderse.
[Deuda de sangre restablecida.]
Todas mis heridas arden.
El príncipe extiende el arma hacia mí.
—Pague.
El dolor se multiplica.
El costado se abre.
El abdomen sangra.
La pierna izquierda deja de responder.
Me obligo a ponerme de pie.
Beltharos observa.
—¿Por qué?
No respondo.
—La muerte no es real dentro de esta prueba —continúa—. Ya consiguió una clasificación SS. Podría haber rechazado este desafío.
Doy un paso.
La pierna tiembla.
—¿Por qué continúa?
Otro paso.
—Porque elegí hacerlo.
—Una respuesta vacía.
—No para mí.
Beltharos apunta al corazón.
Los hilos convergen.
Docenas de trayectorias negras atraviesan el espacio entre nosotros.
No tengo una ruta limpia.
Eso es lo que él ve.
Yo veo algo diferente.
Cada hilo nace de la punta de su estoque.
No aparecen todos al mismo tiempo.
Existe un orden.
Primero los dirigidos a las piernas.
Después los laterales.
Por último, los que cierran la parte superior.
Una ejecución construida en tres tiempos.
Perfecta contra alguien que intenta evitarla.
No pienso evitarla.
Respiro.
Bajo la espada.
Relajo los dedos.
Beltharos sonríe.
—Finalmente.
Avanza.
Primer tiempo.
Los hilos inferiores se cierran.
Salto.
Una línea corta mi tobillo, pero no consigue atraparme.
Segundo tiempo.
Los laterales convergen.
Giro en el aire.
Dos atraviesan mi espalda.
Uno abre el brazo.
Tercer tiempo.
Los hilos superiores descienden.
Beltharos lanza la estocada final.
No bloqueo.
No puedo.
La punta entra debajo de mi clavícula.
Atraviesa el cuerpo.
Sale por la espalda.
El príncipe abre los ojos.
No porque haya acertado.
Porque mi mano se cerró sobre la hoja.
La sangre corre entre mis dedos.
No puede retirarla.
—Te encontré —digo.
Beltharos intenta soltar el arma.
Demasiado tarde.
Tiro del estoque.
El príncipe es arrastrado hacia mí.
La Espada del bosque se mueve desde abajo.
No hacia el corazón.
No hacia el cuello.
Hacia el cuerno inferior derecho.
La hoja impacta.
El cuerno se agrieta.
Beltharos grita.
El sonido no parece humano.
Las líneas negras tiemblan.
El cuerno no es solo una parte de su cuerpo.
Funciona como un conducto de autoridad.
Golpeo otra vez.
La grieta aumenta.
Beltharos me clava las garras en el pecho.
La espada desciende por tercera vez.
El cuerno se rompe.
Una explosión de Magia negra cubre el campo.
Los hilos desaparecen.
La Deuda de sangre se corta.
Las heridas continúan allí.
Pero dejan de abrirse.
Beltharos retrocede tambaleándose.
Una mano cubre la base del cuerno perdido.
Su rostro se deforma.
—Usted...
Extraigo el estoque de mi hombro.
Lo arrojo a un lado.
—Hablás demasiado.
El príncipe mira el cuerno roto sobre el suelo.
La sangre negra cae entre sus dedos.
Sus alas se agitan.
Una permanece dañada.
La otra se abre por completo.
—¡¿SABE LO QUE HA HECHO?!
—Sí.
—¡ESA CORONA EXISTÍA ANTES DE QUE SU ESPECIE APRENDIERA A ESCRIBIR!
—Ahora tiene una parte menos.
Beltharos desaparece.
Aparece frente a mí.
Su puño golpea mi rostro.
Veo blanco.
El segundo impacto llega al abdomen.
El tercero, a las costillas.
No consigo bloquearlos todos.
El príncipe ya no busca precisión.
La pérdida del cuerno aumentó su fuerza física y destruyó parte de su control.
Se mueve como una bestia herida.
Más rápido.
Más fuerte.
También más predecible.
Su rodilla sube.
Giro el cuerpo.
El golpe roza mi costado.
La espada corta su muslo.
Beltharos no se detiene.
Su ala sana golpea como una hoja.
Me agacho.
Los huesos pasan sobre mi cabeza.
Corto la articulación.
El ala pierde movilidad.
El príncipe lanza una garra hacia mi cuello.
La recibo con la palma.
Las uñas atraviesan la mano.
Aprieto.
Giro su muñeca.
Mi codo golpea el antebrazo.
El hueso se rompe.
Beltharos grita.
Pateo su rodilla.
La articulación cede.
El príncipe cae.
Intenta extender la otra ala.
La atravieso contra el suelo.
La espada queda clavada entre los huesos negros.
Beltharos me golpea el rostro con el dorso de la mano.
La visión se vuelve borrosa.
No suelto la empuñadura.
Giro el filo.
El ala se desprende.
El príncipe se aleja arrastrándose.
Ya no queda nada elegante en él.
El traje está destruido.
La sangre cubre el rostro.
Un cuerno yace sobre el suelo.
Ambas alas cuelgan inutilizadas.
Sin embargo, continúa sonriendo.
—Cree que ha ganado.
—Todavía no.
—No entiende a los demonios de sangre real.
Las heridas de su torso empiezan a cerrarse.
No mediante el estoque.
No mediante una autoridad.
Su cuerpo absorbe la Magia dispersa por el campo.
Los cadáveres de los monstruos anteriores se desintegran.
La sangre del suelo se evapora.
Todo entra en Beltharos.
Sus músculos se reconstruyen.
El cuerno roto no vuelve a crecer.
Pero la herida se cierra.
La rodilla recupera su forma.
El brazo quebrado se acomoda con un sonido húmedo.
—Un príncipe no necesita vencer —dice mientras se levanta—. Solo necesita sobrevivir hasta que los demás se queden sin nada.
Observo el campo.
Los cuerpos desaparecen.
Él está consumiendo la energía que dejaron los monstruos abatidos.
Incluida parte de la de Aghamenon.
Una reserva creada por mis propias victorias.
—Gracias por preparar el banquete —dice.
No puedo utilizar Rompe-núcleos.
La habilidad continúa bloqueada.
Tendré que encontrar su núcleo sin ayuda.
Los demonios nobles no lo mantienen siempre en el mismo sitio. Pueden desplazarlo entre órganos, huesos y conductos de Magia.
Pero la regeneración revela algo.
Cada vez que una herida se cierra, la energía atraviesa el pecho.
No el corazón.
Más arriba.
Detrás del esternón.
Después se divide hacia los cuernos.
Los cuatro cuernos forman parte de la autoridad.
El roto dejó de recibir energía.
Los otros tres continúan pulsando.
Su núcleo no es una esfera única.
Es una estructura distribuida.
Tres conductos.
Un centro.
Romper el centro matará al príncipe.
Romper los cuernos impedirá que lo mueva.
Beltharos recoge el estoque.
—Ahora sí —dice—. Arrodíllese.
—Ya lo hice una vez.
—Entonces sabe cómo.
—También sé cómo levantarme.
Corro.
El príncipe lanza los hilos.
Son menos.
El cuerno roto redujo su autoridad.
Suficiente.
Desvío la primera línea.
Me dejo cortar por la segunda.
Bloqueo el estoque.
Beltharos utiliza una garra.
La espada intercepta la muñeca.
Giro.
El filo alcanza el segundo cuerno.
No lo rompe.
Lo agrieta.
El príncipe retrocede.
Lo sigo.
No permito que reconstruya la distancia.
Corte al hombro.
Rodilla al abdomen.
Empuñadura contra la mandíbula.
Vaina sobre el codo.
Beltharos intenta convertir cada intercambio en una ejecución elegante.
No se lo permito.
Lo obligo a pelear cerca.
A ensuciarse.
A reaccionar.
A cometer errores.
El estoque atraviesa mi costado otra vez.
Lo dejo.
Corto el segundo cuerno.
La autoridad se contrae.
Los hilos pierden la mitad de su longitud.
Beltharos ruge.
Intenta clavarme las garras en el rostro.
Muerdo su pulgar.
Los dientes atraviesan la piel.
El príncipe grita, más por indignación que por dolor.
Le doy un cabezazo.
Suelto la mano.
La espada golpea el tercer cuerno.
La hoja resbala.
Beltharos me patea en el pecho.
Retrocedo.
Él intenta recuperar el equilibrio.
No se lo doy.
Lanzo la vaina.
Golpea su ojo.
Parpadea.
Ataco de nuevo.
El tercer cuerno se rompe.
La Magia explota.
Esta vez Beltharos cae sobre ambas rodillas.
Solo conserva uno.
El superior izquierdo.
El último conducto.
El núcleo ya no puede desplazarse libremente.
Puedo sentirlo.
Un pulso oscuro detrás del esternón.
Beltharos también entiende lo que ocurrió.
Protege el pecho con ambos brazos.
—No.
Su voz pierde fuerza.
—No puede.
Levanto la espada.
—Acabas de descubrir que sí.
El príncipe mira alrededor.
Busca el estoque.
Está demasiado lejos.
Busca los hilos.
Apenas quedan unos pocos.
Busca una salida.
No existe.
Entonces intenta negociar.
—Espere.
No detengo el paso.
—Mi contrato con la Torre no exige mi muerte definitiva.
—La misión sí.
—Puedo concederle algo mejor que una clasificación.
—No.
—Información.
La palabra me hace detenerme.
Beltharos sonríe.
Cree que encontró una abertura.
—Sé cosas sobre los dioses que lo observan.
No respondo.
—Sobre aquel que llama Amosfe.
La empuñadura se tensa en mi mano.
—También sé del que mató el cielo.
Ouranoktonos.
El sistema no reacciona.
Beltharos no conoce mi regresión.
Solo nombres relacionados con entidades demoníacas.
—Puedo hablarle de Agnóvar —continúa—. De los contratos anteriores a la Torre. De las puertas que aún no han—
Avanzo.
La sonrisa desaparece.
—¿No quiere saber?
—Sí.
La esperanza regresa a sus ojos.
—Entonces—
—Pero vos solo hablarías mientras creas que eso te mantiene vivo.
La espada baja.
Beltharos cruza los brazos.
El filo atraviesa uno.
Después el otro.
Entra en el pecho.
Golpea el esternón.
No consigue atravesarlo por completo.
El hueso fue reforzado mediante toda la Magia restante.
Beltharos se ríe, aunque la espada permanece clavada.
—Sin sus habilidades, no puede romperlo.
Tiene razón.
No puedo utilizar Rompe-núcleos.
No puedo usar Absoluto.
Tampoco necesito hacerlo.
Retiro la espada.
El príncipe intenta levantarse.
Le doy una patada en la herida.
El esternón se agrieta.
Beltharos escupe sangre.
Pateo otra vez.
La grieta aumenta.
El príncipe intenta sujetar mi pierna.
Cambio de ángulo.
La rodilla golpea su mentón.
Después la espada entra por la misma grieta.
Esta vez alcanza más profundidad.
Beltharos toma el filo con ambas manos.
—¡NO!
Presiono.
El metal atraviesa el hueso.
Siento el núcleo.
Una masa dura.
Palpitante.
Cubierta por capas de Magia.
No activo ninguna habilidad.
Giro la espada con ambas manos.
El núcleo se resiste.
Beltharos grita.
La energía de su cuerpo intenta empujarme.
Mis heridas arden.
Los músculos protestan.
La visión se oscurece por la pérdida de sangre.
Sigo girando.
El primer fragmento se rompe.
Después otro.
El pulso del núcleo se vuelve irregular.
Beltharos me mira.
Ya no hay odio.
Solo incredulidad.
—Soy un príncipe.
—Eras.
La estructura se quiebra.
El último cuerno se apaga.
Las alas se deshacen.
El cuerpo humano de Beltharos regresa por un instante.
Joven.
Vestido con los restos de su traje.
Sangre negra sobre los labios.
—No fue elegante —murmura.
—No vine a impresionarte.
Retiro la espada.
El príncipe cae de espaldas.
Su cuerpo toca el suelo blanco.
Las grietas empiezan en el pecho y se extienden por todo él.
Antes de desaparecer, mueve los labios.
—Lucifer no se parecerá a nosotros.
No alcanzo a preguntarle qué significa.
Beltharos se convierte en ceniza.
El estoque negro cae junto a él.
Permanece unos segundos.
Después también desaparece.
[FELICITACIONES.][HA DERROTADO AL PRÍNCIPE DEMONIO BELTHAROS.][CONDICIÓN DE DESPEJE SSS ALCANZADA.]
Las heridas dejan de sangrar.
Una nueva luz cubre mi cuerpo.
[RECUPERACIÓN INTERMEDIA ACTIVADA.]
El corte del abdomen empieza a cerrarse.
La herida bajo la clavícula expulsa la sangre acumulada antes de sellarse. Los músculos del brazo recuperan sensibilidad. La piel de la mano atravesada por el estoque se reconstruye desde dentro.
Las costillas golpeadas vuelven a su posición.
El mareo desaparece.
El sistema no elimina la sangre de la ropa.
Solo restaura el cuerpo.
Muevo los dedos.
Después el hombro.
No queda ninguna lesión.
[Recuperación física completada.][Reinicio temporal finalizado.][Todas las habilidades han sido restauradas.][Todos los usos limitados y tiempos de recuperación han sido reiniciados para la siguiente prueba.]
Las ventanas de mis habilidades reaparecen.
Invencible.
Masacre.
Rompe-núcleos.
Paso de la realidad.
Locura.
Yo permanezco.
Los estilos de la espada.
Todo está disponible.
La puerta vuelve a formarse.
Esta vez no es enorme.
Tampoco parece construida por demonios.
Es una abertura sencilla.
Negra.
Sin marcas.
La presión que sale de ella no se parece a la de Aghamenon.
Ni a la de Beltharos.
No siento violencia.
No siento intención asesina.
Solo una profundidad imposible.
Como si detrás de la puerta no hubiera una criatura.
Sino una parte de la noche que existía antes de las estrellas.
La ventana aparece.
[MISIÓN PRINCIPAL ACTUALIZADA.][DERROTE AL DIOS DEMONIO LUCIFER.][Manifestación autorizada: 0,000001 % de su poder.][CASO DE ÉXITO: DESPEJE EX.][CASO DE FRACASO: INDETERMINADO.][¿DESEA CONTINUAR?][Y/N]
Me quedo mirando la pantalla.
La opción N promete un despeje SSS.
Ya superé el piso.
Podría regresar.
Conservar las recompensas.
Volver junto a Eunji.
Colgar la piedra que me pidió en algún lugar de la casa, aunque todavía no encontré ninguna.
No hay una penalización visible por detenerme.
La alternativa es enfrentarme a un dios demonio.
Una fracción minúscula de él.
Una cantidad tan pequeña que debería ser insignificante.
Pero el sistema no utiliza seis ceros para tranquilizarme.
Los utiliza para advertirme.
Detrás de la puerta, algo abre los ojos.
No puedo verlo.
Sin embargo, siento su mirada.
La figura de papel escondida dentro de la vaina roza el cuero.
PAPÁ.
Mantengo el dedo frente a las opciones.
Todavía no elijo.
Por primera vez desde que comenzó la Prueba de fuego, el sistema no inicia una cuenta regresiva.
Puede esperar.
Aquello que está detrás también.
Y en medio del campo blanco, con todas mis heridas curadas y cada habilidad restaurada, comprendo que la verdadera prueba del sexto piso no consiste en derrotar al siguiente enemigo.
Consiste en decidir si tengo una razón suficiente para abrir esa puerta.
Thoughts
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PermalinkCon tantos ceros después de la coma esa probabilidad es casi nada, y aun así no me tranquiliza. Si Beltharos costó todo esto, lo que espera detrás de la puerta va a costar el doble.
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PermalinkPisar el estoque fue la jugada de este capítulo, justo al entender que el arma registraba cada herida. En «El Venado», un prólogo, también hay un herido que piensa más rápido que su cazador.
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PermalinkTodo el capítulo es pelea y lo que me dejó pensando fue la piedra que Eunji le pidió colgar en la casa y que todavía no encontró. Pesa más que el dios demonio detrás de la puerta. Con mis amigas nos partiríamos en dos: unas dirían que entra porque alguien criado por la guerra no sabe volver, otras que la figura de papel en la vaina lo saca de ahí. Yo voy con las segundas, apuesto a que elige N.
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Beltharos vuelve a lanzarse.