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Capítulo 89: Piso 6 (3)

NicolasCheonro

Contenido de la publicación

La puerta, que antes parecía hecha para dejar pasar a un ejército, empieza a cerrarse sobre sí misma.

Las dos hojas oscuras se repliegan, se achican, y todo el marco se contrae hasta quedar del tamaño de una puerta común. La presión que sale de ella también cambia.

Ya no es la brutalidad abierta de Aghamenon.

Es algo más fino.

Más contenido.

Más peligroso.

Entonces una nueva ventana aparece ante mis ojos.

[Felicidades por derrotar al general demonio.]

[Despeje alcanzado: SS]

[Actualizando misión principal...]

[Misión principal actualizada: derrota al príncipe demonio joven.]

[Nombre del objetivo: Beltharos]

[Caso de éxito: despeje SSS]

[Caso de fracaso: el príncipe maldecirá su alma durante 2 pisos]

[Maldición del príncipe:]

[-50% a todas sus estadísticas]

[-50 de suerte]

[Advertencia:]

[Todas las habilidades serán reiniciadas temporalmente durante esta prueba.]

[Preparando siguiente escenario...]

Aprieto apenas la empuñadura de la espada.

Reiniciadas.

Eso significa que no podré contar con Masacre, ni Rompe-núcleos, ni Invencible, ni ninguna de las ayudas que el sistema registró dentro de mí.

Solo quedarán mi cuerpo.

Mi experiencia.

Y la espada.

Otra ventana aparece.

[Aplicando recuperación intermedia.]

[Restaurando estado corporal del retador...]

Siento calor.

Primero en el hombro.

La herida que me dejó el cuerno de Aghamenon arde como si hubieran volcado metal fundido sobre la carne. Después el costado, el muslo, los golpes internos, la tensión de los tendones y el dolor acumulado en las manos.

Todo empieza a recomponerse a una velocidad antinatural.

La sangre seca se despega de la piel.

Los cortes se cierran.

Los músculos vuelven a su punto justo de elasticidad.

Hasta la respiración se acomoda sola.

Muevo el hombro una vez.

Luego el costado.

No queda nada.

Ni una molestia.

Perfecto.

Aunque eso no me tranquiliza.

Si el sistema se tomó la molestia de dejarme intacto antes del siguiente combate, entonces el enemigo no será un simple escalón por encima del general.

Será otra clase de amenaza.

[Recuperación completada.]

[Reinicio de habilidades en curso...]

[Masacre — SS: bloqueada]

[Salvador de Clemen — A: bloqueada]

[Corte del comandante — A: bloqueada]

[Rompe-núcleos — A: bloqueada]

[Invencible — SS: bloqueada]

[Habilidades derivadas del sistema: bloqueadas]

[El combate se resolverá en base a su cuerpo, equipo, técnica y experiencia.]

[Mucha suerte.]

—Qué considerados —murmuro.

La puerta pequeña se abre.

Esta vez no sale ninguna presión brutal ni un rugido.

Primero aparece una sombra pulcra.

Después un zapato negro.

Luego una mano enguantada acomodándose el cuello de un traje impecable.

El hombre que cruza la puerta tiene aspecto humano.

Demasiado humano.

Alto, delgado, de hombros rectos, cabello negro peinado hacia atrás y una expresión tranquila que raya en la soberbia. Lleva un traje oscuro de tres piezas, impecable, como si fuera a asistir a una reunión de negocios y no a un campo de batalla. En su cabeza asoman cuatro cuernos negros, elegantes, curvos hacia atrás, como una corona natural.

Su rostro es joven.

Apenas más de treinta.

Sus ojos, en cambio, son viejos.

No de cansancio.

De crueldad.

Mira el campo, los cadáveres y las marcas de la pelea anterior con una mezcla de desagrado y aburrimiento.

—Hoh... —dice, observando la blancura manchada de sangre—. Así que llego el momento de cumplir mi contrato con la Torre.

Después sus ojos se clavan en mí.

Una sonrisa leve se dibuja en sus labios.

No es una sonrisa amable.

Es la de alguien que ya decidió que está por divertirse.

—Usted es el retador.

No respondo enseguida.

Lo observo.

No lleva arma visible.

Eso me molesta más que si cargara una.

—Antes fue un general —digo al fin—. Ahora un príncipe.

Inclina apenas la cabeza.

—Beltharos —se presenta con una especie de cortesía burlona—. Cuarto hijo de una casa que ya no existe, príncipe por costumbre, verdugo por preferencia.

—Kim Cheonro.

—Sí —sonríe—. Ya escuché su nombre.

Da un paso más dentro del campo.

La puerta desaparece detrás de él.

El espacio blanco queda cerrado.

—Aghamenon lo respetó al morir —dice con naturalidad—. Eso es extraño. No respetaba a casi nadie.

—¿Eso te pone nervioso?

—No. —Se acomoda un guante—. Me pone de buen humor.

Entonces extiende una mano hacia un costado.

La oscuridad se condensa.

No forma un arma enorme ni una monstruosidad aparente.

Forma un estoque.

Delgado.

Negro.

Perfectamente recto.

Un arma elegante, pensada para perforar puntos vitales con precisión, no para aplastar o partir cuerpos.

Eso ya me dice bastante.

Rápido.

Preciso.

Arrogante.

Probablemente técnico.

Beltharos apoya la punta del estoque sobre el suelo, sin apartar la vista de mí.

—Sus habilidades fueron reiniciadas —dice, casi amable—. Eso hará la conversación más honesta.

—No vine a conversar.

—Lástima. Yo sí.

Desaparece.

No hay transición.

No hay carrera.

No hay impulso visible.

Un instante está a diez metros.

Al siguiente, la punta del estoque ya está frente a mi ojo.

Inclino la cabeza.

El filo pasa rozando mis pestañas.

Antes de que termine el movimiento, la rodilla de Beltharos sube hacia mi abdomen.

Bloqueo con la vaina.

El impacto me empuja hacia atrás.

Todavía no toco el suelo cuando vuelve a aparecer delante de mí, esta vez con una estocada al cuello.

Desvío la espada.

Chispas negras saltan cuando ambas armas chocan.

El príncipe gira sobre su propio eje y me lanza un corte horizontal bajísimo, dirigido a los tendones de la rodilla.

Salto.

Él sonríe.

Era lo que quería.

Su mano libre se abre y cinco agujas de energía oscura salen disparadas hacia mí en el aire.

Cruzo la espada.

Tres agujas chocan contra el filo.

Una atraviesa la manga.

La otra se incrusta en mi hombro izquierdo.

El dolor es agudo.

Más punzante que una flecha.

Aterrizo y enseguida saco la aguja con la mano derecha.

El príncipe ya no está allí.

Giro por instinto.

Su estoque roza mi espalda y me abre un corte superficial.

—Rápido —murmura cerca de mi oído.

Lanzo un tajo hacia atrás.

Vacío.

Aparece a tres metros, perfectamente erguido.

Ni siquiera respira más fuerte.

—Pero tosco —añade—. Tiene la costumbre de pelear como alguien que ya no teme perder partes del cuerpo.

—Y vos peleás como alguien que nunca recibió un buen golpe.

Su sonrisa se ensancha.

—Entonces enséñeme.

Vuelve a atacar.

Ahora sí corro hacia él.

No voy a seguir su juego de persecución.

El primer intercambio dura menos de dos segundos.

Su estoque se dirige a la muñeca.

Desvío.

Busca la axila.

Cierro el codo.

Ataca el muslo.

Retrocedo medio paso.

Lanzo un corte vertical.

Él se inclina apenas, casi con desgano, y mi espada pasa delante de su nariz.

Su puño me golpea la garganta.

No con mucha fuerza.

Con precisión.

Lo justo para alterar el aire que intento tragar.

Aprovecha el hueco.

Dos estocadas.

Una al pecho.

Otra al costado.

La primera raspa la armadura.

La segunda logra entrar unos centímetros debajo de una costilla.

Aprieto los dientes y giro el cuerpo antes de que profundice.

El acero sale con sangre.

Le doy una patada lateral.

Beltharos la bloquea con la tibia y se desliza apenas hacia atrás.

Ni siquiera perdió la postura.

—Mucho mejor —dice.

Entonces ladea la cabeza.

—¿Ya entiende?

Sí.

Lo entiendo.

Aghamenon era un comandante construido para aplastarte.

Beltharos es un verdugo construido para diseccionarte.

No busca superioridad aplastante.

Busca pequeños errores.

Microaperturas.

Un tendón.

Una arteria.

La base del pulgar.

El hueco bajo la clavícula.

Y mis habilidades están bloqueadas.

No puedo permitirme intercambios largos esperando activar algún recurso.

Todo depende de leerlo mejor que él me lea a mí.

Exhalo lentamente.

Relajo hombros.

Muñecas.

Piernas.

Beltharos me observa.

—Oh —murmura—. Por fin dejó de pelear como un bruto.

No respondo.

Cierro un poco los ojos.

El mundo se afina.

No tengo ayuda del sistema.

Pero las formas de mi espada no nacieron ahí.

Nacieron en mí.

En miles de batallas.

En pasos repetidos hasta que el cuerpo los volvió su verdad.

Corro otra vez.

Beltharos desaparece por tercera vez.

Pero ya no sigo sus ojos.

Sigo el espacio.

El aire a mi izquierda se contrae apenas.

Giro.

Bloqueo una estocada que iba al riñón.

El príncipe abre los ojos un poco más.

Cambio de mano la vaina.

Le golpeo el codo.

El brazo se le desplaza apenas.

No es suficiente para herirlo.

Sí para romperle el ritmo.

Lanzo una estocada al cuello.

Él la evita por centímetros, pero el filo le corta la mejilla.

Una línea roja aparece en su rostro impecable.

Se toca la sangre.

Y por primera vez, deja de sonreír.

—Ah.

Lo mira.

Después me mira a mí.

—Entonces sí sabe morder.

—Te estás tardando en darte cuenta.

Su expresión se enfría.

Mucho.

—Bien.

La presión cambia.

El aire se vuelve pesado y se tiñe apenas de rojo oscuro alrededor de él.

No es una explosión brutal como la de otros demonios.

Es un refinamiento.

Una compresión.

Como si todo el veneno del mundo hubiera sido pulido y puesto dentro de una copa de cristal.

Beltharos alza el estoque.

—Autoridad principesca.

Su sombra se separa del suelo.

No se vuelve un monstruo.

Se multiplica.

A su alrededor aparecen otras cuatro figuras hechas de oscuridad roja. Son versiones deformadas de sí mismo, cada una armada con un arma distinta: daga, cadena, lanza corta y espada curva.

No tienen rostro.

Pero se mueven como asesinos entrenados.

—Me aburre matar solo con mis propias manos —dice.

Las cinco figuras atacan a la vez.

La daga viene por el flanco.

La lanza corta busca mantener distancia.

La cadena intenta sujetar tobillos.

Beltharos real, por supuesto, apunta al corazón.

Retrocedo.

Bloqueo la daga.

Piso la cadena.

La lanza me abre un corte en el costado.

La espada curva baja hacia mi hombro.

La vaina la intercepta.

El estoque del verdadero Beltharos entra bajo mi defensa y me atraviesa el abdomen de lado a lado.

Escupo sangre.

No por sorpresa.

Por el impacto.

Beltharos sonríe otra vez.

—Así se mata a alguien que confía demasiado en su experiencia.

Lo miro a los ojos.

Sujeto su muñeca.

No lo dejo retirar el arma.

—Y así muere alguien que habla demasiado pronto.

Lanzo mi frente hacia adelante.

Mi cabeza impacta su nariz.

El hueso cruje.

Beltharos retrocede por fin.

La espada sale de mi abdomen y la sangre cae en el suelo blanco.

Las copias siguen allí.

No desaparecen por haber herido al original.

Eso es molesto.

Aprieto con fuerza el abdomen solo un instante.

No es una herida letal.

Todavía no.

Respiro una vez.

Otra.

No puedo dejar que la sangre siga saliendo demasiado.

Tengo que cerrar esta pelea pronto.

Las copias vuelven a moverse.

Esta vez no retrocedo.

Corro hacia Beltharos real.

Las otras cuatro figuras convergen.

La daga roza mi cuello.

La ignoro.

La cadena se enrolla en mi antebrazo.

La dejo.

La lanza entra hacia mis costillas.

La aparto con la vaina.

La espada curva me abre un corte en la espalda.

Sigo avanzando.

Beltharos me espera con el estoque listo, la sangre escurriéndole de la nariz rota y una irritación elegante pintada en el rostro.

—¿Otra vez?

—Sí.

Chocamos.

Tres, cuatro, siete golpes en menos de un segundo.

Su estoque es un rayo negro.

Mi espada responde con brutalidad refinada.

Él quiere atravesar.

Yo quiero quebrar.

Cambia de ángulo.

A la garganta.

A la clavícula.

Al ojo.

Al pulmón.

Bloqueo casi todo.

Lo demás lo esquivo por márgenes mínimos.

El cuerpo me responde.

No gracias al sistema.

Gracias a los miles de años de repetición.

Sus copias empiezan a cerrarse sobre mí.

Beltharos lo nota.

Cree que ya me tiene.

Entonces doy un paso extraño.

Pequeño.

Corto.

Como si fuera a perder el equilibrio.

Él sonríe al verlo.

Ese es el error.

No perdí el equilibrio.

Lo cedí.

Mi pie izquierdo se escurre medio paso, mi cuerpo baja, la espada desaparece un instante de su centro de visión y reaparece desde abajo.

Primer estilo.

Pasos que fluyen como el río.

No necesito que el sistema lo registre.

Solo necesito haberlo vivido.

La hoja sube.

Corta la muñeca del Beltharos verdadero.

El estoque sale despedido.

En el mismo movimiento giro sobre el eje del tobillo y corto dos copias: la de la cadena y la de la daga.

Se rompen como humo rojo.

Beltharos retrocede, sorprendido de verdad.

La copia de la lanza intenta atravesarme por el costado.

Le sujeto el asta y la uso para impulsarme.

El tajo siguiente atraviesa a la de la espada curva.

Queda solo una.

La lanza.

Beltharos extiende la mano herida y la copia restante estalla sola, convirtiéndose en energía que vuelve a su cuerpo.

Mala señal.

La autoridad no dependía de mantenerlas en pie.

Dependía de cuándo reabsorbía su fuerza.

Su aura crece.

La herida de la nariz deja de sangrar.

La de la muñeca se cierra lentamente.

—Qué desagradable —murmura—. Tenía razón. Realmente no pelea como un humano moderno.

—Yo tampoco dije que lo fuera.

El príncipe ladea el cuello una vez.

Escucho el crujido.

Luego extiende la mano.

El estoque vuelve a formarse.

—Entonces dejemos de jugar.

Su traje empieza a desgarrarse desde la espalda.

No por fuerza bruta.

Por crecimiento.

Marcas rojas se encienden bajo la piel. Dos pares de alas esqueléticas, aún incompletas, emergen apenas como protuberancias de hueso y sombra.

Su rostro sigue siendo hermoso.

Pulcro.

Pero los ojos se vuelven abismos delgados.

La sonrisa ahora sí parece la de un demonio.

—No quería usar esta forma con un mortal —dice—. Es humillante.

—A mí me parece apropiada.

Ataca.

Esta vez sí casi no lo sigo.

Ya no desaparece.

Simplemente está en muchos puntos del campo blanco al mismo tiempo, su velocidad vuelve dudoso todo lo que veo. Cada estocada deja un hilo negro suspendido en el aire. Si toco uno, la piel se me abre como si me hubiera rozado un filo real.

Una red.

Está construyendo una red de muerte a mi alrededor.

Entiendo su plan demasiado tarde.

El próximo paso que dé en mala dirección me cortará yo solo.

Beltharos aparece frente a mí, calmado, mientras el campo alrededor de ambos está lleno de hilos negros casi invisibles.

—Ahora sí —susurra—. Muévase.

Sonrío un poco.

—Eso querés.

Doy un paso al frente.

No hacia un lugar libre.

Hacia él.

El hilo me corta el gemelo.

Otro el brazo.

Otro la espalda.

Pero avanzo igual.

Beltharos abre los ojos.

No esperaba que eligiera atravesar el campo en lugar de resolverlo.

Entonces por fin logro entrar a su espacio.

Demasiado cerca para el estoque.

Mi hombro choca contra su pecho.

Mi frente contra su clavícula.

Le quito el aire.

La espada baja con toda la fuerza de mi espalda.

Él intenta apartarse.

No del todo.

El filo le abre desde el hombro hasta el abdomen.

Profundo.

La sangre negra cae sobre ambos.

Beltharos gruñe por primera vez.

Ya no es elegante.

Ya no es burlón.

Es dolor.

Y rabia.

Me golpea con ambas manos y salgo despedido varios metros.

Ruedo por el suelo blanco, dejando sangre mía y de él.

Me levanto a medias.

Respiración pesada.

La herida del abdomen original volvió a abrirse un poco.

Los hilos me cortaron en varios puntos.

No es crítico.

Pero ya empieza a molestarme la pérdida de sangre.

Beltharos se endereza lentamente.

La mitad del traje cuelga abierta.

La herida en su torso intenta cerrar, pero no puede hacerlo de inmediato.

Su mirada ya no tiene soberbia limpia.

Ahora tiene odio.

—Voy a arrancarle las piernas —dice con una calma monstruosa—. Después los brazos. Y lo voy a dejar vivo para que vea cómo un príncipe cumple su maldición.

—Tenés una imaginación bastante pobre para ser noble.

Da un paso.

El campo tiembla.

Yo acomodo la espada.

No puedo dejar que esto se alargue mucho más.

No con las habilidades selladas.

No con el cuerpo ya bastante castigado.

Beltharos vuelve a lanzarse.

Y esta vez yo también.

No pienso ceder un solo paso.

Porque ya entendí lo suficiente de él.

No importa cuán refinada sea su técnica, cuánta autoridad tenga ni cuántas formas de matar haya aprendido.

Sigue siendo un demonio criado para disfrutar la superioridad.

Y yo...

Yo fui criado por la guerra.

Thoughts

  • libretanegra

    Me quedé con que las formas de la espada no se las dio el sistema, le nacieron de repetir pasos. En el piso anterior Kim ya no había usado Invencible, así que el bloqueo casi no le cambia nada. Al que sí le cambia es a Beltharos, que lo creía desarmado.

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  • tintaDeMartes

    Fíjate que Beltharos me cae peor que Aghamenon, y eso que este ni ruge. Llega de traje, se acomoda el guante, dice que viene a conversar y se aburre de matar con sus propias manos. Con mis amigas del club ya me imagino la pelea: unas dirían que el príncipe es el más peligroso de los dos, y yo diría que se le cae todo por hablar antes de tiempo, como con el cabezazo en la nariz.

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