Seis camisas en la cama, después siete, tres adultos en la puerta y gana la azul de Nanami. Igual iba a cambiarse veinte veces más.
Capítulo 8: Una invitación inesperada
Pensamiento
Seis camisas en la cama, después siete, tres adultos en la puerta y gana la azul de Nanami. Igual iba a cambiarse veinte veces más.
Contenido de la publicación
El viernes por la tarde, el ambiente en el aula de primer año se había transformado por completo. La última clase de la semana había terminado y la tensión de las horas lectivas se había disuelto, dejando paso a una calma relajada. Las voces de los estudiantes se entrelazaban en un murmullo alegre: unos guardaban sus cuadernos mientras hablaban animadamente sobre los días de descanso que comenzaban; otros planeaban quedarse en la academia aprovechando las instalaciones; y no faltaban quienes debatían con entusiasmo qué harían durante el fin de semana. La cercanía del descanso parecía haber suavizado todo.
Haruto introdujo sus últimas libretas en la mochila con movimientos pausados, dejando escapar un suspiro que venía del fondo del pecho.
—Por fin terminó la semana... —murmuró más para sí mismo que para nadie más.
—¿Cansado? —preguntó una voz serena a su lado.
Haruto levantó la vista. Reina estaba allí, de pie junto a su pupitre, con aquella calma suya que parecía no abandonarla nunca. Aunque era de tercer año, parecía moverse por el aula con la misma naturalidad de siempre, como si perteneciera a aquel lugar.
—Un poco —respondió él—. Han pasado demasiadas cosas en apenas unos días. Siento que han sido semanas enteras metidas en una sola.
Desde el otro lado del pasillo, Hina, de segundo año, se acercó cerrando su propio bolso y soltó una risita clara y conocida.
—Eso es porque eres tú, renacuajo. Desde que llegaste has conseguido meterte en más líos que algunos alumnos en todo un año.
—¡Yo no me metí en ninguno! —protestó él girándose hacia ella, con las mejillas ya empezando a sonrojarse.
—Claro que no —respondió Hina con una sonrisa traviesa—. Los problemas simplemente te encontraron. No tienen resistencia a ti.
Haruto suspiró de nuevo, resignado.
—Exactamente. Eso es lo que siento.
Reina los miró en silencio unos instantes, como sopesando sus palabras, antes de preguntar con tono natural y aparentemente sencillo:
—Haruto, ¿tienes planes para este fin de semana?
Él se detuvo un instante, pensando.
—En realidad, sí. Pensaba volver a casa. Quería pasar un tiempo con mi familia. Hace bastante que no estoy con ellos tranquilamente, sin prisas ni preocupaciones.
Reina asintió despacio.
—Entiendo. Es comprensible.
—Aunque no tengo nada más planeado —añadió él terminando de cerrar la mochila—. Seguramente estaré con ellos, comeremos juntos, descansaremos... y luego volveré aquí. Nada especial.
Entonces Reina sonrió. Una sonrisa suave, serena, que hizo que el corazón de Haruto diera un vuelco sin saber por qué.
—Entonces sal conmigo este fin de semana.
...
Silencio.
Un silencio tan repentino y absoluto que pareció absorber todo el sonido del aula. Las conversaciones se cortaron de golpe. Los lápices dejaron de sonar contra las mesas. Quienes estaban de pie se quedaron inmóviles. Todos, absolutamente todos los compañeros de clase de Haruto giraron la mirada hacia ellos al mismo tiempo.
Haruto se quedó petrificado, con una mano todavía metida dentro de la mochila, sin poder mover ni un solo músculo. Su cerebro tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar. Ella, la presidenta del consejo estudiantil, de tercer año... lo estaba invitando a salir.
Hina giró lentamente la cabeza hacia Reina, como si no estuviera segura de haber oído bien.
—...¿Acabas de invitar a Haruto a salir? —preguntó con voz pausada, señalándolo a él con un dedo.
Reina ladeó ligeramente la cabeza, confundida.
—¿Una cita?
—¡Salir los dos solos! ¡Durante el fin de semana! —precisó Hina, abriendo mucho los ojos.
Reina guardó silencio un instante, pensando con tranquilidad.
—Posiblemente.
¡¡¡¿POSIBLEMENTE?!!!
El aula pareció estallar en ese instante.
—¡¡¡LA PRESIDENTA ACABA DE INVITARLO A SALIR!!!
—¡¡¡ES UNA CITA!!!
—¡¡¡NO PUEDE SER VERDAD!!!
—¡¿A ÉL?! ¿A UN ALUMNO DE PRIMER AÑO?
Haruto sintió cómo el calor le subía por el cuello y le encendía la cara hasta las orejas.
—¡Esperen! ¡No hace falta que griten! ¡Podemos hablarlo tranquilamente! —intentó decir, pero su voz se perdió entre el alboroto.
Y justo cuando pensaba que podría escabullirse aprovechando el revuelo, escuchó unos pasos rápidos que se acercaban por detrás.
—¡Haruto!
Su rostro perdió todo color. Conocía esa voz demasiado bien.
Se giró lentamente. Allí estaba Yuto, su mejor amigo y compañero de clase, de pie junto a Aoi, la única chica de su mismo grupo que también estaba presente. Ambos lo miraban con una expresión imposible de describir: una mezcla de indignación profunda, incredulidad absoluta y una resignación que daba lástima verla.
—Ven aquí —ordenó Yuto, señalándolo con un dedo.
—No.
—No te estoy preguntando.
—¡No hice nada! —se defendió Haruto retrocediendo un paso.
—Eso dijiste la última vez —respondió su amigo avanzando hacia él.
Haruto miró a Reina. Luego a Yuto. Y tomó una decisión en una fracción de segundo.
—¡Reina, ayúdame!
En tres zancadas se colocó detrás de ella, agarrándose de su camisa como si fuera su único refugio en medio de una tormenta.
Hina se llevó una mano a la cara, sacudiendo la cabeza.
—No puede ser... qué cobarde...
Yuto se detuvo frente a ellos, señalándolo con firmeza.
—¡No te escondas detrás de la presidenta como un cobarde! ¡Sal de ahí y enfréntalo!
—¡No soy cobarde! ¡Estoy intentando sobrevivir! —respondió Haruto asomando apenas la cabeza por encima del hombro de Reina.
—¡Sal! —insistió Yuto dando un paso adelante.
En ese momento, Reina se giró con calma. Antes de que Haruto pudiera comprender qué estaba haciendo, ella lo tomó suavemente por los hombros y lo atrajo hacia sí, envolviéndolo entre sus brazos. Haruto quedó pegado a ella, sintiendo su calor, su aroma suave, y el latido tranquilo de un corazón que no se alteraba por nada. Sus brazos lo rodeaban con ternura y firmeza, protegiéndolo de todo el resto del mundo.
—¿Eh...? —fue lo único que alcanzó a balbucear él, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho.
Reina lo sostuvo así, pegado a su pecho, y miró a Yuto a los ojos sin perder su serenidad.
—Ya lo molestaste bastante esta mañana. Déjalo en paz.
Silencio.
Yuto abrió la boca. Ninguna palabra salió. Se quedó inmóvil, mirando la escena: Haruto, protegido entre los brazos de la presidenta de tercer año, rojo como un tomate y sin atreverse a moverse; y ella, sosteniéndolo con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo. La imagen fue tan inesperada, tan perfecta, que la mente de Yuto pareció quedarse en blanco. A su lado, Aoi también se quedó con la boca entreabierta, sin saber qué decir.
—Yo... —alcanzó a decir Yuto finalmente, con voz débil—. No puedo...
—¿Qué? —preguntó Aoi en voz baja.
—No puedo hacer nada contra eso —admitió él, dejando caer los brazos a los costados, vencido por completo.
Haruto levantó lentamente la cabeza, todavía sin saber dónde mirar.
—Gracias... —susurró casi sin voz.
Reina bajó la mirada hacia él y sonrió suavemente.
—No tienes que agradecerme. Nadie va a hacerte daño mientras yo esté aquí.
Yuto suspiró, derrotado, y se giró hacia Aoi.
—Aoi...
—¿Sí? —respondió ella amablemente, acercándose a su lado.
Yuto caminó hasta ella y prácticamente se dejó caer a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
—Mi amigo está presumiendo.
Aoi parpadeó.
—¿Presumiendo?
—¡Sí! ¡Está demostrando que puede estar así de cerca de la presidenta! ¡Que ella lo abraza y lo protege! ¡Es injusto!
Aoi miró a Haruto, luego a Reina, y finalmente volvió la vista hacia su compañero con una sonrisa comprensiva. Acarició suavemente su cabello.
—Puedo entenderte. Todos admiramos a la presidenta. Ver a alguien de primer año tan cerca de ella... puede dar mucha envidia.
—¡Exactamente! —exclamó Yuto, sintiéndose por fin comprendido.
Desde el refugio de aquellos brazos, Haruto levantó una mano débilmente.
—¡Pero yo no lo hago porque quiera! ¡De verdad!
Hina, que había estado observando todo con una sonrisa creciente, intervino de inmediato.
—Eso dices tú.
Haruto la miró confundido.
—¿Qué quieres decir?
Hina señaló con la mirada la posición en la que se encontraban.
—Que tú tampoco te apartas.
Haruto bajó la vista. Y entonces lo notó.
Sus propios brazos, sin que se diera cuenta ni supiera cuándo había ocurrido, rodeaban la cintura de Reina. Estaba abrazándola a ella con la misma firmeza con la que ella lo abrazaba a él.
Se quedó helado. Completamente inmóvil, como si el tiempo se hubiera detenido.
Reina también bajó la mirada. Vio los brazos de él rodeándola. Levantó los ojos y se encontró con la mirada de Haruto, tan cerca que casi podían respirar el mismo aire. Ninguno dijo nada. Solo se miraron, y en ese silencio hubo algo más que palabras.
Hina soltó una risita que rompió el hechizo.
—Mira tú... ¿no que no querías estar cerca?
—Yo... es que... —balbuceó Haruto intentando encontrar una excusa que no existía.
Hizo un esfuerzo por apartarse, pero en ese instante sintió que los brazos de Reina no lo soltaban.
—Puedes quedarte —dijo ella, suavemente al oído.
Haruto sintió que las piernas le fallaban. Se puso rojo hasta las orejas y bajó la cabeza, ocultando el rostro contra el hombro de ella.
Hina no pudo contenerse más y soltó una carcajada sonora y alegre.
—¡JAJAJA! ¡Encima ahora es él quien la está abrazando! ¡Y no piensa soltarla!
—¡¡¡NO LO DIGAS EN VOZ ALTA!!! —gritó Haruto sin atreverse a levantar la cabeza.
—¡Pero es verdad y todos lo ven! —se burló ella.
Yuto levantó lentamente la cabeza desde el hombro de Aoi. Miró a Haruto. Luego a Reina. Y finalmente volvió a mirar a Aoi, con una expresión de absoluta rendición.
—Creo que mi amigo acaba de ganar. Definitivamente.
Aoi siguió acariciándole el cabello con ternura.
—Creo que sí. Nadie puede competir con eso.
Haruto cerró los ojos, sintiendo que no podría soportar más aquella situación.
—Quiero volver a casa... —murmuró contra la tela del uniforme de Reina.
Ella acarició su espalda con suavidad, como si estuviera consolando a un niño.
—Precisamente por eso te invité a salir conmigo. Antes de que vuelvas con tu familia. Podemos pasar unas horas juntos. Solo nosotros dos.
Haruto abrió los ojos lentamente y levantó la cabeza para mirarla. Encontró esos ojos violetas mirándolo con una ternura que lo desarmaba por completo. No había burla, ni prisa, ni exigencias. Solo ella.
Y entonces, a pesar de todo el ruido, las miradas y las bromas, Haruto sintió que el corazón se le tranquilizaba. Asintió despacio, y una pequeña sonrisa tímida apareció en sus labios.
—Está bien. Salgamos juntos.
Hina los observó a ambos, y una sonrisa suave y sincera apareció en su rostro.
—Entonces parece que el fin de semana acaba de ponerse muy interesante.
Haruto la señaló de inmediato, recuperando un poco de su espíritu.
—No empieces.
—No dije nada —respondió ella alzando las manos con fingida inocencia.
—¡Pero tienes esa sonrisa! ¡La de cuando planeas molestarme!
—¿Qué sonrisa? —preguntó ella sin dejar de sonreír.
—¡Esa misma! ¡Sé perfectamente que vas a pasarte todo el fin de semana haciendo comentarios!
Hina sonrió todavía más.
—Porque probablemente lo haré.
Reina soltó una pequeña risa clara y dulce, y volvió a atraer suavemente a Haruto hacia ella.
Mientras el resto del aula seguía comentando entre susurros la inesperada invitación de la alumna de tercer año al chico de primer año, las miradas, los gestos y aquel abrazo que nadie esperaba, Haruto solo podía pensar una cosa: aquel fin de semana no sería tranquilo ni sencillo. Pero por primera vez, no le importaba.
Porque estar junto a Reina... era lo único que realmente quería.
El sábado por la mañana, la casa de Haruto estaba mucho más tranquila de lo habitual. El sol entraba suavemente por las ventanas, iluminando cada rincón con una calma que parecía no pertenecer a aquel hogar lleno de risas y voces. Al menos, así fue durante unos minutos. Hasta que alguien entró por tercera vez en su habitación.
—¿Y esta?
Haruto levantó una camisa blanca frente al espejo, la sostuvo contra su pecho y la observó en silencio unos segundos. Frunció levemente el ceño.
—No.
La dejó sobre la cama, donde ya se acumulaban otras prendas descartadas. Tomó otra de tono azul claro.
—¿Demasiado formal?
Se la colocó sobre el cuerpo y volvió a mirarse. Giró ligeramente la cabeza de un lado a otro.
—Quizás... no.
La apartó también.
Sobre las sábanas ya había seis camisas ordenadas en desorden. Haruto se pasó una mano por el cabello, desordenándolo aún más, y soltó un suspiro cargado de frustración.
—Esto es ridículo...
Era la primera vez que iba a salir con una chica. Y no con cualquier chica. Era Reina. La misma niña con la que había compartido sus tardes en el parque cuando apenas sabían correr. La misma persona que había esperado ocho años para volver a encontrarse con él. La que lo había elegido ante toda la academia, sin dudarlo un instante. Y ahora, oficialmente, era su compañera dentro del sistema de convivencia. Alguien que, sin haberlo planeado, se había convertido en algo mucho más importante que todo eso.
¿Cómo se suponía que debía comportarse? ¿Qué debía decir? ¿Qué debía llevar puesto?
Tomó otra camisa de tono verde suave.
—Tal vez esta le guste...
Se quedó mirando su reflejo. Y entonces se detuvo.
—¿Qué estoy haciendo?
Dejó la prenda y se dejó caer sentado al borde de la cama, llevándose las manos a la cara.
—Ni siquiera sé qué le gusta... ni qué piensa... ni siquiera sé por qué me eligió a mí...
Se quedó así unos segundos, escuchando el latido de su propio corazón. Luego respiró hondo y se levantó de nuevo.
—Pero tampoco quiero darle una mala impresión.
Buscó otra camisa.
—Esta podría funcionar.
Se miró nuevamente al espejo.
—No. Demasiado simple.
Otra.
—Demasiado elegante. Parezco un invitado a una boda.
Otra más.
—¿Por qué tengo tantas opciones y ninguna me parece bien?
En ese momento, la puerta se abrió lentamente.
—Porque estás entrando en pánico.
Haruto se quedó inmóvil. Al girarse, vio a las tres personas que más conocía en el mundo apoyadas en el marco de la puerta.
Su padre, Kenta, con las manos en los bolsillos y aquella calma que siempre parecía acompañarle. A su lado, Nanami, su madre biológica, y Miyako, su madrastra. Para Haruto, aquella diferencia de títulos nunca había significado demasiado. Ambas lo habían cargado en brazos. Ambas lo habían consolado cuando lloraba. Ambas habían estado presentes en cada paso que daba. Por eso, para él, las dos eran simplemente mamá.
Y ahora las tres personas que mejor lo conocían lo estaban mirando, mientras contemplaban el desastre de ropa esparcido sobre la cama.
Miyako fue la primera en sonreír, conteniendo la risa.
—¿Estás escogiendo ropa para tu cita?
Haruto se puso rojo de golpe, hasta las orejas.
—¡No es una cita! ¡Es solo una salida!
Nanami levantó una ceja con una sonrisa traviesa.
—Entonces, ¿qué es?
—Una salida... para conocernos mejor. Eso es todo.
Kenta miró las siete camisas amontonadas sobre la cama y luego miró a su hijo.
—Llevas casi una hora escogiendo ropa para una simple salida.
—¡Porque quiero verme bien! —replicó él, sin poder evitar alzar un poco la voz.
Silencio.
Miyako no pudo contenerse más y comenzó a reír suavemente.
—¡Ay, Haruto!
—¡No se rían! —protestó él, sintiendo que el calor no se le iba a pasar nunca.
Nanami también dejó escapar una pequeña risa y se acercó un paso.
—Hijo, no tienes por qué estar tan nervioso. Reina ya te conoce. Sabe cómo eres.
—No estoy nervioso —mintió él, apretando los puños.
Kenta señaló sus manos.
—Entonces, ¿por qué estás estrujando esa camisa como si fuera a escaparse?
Haruto miró sus dedos. Efectivamente, estaba apretando la tela con tanta fuerza que la había dejado arrugada. La soltó lentamente y se quedó mirándola.
—... Bueno... quizá un poco. Solo un poco.
Miyako entró en la habitación y se sentó a su lado en el borde de la cama. Suavizó su mirada y le habló con ternura.
—Escúchame bien. Si Reina realmente te quiere tanto como parece, no va a dejar de hacerlo porque lleves una camisa u otra. No te va a mirar de otra forma porque tu ropa no sea perfecta. Lo que ella quiere pasar tiempo contigo. Contigo tal como eres.
Nanami asintió y se acercó también.
—Además, ella ya te conoce desde hace mucho tiempo. No tienes que fingir ser otra persona. No necesitas ocultarte detrás de ropa elegante.
Haruto bajó la mirada hacia sus manos.
—Ya lo sé... pero...
—¿Entonces qué te preocupa realmente? —preguntó su madre.
Haruto tardó unos segundos en responder. Buscó las palabras, y cuando las encontró, las dijo casi en un susurro.
—No quiero darle una mala impresión. Es la primera vez que salimos así... los dos solos. No quiero hacer algo estúpido. Quiero que se divierta. Quiero que... —se detuvo un instante y luego miró a los ojos de su familia— ...que cuando termine el día piense que valió la pena haber salido conmigo.
Nanami sonrió con una ternura que le llenó el pecho. Acarició su mejilla suavemente.
—Entonces ya estás pensando de la forma correcta.
—¿Eh?
—No estás preocupado por cómo verte tú —explicó ella—. Estás preocupado por cómo hacer que ella se sienta bien, que esté cómoda, que disfrute el día. Eso, Haruto, vale más que cualquier camisa perfecta.
Miyako levantó un dedo.
—Y eso es precisamente lo que hace que una salida sea realmente bonita.
Kenta cruzó los brazos y asintió con seriedad.
—Aunque... también deberías peinarte un poco. Pareces un pájaro que acaba de caerse de un árbol.
Haruto lo miró abriendo mucho los ojos.
—¿Papá?
—Solo digo la verdad —respondió él sin dejar de sonreír.
Miyako se levantó de golpe.
—Bien. ¡Ya tenemos un plan!
—¿Un plan? —repitió Haruto confundido.
—Primero: ropa. —Nanami tomó una camisa de tono azul suave, sencilla y de corte limpio, y se la entregó—. Esta.
Haruto la miró.
—¿Esa? No es demasiado...
—Es sencilla, pero te queda muy bien —aseguró ella—. Y te hace parecer tú mismo.
Miyako tomó una chaqueta ligera de color crema.
—Y esta para cuando refresque por la tarde. Combina perfectamente.
Kenta señaló unos pantalones oscuros que ya estaban sobre la silla.
—Con esos pantalones. Nada de arrugas.
Haruto los miró a los tres, uno tras otro.
—¿Desde cuándo saben tanto de ropa?
Miyako le guiñó un ojo.
—Desde que tú eras pequeño y no sabías ni ponerte los calcetines.
—¡Mamá! —se quejó él, sonrojándose de nuevo.
Nanami comenzó a reír suavemente y lo empujó hacia el baño.
—Vamos, pruébatelo. Y relájate.
Minutos después, Haruto salió del baño vestido con la combinación que habían elegido. Se miró al espejo. La camisa le quedaba bien, no era ni demasiado formal ni demasiado sencilla. La chaqueta caía suavemente sobre sus hombros. Se veía... bien. Se veía como él.
Su familia lo observó en silencio unos instantes.
Miyako sonrió satisfecha.
—Mucho mejor.
Nanami asintió con una sonrisa tierna.
—Te ves como tú mismo, pero un poco más arreglado. Natural. A ella le gustará así.
Kenta levantó el pulgar.
—Aprobado. Puedes ir.
Haruto volvió a mirar su reflejo. Por primera vez desde que había empezado a prepararse, dejó de sentirse perdido.
—¿Creen de verdad que le gustará? —preguntó en voz baja, sin poder evitarlo.
Nanami se acercó y le acomodó suavemente el cuello de la camisa.
—Estoy completamente segura.
Miyako añadió:
—Y si no le gusta, te queda bien de todas formas. Así que no tienes de qué preocuparte.
Kenta dio un paso hacia él y lo miró a los ojos con seriedad.
—Pero recuerda algo, hijo.
Haruto lo miró esperando.
—No intentes impresionarla. No hagas cosas que no son tuyas solo por parecer mejor.
—¿Entonces qué hago?
Su padre sonrió.
—Sé simplemente el Haruto que ella recuerda. El niño amable, sincero y bueno que conocía hace ocho años. El que ella sigue viendo en ti. Ese es el que ella quiere ver hoy. Nadie más.
Haruto guardó silencio. Miró su reflejo una vez más. Y entonces, lentamente, sonrió.
—Sí... tienes razón.
Nanami le dio una pequeña palmada cariñosa en el hombro.
—Ahora ve. No llegues tarde.
Haruto miró el reloj.
—Todavía falta bastante para la hora.
—Precisamente —dijo Miyako riendo—. Así tendrás tiempo para dejar de cambiarte de ropa otras veinte veces antes de salir.
Haruto se quedó congelado.
—¿Pensabas hacerlo? —le preguntó Miyako levantando una ceja.
—...
Kenta soltó una carcajada.
—Definitivamente es nuestro hijo.
Haruto tomó la chaqueta y comenzó a caminar hacia la puerta, murmurando:
—Los tres son terribles...
—¡Te queremos también! —gritó Miyako alegremente desde el fondo de la habitación.
Haruto se detuvo un instante en el pasillo. Una sonrisa sincera y cálida apareció en su rostro. Se giró levemente hacia donde estaban ellos.
—Yo también los quiero.
Y siguió caminando hacia la puerta de entrada.
Aunque todavía sentía mariposas en el estómago y el corazón le latía un poco más rápido de lo normal, ya no sentía aquel pánico de antes. Tenía algo más ahora: la certeza de que estaba bien ser él mismo. La sensación de que aquel día podía ser realmente especial.
Porque aunque él siguiera negándose a llamarlo una cita...
Iba a salir con Reina. Y eso, ya era suficiente para que todo fuera perfecto.
Thoughts
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PermalinkSeis camisas en la cama, después siete, tres adultos en la puerta y gana la azul de Nanami. Igual iba a cambiarse veinte veces más.
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PermalinkHaruto tiene dos mamás y el capítulo no se detiene a explicarlo, las sienta en la cama escogiéndole camisa y ya. Me late que Reina lo eligió por eso, porque el niño de hace ocho años salió de una casa donde a nadie le cuesta gritar te queremos desde el fondo del cuarto.
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