El reloj del despacho marcaba las tres y media de la tarde. El silencio de la habitación resultaba ensordecedor para Mateo, roto únicamente por el tic-tac constante de la aguja del segundero. Frente a él, sobre la mesa de madera pulida, reposaban dos objetos: las llaves del auto y un dibujo en papel de colores que su hija Sofía le había regalado esa misma mañana antes de ir al colegio.
A un lado, la pantalla de su teléfono volvió a iluminarse. Un mensaje de Camila irrumpió en la calma: “¿Te acuerdas de pasar por la farmacia antes de la cena de hoy con mis padres? No te olvides, por favor”.
Mateo cerró los ojos y se frotó el rostro con ambas manos. El momento de la verdad había llegado. Si tomaba las llaves, salía por esa puerta y caminaba hacia la galería cerca del parque Borghese, cruzaría la línea definitiva. Ya no habría pretexto de la lluvia, ni la magia fugaz de un barco cruzando el Tirreno, ni la casualidad de una mesa en un café. Sería una elección consciente, con todas sus devastadoras y hermosas consecuencias.
Tomó las llaves.
A las tres y cincuenta y cinco, Mateo aparcó a escasos metros de la galería. Era un local pequeño, de fachadas antiguas y ventanales altos que dejaban entrever algunas esculturas de mármol y lienzos de tonos sombríos. El sol de la tarde filtraba sus últimos rayos dorados entre la arboleda del parque, tiñendo la calle de un ambiente sereno e irreal.
Con el corazón latiéndole desbocado, Mateo cruzó la calle y empujó la pesada puerta de cristal.