Veinte monedas el peaje y el chofer con tres en la guantera. De esto no sé nada, parce, pero cobrarle la diferencia al que se quedó con las armas me pareció lo más justo del capítulo.
Capítulo 9: El reporte de los Canchis
Pensamiento
Veinte monedas el peaje y el chofer con tres en la guantera. De esto no sé nada, parce, pero cobrarle la diferencia al que se quedó con las armas me pareció lo más justo del capítulo.
Contenido de la publicación
El paisaje de los cerros con los geoglifos parecía tener la intención de recordarles cómo llegaron hasta ese lugar: una advertencia de piedra grabada en la inmensidad de la pampa profunda. Además del memorial del número 1982, un dibujo en el cerro mostraba un bus cayendo, imitando el accidente inicial, mientras que otro geoglifo exponía la silueta de un auto estrellado.
Adentro del bus, el ambiente seguía sumido en una quietud pesada. Byron, por su parte, volvía a jugar con su corvo para calmar la ansiedad y mantener su estado de alerta. Limpiaba el acero de forma obsesiva, con la mirada fija en el filo curvo. La mujer de su bando se sentó a su lado como queriendo empezar una charla, buscando romper el hielo en mitad de la penumbra del pasillo. Sin embargo, Byron, enfocado en el corvo, permaneció en silencio, ignorando su presencia.
A unos asientos de distancia, un pasajero sacó una de las monedas alma para observar la acuñación, girando la pieza de plata entre sus dedos. Al tocar el metal gastado, de alguna forma supo que esa moneda la había dejado Paola antes de expirar en la quebrada. Al manipular la pieza, tuvo acceso a un momento del pasado de Paola: una visión vívida del limbo. En el recuerdo, vio el instante exacto en que ella salvó a una persona de un ataque al corazón durante su trabajo de TENS en Santiago. Prácticamente el pasajero estuvo en ese día y lugar, respirando el mismo aire del hospital y atestiguando el resguardo de esa vida pasada. Cuando el recuerdo terminó de golpe, devolviéndolo a la realidad de la Cuesta de Chiza, envolvió la moneda en su mano, apretó el puño y la guardó con las demás veintiuna piezas ocultas en su casaca.
En la cabina, ajenos a los secretos del pasillo, Iván y Elisa especulaban sobre el marcador de combustible, devorando con la vista la esfera análoga que se mantenía fija en el número veinte. Una de sus teorías, al ver cómo la aguja fluctuaba según los cuerpos que pisaban la berma, era que el bus usaba a la gente para funcionar, consumiendo las almas como petróleo biológico, o tal vez solo marcaba cuánta gente había dentro del Transantiago, actuando como un censo automático del vehículo.
Mientras tanto, de vuelta en el oasis, el retén de Cuya permanecía estático bajo la guardia. En la oficina de adobe, el soldado recibió un reporte fresco y llamó al sargento, interrumpiendo su tarea:
—Sargento, los canchis trajeron el reporte del bus —informó el subordinado con voz marcial—. Veinte sobrevivieron a la camanchaca y van rumbo a Iquique.
El sargento tomó el reporte de papel arrugado y lo leyó con calma, paseando sus ojos por las cifras oficiales de la aduana. Exhaló una bocanada de aire helado y se acomodó el quepis descolorido, sorprendido por el inventario de carne.
—Son más de los que estimé —sentenció el oficial de la Guerra del Pacífico, dejando el informe sobre el mesón—. Creo que los subestimé un poco.
El sargento se quedó mirando la ruta en el mapa y se preguntó en voz alta antes de que el Transantiago se internara en el sur profundo:
—¿Quedarán los mejores o los más astutos? ¿Empezarán a matar o seguirán matándose entre ellos mismos? ¿Seguirán con la misma suerte?
El Transantiago entró a paso lento y rumoroso, arrastrando sus latas abolladas por las calles anchas de pura tierra batida y arena de un Iquique rústico, colonial y portuario. A plena luz del día, a través de los ventanales rotos, los veinte sobrevivientes contemplaron con sorpresa un asentamiento costero construido a pulso, flanqueado por casas de madera de pino Oregón, techos planos de esteras y rancherías de adobe con caña. Al fondo, bajo el sol del norte profundo, el mar rugía contra un muelle de palo, una caleta de tablones y muelles de madera astillada donde se amontonaban sacos de salitre y lanchas balleneras amarradas a los pilotes, inundando el ambiente con el olor penetrante a guano, pescado y yodo costero.
El rugido metálico y defectuoso del motor producía ruidos extraños y rebotaba contra las fachadas de las barracas de madera, mientras el tubo de escape arrojaba ese humo negro espeso que iba tiznando las paredes de pino. Los pocos habitantes que se movían en la claridad del puerto se quedaron paralizados al ver pasar ese monstruo de fierro moderno y vidrios rotos. En la cabina, Iván permanecía con las manos en el manubrio, devorando la escena con sus pupilas desorbitadas, mientras la aguja del marcador de combustible se mantenía fija en el número 20 y la profesora Elisa lo observaba en silencio al lado del volante, confirmando que la línea 500 había ingresado de día a la aduana portuaria del desierto profundo.
Al avanzar por las calles de tierra del puerto antiguo, la marcha del Transantiago fue interrumpida. Un cabo de la Guerra del Pacífico lo detuvo frente a la barrera aduanera y le pidió el tributo y su identificación de forma marcial. Iván, con las manos en el volante, le entregó su tarjeta plástica negra y preguntó el valor del tributo para poder cruzar. El cabo, revisando el plástico con una frialdad corporativa, le respondió que 20 monedas alma era el precio del peaje.
Al revisar el inventario de la guantera, Iván notó que solo tenía 3 monedas de plata en su poder. Desesperado ante la escasez, comprendió que le tocaba negociar con Byron para no quedar varados frente al muelle. Iván se abrió paso hacia el pasillo y encaró al líder de los cazadores:
—Necesitamos 17 monedas para entrar a la ciudad —le espetó con la voz quebrada.
Byron, con el corvo aún firme en la mano, no quería soltar un solo peso de sus ahorros individuales. Iván, plantándose frente a él con la profesora Elisa al lado, le dijo de frente para pararle el carro:
—No tengo más... y tú tienes las monedas necesarias. Te pido lo justo, tú te quedaste con las armas.
Al verse acorralado por la lógica del chofer y la mirada del pasillo, Byron entregó las monedas a regañadientes, sacando las diecisiete piezas de plata de su casaca deportiva con un gruñido ronco. Sin embargo, mientras el metal tintineaba en las manos de Iván, el delincuente santiaguino sabía que el puerto antiguo era una gran oportunidad para cazar con su grupo, barriendo las casas de pino Oregón con la vista y planeando la próxima cosecha de carne en mitad de la noche.
Aún molesto por haber tenido que ceder parte de su botín frente a la aduana, Byron sacó otra de sus monedas de la casaca deportiva y se puso a observarla con detalle, buscando un escape para calmar la tensión. Sosteniendo el metal frío bajo la luz del día, se quedó mirando el cráneo acuñado en la superficie de plata. La colocó en su palma para ver los relieves con mayor nitidez, deslizando la yema de los dedos por los bordes de la pieza.
Su vista se fijó en el cráneo, absorto en la fría numeración del purgatorio, cuando de repente la acuñación de metal se transformó ante sus pupilas dilatadas en la cara del viejo. Las facciones muertas del anciano cobraron vida en la pieza, abrieron la boca con saña y le susurraron de forma nítida y espectral:
—¡No escaparás!
Mientras la voz retumbaba en su cabeza, la plata reaccionó de forma violenta y le quemó la palma como hielo seco. La reacción al dolor hizo que la moneda cayera al piso por un espasmo violento. El metal tintineó contra las latas y comenzó a rodar por el pasillo, moviéndose de forma errática hasta caer por uno de los agujeros del bus, perdiéndose para siempre en la tierra sucia de la caleta. Byron, respirando agitado en su asiento, con la mano izquierda tiritando y atrapado entre el dolor de la quemadura y el enojo de verse burlado por el fantasma, decidió dar la moneda por perdida.
Tras recibir las monedas completas del peaje, el cabo aduanero autorizó la entrada del bus, levantando la barrera para permitir el acceso al puerto antiguo de madera. En la cabina, Iván dio la marcha de forma inmediata para poner en movimiento el bus.
Al forzar el motor defectuoso, un humo negro intenso empezó a salir del tubo de escape: una estela densa y oscura que se expandía a plena luz del día entre las casas y las calles de tierra batida. El traqueteo agónico y el humo llamaron la atención de la gente de la caleta, obligando a los marineros y cargadores a detener sus tareas en mitad de la costa para quedarse mirando fijamente el avance del monstruo de fierro moderno.
Mientras la micro herida doblaba la esquina arrastrando a los veinte sobrevivientes, la barrera aduanera recuperó su quietud. El cabo observó el piso por puro reflejo de guardia, barriendo la tierra sucia con la mirada cerca del punto donde estuvo detenida la máquina. Entre las pisadas de las botas y el caliche del suelo, encontró la moneda alma perdida de Byron, la cual había rodado por el agujero del piso del Transantiago. El oficial se agachó en mitad de la calle de arena, la tomó examinando el cráneo de plata con los dedos gastados y de inmediato la guardó en su bolso militar. Con una mueca fría y corporativa pintada en el rostro, el cabo selló el botín diciendo en un murmullo:
—La suerte me sonríe hoy.
Iván detuvo el bus en la plaza de armas, frenando el Transantiago sobre la tierra batida del puerto de palo a plena luz del día. Con el motor defectuoso traqueteando y soltando los últimos restos de humo negro, estiró la mano hacia la cabina y abrió las puertas neumáticas con un quejido de aire comprimido. Iván se dio la vuelta hacia los asientos y les dio la orden directa a los sobrevivientes:
—Pueden bajar. Revisen la ciudad, busquen información... y la noche la pasaremos en el bus.
Al escuchar la instrucción, los pasajeros bajaron en orden, arrastrando las botas por los peldaños de metal para internarse entre las casas de pino Oregón. Mientras el pasillo se vaciaba, Iván y Elisa vieron cómo el marcador de combustible bajaba un punto por cada pasajero que descendía, devorando el dial con la vista. Con una fijeza paranoica, observaron cómo la aguja blanca iba dando pequeños saltos mecánicos hacia la izquierda en vivo, descontando el inventario al segundo: de veinte pasó a diecinueve, luego a dieciocho, descendiendo de forma implacable a medida que los civiles pisaban la arena de la plaza.
Al final, solo quedaron ellos dos adentro de la carrocería en silencio y el marcador reflejaba rígidamente dos puntos en la escala numérica gastada. Cumpliendo con su propia necesidad de pisar tierra, bajaron de la micro y se acercaron a la ventana del conductor por fuera para ver el marcador, pegando los rostros contra el cristal para escudriñar la esfera en mitad de la claridad del día. A duras penas, estirando la mirada entre los reflejos del vidrio y la penumbra del tablero muerto, lograron ver que el marcador estaba en la letra E final. El estanque biológico de la máquina había quedado completamente vacío en el fondo del cuadrante.
Mientras el Transantiago descansaba con el marcador en la letra E en la plaza de armas, de vuelta en el oasis, la actividad burocrática no se detenía. En el retén de Cuya llegaba otro informe fresco desde las planicies profundas. El subordinado entró apresurado a la oficina de adobe, rompiendo el silencio de la guardia, y exclamó de forma marcial:
—¡Sargento, los canchis nos informan que el bus llegó a Iquique!
El oficial de la Guerra del Pacífico detuvo sus tareas, levantó la mirada bajo el ala de su quepis descolorido y estiró la mano curtida con un tono autoritario:
—Deme el informe, soldado.
El sargento tomó el papel arrugado traído por las entidades del desierto y repasó las cifras oficiales con calma, paseando los ojos por las líneas escritas. Tras unos segundos de lectura, soltó una exhalación fría y murmuró entre dientes:
—Mmmh, qué sorpresa... No hay más bajas. Esperemos que no sean tan torpes como el otro grupo.
El soldado, acomodándose la correa del fusil y recordando el inventario de carne de las expediciones anteriores, preguntó en un murmullo tenso:
—¿Habla de los cinco jóvenes, sargento?
—Sí, soldado —contestó el oficial, dejando el reporte de los canchis sobre el mesón de madera—. Eso fue una masacre. Es una lástima que solo nos enteremos por los canchis, pero en fin... Nada más que hacer.
El sargento volvió a fijar la vista en el mapa de la Ruta 5, dando por cerrado el balance del peaje diurno, consciente de que los veinte sobrevivientes del bus acababan de romper las estimaciones militares al pisar las calles de tierra del puerto antiguo de madera.
*Para el lector esta es la canción de Iván https://suno.com/s/KdMkxAUAbcXJdSsp
Thoughts
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PermalinkVeinte monedas el peaje y el chofer con tres en la guantera. De esto no sé nada, parce, pero cobrarle la diferencia al que se quedó con las armas me pareció lo más justo del capítulo.
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Permalink¡El cabo agachándose por la moneda de Byron y diciendo que la suerte le sonríe! Ya pues, ese señor no sabe lo que se acaba de echar al bolso militar.
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PermalinkA mí me convence más la teoría del censo que la del petróleo de almas: la aguja baja uno por cada pasajero que se baja y queda en E con ellos dos afuera. Desde el capítulo pasado que sospecho que el retén sabe más de este bus que Iván, igual estoy mal.
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