El mediodía trajo consigo un sol suave que se filtraba entre las hojas de los árboles antiguos del patio principal, dibujando manchas doradas sobre el césped y las bancas de madera. El aire estaba lleno de un murmullo cálido y constante: risas, voces que se mezclaban, el sonido de cubiertos y fiambreras al abrirse. Era la hora del almuerzo, y aquel espacio abierto se había transformado en un inmenso salón al aire libre, donde cada rincón contaba una historia distinta.
En una banca apartada, bajo la copa de un árbol de hojas anchas, Reina abría con calma su fiambrera. Al levantar la tapa, el aroma de la comida recién hecha se esparció suavemente: arroz brillante, pescado al vapor adornado con hierbas frescas y verduras cortadas con un cuidado casi exquisito. Reina llevó el primer bocado a los labios, y una expresión de serena satisfacción se dibujó en su rostro.
—Está delicioso —dijo, mirando a Haruto con una ternura tan sincera que hizo que el pecho del muchacho se calentara de golpe.
A su lado, Hina no dejaba de observar la fiambrera con los ojos entreabiertos, como si no pudiera creer lo que tenía delante.
—Dime que esto no lo hizo él... —murmuró señalando la comida con la punta de los palillos—. ¿Cómo es posible que ese renacuajo que apenas esta mañana se escondía detrás de su propia mano, sea capaz de preparar algo que parece obra de un chef de lujo?
Haruto suspiró, llevándose una mano a la frente.
—No exageres... solo sé defender un poco la cocina, nada más.
—¿Un poco? —repitió ella, arqueando una ceja—. Mira el corte de estas zanahorias. Parecen flores. ¿De dónde sacaste tanta paciencia y habilidad?
Haruto bajó la mirada hacia su propio plato, sonriendo con cierta resignación.
—Hubo una época... hace unos años, en que mi padre y mis dos madres trabajaban jornadas interminables fuera de casa. Llegaban tarde, agotados, y apenas tenían tiempo para cocinar ni para cuidarnos. En casa nos quedábamos yo y mis dos hermanas.
—¿Y ellas no ayudaban? —preguntó Hina ladeando la cabeza.
—Ayudaban... a hacer desastres —respondió él con una media sonrisa—. Quemaban el arroz hasta dejarlo negro como carbón, confundían la sal con el azúcar, se les olvidaba apagar el fuego... Al tercer día de comer cosas que sabían a humo, decidí que más valía aprender yo. Si no lo hacía, habríamos muerto de hambre o intoxicados antes de cumplir los diez años.
Hina soltó una carcajada que resonó alegremente bajo el árbol.
—¡Así que eres una especie de Cenicienta que cocina, limpia y mantiene a raya a sus hermanas! —se burló ella, acercándose más—. ¡Ceniciento!
—¡No me llames así! —protestó él, sonrojándose de golpe.
—Pero si te queda perfecto... ¡Ceniciento, Ceniciento!
—¡Ya te dije que dejes de decirlo!
Sin poder contenerse, Haruto estiró suavemente una de las mejillas de Hina con dos dedos. Ella se quejó entre risas intentando zafarse, dándole un golpecito en el brazo, mientras Reina observaba todo con una sonrisa tranquila, disfrutando de aquella naturalidad y cercanía entre los tres.
Cuando por fin recuperaron la calma, Haruto dejó escapar un suspiro y miró a su alrededor. Y entonces comenzó a comprender de verdad lo que significaba aquel sistema.
A pocos metros, un grupo de tres chicas y un chico comían juntos. Las tres chicas hablaban al mismo tiempo, señalando algo en el cielo, discutiendo animadamente sobre una tarea que les había costado mucho resolver. El chico intentaba responder a las tres a la vez, girando la cabeza de una a otra, sin saber muy bien dónde mirar.
—Esperen... una por favor... —decía él, visiblemente abrumado pero sonriendo—. Aoi, lo que dices tiene sentido... pero, Shizuku, tú también tienes razón...
—¡Pues decide! —le dijeron las dos al unísono, y luego se rieron como si aquello fuera lo más divertido del mundo.
Un poco más lejos, otra familia de convivencia: dos chicas y un chico que intentaba explicar algo con gestos serios. Las dos lo escuchaban, y de pronto empezaron a pellizcarle las mejillas al mismo tiempo.
—¡Qué serio te pones! —decía una—. Pareces un viejo regañándonos.
—¡Solo intento que entiendan que hay que estudiar antes del examen! —se defendía él, sin poder evitar sonreír mientras las dos lo molestaban—. ¡No se rían! ¡Les estoy hablando en serio!
—Sí, sí... —respondieron ellas, y de inmediato le pasaron un brazo por el hombro y le ofrecieron un bocado de su propia comida, como si lo estuvieran premiando por su esfuerzo.
Había grupos más grandes, tríos, parejas... en todos se respiraba lo mismo: conversaciones que se cruzaban, bromas, discusiones que no duraban ni un minuto, y siempre, al final, risas y cercanía. Los chicos parecían abrumados, a veces sin saber a quién escuchar primero, pero en ningún momento se veían solos ni rechazados. Y las chicas... las chicas los cuidaban, los molestaban, los aconsejaban y los querían, todo al mismo tiempo.
Haruto apartó la mirada de aquel espectáculo y suspiró suavemente.
—Es impresionante... —murmuró—. Ver tantas familias reunidas aquí mismo. Ver que así... es como conviven todos.
Reina lo miró con atención, percibiendo su asombro.
—¿Todavía tienes dudas sobre cómo funciona todo?
Haruto negó despacio.
—No es eso... entiendo las reglas. Es solo que... me siento extraño. Como si todavía no me creyera que estoy aquí, participando de verdad. Pensé que al verlos a todos, me sentiría más tranquilo. Pero verlos así... tan normales... me hace sentir que soy yo quien no encaja.
—Es completamente normal sentirse así —dijo Reina con suavidad—. Al principio todos se sienten desorientados. Nadie nace sabiendo convivir de esta manera.
Hina, que ya se había frotado la mejilla y recuperado el aliento, tomó la palabra, apoyándose hacia adelante con los codos sobre las rodillas.
—Déjame explicarte algo, renacuajo. Este sistema escolar de convivencia existe desde hace quince años. Se creó cinco años despues de que se aprobara oficialmente la ley de poligamia.
Haruto la miró sorprendido.
—¿5 años despues de que se aprobara? ¿Por qué?
—Porque los adultos podían acostumbrarse rápido —explicó ella—. Ya tenían experiencia, ya sabían cómo tratarse entre ellos. El problema eran los jóvenes. Los que salían de la escuela sin saber absolutamente nada de lo que se les vendría encima. Nadie les enseñaba a compartir, a ceder, a entenderse como una familia donde hay más voces que escuchar. Así que alguien pensó: ¿Y si lo aprenden antes? ¿Y si les damos la oportunidad de equivocarse y aprender juntos, mientras aún están estudiando?
Reina asintió, retomando la palabra con calma.
—Por supuesto, con normativas muy estrictas. No se trataba de que vivieran como esposos desde el primer día. Se trataba de aprender a compartir espacios, a respetar la intimidad del otro, a resolver conflictos juntos sin gritos ni rencores. Cuando cumplieran sus tres años de aprendizaje, entonces podrían decidir: tomar caminos separados y buscar su propio rumbo, o empezar una vida juntos de inmediato.
Haruto escuchaba en silencio, asimilando cada palabra.
—Es una idea... muy valiente —murmuró—. Y muy radical.
—Lo era —reconoció Hina—. Pero en aquella época, la falta de varones era tan grave que se convirtió en una cuestión de supervivencia. No había muchas opciones. Sin embargo, hubo algo muy importante que se decidió desde el principio, y que muy pocos saben valorar.
Hina se inclinó levemente hacia él, bajando la voz como si le confiara un secreto esencial.
—Como serían las chicas quienes cargarían con lo más difícil... quienes tendrían que compartir al mismo compañero, quienes organizarían y sostendrían el hogar... se decidió que la decisión final sería exclusivamente de ellas. Nadie las obligaría. Nadie las presionaría. Si querían formar una familia, lo hacían. Si no, eran libres de elegir otro camino.
Haruto guardó silencio unos instantes, comprendiendo el peso de aquellas palabras. Luego miró a Reina. Quería decirle que no entendía cómo alguien tan hermosa, tan inteligente y tan especial como ella, lo había elegido precisamente a él entre todos los demás. Quería preguntarle qué había visto para decidir quedarse a su lado, esperarlo durante ocho años y construir un futuro juntos... pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta. Se sonrojó de golpe y apartó la mirada, fingiendo que miraba el césped, esperando que ella no notara lo que sentía.
Reina, afortunadamente, estaba mirando hacia el grupo de estudiantes que reían cerca, y no vio cómo sus mejillas se encendían de un rojo intenso.
Pero Hina sí.
Hina lo vio todo: la mirada que se posó en Reina, las palabras que murieron en sus labios, el rubor que lo traicionó. Y una pequeña sonrisa traviesa se le dibujó en los labios, aunque decidió guardarse el comentario para sí misma. Por ahora. Sabía que aquel renacuajo tenía mucho que aprender... y mucho que decir. Y ella estaría allí, sin duda, para molestarlo hasta que se atreviera a confesarlo.
El murmullo del patio parecía envolverlo todo, pero de pronto, una voz alzada rompió la armonía del momento.
—¡Ya basta! ¡No pienso compartir nada con ella!
Los tres giraron la cabeza al unísono. A unos metros de distancia, en otra banca, un grupo de tres personas permanecía de pie. Dos chicas se miraban con expresión seria, casi hostil, sin dirigirse la palabra, mientras el chico que estaba entre ellas parecía pequeño, superado por la situación, con las manos temblorosas y sin saber a quién dirigirse primero.
—Por favor... no discutan... —decía él, intentando acercarse a una y luego a la otra, con voz suave y sin fuerza—. Podemos arreglarlo... solo hay que hablar...
—No hay nada que hablar —respondió una de ellas, dándole la espalda—. Si prefiere defenderla, entonces quédate con ella.
—Yo tampoco tengo ganas de almorzar aquí —añadió la otra, tomando su fiambrera con brusquedad.
El muchacho intentó detenerlas, dar un paso hacia cada una, pero no tenía la experiencia ni la autoridad necesaria para mantener a dos personas que simplemente no lograban entenderse. Al final, bajó los hombros vencido. Las dos chicas se alejaron en direcciones opuestas, cada una sola, y él se quedó allí, en medio del camino, mirándolas ir, antes de sentarse solo en un rincón apartado, con la cabeza baja y su comida intacta sobre las rodillas.
Haruto observó la escena en silencio hasta que cada uno se perdió entre los demás grupos.
—¿Eso también es normal aquí? —preguntó finalmente, con voz baja.
Hina asintió sin apartar la vista del chico solitario.
—Todos los años ocurre lo mismo. Muchos eligen por impulso, por admiración del momento o simplemente porque se caen bien al principio. Y cuando empiezan a convivir de verdad... descubren que no encajan. Que no se entienden. Y termina así: separados, comiendo solos, sin saber qué hacer.
Reina intervino entonces, con su tono sereno pero firme.
—Y precisamente para eso existe este sistema. Para que aprendan a reconocerlo aquí, dentro de la academia, antes de que sea demasiado tarde. Para que aprendan a convivir, a ceder, a resolver las diferencias... o a darse cuenta de que no están hechos para estar juntos, sin que eso signifique un fracaso para siempre. La escuela no obliga a nadie a permanecer tres años con quien no desea.
Haruto la miró sorprendido.
—¿No es así?
—No —respondió ella—. Tres meses después del ingreso se celebra una ceremonia especial. Allí, cada alumna decide libremente: si desea seguir conviviendo con su compañero actual, o si prefiere buscar otro, probar con alguien más compatible, intentar formar una familia que realmente funcione. Nadie es juzgado por cambiar de opinión.
—No tenía idea de que existía algo así... —murmuró él.
—Pocos lo saben antes de entrar —dijo Hina—. Por eso te digo que esto es solo aprendizaje. Aquí pueden equivocarse, probar, cambiar, intentar vivir con personas distintas y aprender de cada experiencia. El sistema lo permite porque su verdadero propósito no es que se queden juntos por obligación, sino que aprendan a elegir bien. Que cuando salgan de aquí y formen una vida real, ya sepan lo que les espera.
Haruto miró de nuevo al chico que permanecía solo en su rincón, y luego a los grupos que reían y bromeaban a su alrededor. Todo tenía ahora otro sentido: la alegría y la convivencia feliz eran una cara, pero la dificultad, los desacuerdos y las separaciones silenciosas eran la otra, igual de real, y también necesaria.
—Entonces... —dijo él suavemente—, aquí aprendemos tanto lo que funciona como lo que no.
—Exactamente —confirmó Reina con una pequeña sonrisa—. Aquí aprenden a conocerse. Y a decidir con madurez.
—Creo que empiezo a entenderlo.
—¡Pues yo no entiendo cómo puedes estar tan tranquilo!
Una voz apareció justo detrás de él.
Haruto apenas tuvo tiempo de girarse.
—¿Eh?
Un brazo pasó alrededor de su cuello.
—¡¿YUTO?!
—¡¿Cuánta suerte puede llegar a tener una persona?!
—¡¿Yuto?! ¡Espera!
Demasiado tarde. El brazo de Yuto rodeó el cuello de Haruto en una llave suave pero firme, y comenzó a apretarlo mientras este pataleaba en el aire intentando liberarse.
—¡Estás aquí sentado comiendo tranquilamente con la presidenta y la vicepresidenta!
¡¿Cómo demonios llegaste a esta situación?!
—¡No lo sé! —se quejó Haruto, luchando por respirar.
—¡Eso es lo que más me molesta!
Detrás de él aparecieron las tres chicas que conformaban su grupo de convivencia. Aoi, Mizaki y Rina se acercaron con sonrisas amables, saludando formalmente:
—Buenos días, presidenta —dijo Aoi inclinándose levemente.
—Hola, Reina —añadió Mizaki con confianza.
—Buenos días, vicepresidenta —saludó Rina hacia Hina.
—Buenos días a las tres —respondió Reina con su habitual serenidad.
—Hola, chicas —asintió Hina levantando una mano.
Mientras tanto, Haruto seguía intentando quitarse a su amigo de encima.
—¡Yuto... suelta...!
—Primero responde. ¿Sigues siendo demasiado tímido para acercarte a la presidenta?
Haruto consiguió girar apenas la cabeza.
—No. Ya no.
Yuto parpadeó, sorprendido.
—¿Entonces pueden hablar normalmente? ¿Y puedes mirarla sin ponerte rojo?
Haruto guardó silencio.
—¡Lo sabía! —exclamó Yuto con una sonrisa triunfante—. ¡Eso lo delata todo!
—¡Eso no demuestra nada! —se defendió él.
Las tres chicas se sentaron cerca de ellos, observando la escena con evidente diversión.
—Parece que Haruto ha mejorado bastante —comentó Aoi.
—Aunque sigue poniéndose rojo solo de que la mencionen —añadió Mizaki.
—Eso nunca se le va a quitar —sentenció Rina con una sonrisa.
—¡Las estoy escuchando! —protestó él.
Hina soltó una risita.
—Déjalo, Haruto. Ya estás rodeado.
—¡No necesito que me ayuden!
Yuto aflojó un poco el brazo.
—Entonces supongo que tampoco tienes problemas ahora con ella. ¿Seguro?
—Seguro —respondió Haruto, aunque con voz todavía algo temblorosa.
—Perfecto. Entonces una última pregunta.
Haruto sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué?
—¿Qué hiciste anoche?
—Nada.
—¿Nada? —Yuto entrecerró los ojos, claramente sin creérselo.
En ese momento, Hina, que había permanecido callada observando todo, sonrió de repente.
—Bueno... técnicamente sí hizo algo.
Haruto giró la cabeza hacia ella horrorizado.
—¿Hina?
Ella apoyó la barbilla sobre la mano, disfrutando el momento.
—Durmió abrazado a Reina.
Silencio absoluto.
Yuto se quedó inmóvil. Aoi abrió los ojos de par en par. Mizaki dejó de sonreír. Rina colocó lentamente sus palillos sobre la mesa como si estuviera presenciando algo imposible.
—¿Qué? —alcanzó a preguntar Yuto con voz ahogada.
—Exactamente eso —remató Hina sin dejar de sonreír—. Durmió abrazado a ella. Y siguió así hasta la mañana.
El silencio que siguió fue sepulcral. Yuto miró a Haruto lentamente, como si estuviera viendo a alguien que acababa de regresar de entre los muertos. Haruto sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.
—No fue... no fue como suena...
—¡¡¿DURMIÓ ABRAZADO A LA PRESIDENTA?!!! —bramó Yuto, y sin darle tiempo a explicarse se lanzó sobre él apretando la llave con más fuerza—. ¡¡¡MALDITO AFORTUNADO!!!
—¡¡¡YUTO!!! ¡¡¡NO FUE COMO SUENA!!! —gritó Haruto debatiéndose—. ¡¡¡NO HAGO NADA, LO JURO!!!
—¡¡¡ESO ES LO QUE MÁS ME MOLESTA DE TI!!! —replicó su amigo sin aflojar—. ¡¡¡NI SIQUIERA LO INTENTAS Y TE PASA LO MEJOR!!!
—¡¡¡YO NI SIQUIERA SABÍA QUE IBA A PASAR!!!
Mientras ambos forcejeaban, las chicas comenzaron a hacer apuestas tranquilamente a su alrededor.
—Yo digo que aguanta veinte segundos —dijo Mizaki.
—Quince, máximo —corrigió Rina.
—Yo digo treinta —decidió Hina sacando una moneda.
—Conociendo a Yuto, va a apretar más mientras ve que resiste —señaló Aoi—. Treinta es mucho.
Haruto escuchó todo aquello entre jadeos.
—¡¿Están... apostando sobre mí?!
—Sí —respondieron las cuatro al unísono con total naturalidad.
—¡¡¡¿POR QUÉ?!!!
En ese momento, Reina colocó sus palillos sobre la fiambrera con calma y habló con voz suave pero clara:
—Yo también voy a apostar.
Todas las miradas se posaron en ella. Incluso Yuto aflojó un instante su agarre.
—¿Presidenta? —preguntó Yuto confundido.
Reina miró directamente a Haruto a los ojos.
—Confío en él. Yo digo que aguanta un minuto.
Haruto sintió que el corazón se le detuvo un instante. Aquello era mucho peor que la llave de Yuto. Porque ahora no podía rendirse. Si lo hacía, estaría fallando a la confianza que ella acababa de depositar en él.
Apretó los dientes.
—Voy a aguantar —dijo con voz firme.
—¡¿En serio?! —Yuto volvió a apretar—. ¡Entonces prepárate!
—¡Llevas diez segundos! —contó Aoi.
—¡Lo sé! —respondió Haruto, sintiendo cómo la cara se le encendía.
—¡Te estás poniendo rojo! —señaló Mizaki divertida.
—¡También lo sé!
—Veinte segundos.
—Veinticinco.
—Treinta.
—Vas bien —le dijo Hina entre risas.
—¡No me ayudes diciendo eso! —alcanzó a responder él con dificultad.
Y entonces escuchó la voz de Reina, clara y tranquila:
—Puedes hacerlo.
Eso fue suficiente. Haruto la miró de reojo y sintió que las fuerzas le regresaban. No podía rendirse. No ahora.
—Cuarenta segundos —anunció Aoi sorprendida.
—¿Todavía sigues? —Yuto estaba genuinamente impresionado.
—Te... dije... que aguantaría... —respondió él apretando los dientes.
—¡Estás loco!
—¡Tú eres el que me está estrangulando!
—¡Es una prueba de amistad!
—¡¡¡ESTO NO ES AMISTAD!!!
Las cinco chicas estallaron en risas. Y cuando el reloj marcó el minuto exacto, Reina levantó una mano.
—Ya está.
Yuto soltó a Haruto de inmediato. Este cayó sobre la banca respirando con dificultad, como si hubiera corrido toda la mañana.
—¡Lo lograste! —dijo Hina.
—Perdí —admitió Aoi.
—Yo también —asintió Mizaki.
—Dije quince —suspiró Rina.
Yuto miró a Haruto, que intentaba recobrar el aliento, con una mezcla de asombro y fingida indignación.
—Maldito... realmente lo hiciste.
Reina sonrió con suavidad.
—Te dije que confiaba en él.
Haruto la miró. Y en ese instante comprendió que aquello era mucho más difícil de soportar que cualquier llave que Yuto pudiera aplicarle. Que ella confiara en él tan abiertamente, sin dudar ni un segundo... le hizo sentir algo en el pecho que lo dejó sin palabras. Se puso rojo hasta las orejas y bajó la mirada.
Hina lo observó y soltó un "Oh" suave y comprensiva.
—¿Qué? —preguntó Haruto sin levantar la cabeza.
—Nada —respondió ella conteniendo la risa.
Yuto frunció el ceño mirando de uno a otro.
—¿Por qué siento que acaba de empezar otro problema más grande?
—Porque probablemente tienes razón —respondió Mizaki.
—Definitivamente —asintió Rina.
Aoi miró a Haruto con una sonrisa traviesa.
—Esto va a ser muy divertido.
—¡¡¡¿POR QUÉ TODOS HABLAN COMO SI YO NO ESTUVIERA AQUÍ?!!! —exclamó él, recuperando por fin la voz.
Reina simplemente tomó de nuevo sus palillos y lo miró con calma.
—Come, Haruto. La comida se va a enfriar.
—Sí... —respondió él automáticamente, obedeciendo sin dudarlo.
Hina se tapó la boca con la mano para que no vieran que se reía a carcajadas.
—Definitivamente... va a ser divertidísimo.